Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XX. De la extraordinaria vida de varios Padres

1
El abad Dulas contó: «Un día que caminaba por el desierto con el abad Besarión, llegamos a una gruta. Entramos en ella y encontramos a un hermano sentado que tejía una estera de palmas. Pero no quiso mirarnos, ni nos saludó, ni nos dijo una sola palabra. El anciano me dijo: “¡Salgamos de aquí! Tal vez no está el ánimo de este hermano para hablar con nosotros”. Salimos y fuimos a ver al abad Juan. A la vuelta, al pasar de nuevo por la gruta, me dijo el anciano: “Entremos a ver al hermano, tal vez Dios le haya inspirado que nos dirija la palabra”. Entramos y vimos que descansaba en paz. Y el abad Besarión me dijo entonces: “Vamos a recoger ese cuerpo. Dios nos ha enviado para que lo amortajemos”. Y al amortajarlo nos dimos cuenta de que se trataba de una mujer. Y el anciano me dijo lleno de admiración: “Mira cómo luchan las mujeres contra el demonio en el desierto, mientras nosotros nos degradamos en las ciudades”. Luego seguimos nuestro camino glorificando a Dios que así protege a los que le aman».

2
El abad Vindemio contaba que el abad Macario le había relatado la siguiente historia: «Estando en Scitia llegaron dos jóvenes peregrinos. A uno de ellos empezaba a salirle la barba y al otro no le había salido todavía. Se acercaron a mi y me preguntaron: “¿Donde está la celda del abad Macario?”. Yo les respondí: “¿Qué queréis de él?”. “Hemos oído hablar de él y hemos venido a Scitia para verle”. Yo les dije: “Yo soy”. Me hicieron una metanía (1) y dijeron: “Queremos quedamos aquí”. Al ver que eran débiles, sin duda eran ricos, les dije: “No os podéis quedar aquí”. Y el mayor me respondió: “Bueno, si no podemos quedarnos aquí iremos a otra parte a vivir”. Entonces me hice esta reflexión: “¿Por qué los voy a rechazar y escandalizarlos? La observancia hará que ellos mismos la abandonen”. Les dije pues: “Venid, construid vuestra celda, si podéis”. “Enséñanos, tan sólo, como se hace y la edificaremos”. Les di un pico, una cesta llena de pan, sal y les enseñé la roca diciendo: “¡Cavad aquí! Luego iréis a buscar la madera junto al pantano. Cuando hayáis echado el tejado podréis vivir aquí”. Yo creí que se iban a escapar a la vista del trabajo, pero en vez de ello me preguntaron: “¿Y qué haremos aquí?”. “Tejeréis palmas” les dije, y tomando algunas hojas de palmera, les enseñé a empezar las esteras y cómo había que coserlas. Y añadí: “Haréis también cestos. Los entregaréis a los guardianes de la iglesia y ellos os traerán pan”. Luego les dejé. Hicieron con paciencia todo lo que les había dicho y pasaron tres años sin venir a yerme. Yo intentaba tranquilizar mi alma turbada por este pensamiento: “¿Qué harán, me preguntaba a mi mismo, que no vienen a tratar las cosas de su alma? Los que viven lejos vienen a yerme y éstos que están tan cerca no vienen. Sin embargo tampoco creo que acudan a ningún otro Padre y sólo acuden a la iglesia para recibir la oblación, y nunca dicen nada”. Ayuné toda una semana haciendo oración a Dios y pidiéndole me diese a conocer lo que estaban haciendo. Luego me levanté y fui a ver como vivían. Llamé, me abrieron y me saludaron sin decir ni media palabra. Después de hacer oración, me senté. Entonces el mayor hizo una señal al más joven para que saliera y se puso a tejer palmas en silencio.

