Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XV. De la humildad

1
El abad Antonio escrutaba la profundidad de los juicios de Dios, y preguntó: «Señor, ¿por qué algunos mueren después de una vida corta, mientras otros alcanzan una prolongada ancianidad? ¿Por qué unos carecen de todo y otros nadan en la abundancia? ¿Por qué los malos viven en la opulencia y los justos padecen extrema pobreza?». Y vino una voz que le dijo: «Antonio, ocúpate de ti mismo. Así son los juicios de Dios y no te conviene conocerlos».

2
El abad Antonio dijo al abad Pastor. «La gran obra del hombre es poner sobre si mismo su culpa ante Dios, y esperar la tentación hasta el último momento de su vida».

3
Decía el abad Antonio: «He visto tendidos sobre la tierra todos los lazos del enemigo, y gimiendo he dicho: “¿Quién podrá escapar de todos ellos?”. Y oi una voz que respondía: “La humildad”».

4
Un día vinieron unos ancianos a ver al abad Antonio. Entre ellos se encontraba el abad José. El abad Antonio quiso ponerles a prueba y les presentó un pasaje de la Escritura. Y empezando por los más jóvenes les preguntaba por el sentido del mismo. Cada uno contestaba lo que podía, pero él les decía: «No, no lo has encontrado todavía». En último lugar se dirigió al abad José y le preguntó: «¿Qué crees tú que significan esas palabras?». El respondió: «No lo sé». Y el abad Antonio le dijo: «Tan sólo el abad José ha encontrado el camino al responder que no lo sabia».

5
Un día los demonios acorralaron al abad Arsenio, que se encontraba en su celda, y le hacían sufrir mucho. Acudieron los hermanos que acostumbraban a servirle y estando fuera de la celda le oyeron gritar al Señor, diciendo: «¡Señor, no me abandones! No he hecho nada bueno a tus ojos, pero por tu bondad, Señor, concédeme empezar a bien vivir».

6
Se decía del abad Arsenio que en palacio nadie usaba mejores vestidos que él. Pero entre los monjes nadie los llevaba peores.

7
Uno vio que un día el abad Arsenio consultaba sobre sus propios pensamientos a un anciano de Egipto y le dijo: «¿Cómo tú, abad Arsenio, que tienes una cultura y una erudición tan elevada en textos latinos y griegos, vienes a consultar a este rústico?». Y él respondió: «Aprendí cultura latina y griega para el mundo, pero todavía no he podido aprender el alfabeto de este rústico ».

8
Los ancianos contaban que un día regalaron a los hermanos de Scitia unos pocos higos. Y como eran tan pocos, no le enviaron nada al abad Arsenio, para que no lo tomase como ofensa. El abad Arsenio lo supo, y no acudió, según la costumbre, a la asamblea de los hermanos, diciendo: «Me habéis excomulgado al no darme nada del regalo que el Señor ha enviado a los hermanos, del cual no fui digno de participar». Al oírle se edificaron todos de la humildad del anciano. Vino el sacerdote y le llevó algunos higos y le acompañó a la reunión rebosante de alegría.

9
Decían los ancianos que nunca nadie pudo hacerse una idea justa de la vida que llevó el abad Arsenio. Cuando vivía en el Bajo Egipto, como era asediado por la muchedumbre, decidió abandonar su celda. No tomó nada consigo, y dijo a sus discípulos, Alejandro y Zoilo: «Tú, Alejandro, toma un barco, y tú, Zoilo, ven conmigo hasta el río y busca una embarcación que vaya a Alejandría, y así irás al encuentro de tu hermano». Zoilo, turbado por estas palabras, no dijo nada y así se separaron. El anciano bajó a la región de Alejandría y allí cayó gravemente enfermo. Mientras tanto, los discípulos se decían el uno al otro: «¿Crees que uno de nosotros ha hecho sufrir al anciano y por eso se ha apartado de nosotros?». Y no encontraban en ellos ninguna cosa desagradable, ni ninguna desobediencia. Cuando el anciano recobró la salud, se dijo: «Volveré con mis Padres». Y regresó a un lugar llamado Petra, donde se encontraban los ya citados discípulos. Y estando junto al río, vino una joven etíope, se acercó y tocó su melota. El anciano la reprendió, pero ella le gritó: «¡Si eres monje, vete al monte!». El anciano se contristó por estas palabras y se repetía a sí mismo: «¡Arsenio, si eres monje, vete al monte!». Y entretanto llegaron Alejandro y Zoilo, sus discípulos. Cayeron a sus pies, el anciano se postró también y los tres se pusieron a llorar. El anciano, dijo: «¿No oísteis que he estado enfermo?». Ellos respondieron: «Sí, ya lo oímos». Y el anciano repuso: «¿Y por qué no habéis venido a yerme?». Alejandro contestó: «No hemos podido soportar la separación. A causa de ella muchos nos han hecho sufrir, diciendo: “Si no hubieran sido desobedientes, el anciano nunca se hubiera separado de ellos”. Y el anciano les dijo: «Yo supe que esto se decía de vosotros, pero de ahora en adelante se dirá: “La paloma no hallando donde posar el pie, tomó donde él (Noé) al arca”». (Gén 8,9). Con estas palabras los discípulos se consolaron mucho y permanecieron con él hasta el último día de su vida.
Cuando le vieron a punto de morir, los discípulos se atribularon mucho, pero él les dijo: «Todavía no ha llegado la hora. Cuando llegue ya os lo diré. Os llevaré ante el tribunal de Cristo, si permitís que alguno haga de mi cuerpo una reliquia». Y ellos le dijeron: «¿Qué haremos sí no sabemos amortajar ni enterrar a un muerto?». Y el anciano les dijo: «¿No vais a saber echarme una soga al pie y llevarme arrastrando al monte?». Cuando iba a entregar su espíritu, le vieron llorar y le dijeron: «¿De verdad, Padre, también tú temes la muerte?». Y él les respondió: «En verdad, el temor que siento en este momento no ha dejado de acompañarme desde que me hice monje. Si, tengo mucho miedo». Y así descansó en paz. En los labios de Arsenio siempre estaban estas palabras: «¿Para qué dejaste el mundo?». Y también: «Siempre me he arrepentido de haber hablado, nunca de haber callado». Al conocer la muerte de Arsenio, el abad Pastor, se echó a llorar, diciendo: «Dichoso tú, abad Arsenio, porque has llorado sobre ti mismo en esta vida. El que no llora sobre sí en este mundo, llorará eternamente en el otro. En efecto, sea aquí voluntariamente, sea allí obligados por los tormentos, es imposible no llorar».

