Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XVI. De la paciencia

1
El abad Gelasio tenía un códice de pergamino que valía dieciocho sólidos. Contenía el Antiguo y el Nuevo Testamento enteros y estaba colocado en la iglesia, para que los hermanos pudieran leerlo cuando gustasen. Llegó un hermano peregrino, se detuvo en el monasterio, y al ver el códice lo deseó, lo robó y se marchó con él. El anciano, aunque se dio cuenta de lo que había hecho no le persiguió para prenderlo. El hermano, por su parte, fue a una ciudad, e intentó venderlo. Encontró un comprador y le pidió por él dieciséis sólidos. El comprador le dijo: «Dámelo antes para que lo haga examinar y te lo pagaré después». Y el hermano le dejó el libro para que lo enseñase. El comprador lo llevó al abad Gelasio, para que comprobara si el códice era bueno y si valía ese precio. El anciano le contestó: «Cómpralo, es un buen códice y vale lo que te ha pedido». Pero el comprador fue al encuentro del hermano y le dijo, no lo que le había dicho el anciano, sino lo que sigue: «Se lo he enseñado al abad Gelasio y me ha dicho que es muy caro y que no vale lo que tú pides». Al oír esto el hermano le preguntó: «¿Y no ha dicho más el anciano?». «Nada más». Entonces dijo el hermano: «No quiero ya vender este libro». Conpungido volvió donde el anciano, le hizo una metanía 1 suplicándole que aceptase el libro, pero el anciano no quería recibirlo. Entonces el hermano le dijo: «Si no lo aceptas, no puedo vivir tranquilo». Y el anciano replicó: « Si no puedes vivir tranquilo si no lo acepto, lo recibiré». Y el hermano se quedó con el anciano hasta su muerte y se aprovecho mucho de la paciencia de su abad.

2
Se tuvo en las Celdas una reunión para cierto asunto, y el abad Evagrio habló en ella. El presbítero del monasterio le dijo: «Sabemos, abad Evagrio, que si estuvieses en tu país, podrías ser obispo o cabeza de un grupo numeroso, pero aquí eres un forastero». Movido a compunción, no respondió violentamente, sino que inclinando la cabeza y mirando al suelo, escribía en él con el dedo, y dijo: «Así es, Padres: he hablado una vez, pero, como dice la Escritura, no hablaré la segunda».

3
El abad Juan el Enano estaba sentado delante de la iglesia. Los hermanos le rodearon y le preguntaron acerca de sus propios pensamientos. Al ver esto otro anciano, lleno de envidia, le dijo: «Tu vaso está lleno de veneno». Y el abad Juan le respondió: «Así es, Padre. Tú dices eso porque sólo ves lo externo. Si vieses lo de dentro, ¿qué dirías?».

4
Juan el Pequeño, de la Tebaida, que fue discípulo del abad Amonio, estuvo doce años a su servicio consolándole en sus enfermedades y luego se sentaba junto a él sobre la estera. Pero el anciano no le daba por ello ninguna satisfacción. Y aunque se sacrificó tanto por él, jamás le dijo: «Dios te lo pague». Pero cuando estuvo a punto de morir, en presencia de los hermanos de la región, le tomó la mano y dijo:«¡Dios te lo pague! ¡Dios te lo pague!». Y lo confió a los ancianos diciendo: «Es un ángel, no un hombre».

5
Contaban del abad Isidoro, presbítero de Scitia, que si alguno tenía un hermano enfermo, débil o insolente, y quería expulsarlo, él decía: «Tráemelo a mí». Y con su paciencia, curaba el alma de aquel hermano.

6
Cuando estaba en Egipto, el abad Macario encontró a un hombre que había traído una bestia de carga en la que iba colocando todo lo que Macario poseía. Macario, como si estuviese de paso, le ayudó a cargar todo lo robado sobre el animal y lo despidió con toda calma, diciendo para si: «Porque nosotros no hemos traído nada al mundo (1 Tim 6,7). Dios nos lo dio. ¡Hágase su voluntad! ¡Bendito sea siempre el Señor!».

