Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XVIII. De la clarividencia o contemplación

1
Un hermano fue a la celda del abad Arsenio en Scitia. Miró por la ventana y le vio como en fuego. El hermano era digno de ver aquel espectáculo. Llamó a la puerta y salió el anciano, y al ver el rostro de asombro del hermano, le preguntó: «¿Hace mucho tiempo que estás llamando? ¿Has visto algo?». Y él le respondió: «No». Hablaron entre si y el anciano le despidió.

2
Dijo el abad Daniel, discípulo del abad Arsenio, que su abad le contó como sucedido a otro (aunque él creía que se trataba del mismo Arsenio) que estando en su celda oyó una voz que le decía: «Ven, y te mostraré las obras de los hombres». Se levantó y salió. Le llevaron a un lugar donde estaba un etíope cortando leña para hacer un haz muy grande. Intentó levantar el haz pero no podía y en vez de aligerar el haz cortaba más leña y la añadía a su enorme haz. Un poco más lejos, le enseñó un hombre al borde de un lago. Llenaba de agua un balde y lo echaba en una cisterna agrietada y el agua se escapaba de nuevo al lago. Y el anciano oyó la voz que le decía: «Ven, que te voy a enseñar otra cosa». Y vio un templo y dos hombres a caballo que ‘llevaban, entre los dos, un tronco atravesado sobre sus monturas. Intentaban entrar en el templo por la puerta, pero no podían a causa del tronco atravesado que llevaban. Ninguno de los dos consentía en colocarse detrás para que el tronco girase 90 grados, y se quedaron los dos fuera del templo. Y al preguntar al anciano qué significa todo aquello, le fue respondido: «Estos son los que llevan con orgullo el yugo de la justicia. No se humillan para rectificar su conducta y caminar con humildad por el camino de Cristo y se quedan fuera del Reino de Dios. El que cortaba leña, es el gran pecador que no hace penitencia por sus pecados, ni se aparta de ellos, sino que, al contrario, añade pecados sobre pecados. El que llena de agua la cisterna, es el hombre que hace buenas obras, pero mezcla en ellas otras malas, y por éstas pierde también aquéllas. Es preciso, pues, que el hombre vigile sus propias obras, para que no trabaje en vano».

3
Contaba también el abad Daniel: «Nuestro Padre, el abad Arsenio, nos habló de un anciano, tan admirable por su penitencia como por la sencillez de su fe. Por su ignorancia, cayó en el error y decía que el pan que comemos no es el Cuerpo de Cristo sino una figura de él. Dos ancianos supieron que sostenía esta doctrina, y conociendo su santa vida y su gran virtud, pensaron que no había malicia por su parte y que por ignorancia decía aquello. Fueron a su encuentro y le dijeron: «Padre, hemos oído la opinión de un infiel, que dice que el pan que comemos no es el verdadero Cuerpo de Cristo, sino una representación». Pero el anciano les respondió: «Soy yo el que ha dicho eso». Y se pusieron a enseñarle: «No sostengas eso, Padre, hay que atenerse a la enseñanza de la Iglesia Católica, pues nosotros creemos que este pan es verdaderamente el Cuerpo de Cristo y que este cáliz es verdaderamente la Sangre de Cristo y no una representación. En el principio, Dios tomó barro de la tierra y formó al hombre a su imagen y semejanza y nadie puede decir que no es imagen de Dios, aunque sea incomprensible. Lo mismo sucede con el pan, pues el Señor dijo: “Este es mi Cuerpo”, y creemos que este pan es realmente el Cuerpo de Cristo». El anciano contestó: «Si no veo la cosa, no me convenceré de lo que decís». Los ancianos le dijeron: «Pidamos a Dios, durante toda la semana, que nos desvele este misterio y estemos seguros de que Dios lo hará». El anciano acogió con gran alegría estas palabras, y rogaba a Dios, diciendo: «Tú sabes que mí incredulidad no es por malicia, pero si estoy equivocado a causa de mi ignorancia, Señor Jesucristo, dame a conocer la verdad». Por su parte, los dos ancianos, en sus respectivas celdas, rogaban a Dios: «Señor Jesucristo, revela a este anciano el misterio, para que crea y no pierda todo su trabajo». Dios les escuchó a uno y otros. Terminada la semana acudieron a la iglesia y se sentaron los tres solos aparte en un asiento de juncos atados formando haces. El anciano se sentó en medio. Y se les abrieron a los tres los ojos del alma, y cuando pusieron los panes en el altar, les pareció, a ellos tres tan sólo, que se encontraba sobre el altar un niño pequeño. Y cuando el sacerdote extendió sus manos para partir el pan, bajó un ángel del Señor, del cielo, con un cuchillo en la mano y partió aquel niño y la sangre la recogió en el cáliz. Y cuando el sacerdote partió el pan en trozos pequeños, también el ángel cortó los miembros del niño en partes pequeñas. Y al acercarse recibió carne ensangrentada. Al verlo se atemorizó, y exclamó: «Creo, Señor, que el pan que está en el altar es tu Cuerpo y el cáliz tu Sangre». Y al punto se convirtió en pan el trozo que llevaba en la mano, como en el sacramento, y lo comió, dando gracias a Dios. Los ancianos le dijeron: «Dios conoce la naturaleza humana. Sabe que el hombre no puede comer carne cruda y por eso transforma su Cuerpo en pan y su sangre en vino para aquellos que le reciben con fe». Y dieron gracias a Dios porque no había permitido que aquel anciano perdiese el fruto de su trabajo y volvieron a sus celdas con gran alegría.

4
Contaba también el abad Daniel que un venerable anciano, que vivía en el Bajo Egipto, decía, en su gran simplicidad, que Melquisedec era hijo de Dios. Se le hizo saber esto al obispo de Alejandría, Cirilo, de santa memoria, el cual le mandó llamar. Este, que sabia que el anciano era taumaturgo y que Dios le revelaba todo cuanto le pedía, y que sólo por su simplicidad decía esas cosas, usó con él la siguiente estratagema. Le dijo: «Padre, tengo que consultarte lo siguiente: pienso algunas veces que Melquisedec es hijo de Dios y otras que sólo es un hombre que fue sumo sacerdote. Y en esta incertidumbre, te pido que ruegues a Dios para que se digne revelarte dónde está la verdad». El anciano confiando en la santidad de su vida, le respondió con plena seguridad: «Dame tres días para orar a Dios y te diré lo que me ha revelado acerca de eso». Entró en su celda y se puso a rezar por esa intención. Y a los tres días se presentó de nuevo a Cirilo, de santa memoria, y le dijo: «Melquisedec es un hombre». El arzobispo le preguntó: «¿En qué se basa tu certeza, Padre?». Y el anciano le dijo: «Dios me ha hecho ver a todos los patriarcas, desde Adán hasta Melquisedec, todos han desfilado delante de mi y un ángel que estaba a mi lado me ha dicho: “Este es Melquisedec”. Puedes estar seguro de que esto es así». El anciano volvió a su celda y él mismo se puso a enseñar que Melquisedec era un hombre. Y el bienaventurado Cirilo se alegró muchísimo.