10
Contaba el abad Daniel que el abad Arsenio nunca había consentido tratar alguna cuestión de la Escritura, siendo así que hubiera podido hacerlo magníficamente si hubiera querido. Ni tampoco escribía fácilmente una carta. Cuando, de tarde en tarde, acudía a la iglesia, se colocaba detrás de una columna para que nadie le viese el rostro y para que nadie le distrajera. Su aspecto era angélico, como Jacob, con hermosos cabellos blancos, cuerpo elegante, aunque delgado. Tenía una barba muy poblada, que le llegaba hasta la cintura. Se le habían caído las pestañas de los ojos a causa de sus muchas lágrimas. Era alto, pero encorvado por sus muchos años, pues murió a la edad de noventa y cinco años, cuarenta de los cuales vivió en el palacio del emperador Teodosio el Grande, de feliz memoria, padre de Arcadio y de Honorio, cuarenta en Scitia, diez en Troes, encima de Babilonia, cerca de la ciudad de Menfis y tres años en Canope de Alejandría. Otros dos años vivió de nuevo en Troes, terminando allí su vida en la paz y el temor de Dios, pues era un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe.

11
Contó el abad Juan que el abad Anub y el abad Pastor y sus demás hermanos carnales eran monjes en Scitia. Y cuando llegaron los mazicos y asolaron aquel lugar, se alejaron de allí y fueron a un lugar llamado Terenuth, mientras decidían dónde se establecerían. Y permanecieron algunos días allí, en un templo antiguo. El abad Anub dijo al abad Pastor: «Por caridad, durante esta semana vivamos tú y tus hermanos aparte y yo con los míos, practicando la hesychia (1), sin ir de visita los unos a los otros». Y el abad Pastor respondió: «Haremos lo que tú quieres». Y lo hicieron así. Había en el templo una estatua de piedra. Cada día por la mañana, al levantarse, el abad Anub apedreaba el rostro de la estatua, y por la tarde decía: «Perdóname». Y lo hizo así a lo largo de toda la semana. El sábado se reunieron todos los hermanos, y el abad Pastor dijo al abad Anub: «Padre, he visto que durante toda esta semana apedreabas el rostro de esa imagen y luego le hacías una metanía (2). Un hombre de fe no hace eso». El anciano le respondió: «Lo he hecho por vosotros. Cuando me viste apedrear el rostro de esa estatua, ¿me ha dicho algo, ha montado en cólera?». Y dijo el abad Pastor: «No». «Y cuando le he hecho una metanía, ¿se ha conmovido o me ha dicho: “No te perdono”? «No, respondió el abad Pastor». Y el abad Anub prosiguió: «Nosotros somos siete hermanos. Si queréis que vivamos juntos, seamos como estatua que no se aflige por las afrentas. Pero si no queréis hacer esto, cuatro puertas hay en este templo: que cada uno salga por donde quiera y vaya donde quiera». Al oir esto se echaron a los pies del abad Anub y le dijeron: «Hemos vivido juntos toda la vida, trabajando y haciendo todo de acuerdo con las palabras que nos había dicho el anciano. Nombró a uno de nosotros ecónomo y comíamos lo que él nos preparaba, y jamás ocurrió que nadie dijera: “Trae otra cosa” o “no quiero comer esto”. Y así hemos pasado todo el tiempo de nuestra vida en paz y descanso».

12
Se cuenta que vinieron unas personas a pedirle al abad Amonas que hiciera de juez entre ellos. Pero el anciano les hizo creer que no estaba en su sano juicio. Una mujer dijo entonces a otra que estaba a su lado: «Este viejo está loco». Lo oyó el anciano y llamándola le dijo: «Tantos trabajos como he padecido en varios desiertos para conseguir esta locura, y tú ¿quieres que la pierda hoy por causa tuya?».

13
El abad Afi, obispo de Oxirinco, cuando era monje llevaba una vida excesivamente dura. Nombrado obispo, quiso llevar en la ciudad la misma vida que en el desierto, pero no tuvo fuerzas para ello. Y se postró en la presencia del Señor, diciendo: «¿Acaso, Señor, se ha alejado de mi tu gracia por causa del episcopado?». Y tuvo esta revelación: «No, pero cuando estabas en el desierto, y no había hombres, Dios era tu sostén. Ahora en el mundo los hombres se ocupan de ti».

14
Contó el abad Daniel que había en Babilonia un hombre principal cuya hija estaba poseída del demonio. El padre tenía en gran estima a cierto monje, y éste le dijo: «Nadie puede curar a tu hija, fuera de unos anacoretas que yo conozco. Pero si vas donde ellos no accederán a hacerlo por humildad. Vamos a hacer esto: cuando vengan a vender las cosas que fabrican, diles que quieres comprar alguna cosa, y cuando entren en tu casa para recibir el dinero, les diremos que hagan oración, y creo que así se salvará tu hija». Salieron a la plaza, pero sólo encontraron a un discípulo de los ancianos, que estaba vendiendo cestos. Lo llevaron con ellos a casa, como si fuesen a fijar el precio de las cestas, pero en cuanto entró en la casa, vino la joven posesa y dio una bofetada al monje. Este se volvió y le puso la otra mejilla, de acuerdo con el precepto divino, y entonces el demonio, desarmado, empezó a gritar: « ¡Oh violencia!, los mandamientos de Jesucristo me expulsan de aquí». Y al punto quedó curada la joven. Cuando llegaron los ancianos les contaron lo sucedido y dieron gloria a Dios, diciendo: «La soberbia del demonio se viene abajo habitualmente ante la humildad de los mandatos de Cristo Jesús».

15
Decía el abad Evagrio: «El comienzo de la salvación es condenarse a si mismo».

16
El abad Serapión decía: «He padecido muchos más trabajos corporales que mi hijo Zacarías, y no he llegado tan alto como él en la humildad ni en el silencio».