Hacia la hora de nona, dio una señal y entró el más joven. Coció una papilla y a una señal el mayor preparó la mesa, puso tres panecillos y se sentó sin decir palabra. Yo dije: “Vamos a comer”. El joven trajo también una jarra y bebimos. Al caer la tarde me dijeron: “¿Te vas?”. “No, les dije, dormité aquí”. Extendieron una estera para mí en uno de los lados de la celda y prepararon la suya en otro rincón. Se quitaron el cinturón y el escapulario y se tendieron el uno junto al otro para dormir ante mis ojos. Mientras descansaban, yo rogaba al Señor que me revelara su conducta y entonces se abrió el techo de la celda y apareció una gran luz, como en pleno día, pero ellos no se dieron cuenta. Cuando le pareció que yo me había dormido, el mayor despertó al otro hermano, se levantaron, se pusieron el cinturón y elevando las manos al cielo se mantuvieron de pie sin decir nada. Yo les veía a ellos, pero ellos no me veían a mi. Y los demonios vinieron a atacar al más joven como si fuesen moscas. Algunos se le posaban en la misma boca, pero vi un ángel de Dios con una espada de fuego que le protegía y alejaba los demonios. En cuanto al mayor, los demonios ni siquiera conseguían acercarse. Al amanecer los dos hermanos volvieron a acostarse. Yo hice entonces como que me despertara y ellos hicieron lo mismo. El mayor me dijo tan sólo estas palabras: “¿Quieres que recitemos doce salmos?”. “Sí”, le contesté. El más joven recitó cinco salmos, seis versículos y un aleluya. A cada palabra suya salía de su boca una luz que subía al cielo. Igualmente, cuando el mayor abrió sus labios para la salmodia, salió de él como una columna de fuego que se elevó hasta el cielo. Yo también, recitaba de memoria, como ellos, una parte del Oficio divino. Luego les dejé, diciendo: “Rogad por mí”. Hicieron una metanía en silencio. Supe así que el mayor era perfecto y que al menos el enemigo le hacía la guerra todavía. Pocos días después, el mayor descansó en el Señor y tres días más tarde le siguió su hermano». En adelante, cuando los hermanos venían a ver al abad Macario, éste los llevaba a la celda de los dos hermanos, y les decía.« Venid a visitar el martirio de los dos jóvenes peregrinos».

3
Dos Padres rogaban a Dios que les mostrase qué grado de santidad habían alcanzado. Y oyeron una voz que les decía: «En tal pueblo de Egipto encontraréis a un seglar, Eucaristo, y a su mujer María. Vosotros no habéis llegado a su altura». Los dos ancianos acudieron a aquel pueblo, y después de preguntar encontraron la casa de aquel hombre y se personaron allí. Estaba en ella la mujer, y le preguntaron: «¿Dónde está tu marido?». Ella respondió: «Mi marido es pastor y guarda sus corderos». Y les hizo entrar. Al caer el día, volvió Eucaristo con su rebaño. Al ver a los ancianos, echó agua en un barreño para lavarles los pies, pero ellos le dijeron: «No probaremos nada hasta que nos hayas dicho cuáles son tus buenas obras». Eucaristo les dijo con humildad: «Soy pastor y ésta es mi mujer». Los ancianos insistían pidiéndole que les revelase todo, pero el otro se resistía. Por fin le dijeron: ««El Señor nos ha enviado a ti». Al oír estas palabras Eucaristo se atemorizó, y dijo: «Recibimos estos corderos de nuestros padres, y de lo que nos producen, gracias a Dios, hacemos tres partes: una para los pobres, otra para ayudar a los peregrinos y la otra para nosotros. Me casé con mi mujer pero no la he tocado, sigue virgen y dormimos separados. De noche nos vestimos de saco y de día usamos estos vestidos. De eso, hasta ahora, nadie ha sabido nada». Al oír estas cosas los Padres se maravillaron mucho y volvieron a sus celdas glorificando a Dios.