7
Un día se reunieron los hermanos en Scitia, y los ancianos quisieron poner a prueba al abad Moisés. Le despreciaron, diciendo: «¿Por qué este etíope viene con nosotros?». El, al oírlo se calló. Terminada la asamblea, los que le habían tratado injuriosamente le dijeron: «¿No te sientes molesto ahora?». Y él respondió: «Turbado estoy, no puedo hablar». (Sal 76,5).

8
Paisio, hermano del abad Pastor, tuvo una amistad particular con un monje del exterior. Al abad Pastor no le gustaba, y corrió a decir al abad Amonas: «Mi hermano Paisio tiene una amistad particular y no lo puedo sufrir». El abad Amonas le respondió: «Abad Pastor, ¿vives todavía? Vete a tu celda y métete en la cabeza que hace un año que estás en el sepulcro».

9
Decía el abad Pastor: «Cualesquiera que sean tus penas, callando las superarás».

10
Un hermano que había sido insultado por otro hermano, acudió al abad Sisoés de Tebas y le dijo: «Ese hermano me ha insultado y quiero vengarme». El anciano le rogaba: «No, hijo. Deja en manos de Dios la venganza». Pero el otro decía: «No descansaré hasta que me haya vengado yo mismo». El anciano insistió: «Hermano, hagamos oración». Y el anciano puesto en pie añadió: «Dios mío, ya no necesitamos que te ocupes de nosotros, pues nos vengamos nosotros mismos». «Al oir esto el hermano se echó a los pies del anciano y le dijo: «Ya no tengo nada contra aquel hermano. ¡Por favor, Padre, perdóname!».

11
Un hermano vio que un hombre piadoso llevaba a un muerto en una camilla y le dijo: «¿Llevas a los muertos? Ve y aguanta a los vivos!».

12
Se decía de un monje que cuanto más uno le injuriaba y le exacerbaba, tanto más se acercaba a él, pues decía: «Esta clase de personas, está hecha para corregir a los que buscan con seriedad la perfección. Pues los que a estos últimos alaban, turban sus almas, porque escrito está: “Los que os alaban, os apartan del buen camino”». (Cf. Is 9,16).

13
Un día vinieron unos ladrones a la ermita de un anciano y le dijeron: «Venimos a llevarnos todo lo que hay en tu celda». Y él les dijo: «Tomad todo lo que os parezca bien, hijos». Tomaron todo lo que encontraron en la celda y se lo llevaron. Pero se olvidaron una bolsa que estaba escondida en la celda. El anciano la tomó, y corrió tras ellos gritando: «¡Hijos míos!, tomad esto que habéis olvidado en mi celda». Admirados de la paciencia del anciano, le llevaron de nuevo todo a su celda y todos le hicieron metanías, y se decían unos a otros: «Verdaderamente, es un hombre de Dios».

14
Unos hermanos fueron a visitar a un santo anciano que vivía en un lugar desierto. Y junto a la ermita encontraron a un muchacho que cuidaba los rebaños y profería palabras muy groseras. Los hermanos consultaron sus asuntos con el anciano aprovechándose de sus respuestas y luego le dijeron: «Padre, ¿cómo aguantas a estos chicos y no les impides este alboroto?». El anciano les contestó: «Hermanos, creedme, que desde hace varios días estoy pensando en mandarles callar, pero me digo a mí mismo: “Si no aguanto esta bagatela, ¿cómo podría soportar una prueba mayor, si Dios permite que se me presente?”. Y por eso no les digo nada, para acostumbrarme a sobrellevar todo lo que me pueda suceder».

15
Se cuenta que un anciano que tenía por compañero a un muchacho, vio que hacía algo poco conveniente, y le dijo, una sola vez: «No hagas eso». Pero el joven no le obedeció. Al ver esto el anciano apartó de si toda preocupación por lo sucedido y no quiso ser juez del muchacho. El joven cerró con llave la puerta de la habitación donde estaban los panes y dejó en ayunas al anciano durante tres días, pero el anciano no le preguntó: «¿Donde andas? ¿Qué haces por ahí fuera?». El anciano tenía un vecino que supo lo sucedido, preparó una papilla que le ofreció a través de la ventana, rogándole que la comiera. Y le preguntaba al anciano: «¿Por qué tarda tanto en volver el hermano?». Pero el anciano respondió: «Cuando haya descansado, volverá».