17
El abad Moisés dijo al hermano Zacarías: «¿Dime qué debo hacer». Al oírle, se echó a sus pies y le dijo: «Padre, ¿tú me lo preguntas a mi?». El anciano la contestó: «Créeme, Zacarías, hijo mío, he visto que descendía sobre ti el Espíritu Santo y esto es lo que me impulsa a preguntarte». Entonces, Zacarías se quitó el capuchón, lo puso bajo sus pies y mientras lo pisaba decía: «Si el hombre no es pisoteado de esta manera, no puede ser monje».

18
Contaba el abad Pastor que el abad Moisés preguntó al hermano Zacarías, cuando éste estaba a punto de morir: «¿Qué ves?». Y él contestó: «Veo que no hay nada mejor que callar, Padre». Y le respondió el abad: «Es verdad, hijo mío, guarda silencio». A la hora de su muerte, el abad Isidoro que estaba junto a él mirando al cielo, dijo: «Alégrate, hijo mío Zacarías, porque se han abierto para ti las puertas del Reino de los cielos».

19
El obispo de Alejandría, Teófilo, de santa memoria, vino en cierta ocasión al monte Nitria, y el abad del monte vino a su encuentro. El obispo le preguntó: «¿Qué ventaja has encontrado en esta forma de vida, Padre?». Y el anciano respondió: «Acusarme y reprenderme a mi mismo sin cesar». «No hay otro camino más seguro», le dijo el obispo.

20
Una vez, el abad Teodoro comía con los hermanos. Recibían las copas con reverencia, pero sin decir nada, ni siquiera el «perdóname» de costumbre. Entonces, el abad Teodoro dijo: «Los monjes han perdido su título de nobleza, la palabra “perdóname».

21
Se contaba del mismo abad Teodoro que después de ordenado diácono en Scitia no consentía en ejercer su ministerio, y escapaba de aquí para allá. Pero los ancianos lo traían de nuevo y le decían: «No abandones tu ministerio». Pero el abad Teodoro les respondió: «Dejadme, voy a orar a Dios, y si El me indica que debo quedarme aquí, y cumplir con este ministerio, lo haré». Y en su oración decía a Dios: «Si es tu voluntad, Señor, que me quede en este ministerio, muéstramelo». Y vio una columna de fuego que se elevaba de la tierra hasta el cielo, y oyó una voz que decía: «Si puedes ser como esta columna, ve a cumplir tu ministerio». Estas palabras le movieron a no cumplir jamás su oficio de diácono. Cuando volvió a la iglesia, los hermanos hicieron ante él una metanía, diciendo: «Si no quieres hacer de diácono, por lo menos sostén el cáliz». Pero Teodoro no aceptó y dijo: «Si no me dejáis en paz, me marcho de aquí». Y le dejaron tranquilo.

22
Dijo el abad Juan, el Enano: «La puerta de Dios es la humildad. Nuestros Padres tuvieron que sufrir muchas humillaciones y entraron alegres en la ciudad de Dios». Y añadió: «La humildad y el temor de Dios superan a todas las virtudes».

23
El abad Juan de Tebas decía: «Ante todo, el monje debe ser humilde, porque este es el primer mandato del Salvador, cuando dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». (Mt 5,3).

24
Los hermanos de Scitia se reunieron un día y Melquisedec. Se olvidaron de avisar al abad Coprés. Sin embargo los hermanos le llamaron luego y le preguntaron sobre el tema. Pero él se golpeó tres veces la boca, y dijo: « ¡Ay de ti, Coprés!, que has descuidado hacer lo que te mandó hacer el Señor, y pretendes ocuparte de lo que no te pide». Al oírle los hermanos se fueron cada uno a su celda.

25
El abad Macario contaba de sí mismo: «Vivía en una celda en Egipto, pero me llamaron e hicieron clérigo de una aldea. No quería quedarme para el ministerio y escapé a otro lugar. Y venia un seglar muy religioso, que se llevaba lo que yo hacía con mi trabajo manual y me procuraba lo que yo necesitaba. En aquella aldea, una joven de vida dudosa, tentada por el diablo, tuvo una caída. Y al quedar encinta le preguntaron de quién era lo que había engendrado. Ella dijo: “Aquel ermitaño se acostó conmigo”. Los habitantes del pueblo salieron a prenderme y me condujeron a la aldea. Me colgaron al cuello cántaros, pucheros y asas de jarros y me hicieron recorrer el pueblo mientras me golpeaban y gritaban: “Este monje ha ultrajado a nuestra hija, echadle, arrojadle de aquí”. Y me golpearon hasta dejarme casi muerto. Llegó uno de los ancianos y les dijo: “¿Hasta cuándo vais a seguir golpeando a este monje forastero?”. El que solía proveerme de lo que necesitaba, iba detrás, lleno de verguenza porque muchos también le insultaban, diciendo: “Mira lo que ha hecho este monje de quien tú dabas toda clase de garantías”. Los padres de la muchacha dijeron: “No te soltaremos hasta que prometas bajo juramento que mantendrás a nuestra hija”. Dije a aquel que me proveía de lo necesario que saliera fiador por mi, y lo hizo. Volví a mi celda, le di todos los cestos que tenía, y le dije: “Véndelos, y da el dinero a mí mujer, para que pueda comer”. Yo me decía a mí mismo: “Macario, has encontrado una mujer y es necesario que trabajes más para mantenerla”. Y trabajaba no sólo de día sino también de noche y lo que ganaba se lo enviaba. Cuando le llegó a aquella desgraciada el tiempo de dar a luz, pasó muchos días con grandes dolores, pero no paría. Le preguntaron a qué se debía y dijo: “Ya sé por qué sufro tanto tiempo”. Sus padres le preguntaron: “¿Por qué?”. “Porque he calumniado a ese monje y le he acusado falsamente sin que haya tenido nada que ver en este asunto. El culpable fue tal joven”. Al saber esto, mi proveedor vino muy alegre a buscarme y me dijo: “La muchacha no ha podido dar a luz hasta que no ha confesado que no tienes que ver nada con ella, y que ha mentido al acusarte. Y todos los habitantes de la aldea quieren venir aquí, a tu celda, para dar gloria a Dios y pedirte perdón”. Al oír esto de mi proveedor, me levanté y huí aquí, a Scitia, para que no me molestase aquella gente. Y este es el motivo por el cual me he instalado aquí».