4
Macario, el egipcio, vino una vez a Scitia al monte Nitria, al monasterio del abad Pambo, en un día de celebración eucarística. Los ancianos del monasterio le pidieron: «Padre, di a los hermanos unas palabras de edificación». Pero él les dijo: «No he llegado a ser monje, pero he visto algunos monjes». Y prosiguió: «Estaba un día en mi celda de Scitia y mis pensamientos me urgían: “Levántate, vete al desierto y considera bien lo que allí vas a ver”. Durante cinco años resistí, diciendo: “No sea que venga del demonio esta sugerencia”. Pero como el pensamiento no desaparecía, marché al desierto y encontré allí un estanque con una isla en medio. Todos los animales del desierto venían allí a beber y en medio de ellos vi a dos hombres desnudos. Y me eché a temblar, pues creí que eran fantasmas. Al adivinar mi temor, me dijeron: “No temas, también nosotros somos hombres”. Les dije: “¿De dónde sois? ¿Cómo habéis llegado a este desierto?”. “Estábamos en un monasterio, dijeron, y nos pusimos de acuerdo para abandonarlo hace cuarenta años”. Uno de ellos era de Egipto y el otro había venido de Libia. Me hicieron algunas preguntas: “¿Cómo va el mundo? ¿Vienen siempre a su tiempo las crecidas del Nilo? ¿La gente tiene todo lo necesario?”. “Sí”, les respondí y a mi vez les pregunté: “¿Cómo podré llegar a ser monje?”. Ellos me respondieron: “Si no se renuncia a todas las cosas de este mundo, no es posible llegar a ser monje”. “Yo, les dije, soy muy débil y no puedo vivir como vivís vosotros”. “Si no puedes hacer lo que nosotros hacemos, quédate en tu celda y llora tus pecados”. Les pregunté todavía: “En invierno tendréis que pasar mucho frío, y en verano al mediodía tiene que arder vuestro cuerpo”. Y ellos me contestaron: “Dios nos ha hecho el favor de no sentir ni el frío ni el calor”. “Por eso os he dicho yo que no he llegado a ser monje. Perdonadme, hermanos”».

5
En la época en la que el abad Sisoés vivía solo en el monte del abad Antonio, el hombre que les servía estuvo mucho tiempo sin venir, y durante diez meses no vio a nadie. Andando por el monte, encontró a un hombre de Tarán que cazaba animales salvajes. «¿De dónde vienes?», le preguntó el anciano, «¿cuánto tiempo hace que estás aquí?». « Para hablarte con franqueza, hace once meses que estoy en el monte y no he visto a nadie más que a ti». Al oír esta respuesta, el anciano se volvió a su celda, se golpeó el pecho y dijo: «Mira, Sisoés, creías que habías hecho algo y no has llegado a realizar lo que ha hecho este seglar».

6
El abad Sisoés, cuando estaba en su celda, cerraba siempre la puerta. Se contaba de él que el día de su muerte, estando rodeado de Padres, su rostro brillaba como el sol, y les dijo: «Viene el abad Antonio». Y poco después: «Llega el coro de los profetas». Y de nuevo su rostro se puso más resplandeciente, y dijo: «Viene el coro de los Apóstoles». Y su rostro brilló aún dos veces más y parecía estar hablando con alguno. Los ancianos le suplicaron: «¿Con quién hablas, Padre?», y les respondió: «Los ángeles han venido a buscarme y les pido que me dejen un poco más para hacer penitencia». Los ancianos le dijeron: «Padre, no necesitas hacer más penitencia». Pero él les contestó: «En verdad, no tengo conciencia de haber empezado a hacer penitencia». Todos comprendieron entonces que era perfecto. De nuevo su rostro se puso brillante como el sol y todos tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Mirad, viene el Señor, y dice: “Traedme ese vaso de elección del desierto”». Y al punto entregó su espíritu. Y se puso brillante como un relámpago, y aquel lugar se llenó de suavísimo olor.

7
Decían del abad Hor: «Nunca ha mentido, jamás hizo ningún juramento, nunca maldijo a nadie, jamás habló a nadie si no era necesario».

