Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XIV. De la obediencia

1
El abad Arsenio dijo un día al abad Alejandro: «Cuando termines de cortar las palmas, ven para que comamos, pero si vienen forasteros, come con ellos». El abad Alejandro trabajaba despacio y con moderación. Cuando llegó la hora de comer todavía quedaban palmas por cortar, pero queriendo observar el mandato del anciano esperó a acabar todas las palmas. El abad Arsenio, al ver que tardaba, tomó su comida, pensando que habían venido peregrinos y estaría comiendo con ellos. Bastante avanzada la tarde, el abad Alejandro llegó a la celda del abad Arsenio. Y éste le dijo: «¿Has tenido forasteros?». Y contestó: «No». «¿Y por qué no has venido?». Y respondió: «Porque me dijiste que viniera cuando terminase de cortar las palmas. Pensando en tu mandato, no he venido hasta este momento en que acabo de terminar mi trabajo». El anciano admiró la fidelidad de su obediencia, y le dijo: «Descansa, come algo para que podamos rezar la salmodia, y bebe agua. Si no tu cuerpo se debilitará muy pronto».

2
El abad Abraham fue a visitar al abad Arés. Mientras hablaban entró un hermano y preguntó al abad Arés: «¿Qué debo hacer para salvarme?». Y el abad Arés le dijo: «En todo este año no comas más que pan y sal por la tarde. Después vienes y hablaremos». El hermano marchó y cumplió lo que le había dicho. Al terminar el año volvió de nuevo a ver al abad Arés, y aconteció que también ese día estaba allí el abad Abraham. Y el abad Arés dijo al hermano: «Este año ayuna comiendo sólo cada dos días». Y cuando marchó el hermano, dijo el abad Abraham al abad Arés: «¿Por qué impones una carga liviana a los demás hermanos y a éste le pones un yugo tan pesado?». Y contestó el anciano: «Los otros que vienen a consultarme, se van como han venido. Este viene a escuchar mi parecer por amor de Dios. Es un monje muy fervoroso que hace con sumo cuidado todo lo que le digo. Por eso le propongo la palabra de Dios».

3
Se cuenta que el abad Juan el Enano se retiró a Scitia para convivir en el desierto con un monje originario de Tebas. Un día, su abad tomó un leño seco, lo plantó, y le dijo: «Cada día, echa un balde de agua al pie del leño hasta que dé frutos». El agua estaba lejos y aunque Juan salía por la tarde no volvía hasta la mañana siguiente. Tres años más tarde, el leño empezó a dar señales de vida y dio fruto. El anciano recogió el fruto y lo llevó a la asamblea de los hermanos, y les dijo: «Tomad y comed el fruto de la obediencia».

4
Se decía de Juan, que fue discípulo del abad Pablo, que era un monje de una gran obediencia. En cierto lugar había una tumba y en ella vivía una leona muy feroz. El anciano vio por los alrededores los excrementos de la leona y dijo a Juan: «Vete y trae esos excrementos». Y éste le preguntó: «¿Y que hago, Padre, si me encuentro con la leona?». El anciano le dijo en broma: «Si te ataca, árala y la traes aquí». Al atardecer, salió el hermano y la leona vino sobre él. De acuerdo con la orden del anciano, Juan la atacó para sujetarla. La leona huyó y él la persiguió diciendo: «Espera, que mi abad me ha dicho que te ate». Y después de atraparla la ató. Mientras tanto, el anciano estaba esperándole y al darse cuenta de su tardanza empezó a inquietarse. Y Juan llegó muy tarde con la leona atada. Al verlo el anciano se admiró, pero quiso humillarle y le reprendió severamente: «Idiota, ¿para qué me traes ese perro tonto?». Luego soltó la leona y la dejó escapar a su guarida.