16
Un día unos filósofos quisieron poner a prueba a los monjes. Vieron pasar a uno muy elegantemente vestido y le llamaron: «¡Ven aquí!». Pero él, indignado, les insultó. Pasó un santo monje, de origen aldeano, y le dijeron: «¡Tú, monje, mal viejo, ven aquí!». Y el monje acudió en seguida. Le abofetearon, y él les ofreció la otra mejilla. Al punto los filósofos se levantaron, se echaron a sus pies, y le dijeron: «¡Este es un monje de verdad!». Le hicieron sentar en medio de ellos y le preguntaron: «¿Qué es lo que haces, en este lugar solitario, que no hagamos nosotros? Vosotros ayunáis y nosotros ayunamos. Castigáis vuestros cuerpos y nosotros también lo hacemos. Todo lo que vosotros hacéis lo hacemos también nosotros. ¿Qué hacéis más que nosotros, aquí en el desierto?». El anciano les contestó: «Ponemos nuestra esperanza en Dios y practicamos la guarda del corazón». Y le dijeron los filósofos: «Esto no lo logramos nosotros». Y muy edificados le dejaron marchar.

17
Un anciano tenía un discípulo de probada virtud, pero un día que estaba de mal humor lo despidió. El discípulo esperaba sentado fuera. El anciano, al abrir la puerta, le encontró, e hizo una metanía ante él, diciendo: «Tú eres mi Padre, porque tu humildad y paciencia han vencido la volubilidad de mi carácter. Ven dentro, desde ahora tú eres el anciano y el Padre, y yo el joven y el discípulo, porque con tu conducta has superado mi ancianidad».

18
Contaba un anciano que había oído decir a unos santos varones, que había jóvenes que enseñaban a sus ancianos a conducirse en la vida monástica. Y contaron esta historia: «Había una vez un monje borracho, que fabricaba cada día una estera, la vendía en el pueblo vecino, y gastaba en beber todo lo que había cobrado. Vino a vivir con él un hermano, que también fabricaba una estera, pero el anciano la tomaba, vendía las dos esteras y se gastaba en vino el precio de ambas. Al hermano únicamente le traía un poco de pan, al anochecer. Esto duró casi tres años, sin que el hermano dijera una sola palabra. Pero un día el hermano pensó para si: “Estoy desnudo y como con escasez mi pan. Voy a marchar de aquí!”. Pero luego recapacitó: “¿Dónde voy a ir? Me quedaré aquí, viviendo por amor de Dios, en compañía de este monje”. Al punto se le apareció un ángel del Señor, que le dijo: “No te vayas. Vendremos a ti mañana . Aquel día el hermano rogó al anciano: “No te alejes de aquí. Los míos van a venir hoy a buscarme”. Cuando llegó la hora en que el anciano solía bajar al pueblo, dijo al hermano: “Ya no vendrán hoy, hijo. Es demasiado tarde”. Pero el hermano le respondió, con toda clase de argumentos, que vendrían. Y mientras hablaba descansó en la paz del Señor. Entonces el anciano lloró amargamente: “¡Ay Dios mío! Cuántos años hace que vivo negligentemente. Tú en cambio, gracias a tu paciencia, alcanzaste la salvación en muy poco tiempo. Y desde aquel día, el anciano dejó la bebida y se convirtió en un monje de probada virtud».

19
Un hermano vivía cerca de un venerable anciano y entraba en la celda de éste y le robaba todo lo que tenía. El anciano se daba cuenta, pero no le reprendía, antes al contrario se esforzaba en trabajar más con sus manos, diciendo: «Creo que este hermano lo necesita». Se exigía a si mismo un trabajo muy superior al acostumbrado, dominaba su apetito y comía su pan con escasez. Cuando estaba a punto de morir, le rodearon sus hermanos, y viendo al hermano que le robaba, le dijo: «Acércate a mi». Le tomó las manos y se las besó, mientras le decía: «Hermano, doy gracias a estas manos, pues por ellas voy al Reino de los Cielos». El hermano, movido a compunción por estas palabras, hizo penitencia y llegó a ser un monje muy fervoroso, siguiendo el ejemplo de aquel santo anciano.


(1) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.
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