5
Efrén, de santa memoria, siendo todavía niño, vio en un sueño o revelación que de su boca salía una viña que creció y llenó toda la tierra, tanta era su fecundidad. Todas las aves del cielo venían a alimentarse de ella, pero cuanto más comían, tanto más se llenaba la viña de fruto.

6
Uno de los santos Padres vio en sueños un ejército de ángeles que bajaba del cielo por orden de Dios. Llevaban en sus manos un libro escrito, por dentro y por fuera, y se preguntaron: «¿A quién debemos confiarlo?». Los unos decían a tal, los otros a cual, y el resto de los ángeles, dijeron: «En verdad esos dos que decís son santos y justos, pero no se les puede confiar el libro». Se pronunciaron otros muchos nombres de santos, hasta que dijeron: «Sólo a Efrén se lo podemos confiar». Y vio aquel anciano, a quien se le había revelado todo esto, que los ángeles entregaron el libro a Efrén. A la mañana siguiente se levantó y fue a escuchar las enseñanzas de Efrén y era como una fuente que brotaba de su boca. Y reconoció, el anciano que había tenido el sueño, que lo que salía de los labios de Efrén era obra del Espíritu Santo.

7
Cuando el abad Zenón vivía en Scitia, salió una noche de su celda pensando ir hacia el pantano. Pero se extravió y estuvo tres días y tres noches andando y sufriendo. Desfalleció y cayó medio muerto. Pero un niño se puso junto a él, ofreciéndole un pan y una jarra de agua, y le dijo: «Levántate y come». Pero Zenón se levantó y se puso en oración, creyendo que se trataba de un fantasma. El niño le dijo: «Has hecho bien». Pero Zenón oró una segunda y una tercera vez. Y el niño le volvió a decir: «Has hecho bien». El anciano se levantó, tomó lo que se le ofrecía y comió. Y el niño le dijo: «Cuanto más andabas, más te alejabas de tu celda, pero levántate y sígueme». Y enseguida se encontró en su celda. El anciano dijo: «Entra, y hagamos oración». Y mientras el anciano entraba, el otro desapareció.

8
El abad Juan contaba que, en un éxtasis, un anciano vio a tres monjes en pie al borde del mar. Y oyeron una voz que desde la otra orilla les decía: «Tomad las alas de fuego y venid a mi». Dos de ellos tomaron las alas y volaron a la otra orilla de donde venía la voz. El tercero se quedó inmóvil y lloraba y gritaba con gran fuerza. Un poco más tarde le dieron también alas, pero no eran alas de fuego sino débiles y pobres. Y sólo con grandes trabajos, hundiéndose y levantándose consiguió llegar a la otra orilla. Así es la generación actual: no recibirá alas de fuego, pero si recibe algo serán alas débiles y sin fuerza.

9
El abad Macario habitaba en pleno desierto. Era el único ermitaño que vivía allí, pero más abajo existía otro desierto en el cual moraban muchos hermanos. El anciano contemplaba el camino y vio venir a Satanás, con aspecto de hombre, y encaminarse hacia su celda. Llevaba una túnica de lino muy gastada y llena de agujeros y de cada agujero pendían ampollas. El anciano le dijo: «¿Dónde vas?». Y contestó: «Voy a hacerme presente a los hermanos». Y el anciano le preguntó: « ¿Para qué llevas esas ampollas?». Y respondió el demonio: «Llevo golosinas para los hermanos». «Y, ¿todas son agradables?», preguntó el anciano. Y dijo Satanás: «Si; si la primera no les gusta, les ofrezco otra, y si tampoco les place, una tercera y así sucesivamente. Y malo será que no les agrade alguna de ellas». Dicho esto se alejó y el anciano se quedó observando el camino hasta su vuelta. Cuando volvió, el anciano le saludó: «¡Bienvenido!». Pero el demonio le respondió: «¿Qué bien hay para mi?». Y el anciano le dijo: «¿Qué quieres decir?». Y contestó el diablo: «Que allí todos son santos y nadie me hace caso». Y le dijo el anciano: «¿No tienes allí ningún amigo?». Y contestó el demonio: «Sólo tengo allí un hermano que me escucha, pero en cuanto me ve se vuelve una ventolera». El anciano le preguntó: «¿Cómo se llama ese hermano?». «Theoctisto», respondió. Y dicho esto se marchó. El abad Macario se fue al desierto inferior y al verle los hermanos tomaron palmas y salieron a su encuentro. Y todos ellos prepararon con esmero sus celdas no sabiendo a cuál de ellas acudiría. El anciano preguntó quién de entre ellos se llamaba Theoctisto, y habiéndole encontrado se fue con él a su celda. Theoctisto le recibió con gran alegría y cuando pudieron hablar a solas el anciano le preguntó: «¿Qué tal te va, hermano?». Y él respondió: «Gracias a tus oraciones, bien». E insistió el anciano: «¿No te asaltan malos pensamientos?». «De momento estoy bien», respondió brevemente el hermano, que enrojecía al hablar. El anciano volvió a la carga: «Hace muchos años que vivo las costumbres ascéticas de este lugar, todos me honran sobremanera y sin embargo en mi vejez no me deja ni un momento en paz el espíritu de impureza». Y Theoctisto replicó: «Padre, también a mi me sucede lo mismo». Entonces el anciano fingió que también le atormentaban otras clases de pensamientos con el fin de hacerle confesar todo, y le dijo: «¿Cómo ayunas?». «Hasta la hora de nona», respondió el otro. Y le dijo el anciano: «Ayuna hasta la noche, mortifícate, aprende de memoria los Evangelios, medita en el fondo de tu corazón el resto de la Escritura, y si te viene un pensamiento culpable, no mires abajo sino al cielo y Dios al punto vendrá en tu ayuda». Y después de haber puesto al hermano en el buen camino, Macario volvió a su soledad. Y en el camino se encontró de nuevo con el demonio, y le preguntó: «¿Dónde vas otra vez?». Y respondió Satanás: «A hacerme presente en la mente de los hermanos». Y se fue. A la vuelta, le preguntó de nuevo el anciano: «¿Cómo van los hermanos?». Y el diablo respondió: «Mal». Y el anciano insistió: «¿Por qué?». «Porque todos son santos. Y lo peor es que mi único amigo, el único que me obedecía, no sé cómo ni por qué se ha rebelado, no me obedece y se ha convertido en el más santo de todos. Por eso he jurado no volver a poner los pies allí por mucho tiempo». Luego se marchó, dejando al anciano. Este entró en su celda adorando y dando gracias a Dios Salvador.