26
Un día, el abad Macario volvía del pantano a su celda llevando palmas. Y salió a su encuentro el diablo con una guadaña. Intentó herirlo con la guadaña pero no pudo. Y entonces le dijo: «Macario, sufro mucho por tu causa, porque no te puedo vencer. Hago todo lo que tú haces: tú ayunas y yo no como, tú velas y yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la que tú me superas». «¿Cuál es?», le preguntó el abad Macario. Y el demonio le respondió: «Tu humildad, que me impide el que pueda vencerte».

27
El abad Matoés de Raitu fue, en compañía de un hermano, a la región de Gebala. Vino el obispo del lugar y ordenó presbítero al citado anciano. Y mientras comían, le dijo el obispo: «Padre, perdóname, ya sé que no querías esto, pero me he atrevido a hacerlo para recibir tu bendición». El anciano le respondió con humildad: «Es cierto que no lo deseaba en absoluto, pero lo que más me cuesta es que tengo que separarme del hermano que vive conmigo. No podré recitar solo todas las oraciones que recitábamos juntos». El obispo le dijo: «Si tú crees que es digno, le ordeno también». El abad Matoés dijo: «No sé si es digno o no; lo único que sé es que es mejor que yo». El obispo le ordenó también, pero uno y otro abandonaron este mundo sin haberse acercado jamás al altar para consagrar la ofrenda. El anciano decía: «Confío en Dios, que no me juzgará severamente por esta ordenación que he recibido, porque no me he atrevido a celebrar. Este ministerio es para los que viven sin pecado».

28
Decía el abad Matoés: «Cuanto más se acerca el hombre a Dios, más pecador se ve. Por eso, Isaías, al ver a Yahvé decía: “¡Ay de mí que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!”». (Is 6,5).

29
Cuando hicieron clérigo al abad Moisés y le pusieron el alba, el arzobispo le dijo: «Ahora has quedado totalmente blanco, abad Moisés». Pero este le respondió: «Externamente si, señor obispo, pero ¿por dentro?». El obispo quiso ponerle a prueba, y dijo a los clérigos: «Cuando el abad Moisés se adelante hacia el altar, arrojadle fuera y seguidle, para que oigáis lo que dice». Lo echaron fuera diciéndole: «¡Vete de aquí, etíope!». Y él salió diciendo: «Te está bien empleado, negro asqueroso. Si no eres hombre, ¿por qué te has atrevido a aparecer entre los hombres?».

30
El abad Pastor oyó, en una asamblea, hablar del abad Nisterós. Quiso verle y pidió al superior de Nisterós que se lo enviara. El superior no quiso que fuera solo y no le dijo nada. Pocos días después el ecónomo del monasterio pidió al abad permiso para ir a ver al abad Pastor y abrirle su alma. El abad le dio permiso y le dijo: «Lleva contigo a ese hermano, pues le ha mandado llamar el anciano y por no enviarlo solo he retrasado hasta hoy el enviárselo. Llegó el ecónomo al abad Pastor, le habló de sus cosas y quedó muy consolado con sus respuestas. Luego el anciano preguntó al hermano: «Abad Nisterós, ¿cómo has llegado a esa tan alta virtud que callas y no te entristeces cuando la tribulación castiga al monasterio?». Después de muchos ruegos del anciano, el hermano le dijo: «Perdóname, Padre, pero cuando entré en el monasterio me dije: “¡Tú y el burro una sola cosa¡ Se le golpea y no habla, se le injuria y no responde. Haz tú lo mismo”. Es lo que se lee en el Salmo: “Una bestia era ante ti, pero a mi, sin cesar, junto a ti, de la mano derecha me has tomado”». (Sal 72, 22-23).

31
El abad Olimpo de Scitia era esclavo, y todos los años bajaba a Alejandría para llevar a sus dueños lo que había ganado. Estos salían a su encuentro para saludarle, pero el anciano echaba agua en una jofaina y se disponía a lavarles los pies. «Por favor, Padre, ¡no nos hagas sufrir!», le decían. Pero él respondía: «Yo confieso que soy vuestro esclavo y os doy gracias porque me dejasteis libre para servir a Dios. A cambio yo os lavo los pies y recibís el fruto de mi trabajo». Los otros insistían, y como no quería ceder, les dijo: «Si no queréis recibir lo que he ganado, me quedo aquí como esclavo vuestro». Entonces sus dueños, por la gran reverencia que le tenían, le dejaban hacer lo que quería y al volver le llevaban con honor y le daban lo que necesitaba para que pudiese, en su nombre, hacer limosnas y celebrar el ágape. Todo esto le hizo célebre en Scitia.

32
Dijo el abad Pastor: «El hombre, lo mismo que aspira y expele el aliento, debe respirar continuamente la humildad y el temor de Dios».

33
Preguntó un hermano al abad Pastor: «¿Cómo debo portarme en el lugar donde habito?». Y el anciano le respondió: «Ten la prudencia de un recién llegado y donde quiera que fueres no intentes imponer tu punto de vista. Así vivirás en paz».

34
El abad Pastor decía: «Humillarse ante Dios, no darse importancia y postergar su propia voluntad, son las herramientas con las que el alma trabaja».

35
Dijo el abad Pastor: «No te estimes a ti mismo, sino imita al fervoroso».

36
Contaba el abad Pastor: «Un hermano preguntó al abad Antonio: “¿Qué es el desprecio de sí?”. Y el anciano respondió: “Colocarse por debajo de los animales irracionales y saber que ellos no se condenaran ».

37
Decía el abad Pastor: «La humildad es la tierra pedida por el Señor para ofrecerle el sacrificio».

38
Dijo también: «Si el hombre cumple con su deber, no se verá turbado».

39
Contaba también: «Los ancianos se sentaron un día para comer y el abad Antonio estaba de pie y les servía. Se dieron cuenta los ancianos y le felicitaron, pero él no respondió nada. Uno le preguntó en secreto: Por qué no has contestado a los ancianos que te alababan?”. Y el abad Antonio le dijo: “Si les hubiera respondido, podría parecer que me he deleitado con sus alabanzas”».