5
Se contaba que el abad Silvano tenía en Scitia un discípulo, llamado Marco, muy probado en la obediencia. Era amanuense. El abad le quería mucho a causa de su obediencia, pero esta preferencia la llevaban mal los otros discípulos. Los ancianos de los alrededores, oyeron que Silvano amaba a Marco más que a los otros y se molestaron. Un día vinieron a verle con intención de reprochárselo. Silvano les recibió, salió de su celda y llevándolos consigo empezó a llamar en la celda de todos sus discípulos, diciendo: «Ven, hermano, te necesito». Y ninguno de ellos le obedeció inmediatamente. Llegaron a la celda de Marco, llamó y dijo: «¡Marco!». Este al oír la voz del anciano salió al punto fuera y el abad lo envió a hacer un trabajo cualquiera. Luego dijo a los ancianos: « ¿ Dónde están los otros hermanos?». Luego entró en la celda de Marco y encontró un cuaderno que acababa de empezar y estaba escribiendo la letra omega, pero al oír la llamada del anciano no dejó correr más la pluma y dejo a medio terminar la letra que había empezado. Entonces los ancianos le dijeron: «Verdaderamente, Padre, al que tú amas, también nosotros le amamos, porque Dios le ama».

6
Un día la madre de Marco, el discípulo del abad Silvano, vino a verle y traía consigo un gran séquito y abundantes regalos. Y dijo al anciano que salió a su encuentro: «Padre, dile a mi hijo que salga, para que pueda verle». Entró el anciano y dijo a Marco: «Sal para que te vea tu madre». Marco estaba vestido de un saco roto y lleno de remiendos y tenía el rostro negro por el humo y el hollín de la cocina. Para obedecer a su abad salió, pero cerró los ojos y así saludó a su madre y a los que le acompañaban diciendo: «Buenos días». Pero ninguno de ellos, ni su misma madre, le reconoció. Ella mandó de nuevo decir al abad: «Padre, mándame a mí hijo para que lo vea». El abad Silvano dijo a Marcos: «¿No te he dicho que salieras para que te vea tu madre?». Y Marco le respondió: «He salido, como tú me lo has mandado, Padre. Ahora te pido, por favor, que no vuelvas a decirme que salga, para que no pienses que soy desobediente». Salió el anciano y dijo a la madre: «Tu hijo es el que ha salido y os ha saludado diciendo: “Buenos días”». Luego la consoló y la despidió.

7
Un día vinieron cuatro hermanos de Scitia, vestidos con túnicas de piel para visitar al abad Pambo. Cada uno habló de las virtudes de sus compañeros, sin que estuviese presente aquel de quien hablaban. Uno de ellos ayunaba muy a menudo, otro no poseía nada, el tercero era sumamente caritativo. Del cuarto dijeron que durante veintidós años había vivido permanentemente bajo la obediencia de los ancianos. El abad Pambo les dijo: «La virtud de éste es mayor que la de los otros. Porque vosotros por vuestra propia voluntad habéis alcanzado la virtud que ahora tenéis. Pero éste renunció a su voluntad y se hizo esclavo de la del prójimo. Estos hombres son mártires si perseveran hasta el fin».

8
Uno vino al abad Sisoés de Tebas con el deseo de hacerse monje. El anciano le preguntó sí tenía alguna cosa en el mundo. El le respondió: «No tengo más que un hijo único». Y le dijo el anciano: «Vete, arrójalo al río y entonces te harás monje». El marchó para ahogarlo, pero el hermano mandó tras él a un hermano para que se lo impidiera. Cuando el padre estaba a punto de arrojar al río a su hijo, el hermano le dijo: «¡Quieto! ¿qué vas a hacer?». Y él contestó: «El abad me ha dicho que lo tire al río». Y el hermano le contestó: «Pero ahora el abad dice: “No lo arrojes”». Dejando allí a su hijo, volvió adonde estaba el anciano. Y gracias a su perfecta obediencia llegó a ser un monje de gran virtud.

9
Dijo santa Sinclética: «Entre los que vivimos en comunidad, preferimos con mucho la obediencia a la ascesis. La continencia lleva consigo arrogancia, en cambio la obediencia va acompañada de humildad».

10
Dijo también: «Debemos guiar nuestra alma por el camino del discernimiento. En la vida de comunidad no debemos buscar el salir siempre con la nuestra, ni hacernos esclavos de nuestra propia voluntad. Porque, por decirlo de alguna manera, nos hemos condenado al exilio, nos hemos fiado de Aquel que por la fe reconocemos como nuestro Padre, apartándonos de las cosas de este mundo. No busquemos nada en esa tierra que hemos abandonado. Allí encontramos la gloria y comida abundante. Aquí hasta nos llega a faltar el pan».

11
El abad Hiperequios decía: «El oficio del monje es la obediencia. El que la posee, consigue lo que pide y se presenta con confianza ante el Crucificado. Porque el Señor subió así a la cruz: obedeciendo hasta la muerte». (Fil 2,8).