10
El abad Macario, para animar a los hermanos contaba: «Una vez vino con su madre un niño poseso, que decía a su madre: “Vámonos de aquí”. Pero ella le contestaba: “No puedo tenerme en pie”. Y le respondió su hijo: “Yo te llevaré”. Y quedé admirado de los métodos del demonio para apartarlos de este lugar».

11
El abad Macario hablaba a los hermanos de la destrucción de Scitia: «Cuando veáis una celda edificada junto al pantano, sabed que se acerca la destrucción de Scitia. Cuando veáis en ella árboles, está ya a punto de comenzar su ruina. Cuando veáis en ella niños, tomad vuestras melotas y marchad».

12
El abad Moisés vivía en Petra. Un día fue tentado violentamente de impureza y no pudiendo resistir en su celda acudió a abrirse con el abad Isidoro. El anciano le recomendó que volviese a su celda, pero el abad Moisés se resistió y le decía: «No puedo, Padre». El abad Isidoro lo tomó consigo y lo llevó a la terraza, y le dijo: «Mira hacia el oeste». Y dirigiendo la vista en esa dirección vio una muchedumbre de demonios en desorden preparándose para la lucha. El abad Isidoro le dijo de nuevo: «Mira hacia oriente». Miró y vio una multitud innumerable de ángeles en la gloria. Y el abad Isidoro le dijo: «Todos estos son enviados para que nos ayuden. Los que vienen de occidente son nuestros enemigos. Pero los que nos socorren son mucho más numerosos que los que nos combaten». Entonces el abad Moisés dio gracias a Dios, se llenó de confianza y volvió a su celda.

13
Decía, en Scitia, el abad Moisés: «Si guardamos los mandatos de nuestros Padres, os prometo de parte de Dios que los bárbaros no llegarán aquí. Pero si no los guardamos, este lugar será devastado».

14
Un sacerdote, de nombre Plego, muy fervoroso, con frecuencia celebraba misas en el sepulcro de san Nino obispo y confesor. Llevaba, con la ayuda de Cristo, una vida santa y empezó a pedir a Dios que le mostrase la naturaleza del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Pedía esto, no por falta de fe, como suele ocurrir, sino por la gran piedad de su corazón. Desde su niñez fue educado en la ley divina, y por amor del Supremo Rey dejó su patria y sus campos natales para aprender los misterios de Cristo lejos de allí. Y así, encendido de amor, cada día ofrecía los sagrados dones y pedía se le mostrase lo que latía bajo las especies de pan y vino. No porque dudase de que se trataba del Cuerpo de Cristo, sino porque quería ver a Cristo como ningún mortal puede contemplarlo aquí en la tierra. Un día, celebrando con devoción una misa solemne, según su costumbre, se arrodilló y dijo: «Te ruego, Señor Omnipotente, que me muestres a mi, el más pequeño de tus sacerdotes, la naturaleza del Cuerpo de Cristo y que vea con mis ojos su cuerpo aquí presente y en forma de aquel niño, que en otro tiempo llevó en su seno su madre Maria». Y estando orando así, un ángel bajado del cielo le dijo: «Levántate y date prisa, si quieres ver a Cristo. Se presenta cubierto con vestido corporal el mismo que engendró la Santísima Virgen». Entonces, el venerable sacerdote, pávido, levantó su rostro del suelo y vio al niño, Hijo del Padre, que siendo niño mereció llevar en sus brazos el anciano Simeón. Y el ángel le dijo: «Ya que quisiste ver a Cristo, al que antes consagrabas bajo las sagradas especies, ahora míralo con tus ojos, tócalo con tus manos». Confiado en el encargo celestial, el sacerdote tomó al niño en sus temblorosos brazos y unió su pecho al pecho de Cristo. Después, unido en fuerte abrazo a Dios, oprimió con sus labios los santos labios de Cristo. Y hecho esto, colocó de nuevo sobre el altar los miembros sagrados del Hijo de Dios, y cubrió con el alimento celestial la mesa de Cristo. Y de nuevo, puesto de rodillas, pidió a Dios que se dignase volver a su aspecto primero. Y terminada su oración, se levantó del suelo y encontró que el Cuerpo de Cristo había recobrado su forma anterior, como se lo había pedido.

15
Los hermanos estaban, un día, sentados alrededor del abad Moisés, y éste les dijo: «Los bárbaros van a llegar hoy a Scitia, levantaos y huid». Y ellos le dijeron: «Y tú, Padre, ¿no huyes?». Y respondió: «Yo, hace mucho tiempo que espero este día, para que se cumpla la palabra de Nuestro Señor Jesucristo, que dice: “Todos los que empuñan la espada, a espada perecerán”». (Mt. 26,52). Los hermanos le dijeron: «No huiremos. Moriremos contigo». Y él les contestó: «Eso no es asunto mío. Cada uno vea lo que debe hacer». Estaban con él siete hermanos y le dicen: «Los bárbaros han llegado». Y en un momento los mataron. Uno de los hermanos, sin embargo, atemorizado huyó y se escondió detrás de un montón de esteras de palma y vio siete coronas que bajaban y coronaron al abad Moisés y a los seis hermanos que murieron con él.

16
Un día, el abad Silvano quiso marchar a Siria, y su discípulo Marco le dijo: «Padre, no quiero marchar de aquí y no te dejaré marchar. Espera aquí otros tres días». El abad Silvano se quedo, y al tercer día su discípulo Marco descansó en paz.

