La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Acción sin oración no aprovecha

¿Quién se halla capacitado para volverse contemplativo? He aquí una pregunta que exige una explicación como respuesta. El ejercicio de la oración contemplativa requiere algunas condiciones previas. La primera de estas condiciones es romper rotundamente con el mundo. La segunda es liberarse definitivamente de toda preocupación por nuestro quehacer individual de cada día.

Existen básicamente dos maneras de vivir en el mundo: vivir como si nuestra existencia se limitase al espacio de tiempo entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. Todos aquellos que viven con esta convicción están comprometidos con el mundo. Se sienten envueltos en innumerables compromisos que les atan a los valores materiales y temporales de la vida.

Cuanto una persona más se envuelve y se compromete con los hombres y con las cosas de los hombres y del mundo, tanto menos libre es en sus actos: ya no puede ir donde quiere ni jamás podrá realizar todo aquello que le gustaría hacer. Se siente comprometida, amarrada y enredada en sus movimientos. Casi todas las horas del día las tiene comprometidas por diversas obligaciones. Puede decirse muy bien que ya no dispone de su tiempo para nada. Más aún: ya no es dueña de sí misma. Está, prácticamente, como esclavizada por el mundo. El esclavo no va donde quiere ni hace lo que quiere. Se limita a ejecutar órdenes de terceros. Por eso no es libre de servir a quien quiere. Está obligado a servir a los que lo dominan por influencias de todo tipo.

Aquel que sirve al mundo porque se comprometió con él, él mismo se ata y se impide entregarse a Dios tan libremente como desearía en lo más íntimo de su corazón. Por eso, para adquirir un profundo estado contemplativo, toda persona debe antes concretar una auténtica ruptura con el mundo.

La segunda condición para hacerse contemplativo -decíamos al comienzo de este capítulo- es la de abandonar las preocupaciones por los quehaceres o afanes de la vida activa.

Cristianos laicos y religiosos de congregaciones de vida activa se ocupan de obras que exigen trabajo. Hablan de las muchas cosas que tienen que HACER. Se consideran, muchas veces, hombres y mujeres de acción. Toman iniciativas, emprenden multitud de planes y actúan sin parar. Muchos de ellos se embarcan en tantas y tantas actividades, que no les resta tiempo para nada: comen apresuradamente, trabajan día y noche; no descansan; duermen poco; no tienen paciencia para cumplir sosegadamente con sus obligaciones regulares de oración; algunas veces omiten sumariamente la oración, simplemente porque «no tienen tiempo…»

Su programa de vida consiste en hacer, hacer… Llegan a murmurar de los que HACEN poco; tratan a los demás de perezosos y negligentes. Su grande y constante preocupación es siempre aquello que tienen que HACER. Lamentan los momentos que, según ellos, pierden sin realizar o HACER algo de lo que traen entre manos.

Quien ya no tiene tiempo para rezar, para meditar, para una tranquila lectura espiritual, seguro que no tendrá tiempo ni disposición para contemplar. Pues contemplar o rezar contemplativamente exige la capacidad y disposición de estar ahí sin HACER nada. Sólo un gran amor es capaz de permanecer tranquilo y reposado junto a aquel que es objeto de su amor.

Cuando esta persona deja de ser capaz de dominar sus ímpetus para la actividad y la agitación, cualquier intento de ejercicio de contemplación se torna en fracaso. Su mente, preñada de preocupaciones por las muchas cosas de que se ocupa, no le permite fijar la atención en el maestro ni escuchar lo que él le susurra al corazón. Simplemente, no oye a causa del continuo alboroto que producen en su derredor las ingentes preocupaciones que aturden su sentido interno. Sin una mudanza profunda y una conversión radical para otro tipo de preocupaciones -las cosas de la realidad espiritual-, no reúne las condiciones mínimas para la oración contemplativa.

La conversión de que aquí se habla consiste fundamentalmente en la purificación de todo aquello que pueda constituir un estorbo a la disposición total para la comunicación personal e íntima con Dios.

Para comenzar el nuevo programa de vida bastará con estar libre de compromisos y preocupaciones extraños al menos durante media hora diaria. Lo ideal seria una hora de contemplación, que podría dividirse en dos medias horas de entera disponibilidad únicamente para el Señor. Media hora de verdadera oración contemplativa por día ya es un buen comienzo. Si esa experiencia se hace realmente bien y si se persevera en sustentaría firmemente durante varios meses, parece suficiente, en la mayoría de los casos, para despertar el interés y gusto por la oración.

En estas condiciones de aprendizaje es prácticamente inevitable que la persona, poco a poco, sienta un gran deseo de profundizar y de prolongar la grata experiencia de amor místico. A partir de ese momento bastará solamente continuar con un sentimiento de profunda humildad. Muchos, embriagados con la maravilla de esa experiencia espiritual, comienzan a lamentar el tiempo perdido en anteriores compromisos con el mundo y sus preocupaciones profesionales.

Todo aquel que encontró el camino y ya está iniciado en la oración contemplativa, ha de estar permanentemente alerta contra los ataques del demonio, ya que éste está interesadísimo en desviar al hombre del camino que lo lleva a Dios. Echa mano de todos los medios a su alcance para lograr su satánico objetivo: arrancar el mayor número posible de almas de las manos de Dios.

Por desgracia, algún éxito tiene en su negro empeño. Sobre todo con aquellos que «ponen la mano en el arado y luego vuelven la vista atrás».

