El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Al paso lento de una gestación (María)

SILENCIO

No adornaré el comienzo de este artículo hablando de un silencio romántico, pleno de paz fácil y ausencia de molestias y ruidos ensordecedores. Trataremos de hablar de un silencio más hondo, que se halla sumergiéndome en lo profundo de mi precaria realidad, de mi pobreza incómoda, de mi afán inacabable, de mi enfermedad y lenta curación…

Hay silencio de ruidos y silencio del corazón, del alma.
Hay silencio de ruptura y distancia y silencio de amor.
Hay silencio de sospecha y silencio de confianza entregada.
Hay silencios y silencios…

¿Cómo hemos imaginado el silencio de María? Silencio adorador, silencio extático, silencio monacal, silencio desocupado, silencio arrodillado… Sin duda, lo que mejor podemos afirmar del silencio de María es nuestra ignorancia. La simplicidad y sencillez de María no permiten muchas palabras de adorno. Vivimos tan ocupados en adornar lo simple que a fuerza de ensalzar olvidamos su frescura y transparencia. Hemos manipulado el silencio de María, para hacer de su silencio algo que se trae y se lleva según el viento sopla.

Seguramente estamos en disposición de hablar algo más de un silencio más cotidiano, más desnudo, más asombrado en lo pequeño e insignificante, más humano… Pero seguimos queriendo adornar, porque, a fin de cuentas, ¿a quién no le asusta el silencio, el vacío y la desprotección que encierra el silencio sin arrimo, sin orientación, si no fuera por la confianza?

El desconocido y sobrecogedor silencio de María es el que permitió a Dios hacer germinar en ella su Palabra. En silencio de poderes de hombre (fuerza humana, arrogancia, autosuficiencia…) gestó Dios la vida en María. En silencio de conquistas y afanes de grandeza… la Palabra se hizo canción en los labios y en el corazón de María…

 

CANCIÓN…

San Juan de la Cruz nos regala una palabra sobre María en la que nos dice que su música fue la del Espíritu Santo, que bailó a su son solamente. No tuvo más señores ni más dueños de su alma.

María posee una música, hecha canción, que es grito, plegaria. Antes de saltar Juan Bautista por el saludo musical de María, ya había saltado ella de gozo en el Señor. El Ángel le había dicho: “Regocíjate, alégrate María, llena de gracia…”. Un regocijo que estalla en canto agradecido: “Proclama mi alma la grandeza del Señor..”.

Su voz retorna la música y la canción de épocas pasadas, trayendo a este momento presente todo el cariño y la misericordia de Dios con su pueblo que se manifiesta ahora de manera enteramente sorprendente.

La canción de María es en su corazón un grito de júbilo incontenible porque Dios ha mirado su pequeñez, su simplicidad… Y nace canción verdadera, conmovedora, del eco con que Dios resuena en ella.

La letra de su canción es “FIAT”, “hágase”… y la canta con toda su vida, en todos sus gestos. Su cancioncilla alegrando todos los rincones de su hogar nazareno sonaría al ritmo de las tareas cotidianas con la música de quien vive entregada.

Orar ¿no es cantar con toda la vida, con todas las fuerzas, la vieja canción de un pueblo que da gracias y se siente salvado, emocionado por la cercanía de Dios, la vieja canción nueva en labios de una mujer libre?

Canta la canción que nace de su ser irrepetible, porque cada uno tiene su canto. Dios entregándose a cada uno y haciendo alianza de comunión crea en nosotros un canto siempre nuevo y siempre antiguo que, unido al de los hermanos, prepara el gran concierto polifónico del reino nuevo, ya aquí. Y la canción es interpretada sólo perfectamente cuando se hace con todo el ser, en danza festiva.

 

DANZA

Nada nos dice la Biblia de que María o Jesús danzasen. Parece poco reverente (para nuestra fría mente europea), pero Israel es un pueblo que sabe festejar, como nosotros, y danzar. El Espíritu se libera y expresa privilegiadamente en la danza (entendida como movimiento interior y exterior).