8
El abad Hor decía a su discípulo: «Cuida de no traer a esta aldea ninguna palabra profana».

9
Dos venerables ancianos caminaban un día por el desierto cercano a Scitia y oyeron el murmullo de una voz que salía de la tierra. Encontraron la entrada de una caverna, entraron en ella y descubrieron allí a una santa virgen muy anciana, que yacía enferma. Y le preguntaron: «¿Cuándo has llegado aquí y quién se ocupa de ti?», ya que no vieron a nadie en la cueva, sino tan solo a ella que estaba enferma. «Hace treinta y ocho años que vivo en esta cueva, sirviendo a Cristo, sin que me haya faltado nada, y no vi a ningún hombre hasta hoy. Dios os ha enviado para que enterréis mi cuerpo». Y dicho esto descansó en paz. Los Padres dieron gloria a Dios y regresaron a sus celdas después de dar sepultura a aquel pequeño cuerpo.

10
Un ermitaño salió al desierto vestido sólo con un saco de lino. Después de tres días de marcha, subió a uña roca y vio a un hombre que pacía como una bestia, en medio de una pradera verde. Bajó sin que le viera y se abalanzó sobre él. Pero el anciano, como estaba desnudo y no podía sufrir el olor a hombre, a duras penas pudo escapar de sus manos y huyó. El hermano salió tras él gritando: «Espérame, que te sigo por amor a Dios». Pero el otro se volvió y le dijo: «Y yo te huyo por amor de Dios también». El hermano se quitó la túnica y continuó la persecución. Al ver el anciano que se había quitado el vestido, se detuvo y cuando estuvo cerca le gritó: «Cuando te despojaste de lo que venía del mundo, te he esperado». «Padre, dijo entonces el hermano, dime una palabra para salvarme». Y el otro le contestó: «Huye de los hombres, calla y te salvarás».

11
Un ermitaño contó a los padres de Raitú, allí donde se encuentran las setenta palmeras, donde Moisés se detuvo con su pueblo cuando salió de Egipto, lo que sigue: «Pensé, cierto día, que debía adentrarme en el desierto, pues tal vez encontrase a alguien que viviese en él antes que yo sirviendo a Nuestro Señor Jesucristo. Después de andar cuatro días con sus noches, descubrí una gruta. Me acerqué, miré al interior y vi a un hombre sentado. Llame, según la costumbre de los monjes para que saliera y poder saludarle, pero no se movió pues había descansado en paz. Yo entré sin dudarlo, pero en cuanto toqué su espalda se descompuso y se convirtió en polvo. Mirando alrededor vi que colgaba su túnica, pero apenas la toqué se redujo también a polvo. No sabiendo qué pensar de todo esto, salí de allá y continué mi marcha por el desierto. De nuevo encontré otra gruta y vi huellas de pasos. Apresuré mi marcha, llegué a la cueva, llamé pero nadie contestó. Entré y no encontré a nadie. Salí, y me quedé junto a la puerta, pensando que el siervo de Dios, donde quiera que estuviese, no tardaría en volver. Empezaba a oscurecer, cuando vi llegar a una manada de búfalos y entre ellos se encontraba desnudo el siervo de Dios, a quien los pelos cubrían las partes deshonestas del cuerpo. Se me acercó, creyendo que era un espíritu, y se puso en oración, pues, por lo que me dijo después, había sufrido mucho a causa de los espíritus. Adivinando lo que pensaba, le grité: “¡Siervo de Dios, yo también soy un hombre! Mira las huellas de mis pasos, tócame, soy de carne y sangre”. Terminó su oración con un amén, luego me miró, se tranquilizó y me hizo entrar en la cueva. Y me preguntó: “¿Cómo has llegado hasta aquí?. He venido a este desierto para encontrar a los siervos de Dios y Dios no me ha negado lo que deseaba”. Y a mi vez le pregunté también: “¿Cómo has venido hasta aquí? ¿Cuánto tiempo hace que vives aquí? ¿Cómo te alimentas? ¿Cómo puedes prescindir del vestido y vivir desnudo?”. El me respondió: “Vivía en un monasterio de la Tebaida y mi oficio era tejer lino, pero me vino el pensamiento de marchar para vivir solo. ‘Podrás, me insinuaba, encontrar la paz, recibir a los peregrinos y ganar más con el producto de tu trabajo’.