12
Decían los Padres: «Si uno tiene confianza en otro y se somete a él, no debe preocuparse de los mandamientos de Dios, sino abandonar toda su voluntad en manos de su Padre espiritual. Pues obedeciéndole a él en todo, no incurrirá en pecado contra Dios».

13
Un anciano dijo: «Dios pide a los cristianos que obedezcamos a las Escrituras divinas, porque en ellas encontrarán el modelo de cómo deben hablar y obrar y de acomodarse a los superiores y padres espirituales».

14
Un hermano de Scitia marchaba para la recolección. Se acercó a un anciano notable y le dijo: «Padre, ¿qué debo hacer durante la recolección?». «Si te lo digo, ¿me obedecerás?», le preguntó el anciano. El hermano respondió: «Si, te obedeceré». El anciano le dijo: «Pues bien, si te fias de mí, levántate, renuncia a la siega, ven y te diré lo que tienes que hacer». El hermano renunció a ir a la siega y volvió donde el anciano. Este le dijo: «Entra en tu celda y quédate allí durante cincuenta días consecutivos. Come una sola vez al día y tan sólo pan y sal. Yo te indicaré luego otra cosa». Lo hizo así y de nuevo volvió donde el anciano. Este, sabiendo que era un hermano fervoroso, le enseñó cómo debía comportarse en la celda. El hermano bajó a su celda, y se postró en tierra tres días y tres noches, llorando en la presencia de Dios. Luego, cuando sus pensamientos le decían: «Has hecho grandes progresos y te estas convirtiendo en un gran monje», él para dominar sus malos pensamientos, ponía ante si con humildad sus pecados, y decía: «Y, ¿qué va a ser de mi con tantos pecados como he cometido?». Si por lo contrario le venia al pensamiento que había sido muy negligente en la guarda de los mandamientos de Dios, él decía en su interior: «Haré algún pequeño servicio a mi Dios y confío en que tendrá misericordia de mi». De este modo venció al demonio de los malos pensamientos y aquél se le apareció visiblemente después, y le dijo: «Te has reído de nosotros». Y El hermano le preguntó: «¿Por qué?». Y le contestó el demonio: «Porque si te exaltamos, recurres a la humildad. Si te humillamos, te elevas al cielo».

15
Los ancianos decían: «En los que comienzan a convertirse, Dios no busca nada tanto como el trabajo de la obediencia».

16
Un anacoreta tenía un proveedor que vivía en el pueblo vecino. Y en una ocasión tardó en venir el proveedor y empezaron a faltar al anciano las cosas necesarias. Pasó el tiempo, el proveedor no venia y el anciano se quedó sin lo que necesitaba para comer y para su trabajo manual. Apenado, al no tener con qué trabajar ni qué comer, dijo a su discípulo: «¿Quieres ir al pueblo a llamar al proveedor que suele traernos lo que necesitamos?». «Haré lo que mandes», respondió el discípulo. «¿Quieres ir al pueblo y hacerle venir?». Y él respondió: «Haré lo que tú quieras». Temía sin embargo el ir al pueblo por temor a escandalizarse de algo, pero por no desobedecer a su Padre, accedió a ir. El anciano le dijo: «Vete, y confía en que el Dios de tus padres te protegerá de toda tentación». Hicieron oración y le despidió. El hermano fue al pueblo, preguntó donde vivía el proveedor y se acercó a su casa. No había nadie en la casa, excepto una hija del proveedor, la cual al oír llamar a la puerta salió a abrir. Mientras le preguntaba por su padre, ella le invitó a entrar en la casa, al mismo tiempo que le empujaba hacia dentro. El no accedía a entrar, pero ella insistió tanto que al fin consiguió que entrase. Una vez dentro le abrazó y le incitaba a unir su cuerpo al suyo. Al verse arrastrado a la impureza, y profundamente turbado por sus deseos carnales, clamó a Dios, llorando: «¡Señor, por las oraciones de mi Padre, líbrame de esta tentación!». Dicho esto se encontró, al punto, junto al río que llevaba al monasterio, y volvió sin mancha junto a su abad.