María no era mujer achicada, apocada, ni encogida de palabra, ni de gestos. Su silencio no es huida; es la garantía de la verdad que la habita, es vida, es mirada, escucha, fuego nunca artificial.

Esta mujer fuerte que da paso al Dios de la vida, en la entrega de su vida, al Dios encarnado, gestó a su hijo danzando la danza del Espíritu: de aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, los que son hijos de Dios. Ella ha recibido un espíritu de hija y madre, y ha gemido también, con toda la creación, anhelando la llegada de la salvación; ha gemido con dolores de parto, unida a la esperanza secular de un pueblo, que es también nuestra esperanza, y en el alumbramiento de esa esperanza nueva ha bailado para Dios, sólo para Él, el baile de los que se sienten libres, con libertad de hijos de Dios. Ha bailado con el niño en sus entrañas y en su regazo.

María nos enseña como la mujer fuerte que es, que quien se atreve a cantar sin esconder la verdad de Dios que habita dentro, quien se atreve a danzar, ya es libre en su corazón, y el miedo de la opresión huye hacia las sombras.

 

SOLIDARIDAD-ENTREGA

La oración de María se revela en toda su fuerza cuando pone su pie y su vida en juego, en situaciones de conflicto y peligro inminente. Su prontitud para la entrega sin reservas ni elucubraciones, hablan de una oración valiente, disponible.

El Espíritu de Dios conduce a María fiada sólo en Él como una pobre de Yahvé, a situaciones límite, sin dar paso atrás, aparcando las fuerzas propias no atendidas, audaz en el poder de Dios todopoderoso, que ha cubierto su vida entera con la frescura de su sombra desde el inicio.

La oración de María no se reduce a sólo Dios y ella. Reproduce la belleza y entrega del Dios Trinidad, que se manifiesta dándose, regalándose, “perdiéndose” en el Hijo.

El ejemplo privilegiado del orar de María es el que se nos muestra en la Visitación a su prima. María se pone en camino con alegría, con prontitud, hacia la casa de Isabel. Esta estampa de María caminando con el misterio inmenso de Dios en sus entrañas es la viva imagen de la contemplación. No estorbará nunca, por tanto, la caridad a la adoración recogida, cuando se realiza “en el Espíritu”.

La Iglesia ha tenido interés en recordarnos que la plenitud de la oración está en salir hacia los demás para prolongar el encuentro con el Señor en la acogida del otro, como sagrario vivo que entrega todo y se da todo.

Dios enferma de soledad y tristeza en el corazón del que sólo se vive a solas para sí solo. No es el Espíritu de Dios “ave” que quiera ser adorado enjaulado, sino en la libertad del que entrega todo y se da todo.

Al paso lento de una gestación, al paso lento y asombrado de las sorpresas que su Dios le ha de deparar, al paso de paisajes conocidos, pero nuevos siempre para quien sabe admirar, camino de su prima, de los que la necesitan, sin pedir nada, por puro amor, María adora un misterio inaudito de comunión que se le va a ir desvelando en la acogida y la entrega.

En el corazón de un pueblo que negaba la Escritura Santa y la palabra de Dios a la mujer, ella se convierte en portadora de Dios para los que le necesitan. Ella es antorcha, profecía de un pueblo de hermanos. Toda su oración es vivir despierta ante Él y entregada a los hermanos.

Dios va a dejarse llamar hijo, y va a llamar “mama a esta mujer transparente, porque desea ser acogido como hijo en el regazo de los que le necesitan.

La solidaridad de María la convierte en portadora de Dios niño, de un Dios diferente a todo lo imaginado. En manos de los pastores ella dejará que su hijo sea acunado, en manos de los que son juzgados despreciables, proscritos, malhechores… ella, preanunciando la predilección de su hijo, se pone en marcha hacia la esterilidad de tantos para los que ha sonado una hora de salvación llena de júbilo cotidiano.


El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-02-21

Al paso lento de una gestación (María)
Anterior

El que aguarda, sabe que la victoria es suya (Simeón y Ana)

Al paso lento de una gestación (María)
Siguiente

Se vela en nombre de la ternura (José)