En cuanto acepté este proyecto, lo puse por obra. Partí pues y construí una ermita a la que venían a traerme trabajo. Cuando reunía una suma de dinero importante me apresuraba a repartirla entre los pobres y peregrinos. El demonio, nuestro enemigo, envidioso de mí, como siempre, entonces, ahora y después, vio con malos ojos la recompensa que me preparaba al apresurarme a ofrecer a Dios el fruto de mi trabajo, y maquinó el arrebatármela. Vio a una virgen consagrada que me encargó unos vestidos, vio cómo los hacía y se los entregaba y le metió en la cabeza que me encargara otros. Pronto empezamos a tratar con frecuencia y vino después la confianza, las familiaridades, los apretones de manos, las bromas, las comidas juntos. Finalmente llegó el concebir, el dolor y el pecado. Permanecí durante seis meses en ese estado miserable y después pensé: ‘Sea hoy, mañana o dentro de unos años, seré entregado a la muerte y empezarán los suplicios eternos. Si uno viola a la mujer de un hombre merece con toda justicia las penas eternas. ¿Qué será del que ha profanado a una esposa de Cristo?’. Y así, a escondidas, me refugié en este desierto, dejando todas mis cosas a aquella mujer. Encontré esta cueva, esta fuente y esta palmera que me da doce racimos de dátiles. Cada mes me brinda un haz de dátiles que me bastan para treinta días y durante ese tiempo madura otro racimo. Después de mucho tiempo creció mi cabellera y como mis vestidos se caían a pedazos, con ella cubro las partes menos honestas de mi cuerpo”. Le pregunté si al principio no había encontrado dificultades, y me dijo: “Al principio he sufrido mucho del hígado, hasta el punto de no poder levantarme para rezar los salmos. Postrado en el suelo, clamaba al Altísimo. Un día que estaba en mi celda muy deprimido, con un fuerte dolor y sin poder salir, vi a un hombre que entró, se colocó a mi lado y me pregunto: ‘¿Qué te pasa?’. Esto me confortó un poco y le dije: ‘Me duele el hígado’. E insistió: ‘¿Dónde te duele?’. Le señalé el lugar y con los dedos de su mano juntos y extendidos, me abrió el costado como con un escalpelo. Me quitó el hígado, me enseñó las heridas, afeitó con su mano el hígado y depositó las raspaduras en un lienzo. Luego lo volvió a colocar y cerró mi costado. ‘Ya está curado’, me dijo, ‘sirve como conviene a Nuestro Señor Jesucristo’. Desde entonces gozo de buena salud y vivo aquí sin más molestias”. Le supliqué insistentemente que me permitiese quedarme en el desierto interior, pero el me dijo: “No podrás soportar el ataque de los demonios”. Yo acepté su parecer y le pedí que orase por mí antes de despedirme. Lo hizo así y nos dijimos adiós. Todo esto lo he contado para vuestro aprovechamiento.»