40
Contaba el abad José: «Estábamos un día con el abad Pastor, y dio el nombre de Padre a Agatón, y le dijimos: “Es muy joven. ¿Por qué le llamas Padre?”. Y dijo el abad Pastor: “Sus palabras le han merecido este nombre”».

41
Se decía del abad Pastor que nunca opinaba sobre las palabras de otro anciano, pero siempre alababa lo que decía.

42
Teófilo, de santa memoria, obispo de Alejandría, vino en cierta ocasión a Scitia. Los hermanos, que estaban reunidos, dijeron al abad Pambo: «Di unas palabras al obispo para que quede edificado de este lugar». Y el anciano respondió: «Si no queda edificado por mi silencio, tampoco lo hará por mis palabras».

43
El hermano Pistor contaba: «Siete hermanos eremitas fuimos a ver al abad Sisoés que vivía en la isla Clysma. Le pedimos que nos dijera algo, pero respondió: “Perdonadme, pero soy un hombre sin instrucción. Pero en cierta ocasión fui a ver al abad Hor y al abad Athre. El abad Hor estaba enfermo desde hacía dieciocho años. Empecé a suplicarles que me dijeran una palabra y el abad Hor me contestó: ‘¿Qué quieres que te diga? Haz lo que veas. Dios es de aquel que se tiraniza a si mismo con todas sus fuerzas y se hace violencia en todo’. Los dos, el abad Hor y el abad Athre no eran de la misma provincia. Sin embargo, se entendieron a la perfección hasta el fin de su vida. El abad Athre era muy obediente y el abad Hor muy humilde. Me quedé unos días con ellos para descubrir sus virtudes y vi la conducta admirable del abad Athre. Uno les trajo un pequeño pescado y el abad Athre quiso prepararlo para su anciano, el abad Hor. Tomó un cuchillo y empezó a cortar el pescado, pero en aquel momento el abad Hor le llamó: ‘¡Athre, Athre!’. Al punto dejó el cuchillo en el pescado a medio cortar y corrió a donde él. Y yo quedé admirado de su gran obediencia, pues no se le ocurrió decir: ‘Espera a que termine de cortar el pescado’. Y pregunté al abad Athre: ‘¿Dónde has aprendido a obedecer así?’. ‘No es mía esa obediencia, sino de este anciano’. Y me llevó consigo: ‘Ven a ver su obediencia’. Coció de forma deplorable un pececillo, de manera que quedó en tal estado que no se podía comer. Se lo llevó al anciano, que lo comió sin decir una palabra. El abad Athre le preguntó: ‘¿Está bueno, Padre?’. Y respondió: ‘Muy bueno’. Luego le trajo otro pescado muy bien preparado, y dijo: ‘Padre, este pescado está echado a perder, lo he cocido muy mal’. Y el anciano contestó: ‘Si, te ha salido un poco mal’. Entonces se volvió a mí el abad Athre, y me dijo: ‘¿Has visto cómo obedece este anciano?’. Les dejé e hice lo que había visto, según mis fuerzas”. Esto nos contó a los hermanos el abad Sisoés, pero uno de nosotros le pidió: “Muéstranos tu caridad diciéndonos una palabra tuya”. Y dijo: “El que consiente en no ser nada, ni apegarse a nada, ese cumple toda la Escritura”. Y otro hermano le dijo: “Padre, ¿en qué consiste el ser peregrino?”. Y respondió: “En callar y decir donde quiera que vayas: ‘No me mezclaré en nada’. Esto es vivir como peregrino”».

44
Un hermano vino al monte del abad Antonio, para visitar al abad Sisoés, y mientras hablaban le preguntó: «Padre, ¿todavía no has llegado a la altura del abad Antonio?». Y le respondió: «Si tuviese uno sólo de los pensamientos que atormentan al abad Antonio, ardería y me consumiría totalmente como fuego. Pero sin embargo conozco un hombre que, con mucho esfuerzo, puede tener a raya a sus pensamientos».

45
Volvió a preguntarle el hermano: «¿Por qué Satanás perseguía así a los Padres antiguos?». Y le dijo el abad Sisoés: «Hoy a nosotros nos persigue más que a ellos, porque su tiempo se acerca, y está asustado».

46
Vinieron unos al encuentro del abad Sisoés para escuchar de él una palabra, pero él decía tan sólo: «¡Perdonadme! ». Al ver las cestas del anciano, preguntaron a su discípulo Abraham: «¿Qué hacéis con estas cestas?». Y les respondió: «Las vendemos de vez en cuando». Al oírlo, el anciano añadió: «Y también Sisoés come de vez en cuando». Al oírle quedaron muy edificados por su humildad y se fueron llenos de alegría.

47
Un hermano preguntó al abad Sisoés: «Me examino y compruebo que mi pensamiento tiende hacia Dios». Y le dijo el anciano: «No es una gran cosa que tu alma esté con Dios. Lo grande es que te consideres a ti mismo como inferior a toda criatura. Esto y la penitencia corporal endereza y conduce al camino de la humildad».

48
Sinclética, de santa memoria, dijo: «Es tan imposible salvarse sin humildad como construir un barco sin clavos».

49
El abad Hiperequios dijo: «El árbol de la vida está arriba y a él sube la humildad del monje».

50
Dijo también: «Imita al publicano para no ser condenado con el fariseo. Imita la mansedumbre de Moisés, para que conviertas la roca de tu corazón en fuente de aguas vivas».

51
El abad Orsisio dijo: «Si se usa arcilla cruda en los cimientos, cerca de un río, no durará ni un solo día. Pero si está cocida permanecerá como la piedra. Así es el hombre que posee la sabiduría según la carne y no ha sido cocido por el fuego de la tentación como José, se viene abajo si llega a ocupar un puesto elevado. Lo resume así la palabra de Dios: “Fue agitado por muchas tentaciones entre los hombres”. Bueno es que quien conozca sus limitaciones, decline la carga al principio. Los fuertes en la fe se mantienen firmes. Si alguno quiere traer el ejemplo de José, debe decir que no era de esta tierra. ¡Cómo fue tentado!, y además en aquella región donde no había ningún vestigio de culto divino. Pero el Dios de sus Padres estaba con él y le libró de todas sus pruebas. Y hoy está con sus Padres en el Reino de los Cielos. Nosotros, conociendo nuestras limitaciones, luchemos, pues apenas podemos escapar del juicio de Dios».