17
El abad Juan, que había sido condenado al exilio por Marciano, contaba que un día acudieron de Siria para ver al abad Pastor y consultarle acerca de la dureza del corazón. El anciano no sabia griego, ni encontramos intérprete. Pero al ver nuestra pena, empezó a hablar en griego y nos dijo: «El agua por naturaleza es blanda y la piedra dura. Sin embargo, si se coloca encima de la piedra un recipiente de agua para que caiga gota a gota sobre la piedra, la piedra será perforada. También la palabra divina es suave y nuestro corazón duro. Pero, si el hombre escucha a menudo esta palabra, su corazón se abrirá al temor de Dios».

18
Decía el abad Pastor: «Escrito está: “Como jadea la cierva tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios” (Sal 42,1). En la soledad los ciervos devoran muchas serpientes, y como el veneno les quema, se apresuran a llegar a la fuente y al beber apagan la quemadura del veneno. Lo mismo ocurre con los monjes que viven en el desierto. El veneno de los demonios malignos les quema y por eso desean el sábado y el domingo acercarse a las fuentes de las aguas, es decir al Cuerpo y a la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, para purificarse de toda amargura de los ángeles malos».

19
Uno preguntó al abad Pastor: «¿Qué significa lo que está escrito: “Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal”?». (1 Tes 5,15). Y el abad Pastor respondió: «Esta pasión tiene cuatro grados: el primero se da en el corazón, el segundo en la mirada, el tercero en la lengua y el cuarto es hacer mal por el mal recibido. Si puedes purificar tu corazón no llegará a la mirada. Cuida también de no hablar, pero si hubieras hablado, corrígete enseguida, para que no devuelvas mal por mal».

20
San Basilio, obispo, contó: «En un monasterio de monjas, había una que simulaba locura y posesión diabólica. Y hasta tal punto este error era común que ninguna de sus compañeras quería comer con ella. Había elegido su modo de vida en la cocina, de la que no salía nunca, y cargaba con todo el trabajo de este oficio. Como dice el proverbio, era la esponja de toda la casa y mostraba con sus obras lo que leemos en los libros santos: “Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio” (1 Cor 3,18). Llevaba la cabeza envuelta en trapos viejos y así realizaba su trabajo, mientras que las otras religiosas velaban su tonsura con un capuchón. Ninguna de las cuatrocientas monjas la vio jamás comer, pues en toda su vida nunca se sentó a la mesa. Nunca aceptó el menor trozo de pan y se conformaba con las migajas que recogía al limpiar las mesas y al limpiar los pucheros. A nadie hizo el menor mal, nadie le oyó la menor queja y nunca habló a nadie ni poco ni mucho. Maltratada y odiada por todas, soportaba la maledicencia de toda la comunidad. Entonces, un ángel se presentó a un santo varón llamado Pioterio, monje de gran virtud, que había vivido siempre en el desierto y que aquellos días se encontraba en Porfiria, y le dijo: “¿Te crees alguien y santo porque llevas este género de vida en el desierto? Vete a Tabena, al monasterio de las monjas y encontrarás allí una que lleva una corona sobre su cabeza y sábete que es mejor que tú. Ella ha luchado sola, día y noche, contra todo un pueblo, y su corazón jamás se ha apartado de Dios. Tú que vives en la soledad y no ves a nadie, permites que tu mente y tus pensamientos vaguen por todas las ciudades».

Al punto fue al citado monasterio y pidió a los superiores de los hermanos que le introdujesen en la casa de las monjas. Enseguida se le dio permiso, dado que era un hombre de toda confianza por la austeridad de su vida. Además era ya de mucha edad. Entró y manifestó su deseo de ver a todas las hermanas, pero no vio la única por la cual había venido. Finalmente dijo: “Traedme a todas, pues me parece que falta alguna”. “Tenemos una, le dijeron, dentro, en la cocina, pero está loca”. Así llamaban a las posesas. El dijo: “Traedla para que la vea”. Al oírlo fueron a buscarla. Ella no quería ir, según creo porque se temía algo o porque tal vez había tenido una revelación divina. Las hermanas le dijeron: “San Pioterio quiere verte”. Era un varón de gran fama. En cuanto se presentó la religiosa y vio su cabeza envuelta en aquellos trapos, el anciano se echó a sus pies, diciendo: “Dame tu bendición”. Pero ella, a su vez, se echó a los pies del santo y le dijo: “Bendíceme tú a mi Padre”. Todas las hermanas admiradas dijeron: “No te sometas a una tal humillación; esta que ves es una loca”. Pero San Pioterio dijo a las hermanas: “Vosotras sois las locas. Esta es mi Amma (madre) y vuestra Amma. Este es el nombre que se les da allí a los grandes espirituales. Que Dios me conceda la gracia de ser encontrado digno de ella en el día del juicio”. A estas palabras, todas se precipitaron a los pies de la hermana confesando cada una sus pecados contra ella. Una se acusaba de que mientras limpiaba un plato le había echado agua sucia. Otra llorando se acusaba de haberle llenado las narices de mostaza. Y todas las demás contaban las ofensas de toda clase que le habían infligido. El santo se fue después de haber rogado por todas. Pocos días después, no pudiendo soportar tanta gloria, abrumada por los honores y por las excusas de sus hermanas, abandonó ocultamente el monasterio. ¿Dónde fue? ¿Hacia qué región se dirigió? ¿Cómo murió? Nadie lo supo jamás».

21
Pablo el Simple, de feliz memoria, discípulo del abad Antonio, contó a los Padres lo que sigue: «Un día, fue a un monasterio para visitar e instruir a los hermanos. Después de haberse enfervorizado mutuamente entraron en la iglesia de Dios para celebrar la sinaxis del modo acostumbrado. El beato Pablo miraba a todos los que entraban en la iglesia y consideraba en qué estado de ánimo entraba cada uno. Dios le había concedido la gracia de ver el estado de las almas como nosotros nos vemos el uno al otro el rostro. Veía también sus ángeles alegres por causa de ellos. Todos entraron con un rostro luminoso y brillante, excepto uno que tenía todo su cuerpo negro y oscuro. Los demonios lo escoltaban a un lado y otro y lo arrastraban hacia si, pues le habían atado una soga a la nariz. Su santo ángel le seguía desde lejos, triste y lúgubre. Pablo se puso a llorar y a golpearse el pecho, y se sentó delante de la iglesia lamentándose amargamente por la suerte de aquel que se había aparecido de aquella manera. Los que habían notado su cambio tan brusco de actitud, sus lágrimas y su pena, le preguntaban y le rogaban que les dijese la causa de todo aquello y les contase lo que había visto. Temían que hubiese visto en todos ellos algo digno de reprensión y que esto fuera la causa de su abatimiento. Y le urgían para que entrase en la sinaxis (1) con ellos. Pero Pablo les rechazó y se negó a entrar. Se quedó fuera postrado y llorando amargamente por aquel que había visto entrar de aquella manera.