12
Otro anciano, que por méritos propios había merecido ser nombrado obispo de Oxirinco, contó lo siguiente. Decía que se lo había oído a otro, pero la verdad es que se trataba de él: «Un día, pensé que debía penetrar en el desierto interior, hacia la parte del oasis, en el territorio de los Macicos, pues tal vez encontrara algún siervo de Dios. Con algunos panecillos y un recipiente de agua para cuatro días me puse en camino. Transcurridos los cuatro días se agotaron mis provisiones. ¿Qué hacer? Hice un acto de confianza en Dios y decidí continuar. Aguanté otros cuatro días sin comer nada, pero mi cuerpo ya no podía soportar el ayuno y la fatiga del camino. Vino el desaliento y me deje caer en el suelo. Alguien vino, tocó con sus dedos mis labios, como un medico moja los ojos con saliva, y al punto recobré mis fuerzas y me parecía como si no hubiese caminado ni padecido sed. Al sentir esa fuerza en mí, me levante y continué andando por el desierto. Pasaron otros cuatro días y la fatiga me hizo desfallecer de nuevo. Elevé mis manos al cielo y el hombre que me había confortado la primera vez pasó de nuevo sus dedos por mis labios y me devolvió las fuerzas. Al cabo de diecisiete días descubrí una cabaña, una palmera y un hombre al pie de ella. Sus cabellos, totalmente blancos, le servían de vestido. Su aspecto era espantoso y empezó a orar en cuanto me vio. Después del amén, cayó en la cuenta de que yo era un hombre, me tomó la mano y me preguntó: “¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Todavía existe el mundo? ¿Hay todavía persecuciones?”. Yo le contesté: “Es por ti, verdadero siervo de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que recorro el desierto. Gracias al poder de Cristo han cesado las persecuciones, pero te ruego me digas cómo has llegado aquí”. El me respondió llorando: “Era obispo y en el curso de una persecución fui sometido a tortura durante largo tiempo. Por fin no pude resistir y sacrifiqué a los dioses. Pero volví en mí, confesé mi pecado y me condené a morir en este desierto. Hace cuarenta y nueve años que vivo aquí, alabando a Dios y pidiéndole que perdone mi pecado. El señor me alimenta con esta palmera y he tenido que esperar cuarenta y ocho años para tener la certeza íntima de mi perdón. Este mismo año se me ha concedido”. Después de decirme todo esto en medio de un mar de lágrimas, se levantó de pronto, salió de prisa y estuvo largo tiempo en oración. Al terminar volvió a mi lado. Miré su rostro y me eché a temblar pues parecía como de fuego. “No temas nada, me dijo, Dios te ha enviado para amortajar mi cuerpo y darle sepultura”. Apenas terminó de decir estas palabras extendió sus manos y sus pies y expiró. Desgarré mi túnica y guardé una mitad para mi. Con la otra mitad envolví el santo cuerpo y lo amortajé. Terminado el entierro, la palmera se secó y la cabaña se vino abajo. Lloré durante mucho tiempo, pidiendo a Dios que me devolviese de una u otra manera aquella palmera para que pudiese parar en aquel lugar el resto de mi vida, pero no se produjo lo que yo pedía y me dije a mi mismo: “No es voluntad de Dios”. Hice oración y me puse en camino hacia el mundo. El hombre que me había tocado los labios apareció de nuevo y me devolvió las fuerzas. Gracias a él pude llegar de nuevo hasta el lugar donde residían mis hermanos, a los que he contado esta historia para invitarles a no desesperar nunca de si mismos, sino a encontrar a Dios por la penitencia».