Todo aquel que inició un auténtico movimiento de oración personal debe estar atento. Esforzarse para no apartar la vista de aquel que le sedujo y le llama a la perfección. El único motivo eficaz para perseverar en la vida de oración que ya comenzó no viene de la persona que reza, sino de Dios que la atrae. Dios atrae a las almas como la lámpara eléctrica atrae a las mariposas durante la noche. Y como «nadie puede servir a dos señores», no podemos escuchar a Dios y mirar hacia él y, al mismo tiempo, escuchar y mirar a las criaturas. Eso seria una actitud contradictoria, capaz de provocar en nosotros una verdadera disociación interna que desestabilizaría completamente el equilibrio de la persona.

El equilibrio existencial se manifiesta en un doble plano: el sentir y el obrar. La persona completa concentra el máximo de su energía vital en todo cuanto piensa, siente y hace. Así, su vida se plenifica y equilibra en una notable armonía existencial.

Cristo nos hace una advertencia muy seria: dice que, para seguirle de cerca, debemos llevar nuestra cruz a cuestas como él la llevó; y también nos dice que la puerta del cielo es estrecha y que el camino que nos conduce a ella es estrecho y muy pendiente. Ya estamos avisados. Debemos tener siempre presente que el camino de la imitación de Cristo no es ciertamente fácil.

En realidad, el seguir a Jesucristo trae consigo siempre un sufrimiento inevitable. Ello exige del discípulo de Jesús mucha renuncia y no poco sufrimiento. Pero esa entrega y sufrimiento no son, por otra parte, algo exclusivo de los verdaderos discípulos de Cristo: todos los hombres, de cualquier condición y en cualquier situación en que se hallen, tienen una cruz que llevar sobre sus hombros.

La felicidad permanente no es de este mundo. Todos los hombres la buscan, pero ninguno la encuentra aquí, en la tierra. Para tener éxito en la vida contemplativa es necesario abrazarla con ánimo alegre. A fin de cuentas, si orar es amar, ¿cabe, dentro de lo posible, amar sintiéndonos tristes y aborrecidos? Yo creo que no. El verdadero contemplativo es necesariamente una persona alegre, como alegre y feliz se manifiesta todo aquel que ama.

Recuperar la vida de oración y la alegría de estar a bien con Dios, perdida por el pecado, ayuda a mantenerse más fácilmente por encima de las cosas terrenas, que deprimen y afligen el corazón humano. Ser puro de corazón quiere decir estar despegado de las cosas de la tierra y estar abierto para Dios. Es desearlo de todo corazón. Es buscarlo incansablemente hasta lograr alcanzarlo.

¿Qué pensar de aquellas personas que, con un extraño criterio de actividad pastoral, repiten ingenuamente la frase inventada no se sabe por quién: «Oración sin acción no aprovecha».

Se trata de una afirmación, cuando menos, dudosa, si no herética. Por un lado, es cierto que «la fe sin obras es una fe muerta». Pero cualquier persona de mediana formación religiosa entiende fácilmente la expresión que acabamos de citar como indicadora del poco valor que se debe dar a la oración en la actividad pastoral. En la práctica, vese a no pocos sacerdotes y religiosos/as que simplemente dejan de rezar y justifican su actitud con la ingenua afirmación de que «no tienen tiempo para eso…»; que «todo su tiempo lo reservan para los pobres». Los bien intencionados, aunque ciertamente equivocados apóstoles sociales que actúan con este espíritu, en poco tiempo se vacían de «vida espiritual», que es la base siempre de un auténtico apostolado.

De suyo, disienten frontalmente aquellos que piensan que, en pastoral, la acción es más importante que la oración. En realidad, ciertamente más exacta y menos dudosa que la afirmación arriba dicha, es esta otra que dice: «En el reino de Dios, acción sin oración no adelanta». Cristo, en efecto, insiste mucho más en la necesidad de orar que en la necesidad de actuar. Pues sabido es que aquel que reza, que ora, cuenta con la fuerza de Dios. En cambio, el que confía únicamente en sí mismo cuenta solamente con sus propias fuerzas. Por eso ese tal se ve fácilmente sujeto a fracasos humanos y, sobre todo, espirituales.

En todo caso, juzgar a una persona que se encuentra en ese error seria pecado. Nadie puede juzgar del valor moral de las obras de otro, aunque de alguna manera pudiese interpretarse lo contrario en sentido negativo. Siempre podemos juzgar las obras de otros como buenas o malas. Pero a la persona o sujeto de la acción no podemos juzgarla jamás.

A fin de que podamos orientarnos en la búsqueda de la verdad, es, con todo, indispensable verificar de qué modo suceden las cosas en el campo de la vida de oración y de apostolado. Y ello es así porque el esfuerzo de discernimiento para una orientación más segura en el camino de la espiritualidad exige un análisis más atento de los diferentes factores que atañen a la cuestión.

Una cosa es segura. Ningún hombre tiene el derecho de juzgar la vida de otro hombre. Sólo la autoridad competente tiene siempre el derecho y el deber de avalar las obras de sus propios subordinados bajo el punto de vista moral. Ciertos hombres y mujeres carismáticos reciben también el don particular de discernir las obras de los demás bajo el punto de vista espiritual. Erigirse, sin embargo, por sí mismos en jueces de la vida de los demás es siempre extremadamente peligroso. Casi siempre lleva a graves errores e injusticias.

Con respecto a la manera de vivir el evangelio, es mejor que cada uno se preocupe sobre todo de sí mismo. Es mejor examinarse a la luz de la propia conciencia y juzgar con rectitud el propio comportamiento en la intimidad de nuestra conciencia. Esta actitud favorece mucho más el propio conocimiento humano y espiritual que el estar a la caza y crítica de la vida de los demás.

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