Poco después, concluida la asamblea, Pablo examinó de nuevo a los que salían y vio salir a aquel hermano negro y oscuro con un rostro luminoso y el cuerpo brillante. Los demonios que hacia poco le sujetaban, le seguían ahora de lejos y su ángel iba junto a él, animoso, contento y alegre. Entonces Pablo saltó de alegría, bendijo a Dios, y se puso a gritar: “¡Oh misericordia y bondad inefable de Dios! ¡Oh piedad divina y bondad infinita!”. Corrió a colocarse en un sitio elevado y gritó con voz fuerte: “Venid y ved que terribles y maravillosas son las obras de Dios, ‘que quiere que todos los hombres se salven’ (1 Tim 2,4). Venid, adorémosle y postrémonos ante El, diciendo: ‘Tú solo eres capaz de perdonar los pecados”. Al oír estas voces acudieron todos queriendo saber de que se trataba. Una vez reunidos todos, Pablo contó lo que había visto al entrar en la iglesia y lo que había sucedido después. Luego preguntó a aquel hombre cuál era la causa que había producido un cambio tan súbito y tan radical. Aquel hombre, descubierto por Pablo, habló delante de todos con absoluta franqueza: “Soy pecador y he vivido mucho tiempo en la impureza hasta hoy. Al entrar hace un momento en la iglesia de Dios, he oído la palabra del profeta Isaías que estaban leyendo, aunque era más bien la voz de Dios que se manifestaba a través de él y decía: ‘Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Así fuesen vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Si aceptáis obedecer, los bienes de la tierra comeréis’ (Is 1,16-19). Yo, prosiguió, impuro, muy compungido por estas palabras y llorando en el fondo de mi corazón, he dicho a Dios: ‘Oh, Dios, que has venido al mundo a salvar a los pecadores y que has prometido por las palabras del profeta lo que se acaba de leer, cúmplelo en mí que soy un indigno pecador. Te prometo ahora y te doy mi palabra y proclamo desde el fondo de mi corazón que en adelante no cometeré más esa falta, renuncio a toda iniquidad y te serviré en lo sucesivo con una conciencia pura. Por tanto, Señor, hoy y en esta hora, recíbeme a mi, que hago penitencia, te evoco y renuncio a todo pecado’. Con esta promesa, dijo, he salido de la iglesia, resuelto en no hacer nada malo en presencia del Señor”.

Al oír esto, todos gritaron a plena voz: ‘Cuán numerosas tus obras, ¡oh Yahvé! Todas las has hecho con sabiduría”. (Sal 104,24). Así pues los cristianos conocen por las Sagradas Escrituras y las revelaciones divinas, cuán grande es la bondad de Dios para con aquellos que acuden piadosamente a El y limpian por la penitencia sus culpas anteriores. Pues no solamente no son obligados a expiar sus antiguos pecados, sino que además obtienen los bienes prometidos. No desesperemos pues de nuestra salvación, pues si Dios ha prometido por el profeta Isaías que los que se han dejado arrastrar por el pecado serán lavados de nuevo, y se tornarán blancos como la lana y la nieve, y serán llenos de los bienes celestiales que están en la celestial Jerusalén, también ha prometido con juramento por el profeta Ezequiel: “Soy un Dios vivo, dice el Señor, ¿acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo de Yahvé- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?”». (Ez 18,23).

22
Un día, Zacarías vino a ver a su abad Silvano, y lo encontró en éxtasis con las manos levantadas al cielo. Al ver esto, cerró la puerta y se fue. Volvió al mediodía y luego hacia las tres de la tarde, y lo encontró de la misma manera. Hacia las cuatro, llamó a la puerta, entró y encontró al abad Silvano descansando. Y le dijo: «Padre, ¿qué te ha sucedido hoy?». Y él le contestó: «Hijo mío, estoy muy cansado». Pero Zacarías se echó a sus pies diciendo: «No te dejaré hasta que me hayas dicho lo que has visto». El anciano respondió: «He sido llevado al cielo y he visto la gloria de Dios, y he estado allí hasta ahora en que me han devuelto a la tierra».

23
Decía santa Sinclética: «Escrito está: “Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas, para que conozcamos sabiamente los lazos del demonio”. La Escritura nos manda hacernos prudentes para que no ignoremos los ataques y malas artes del enemigo. La sencillez de la paloma, por el contrario, indica la humildad y la pureza que debe presidir nuestra vida».

24
Decía un Padre: «Un día, los ancianos se habían reunido en asamblea y hablaban de cosas de edificación. Entre ellos estaba un vidente que vio a los ángeles aplaudiendo a los hermanos. Pero cuando la conversación degeneró en profana, los ángeles se alejaban y unos puercos malolientes se revolcaban entre ellos y los manchaban. Cuando de nuevo hablaban cosas edificantes, los ángeles volvían y les felicitaban».

25
Un anciano dijo: «Escrito está: “¡Por los tres crímenes de Tiro pasaré y por los cuatro seré inflexible!” (Amós 1,9). Los tres primeros son: pensar mal, consentir en ello y hablar de ello. El cuarto es obrar. En esto no se detiene la cólera de Dios».

26
Se contaba de un venerable anciano de Scitia, que cada vez que los hermanos construían una celda, iba alegremente con ellos, ponía los cimientos y no se marchaba hasta que estuviese terminada del todo. Pero un día en que salía para construir una celda, parecía muy triste. Los hermanos le preguntaron: «¿Por qué estás triste y afligido, Padre?». Y él les contestó: «Hijos míos, porque este lugar va a ser devastado: he visto que el fuego se encendía en Scitia. Los hermanos tomaron palmas para apagarlo y a fuerza de golpes de palma consiguieron apagarlo. De nuevo se incendió y otra vez los hermanos lo apagaron golpeándolo con sus palmas. Se encendió por tercera vez y se extendió a toda Scitia, y esta vez ya no se pudo apagar. Por eso estoy triste y afligido».