13
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Qué es lo que salva, la reputación o las obras?». «Las obras», respondió el anciano, y añadió: «Conozco un hermano cuya oración es escuchada inmediatamente. Un día le vino la idea de ver el alma de un pecador y la de un justo en el momento de su salida del cuerpo. Dios no quiso contristarle y en el momento en que cierto día estaba en su celda, entró un lobo y lo arrastró fuera tirándole de su hábito. El hermano se levantó, siguió al lobo, y éste le condujo a una ciudad y le dejó abandonado allí. El hermano se acomodó fuera de la ciudad en una ermita cuyo ocupante tenía fama de ser un anacoreta muy observante. Estaba enfermo y esperaba la hora de su muerte. El hermano vio que hacía grandes preparativos de cirios y luminarias para ese ermitaño, como si sólo por él Dios protegiese a los habitantes de aquella ciudad y les concediese el pan y el agua. “Si el anciano se va”, decían, “todos vamos a morir”. Cuando llegó la hora de la muerte, el hermano vio a un demonio que se colocó encima del moribundo con un tridente de fuego y oyó una voz que decía: “Puesto que esta alma no me ha dejado ni una hora de descanso en ella, no tengo compasión en arrancarla”. El demonio colocó el tridente de fuego sobre el pecho del ermitaño y atormentó por un buen rato al monje para extirparle el alma. Después de ver esto, el hermano entró en la ciudad. Encontró tirado en el suelo a un vagabundo enfermo que no tenía a nadie que le atendiera. Se quedó con él un día entero. Cuando le llegó la hora de morir, el hermano vio al arcángel san Miguel y al arcángel san Gabriel que bajaban para recoger su alma. El uno se colocó a su derecha y el otro a su izquierda y ambos invitaban al alma a salir, pero ésta no salía. Se diría que no quería abandonar al cuerpo. Entonces Gabriel dijo a Miguel: “¡Toma el alma y vámonos!”. Pero Miguel le respondió: “El Señor nos ha recomendado insistentemente que la hagamos salir suavemente, no podemos pues arrancarla por la fuerza”. Luego Miguel gritó con voz potente: “¡Señor! ¿Qué quieres hacer de esta alma, que no accede a salir?”. Entonces se oyó una voz que decía: “Envía a David con su arpa y a todos los que cantan salmos a Dios en Jerusalén, para que el alma oiga la salmodia y salga bajo el encanto de su voz”. Bajaron todos alrededor del alma cantando himnos, y el alma salió, se sentó en las manos de san Miguel y de este modo subió al cielo con gran alegría».

14
El mismo anciano contó que un Padre fue un día a la ciudad para vender las cestas que había fabricado. Las desembaló y por azar se instaló a la puerta de un rico que estaba a punto de morir. Allí sentado, el anciano vio llegar unos caballos negros montados por unos negrazos terribles que llevaban en sus manos un bastón de fuego. Llegados a la puerta, ataron sus caballos y entraron todos a gran velocidad. Al verlos, el enfermo lanzó un grito horrible: «¡Señor, ayúdame!». Pero los demonios le respondieron: «¿Ahora que el sol deja de brillar para ti es cuando te acuerdas de Dios? ¿Por qué no le buscaste antes de hoy, cuando gozabas del esplendor del día? Ahora ya no hay para ti ni esperanza ni consuelo».

15
Los Padres hablaban de cierto Macario, que fue el primero que estableció una ermita en Scitia. Es un rincón del desierto a más de un día y noche de camino de Nitria. Se corre un gran peligro para llegar allí y basta una pequeña equivocación para exponerse a errar a la aventura en el desierto. Los que vivieron allí eran todos varones perfectos. Un imperfecto no aguantaría mucho tiempo en aquel terrible lugar. Es de una aridez extrema y no se encuentra allí ni siquiera lo necesario. El Macario en cuestión era un hombre de ciudad y se unió un día a Macario el Grande. Como tenían que atravesar el Nilo se embarcaron en un navío. Subieron también al barco dos tribunos con gran magnificencia, con sus carros recubiertos de placas de cobre, tirados por caballos con bridas de oro. Les seguían algunos soldados y esclavos que llevaban collares y cinturones de oro. Los tribunos vieron sentados en un rincón a los dos monjes vestidos con viejos hábitos, y se admiraron de su pobreza. Uno de ellos le dijo: «Dichosos vosotros que os burláis del mundo». Macario, el de la ciudad, le contestó: «Es verdad, nosotros nos reímos del mundo, pero el mundo se ríe de vosotros. Aunque sin quererlo, has dicho una gran verdad, pues nosotros dos nos llamamos “dichosos” (Macarioi)». El tribuno fue movido a compunción por aquellas palabras. Vuelto a su casa, se despojó de sus vestidos y tren de vida, y empezó a vivir como un monje, haciendo grandes limosnas.