52
Un anciano que vivía como ermitaño en el desierto, pensaba que practicaba perfectamente todas las virtudes. Y dijo a Dios en su oración: «Señor, muéstrame en qué consiste la perfección del alma para que la practique». Dios quiso humillarle y le respondió: «Vete a tal archimandrita y haz todo lo que te diga». Antes de que el anciano llegara, Dios se manifestó al archimandrita y le dijo: «Va a venir a verte un anacoreta. Dile que coja un látigo y vaya a cuidar los cerdos». Llegó el eremita, llamó a la puerta, entró en la habitación del archimandrita, y después de saludarse se sentaron. Y el eremita le dijo: «Dime lo que debo hacer para salvarme». Y le contestó el otro: «¿Harás todo lo que te diga?». Y respondió el anciano: «Sí». «Pues bien, toma un látigo y vete a cuidar mis cerdos». Los que le conocían o habían oído hablar de él, al verle cuidar cerdos, decían: «¿Habéis visto a ese santo eremita del que tanto habíamos oído hablar? Se ha chiflado y está poseído del demonio: cuida puercos». Pero Dios vio su humildad, y que llevaba con paciencia los oprobios, de los hombres y le mandó que volviera a su puesto en el desierto.

53
Un hombre poseído del demonio, que echaba espuma por la boca, abofeteó en el rostro a un monje anciano. Este le presentó al punto la otra mejilla. Pero el demonio, no pudiendo soportar la quemadura de su humildad, salió inmediatamente del poseso.

54
Dijo un anciano: «Cuando te venga un pensamiento de orgullo o de vanidad, examina tu conciencia para ver si guardas todos los mandamientos de Dios: si amas a tus enemigos, si te alegras de los éxitos de tal adversario y te entristeces de sus fracasos y si te consideras un siervo inútil y peor que el último de los pecadores. Si sientes de este modo de ti, y crees que cumples todo esto, no te creas algo, pues un pensamiento de esta clase destruiría todo lo demás».

55
Un anciano decía: «No critiques a tu hermano en el fondo de tu corazón, pensando que eres más sobrio, más austero y más inteligente que él. Al contrario, sé dócil a la gracia de Dios en espíritu de pobreza y de verdadera caridad, no sea que exaltado por el espíritu de orgullo pierdas el fruto de tu trabajo. Procura estar sazonado con la sal espiritual de Cristo». (Cf. Col 4,6).

56
Dijo un anciano: «El que es honrado y alabado por encima de sus merecimientos, sufre un gran daño. El que nunca fuere honrado por los hombres, será glorificado allá arriba».

57
Un hermano preguntó a un anciano: « ¿Es bueno hacer frecuentes metanías?». El anciano le respondió: «Hemos visto que Dios se apareció a Jesús, el hijo de Navé, cuando estaba postrado en tierra».

58
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Por qué nos atacan tanto los demonios?». El anciano le respondió: «Porque abandonamos nuestras armas, que son los ultrajes, la humildad, la pobreza y la paciencia».

59
Un hermano preguntó a un anciano: «Padre, si un hermano me trae pensamientos mundanos, ¿debo decirle que no me los traiga?». Y el anciano respondió: «No». Y el hermano le preguntó: «¿Por qué?». «No podemos conseguirlo nosotros mismos, respondió el anciano, ¿y se lo vamos a urgir al prójimo? No hagas aquello que tú mismo harás después». E insistió el hermano: «¿Qué debo, pues, hacer?». Y contestó el anciano: «Si nos decidimos nosotros mismos a guardar silencio, esto bastará para el prójimo».

60
Preguntaron a un anciano: «¿Qué es la humildad?». Y respondió: «Perdonar al hermano que ha pecado contra ti antes de que te pida perdón».

61
Dijo un anciano: «En todo lo desagradable que te suceda no culpes a nadie, sino sólo a ti, diciendo: “Esto me ha sucedido a causa de mis pecados”».

62
Un anciano decía: «Nunca he sobrepasado mi rango para subir más alto. Ni me he turbado cuando me han humillado. Mi único pensamiento era rogar al Señor que me despojase del hombre viejo».

63
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Qué es la humildad?». El anciano respondió: «Hacer bien a los que te hacen mal». «Y si no alcanzo esas alturas, ¿qué debo haber?», insistió el hermano. Y contestó el anciano: «¡Huye y escoge el silencio!».

64
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Cuál es el trabajo propio del peregrino?». El anciano respondió: «Conozco a un hermano peregrino, que se encontraba en la iglesia en el momento del ágape. Se sentó a la mesa para comer con los hermanos. Pero uno de ellos le dijo: “¿Quién ha invitado a este hermano? Levántate y vete fuera”. Y el hermano se fue. Los demás, apenados por su expulsión salieron a buscarle. Y uno de ellos le preguntó: “¿Qué has sentido en tu corazón al ser expulsado y llamado de nuevo?”. Y respondió: “Pensé dentro de mí que era como un perro. Se va cuando le echan y entra cuando le llaman ».

65
Unos fueron a la Tebaida para visitar a un anciano. Llevaban consigo a un hombre atormentado por el demonio para que el anciano le curase. El anciano, después de que se lo pidieron con mucha insistencia, dijo al demonio: «Sal de esa criatura de Dios». Y el demonio respondió: «Salgo, pero te hago esta pregunta: “Dime ¿quiénes son los cabritos y quiénes los corderos?”». Y el anciano le contestó: «Los cabritos son los que son como yo. Quienes sean los corderos, eso Dios lo sabe». Al oírle el demonio, vociferó: «Salgo por esta humildad tuya». Y desapareció al instante.