27
Dijo un anciano: «Está escrito: “Florece el justo como la palmera” (Sal 91,13). Este texto significa que el fruto de las buenas obras es elevado, recto y dulce. La médula de la palmera es blanca e indivisa y es el principio de toda su actividad. Lo mismo ocurre con el justo: su alma es sencilla y mirando tan sólo a Dios. Es blanca, pues está iluminada por la fe, y es principio de toda la actividad y está rodeada de púas que constituyen una fortaleza contra el diablo».

28
Decía un anciano: «La Sunamita recibió a Eliseo porque no tenía trato con ningún hombre. La Sunamita es figura del alma y Eliseo del Espíritu Santo. Cuando el alma se aparta de la confusión y perturbaciones del mundo, viene a ella el Espíritu Santo y entonces puede engendrar, aunque sea estéril».

29
Un Padre dijo: «Los ojos de los puercos, por una disposición natural, están vueltos necesariamente hacia la tierra sin que puedan mirar al cielo. Lo mismo sucede al alma del que es atraído por la dulzura de los placeres una vez que cae en el fango de la lujuria: difícilmente puede mirar a Dios o gustar de las cosas divinas».

30
Un anciano, muy notable entre los videntes, afirmaba: «La fuerza de arriba que he visto bajar sobre el bautizado, la he visto bajar también sobre el hábito del monje en el momento de su consagración a Dios».

31
Un anciano, al que se había concedido la gracia de ser vidente, decía: «He visto a un hermano, en un monasterio, que estaba en su celda meditando. Llegó el demonio y se quedó a la puerta de la celda. Y mientras el hermano meditaba no consiguió entrar, pero cuando dejó de hacerlo, entró el demonio».

32
Un anciano decía que había pedido a Dios que le mostrase los demonios, pero le fue revelado: «No necesitas verlos». El anciano insistía: «¡Señor!, tú me puedes proteger con tu gracia». Dios le abrió los ojos y vio a los demonios que rodeaban al hombre como abejas, rechinando sus dientes contra él. Pero los ángeles de Dios les reprendían ásperamente.

33
Contó un anciano que tenía dos hermanos vecinos, el uno extranjero y el otro de la región. El extranjero era un poco negligente y el otro era muy fervoroso. Murió el extranjero, y el anciano, su vecino, que era vidente, vio una gran multitud de ángeles que venía a buscar su alma. Y cuando llegó a la puerta del cielo, se le hizo un pequeño juicio. Y llegó una voz de arriba que decía: «Es cierto que fue un poco negligente, pero abridle la puerta por haber vivido lejos de su país». Luego murió el nativo y vino a acompañarle toda su familia. El anciano se extrañó de que no viniesen los ángeles a recoger su alma y postrándose en la presencia de Dios, dijo: «Aquel extranjero mereció tanta gloria a pesar de ser tan negligente y éste a pesar de su fervor no ha merecido nada semejante». Y una voz le respondió: «Este hermano, que era muy observante, ha abierto los ojos antes de morir y ha visto llorar a todos sus parientes y se ha consolado con ello. Aquel extranjero, fue un poco negligente, pero no ha visto a ninguno de los suyos junto a él y se echó a llorar. Y Dios quiso ser su consolador».

34
Uno de los Padres contó que un ermitaño vivía en el desierto de Nilópolis y le servia un laico muy fiel. En la ciudad vivía también un hombre rico, pero poco piadoso. Murió el rico, y toda la ciudad, con el obispo a la cabeza, le acompañó al cementerio, llevando lámparas. Salió de la ciudad el servidor del eremita para llevarle, como de costumbre, sus panes y lo encontró devorado por una fiera. Entonces se echó en tierra en la presencia de Dios, y dijo: «No me levantaré de aquí hasta que el Señor no me explique por qué aquel impío ha tenido todo ese acompañamiento en su entierro y en cambio este anacoreta, que ha servido a Dios noche y día, ha terminado de esta manera». Y un ángel del Señor bajó a decirle: «Este impío ha hecho algunas cosas buenas y ha recibido su recompensa en este mundo, para no tener ningún descanso en el otro. En cambio este ermitaño, aunque faltillas, al fin y al cabo era un hombre, y lo ha pagado aquí para que sea hallado puro delante de Dios». Y consolado con estas palabras se levantó glorificando a Dios por sus juicios, que siempre son justos.

35
Los santos Padres de Scitia profetizaron sobre la última generación: «¿Qué hemos hecho nosotros?». Uno de los más eminentes entre ellos, llamado Squirión, respondió: «Nosotros hemos guardado los mandamientos de Dios». «Y ¿qué harán, le preguntaron, los que vengan después de nosotros?». Y dijo: «Realizarán la mitad de nuestro trabajo». Y le volvieron a preguntar: «¿Qué harán los que vengan detrás de éstos?». A lo cual respondió: «La generación venidera no hará ninguna buena obra. Veo sus tentaciones y los que las superen serán mejores que nosotros y que nuestros Padres».