16
El abad Macario, el Grande, contó que caminando un día por el desierto encontró en el suelo la cabeza de un muerto. La tocó con una rama de palmera y el cráneo empezó a hablar. Yo le pregunté: «¿Quién eres?». La cabeza aquella respondió al anciano: «Era sacerdote de los ídolos, al servicio de los paganos que moraban aquí. Y tú eres el abad Macario, lleno del Espíritu Santo de Dios. Cada vez que te compadeces de los que están en el infierno y oras por ellos, son aliviados un poco». Yo le pregunté: «¿En qué consiste ese consuelo?». La calavera me respondió: «Cuanto dista el cielo de la tierra otro tanto hay de fuego debajo de nuestros pies y sobre nuestras cabezas. Y sumergidos en el fuego no nos podemos ver cara a cara ni con el más cercano; pero cuando oras por nosotros, el uno puede ver el rostro del vecino y en eso consiste nuestro alivio». El anciano dijo llorando: «¡Maldito el día de su nacimiento si es este el alivio del suplicio!». Y añadió: «¿Hay tormentos peores que éstos?». La cabeza contestó: «Debajo de nosotros existen todavía suplicios mayores». «¿Para quién?», pregunté. Y la calavera respondió: «Nosotros, que no hemos conocido a Dios, disfrutamos de un poco de misericordia, pero los que le conocieron y renegaron de El, y no hicieron su voluntad, éstos están debajo de nosotros». Después Macario tomó el cráneo y lo enterró.

17
Cierto día, el abad Macario oraba en su celda y oyó una voz que le decía: «Macario, todavía no has llegado a la altura de esas dos mujeres que viven en la ciudad». A la mañana siguiente, se levantó, tomó su bastón de palmera y se encaminó a la ciudad. Llegó al sitio que buscaba y llamó a la puerta. Le abrió una de las mujeres y le hizo pasar dentro de la casa. Después de sentarse, invitó a las dos mujeres a que se sentaran a su lado. El anciano les dijo: «Me he tomado un gran trabajo en venir a veros. Explicadme vuestro modo de vivir y las obras que hacéis». Pero ellas dijeron: «Créenos, esta misma noche la hemos pasado con nuestros maridos. ¿Qué buenas obras hemos podido hacer?». Pero el anciano insistía en que le descubriesen su género de vida. Entonces ellas le dijeron: «No tenemos ninguna relación con el mundo, pero se nos ocurrió casarnos con dos hermanos carnales. Desde hace quince años vivimos en la misma casa y nunca hemos reñido, ni nos hemos dirigido la más mínima palabra desagradable, sino que hemos transcurrido todo este tiempo en paz y concordia. Hemos pensado alguna vez entrar en algún monasterio de vírgenes, pero consultados nuestros maridos se opusieron. Como no hemos podido conseguir su aprobación, nos hemos comprometido delante de Dios a no pronunciar palabras, ni tener conversaciones de mundo hasta la hora de nuestra muerte». Al oír esto el abad Macario dijo: «Verdaderamente el ser virgen o casada, monje o seglar, no importa nada. Dios concede a todos el Espíritu Santo».

18
Contaban los Padres, a propósito de un santo anciano, que caminando por el desierto vio a dos ángeles que le acompañaban, el uno a la derecha y el otro a su izquierda. Mientras andaban encontraron en el camino un cadáver. El anciano, a causa del hedor que despedía, se tapó las narices y los ángeles hicieron lo mismo. Avanzaron un poco y entonces el anciano les preguntó: «¿También vosotros sentís el olor?». Ellos le respondieron: «De ninguna manera, pero nos hemos tapado la nariz por causa tuya. No sentimos el olor del estiércol de aquí abajo, pues no llega hasta nosotros, pero sentimos el hedor de las almas que viven en pecado».


(1) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.
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