66
Un monje de Egipto vivía en un suburbio de la ciudad de Constantinopla. Un día, el emperador Teodosio, el Joven, pasó por allá, dejó a todos los de su comitiva, y fue, él solo, a la celda del anciano. Llamó a la puerta, le abrió el anciano y se dio cuenta de que era el emperador. Pero lo recibió como si se tratara de uno de sus oficiales. Entraron, hicieron oración y se sentaron. El emperador preguntó al monje: «¿Qué tal los Padres de Egipto?». Y le respondió el anciano: «Todos piden por tu salvación». El emperador miró a su alrededor para ver lo que había en la celda y no encontró más que una pequeña cesta que contenía un poco de pan y una jarra con agua. El monje le dijo: «Come un poco». Mojó los panes, le dio aceite y sal, y comió. Le dio también agua para beber. El emperador le dijo entonces: «¿Sabes quién soy yo?». Y el monje le contestó: «Dios sabe quien eres». Y le dijo Teodosio: «Yo soy el emperador Teodosio». El monje se postró y le saludó humildemente. Y el emperador prosiguió: «Dichosos vosotros que lleváis una vida segura sin los cuidados de este mundo. Te digo, de veras, que aunque he nacido bajo la púrpura imperial, nunca he saboreado tan a gusto el pan y el agua como hoy. He comido bastante y con buen apetito». A partir de este día, el emperador empezó a visitarle, pero el anciano se escapó y volvió a Egipto».

67
Los ancianos decían: «Cuando somos tentados, humillémonos más aún. Pues entonces Dios nos protege al ver nuestra debilidad. Pero si nos gloriamos, nos retira su protección y perecemos».

68
El diablo, transformado en ángel de luz, se apareció a un hermano, y le dijo: «Soy el ángel Gabriel y he sido enviado a ti». Pero el hermano le contestó: «Mira no sea que te hayan enviado a otro, porque yo no soy digno de que me envíen un ángel». Y el demonio desapareció al punto.

69
Decían los ancianos: «Aunque se te aparezca de verdad un ángel, no le acojas fácilmente, sino humíllate, diciendo: “No soy digno de ver un ángel yo que vivo en el pecado”».

70
Los Padres contaban que un anciano moraba en su celda y sufría fuertes tentaciones. Veía claramente a los demonios y se burlaba de ellos. Al verse vencido por el anciano, el demonio se le presentó y le dijo: «Soy Cristo». Al verle, el anciano cerró los ojos. Y el diablo le dijo: «Soy Cristo, ¿por qué cierras los ojos?». Y le contestó el anciano: «Yo ‘aquí no quiero ver a Cristo, sino en la otra vida». Al oír esto desapareció el diablo.

71
Los demonios quisieron engañar a un anciano y le dijeron: «¿Quieres ver a Cristo?». El respondió: « ¡Malditos vosotros y vuestras palabras! Yo creo en el Cristo mío, que nos dijo: “Entonces, si alguno os dice: mirad, el Cristo está aquí o allí, no le creáis”». (Mt 24,23). Al oír esto, los demonios huyeron.

72
Contaban los Padres que un anciano había ayunado setenta y dos semanas seguidas, comiendo tan sólo una vez por semana. Preguntó a Dios el sentido de cierto texto de la Escritura, pero Dios no se lo reveló. Y pensó para sí: «Puesto que me he mortificado tanto sin provecho, iré a preguntárselo a uno de mis hermanos». Y al cerrar la puerta de su celda para salir, le fue enviado un ángel del Señor, que le dijo: «Las setenta semanas de ayuno no te han acercado más a Dios, pero cuando te has humillado para ir donde tu hermano, me han enviado para explicarte ese texto». Y después de explicarle lo que buscaba desapareció el ángel.

73
Decía un anciano: «Si uno da una orden a un hermano con humildad y temor de Dios, esta palabra pronunciada por amor de Dios dispone al hermano a someterse y a hacer lo mandado. Pero si uno da una orden a un hermano sin temor de Dios, sino para hacer sentir su autoridad y como manifestando su dominio, Dios, que ve los secretos del corazón, no permite que el hermano entienda y haga lo que se le manda. Porque aparece muy claro cuando algo se manda por amor de Dios, y cuando se manda de manera autoritaria por propia voluntad. Lo que es de Dios se manda con humildad y en forma de ruego. Lo que se manda con dominio, con irritación y brusquedad, procede del maligno».

74
Dijo un anciano: «Prefiero un fracaso soportado con humildad que una victoria obtenida con soberbia».

75
Un anciano decía: «No condenes al que te ayuda, pues no sabes si el Espíritu de Dios está en ti o en él. Cuando digo el que te ayuda, me refiero a tu servidor».

76
Un hermano preguntó a un anciano: «Vivo con otros hermanos, ¿si veo algo inconveniente, debo hablar?». El anciano le respondió: «Si son mayores que tú o de tu misma edad, tendrás más paz si te callas. Haciéndote pequeño te sentirás mucho más seguro». Y le dijo el hermano: «¿Qué debo hacer, el espíritu me turba?». Y el anciano le contestó: «Si no lo puedes sufrir, avísales una sola vez con mucha humildad. Si no te obedecen, abandona tu pena en la presencia de Dios y El te consolará. El siervo de Dios debe postrarse ante El y abandonarse totalmente a El. Vigila para que tu celo sea según Dios, pero mi opinión es que es mejor callarse. Para ti la humildad es el silencio».

77
Un hermano preguntó a un anciano: «¿En qué consiste el progreso de un hombre?». Y el anciano le contestó: «En la humildad. Cuanto más se abaja un hombre más se eleva a la perfección».

78
Decía un anciano: «Si alguno dice: “Perdóname”, con humildad, quema a los demonios tentadores».

79
Decía un anciano: «Si consigues guardar silencio, no lo consideres como mérito tuyo. Cuando te venga esa consideración, di: “Es que soy indigno de hablar”».

80
Un anciano dijo: «Si el molinero no tapa los ojos del animal que da vueltas a la muela, éste se desmandará y comerá el fruto de su trabajo. Así, por disposición divina, hemos recibido un velo que nos impide ver el bien que hacemos, para que no nos sintamos satisfechos de nosotros mismos y perdamos nuestra recompensa. Por eso también, de vez en cuando, nos vemos abandonados a muchos pensamientos sucios, para que cuando los veamos nos condenemos a nosotros mismos. Y estos pensamientos son para nosotros un velo que oculta el poco bien que hacemos. Porque cuando el hombre se acusa a sí mismo, no pierde su recompensa».

81
Un anciano decía: «Prefiero ser enseñado que enseñar». Y añadió: «No enseñes antes de tiempo; si no tendrás toda tu vida una inteligencia disminuida».