36
Uno de los ancianos contó esta historia: «Una virgen de avanzada edad, había adelantado mucho en el temor de Dios. Yo le pregunté sobre los motivos de su conversión y ella llorando me dijo: “Siendo todavía niña, Padre venerable, tenía un padre virtuoso y de carácter amable, pero muy débil y enfermo físicamente. Tenía que cuidarse mucho y por eso sus convecinos apenas le veían. Cuando por casualidad estaba sano, llevaba a casa los frutos de su cosecha, pero la mayoría del tiempo la enfermedad le retenía en el lecho. Y como hablaba muy poco, los que no le conocían, le creían mudo. Por el contrario, mi madre era muy curiosa, y la más infame de todas las mujeres de esta región. Esparcía por todas partes su charlatanería de tal modo que se hubiera creído que todo su cuerpo era lengua. Era fuente continua de disputas para mucha gente y se emborrachaba con hombres disolutos. Gastaba todo lo que había en casa como una pésima meretriz, hasta el punto de que no nos hubiera bastado una fortuna colosal, ya que mi padre le había confiado la administración de la casa. Degradaba su cuerpo con toda clase de vergüenzas y pocos habitantes del pueblo habían podido escapar a su pasión. Jamás tuvo la menor enfermedad, ni nunca tuvo la menor molestia o el más pequeño dolor, desde que nació hasta el día de su muerte, conservando su cuerpo sano y hermoso. Murió mi padre, agotado por una larga enfermedad. Enseguida, el cielo se cubrió, la lluvia, el trueno y los relámpagos turbaron la atmósfera. La lluvia que no dejó de caer, ni de día ni de noche, nos obligó a dejar el cadáver tres días sobre el lecho sin poderle dar sepultura. Los habitantes del pueblo movían la cabeza admirándose de que su maldad hubiera sido ignorada de todos, y decían: ‘Ciertamente era un enemigo de Dios, pues ni la tierra quiere recibir su cuerpo’. Sin embargo, para que su cuerpo descompuesto no impidiese el acceso a la casa, lo enterraron como pudieron, bajo la lluvia y la amenaza de tempestad. Después de estos acontecimientos, mi madre se relajó todavía más y abusó de los placeres sensuales con la mayor desvergüenza. Transformó nuestra casa en un prostíbulo y vivió en la lujuria y los placeres. Siendo yo todavía muy niña, y estando sin dinero, murió mi madre a lo que a mi me parece sin ningún temor, y tuvo unos funerales magníficos y hasta el sol se quiso sumar al cortejo. Después de la muerte de mi madre, ya no era una niña y me turbaban los deseos y excitaciones sensuales. Un día, al atardecer, como suele ocurrir, me puse a considerar el género de vida que debería elegir. ¿Imitaría a mi padre, que había vivido con modestia, mansedumbre y sobriedad? Pero enseguida me venia el pensamiento de que no había conseguido nada bueno y que toda su vida se había consumido en la desgracia y en las enfermedades, y que al llegar el final de su vida ni la tierra había querido darle sepultura. Si esta vida de perfección junto a Dios era buena, ¿por qué mi padre, que la había elegido, había tenido que sufrir tanto? Y pensaba que era mejor vivir como mi madre, abandonarse a los deleites, a la lujuria y a los placeres sensuales. Ella no dejó escapar ninguna infamia, y murió, después de haber pasado toda su vida en la embriaguez, sin mal ni dolor alguno. Así pues, debía vivir como mi madre. Vale más fiarse de sus propios ojos y atenerse a la evidencia, y no desaprovechar ningún placer. Y satisfecha, pobre de mi, de haber acertado al orientar mi vida, cayó la noche y me dormí en seguida. Y se me presentó un individuo de gran estatura y de horrible aspecto, que me atemorizó con su mirada. Con ojos llenos de cólera y con una voz áspera, me ordenó: ‘Dime los pensamientos de tu corazón’. Su vista y su actitud me hacían temblar y no me atrevía a mirarle. Con una voz todavía más fuerte me mandó confesara mis preferencias. Yo, pulverizada por el terror, había olvidado todos mis pensamientos y decía que no sabía nada. Pero él, a pesar de mi negativa, me recordó todo lo que había rumiado en el fondo de mi corazón. Yo estaba confundida y me puse a rezar y le suplicaba que me perdonase, contándole lo que había dado lugar a tales pensamientos. El me dijo: ‘Ven a ver a tu padre y a tu madre. Luego elegirás el género de vida que quieras’, y me arrastró llevándome de la mano. Me condujo a una llanura inmensa en la que había gran número de huertos y en ellos una gran variedad de árboles con frutos de todas clases. Todo era allí muy hermoso, más de lo que se puede decir. Mi padre vino a mí encuentro, me abrazó y me llamó hija. Yo le rodeé con mis brazos y le pedí quedarme con él. ‘No puedes quedarte aquí, me dijo, pero si quieres seguir mi ejemplo volverás dentro de poco tiempo’. Yo insistía en quedarme, pero mi guía me tomó de nuevo por la mano y me dijo: ‘Ven, voy a enseñarte a tu madre que arde en el fuego para que aprendas lo que tienes que apartar de tu vida’. Me encontré, de pronto, en una casa sombría y sin luz, llena de ruidos y agitación. Mi guía me mostró un horno ardiente lleno de pez en ebullición. Sobre el horno se inclinaban unos seres de aspecto terrible. Miré al fondo y vi a mi madre hundida hasta el cuello en el horno, ardiendo, rechinando sus dientes, rodeada de gusanos hediondos. Al yerme lanzó un alarido: ‘Hija mía, sufro estos tormentos por mis propias acciones. Consideré locura todo lo que significaba austeridad y no esperaba ser torturada por mis fornicaciones y adulterios. No creía que la embriaguez y la lujuria estaban castigadas, y ahora, a cambio de un poco de placer, estoy en este infierno sufriendo estas terribles penas. ¡Tanto sufrimiento por tan poco placer! Ves lo que me ha sucedido por haber despreciado a Dios: me han alcanzado toda clase de males. Hija mía, este es el momento de ayudarme, de acordarte de que te he criado. Si has recibido de mi algún bien, hazme este servicio. Ten piedad de mi que ardo y me consumo en este fuego. Ten piedad de mí que desfallezco en este suplicio. Hija mía, ten piedad de mi, alarga tu mano y sácame de este lugar’. Yo rehusé a causa de sus guardianes, pero mi madre insistió llorando: ‘Hija mía, ayúdame y no desprecies las lágrimas de tu madre. Acuérdate de mis sufrimientos el día de tu nacimiento y no me abandones, que me estoy quemando en este fuego’. Esta vez me conmovió y lloré y experimenté un sentimiento muy humano y empecé a gritar y sollozar de compasión. Los que estaban en mi casa se levantaron, encendieron las luces y me preguntaron la causa de tanto ruido. Les conté lo que había visto y tomé definitivamente la decisión de seguir el ejemplo de mi padre. La infinita misericordia de Dios me había dado la certeza del castigo que espera a los que quieren vivir en el pecado”. Instruida así por una visión, esta dichosa virgen nos enseña que la recompensa de las buenas obras es grande y que los castigos de una vida escandalosa son espantosos. Tomemos también nosotros decisiones buenas a fin de poseer la felicidad eterna».