17
Dos hermanos carnales vinieron a vivir en un monasterio. Uno de ellos era notable por su continencia. El otro por su perfecta obediencia. Su Padre le decía: «¡Haz esto!», y lo hacía. «Haz aquello», y lo hacia. «Come por la mañana», y comía. Se le tenía en gran estima en el monasterio por su perfecta obediencia. El aguijón de la envidia picó a su hermano, el asceta, y se dijo para si: «Voy a ver hasta dónde llega su obediencia». Y se fue al abad del monasterio y le dijo: «Deja que mi hermano me acompañe para ir a tal sitio». Y el abad le dejó ir. El asceta tomó consigo a su hermano y quiso ponerle a prueba. Llegaron a un río, en el que había gran número de cocodrilos, y le dijo: «Baja y atraviesa el río». El otro bajó en seguida. Los cocodrilos lamieron su cuerpo, pero no le hicieron daño alguno. Al verlo su hermano le dijo: «Sal del río». Continuaron su camino y encontraron en él un cadáver. Y dijo el asceta a su hermano: «Si tuviésemos algunos vestidos podríamos cubrirle con ellos». Pero el obediente respondió: «Mejor será que hagamos oración y tal vez resucitará». Se pusieron a orar intensamente y el muerto resucitó. Y el hermano asceta se glorió de ello diciendo: «A causa de mi austeridad ha resucitado este muerto». Dios reveló todo al abad del monasterio, cómo había tentado a su hermano con los cocodrilos y cómo había resucitado el muerto. Y a su llegada al monasterio el abad dijo al asceta: «¿Por qué te has portado así con tu hermano? Por su obediencia ha resucitado aquel muerto».

18
Un seglar, que tenía tres hijos, renunció al mundo y vino al monasterio, dejando a sus tres hijos en la ciudad. Pasados tres años en el monasterio, empezó a acordarse y preocuparse por ellos. No le había dicho al abad que tenía tres hijos. Este al verle triste le preguntó: «¿Por qué estás triste?». El le contó que tenía tres hijos en la ciudad y que quería traerlos al monasterio. El abad le mandó que los trajera. Al volver a la ciudad, encontró que dos de ellos habían muerto y que sólo quedaba uno. Lo tomó consigo y volvió al monasterio. Buscó al abad, pero no lo encontró y preguntó a los hermanos dónde estaba. Le dijeron que estaba en la panadería y tomando con él a su hijo, que había traído, se fue con él a la panadería. El abad al verle llegar le saludó, tomó al hijo, lo abrazó y preguntó a su padre: «¿Le quieres mucho?». «Sí». Al oír esto el abad le dijo: «Si le quieres, tómalo y échalo en el horno, cuando esté ardiendo». El padre tomó a su hijo y lo arrojó en el horno ardiente. Al punto el horno se convirtió en rocío. Por este hecho fue glorificado en aquel tiempo, al igual que el patriarca Abraham.

19
Un anciano dijo: «El hermano que vive bajo obediencia de un Padre espiritual tiene mayor mérito que el que vive en el desierto». Y añadió: «Un Padre contó que había visto cuatro órdenes en el cielo. El primero era el de los enfermos que dan gracias a Dios. El segundo el de los que practican la hospitalidad poniendo todo cuidado en este servicio. El tercero el de los anacoretas que viven en soledad sin tratar con los hombres. El cuarto el de los que por amor de Dios se someten a la obediencia de los Padres espirituales. Este grupo de los obedientes llevaban un collar y una corona de oro y tenían mayor gloria que los demás. Yo pregunté al que me enseñaba todo aquello: “¿Por qué este grupo, que es el menos numeroso, tiene mayor gloria que los otros?”. Y él me respondió: “Los que practican la hospitalidad obran según su propia voluntad. Lo mismo les ocurre a los que se retiran al desierto, se apartan del mundo por su gusto. Pero este grupo que se entrega a la obediencia, renunciando a su voluntad, depende de Dios y de los mandatos de su Padre espiritual, y por eso tiene mayor gloria”. Por eso, hijos, es tan buena la obediencia hecha por Dios. Seguid pues, hijos míos, aunque sea en parte, los pasos de esta virtud. La obediencia es salvación para todos los fieles. La obediencia es madre de todas las virtudes. La obediencia nos descubre el Reino de los Cielos. La obediencia abre los cielos y levanta a los hombres de la tierra. La obediencia comparte su morada con los ángeles. La obediencia es el alimento de todos los santos. Con ella se amamantaron y por ella llegaron a la perfección».

XIV. De la obediencia
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