82
Preguntaron a un anciano: «¿Qué es la humildad?». Y respondió: «La humildad es algo muy grande, divino. El camino de la humildad es éste: entregarse a la penitencia corporal, reconocerse pecador y someterse a todos». Y un hermano preguntó: «¿Qué es someterse a todos?» Y contestó el anciano: «No fijarse en los pecados de los demás, sino considerar siempre los propios y rogar continuamente a Dios».

83
Un hermano preguntó a un anciano: «Dime una sola cosa para que la cumpla y viva». El anciano le respondió: «Si puedes sufrir el ser injuriado y soportarlo, esto es algo grande y que supera a todas las virtudes».

84
Decía un anciano: «El que lleva con paciencia los desprecios, las injurias y las injusticias, puede salvarse».

85
Un anciano dijo: «No tengas demasiada familiaridad con tu abad, ni vayas a verle con excesiva frecuencia, pues estas relaciones engendran confianza y empezarás a desear el primer puesto».

86
Había en una comunidad un hermano que se cargaba sobre sus espaldas todas las faltas que cometían los hermanos, llegando a acusarse hasta de fornicación. Algunos hermanos, ignorando su conducta, empezaron a murmurar contra él: «Tanto mal como hace y no trabaja nada». El abad, que conocía sus obras, decía a los hermanos: «Prefiero una estera de éste con humildad, que todas las vuestras con soberbia». Y para que los juicios de Dios demostrasen quién era aquel hermano, mandó traer todas las esteras que habían fabricado los hermanos y la del hermano. Encendió una mecha y la tiró en medio de ellas. Se quemaron todas las esteras de los hermanos, pero la del hermano quedó intacta. Al ver esto los hermanos se llenaron de temor, hicieron una metanía ante el hermano y desde entonces le consideraron como un Padre.

87
Preguntaron a un anciano cómo algunos podían decir que habían visto el rostro de los ángeles. Y él contestó: «Dichoso el que ve siempre sus pecados».

88
Un hermano estaba enfadado con otro hermano. Lo supo éste y vino a pedirle perdón. Pero aquél no le abrió la puerta de su celda. Fue el hermano a contar lo sucedido a un anciano, y éste le dijo: «Mira si no conservas en tu corazón una razón que te parezca justa para culpar a tu hermano, y que ella te lleva a reprenderle a él y a justificarte a ti. Tal vez sea esta la causa por la que Dios no movió su corazón para que te abriera la puerta. Yo te aconsejo que si él te ha ofendido, asientes en tu corazón que tú le has ofendido a él y des la razón a tu hermano. Entonces Dios pondrá en su corazón lo que sea necesario para que viva en buena amistad contigo». Y le contó este ejemplo: «Dos seglares piadosos se pusieron de acuerdo y dejaron el mundo para hacerse monjes. Llenos de celo según la letra, pero no según el espíritu del Evangelio, se castraron por el Reino de los Cielos. Lo supo el arzobispo y los excomulgó. Ellos, creyendo que habían procedido bien, se indignaron contra él, diciendo: “Nos hemos castrado por el Reino de los Cielos, y él nos excomulga. Apelaremos al arzobispo de Jerusalén”. Fueron, le contaron lo sucedido y el arzobispo de Jerusalén les dijo: “Yo también os excomulgo”. Irritados de nuevo, acudieron al arzobispo de Antioquía, le contaron todo y también les excomulgó. Los hermanos se dijeron entonces: “Vamos al Papa de Roma, y él nos hará justicia”. Acudieron pues el Sumo Pontífice, le contaron todo lo que les habían hecho los citados arzobispos, y le dijeron: “Acudimos a ti porque eres la cabeza de todos”. El Papa les respondió: “Yo también os excomulgo y quedáis fuera de la Iglesia”. Al verse excomulgados por todos se dijeron el uno al otro: “Estos obispos se conciertan y se apoyan unos a otros porque se reúnen en Concilio. Vayamos a san Epifanio, obispo de Chipre, que es varón de Dios y profeta y no tiene acepción de personas”. Cuando ya estaban cerca de la ciudad, san Epifanio tuvo una revelación acerca de ellos y mandó a decirles: “No entréis en esta ciudad”. Entonces volvieron en si, y dijeron: “Somos verdaderamente culpables, ¿por qué tratamos de justificarnos? Pase que aquellos nos excomulgasen injustamente, ¿pero que lo haga este profeta? Tiene que ser porque Dios le ha hecho alguna revelación”. Y los dos se reprocharon vehementemente la culpa que habían cometido. El que conoce los corazones vio que se reconocían de verdad culpables y se lo reveló al obispo Epifanio. Este les mandó de nuevo un mensajero, les hizo venir a su presencia, les consoló y les admitió en la Iglesia. Luego escribió sobre ellos al arzobispo de Alejandría: “Recibe a estos hijos tuyos que han hecho de verdad penitencia” ». Y añadió el anciano que contó esta historia: «Este es el secreto de la santidad y lo que Dios quiere: que el hombre arroje sus pecados a los pies de Dios». Al oír esto el hermano hizo lo que le había enseñado el anciano y fue a llamar a la puerta de su hermano. Este, apenas le oyó, se arrepintió interiormente y abrió al punto la puerta. Se abrazaron desde el fondo de su corazón, y se estableció entre ellos una profunda paz.

89
Dos monjes, hermanos carnales, vivían juntos, pero el diablo quería separarlos. Un día, el más joven encendió una vela y la colocó sobre un candelabro. El demonio hizo su trabajo y volcó el candelabro; el hermano mayor montó en cólera y golpeó a su hermano. Pero éste hizo una metanía y le dijo: «Ten paciencia conmigo que ya la voy a encender de nuevo». Y el poder del Señor bajó y atormentó al demonio hasta la mañana siguiente. El demonio comunicó a su jefe lo sucedido. Y un sacerdote pagano oyó lo que contaba el demonio y decidió hacerse monje. Y desde el comienzo de su conversión practicó la humildad más perfecta, pues decía: «La humildad quiebra toda la fuerza del enemigo, como yo mismo se lo oí a los demonios: “Cuando atacamos a los monjes, si uno de ellos hace una metanía, todo nuestro poder se desvanece”».


(1) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da testimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.
XV. De la humildad
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XV. De la humildad
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