37
Un anciano contaba esta historia que aconteció aun obispo para que por ella aumente nuestra confianza y nos entreguemos a las cosas de Dios para nuestra salvación. «Se hizo saber al obispo que vivía con nosotros (y él mismo fue quien lo contó), que entre las señoras de la buena sociedad había dos cristianas que vivían casi en la impureza. Esta noticia turbó al obispo. Temió otras cosas semejantes, y se puso a suplicar a Dios, rogándole le aconsejara, y he aquí lo que mereció ver. Después de la terrible y divina consagración, se acercaron todos para recibir los sagrados misterios, y el obispo veía tras los rostros el estado del alma de cada uno y a qué clase de pecados estaba entregado. Los rostros de los pecadores eran negros. Algunos estaban como quemados por el calor, con ojos enrojecidos y sanguinolentos. Los justos estaban vestidos de blanco y tenían rostros luminosos. Los unos ardían y se consumían al recibir el Cuerpo del Señor. Para los otros se convertía en una luz que al entrar por la boca iluminaba todo el cuerpo después de comulgar. Entre la multitud se encontraban gentes que habían abrazado la vida eremítica y personas casadas. El obispo los vio a todos de la manera dicha. Luego se volvió y empezó, él mismo, a distribuir la comunión a las mujeres para conocer el estado de sus almas. Vio también rostros negros, rojos y sanguinolentos y rostros luminosos. Entre las mujeres se acercaron las dos señoras que habían sido denunciadas al señor obispo. Para ellas había recibido de modo especial el don de leer en los rostros. Las vio, pues, acercarse a los sagrados misterios revestidas de una vestidura blanca con un rostro luminoso y digno. Cuando recibieron el Cuerpo de Cristo se volvieron totalmente resplandecientes. Por segunda vez el obispo volvió a empezar su oración habitual y oró a Dios, pues deseaba muchísimo conocer el significado de las revelaciones que había recibido. Se le presentó un ángel del Señor que le mandó preguntase lo que quisiera. El santo obispo quiso saber enseguida qué pasaba con aquellas dos señoras: “¿Esa primera acusación es verdadera o falsa?”. El ángel le aseguró que era verdad todo lo que le habían dicho acerca de ellas. Y el obispo preguntó: “Pues entonces, ¿por qué al recibir el Cuerpo de Cristo sus rostros resplandecieron, y su vestidura blanca alcanzó un brillo extraordinario?”. El ángel respondió: “Se han arrepentido de su mala conducta y se han alejado de las ocasiones con gemidos y lágrimas, y han hecho limosnas a los pobres. Por su confesión merecieron ser asociadas al número de los santos. Habían prometido no volver a caer en estos pecados si obtenían el perdón de sus culpas. Y por eso han obtenido esa transformación divina, así como el perdón de sus faltas. En adelante viven en el buen camino, con piedad y justicia”. El obispo dijo entonces que se extrañaba, no de su transformación -esto ocurría con mucha gente- sino del don que Dios les había hecho, primero eximiéndolas totalmente del castigo y luego al dignarse concederles una tal gracia. El ángel le contestó: “¡Tienes razón al admirarte, pues no eres más que un hombre. Nuestro Dios y Señor, que es también tuyo, es por naturaleza bueno y misericordioso para con los que se apartan de sus propias faltas y se acercan a El reconociéndolas. No les deja que vayan al suplicio, antes bien apaga su cólera contra ellos y se digna colmarles de honores. ‘Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único’ (Jn 3,16), el cual siendo los hombres sus enemigos, eligió morir por ellos mismos. Dios perdona a los que abandonan el pecado y se hacen siervos suyos por la penitencia, y les da a gozar los bienes que les tiene preparados. Sábete que ninguna falta del hombre es superior a su clemencia, con tal de que por la penitencia y las buenas obras se borren las culpas pasadas. Dios es infinitamente misericordioso, conoce la debilidad de vuestra raza, la fuerza de las pasiones, el poder y la astucia del demonio. Perdona a los pecadores como a hijos suyos y espera con paciencia que se corrijan. Se compadece de los que se convierten y acuden a su bondad como si de enfermos se tratase. Les libra de sus penas y les da los bienes que tiene preparados para los justos”. El obispo dijo al ángel: “Explícame, por favor, las diferencias de los rostros y en qué clase de pecados ha caído cada uno de ellos, para que así me vea libre de mi ignorancia”. El ángel le dijo: “Los que tienen el rostro radiante y alegre son los que viven sobriamente en castidad y justicia. Además son sencillos, compasivos y misericordiosos. Los que tienen el rostro totalmente negro son esclavos de la fornicación y de los malos deseos. Se entregan a las malas acciones y a toda clase de delitos. Los que aparecen enrojecidos y sanguinolentos, viven en la impiedad y la injusticia. Son calumniadores, blasfemos, mentirosos y asesinos”. El ángel siguió diciendo: “Ayúdales si deseas su salvación. Has merecido alcanzar lo que pedías en tu oración: la visión de las faltas de tus discípulos y la posibilidad de hacerles mejores invitándoles a la penitencia por consejos y súplicas. Todo ello por Aquel que ha muerto por ellos y ha resucitado de entre los muertos, Jesucristo Nuestro Señor. Puesto que tienes celo, fuerza y amor para con Cristo tu Señor, vela sobre ellos para que se aparten de sus pecados y se vuelvan hacia Dios. Muéstrales claramente a qué clase de pecados están sometidos, para que no desesperen de su salvación. Las almas que se arrepienten y se vuelven hacia Dios se salvarán y participarán en el banquete del siglo venidero. Y tú, alcanzarás una recompensa muy grande imitando a tu Señor, que dejó el cielo y vivió en la tierra para la salvación de los hombres”».

38
Decía uno de los Padres: «Hay tres cosas que son preciosas para los monjes y a las que debemos acercarnos con temor, temblor y gozo espiritual. Son: la participación en los sagrados misterios, la mesa común y el lavatorio de los píes». Y ponía este ejemplo: «Un día, un venerable anciano que tenía visiones, comió con varios hermanos. Y mientras comían, el anciano, que estaba sentado a la mesa, vio en una aparición que unos hermanos se alimentaban de miel, otros de pan y otros de estiércol. Se extrañó en su interior y se puso a rogar a Dios: “Señor, revélame este enigma: en la mesa se pone la misma comida para todos, pero a la hora de llevársela a la boca parece transformarse, y los unos tienen miel, otros pan, otros estiércol”. Y una voz que bajo del cielo, le respondió: “Los que comen miel son los que en la mesa se sientan con respeto, temor y alegría espiritual. Oran sin cesar y su oración sube como incienso a Dios. Por eso comen miel. Los que comen pan son los que reciben los dones de Dios con acción de gracias. Los que comen estiércol son los murmuradores que dicen: esto es bueno y aquello malo”. Hay que evitar estos pensamientos y glorificar a Dios ofreciéndole nuestra alabanza con el fin de cumplir el texto de la Escritura: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”». (ICor 10,31).


(1) SINAXIS: Misa, Eucaristía. Oficio litúrgico que incluía, casi siempre, la celebración de la Santa Misa.
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