La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Amar

La auténtica experiencia de Dios es una vivencia espiritual al alcance de todos. Raras veces es totalmente gratuita. Corresponde más bien al fruto natural de un esfuerzo personal hecho de deseos, de intereses, de busca, de iniciativa, de esfuerzo perseverante…

La actitud personal de esa búsqueda y de ese esfuerzo ha de ser la brújula que apunte siempre al norte.

Los deseos, los intereses, las búsquedas y los esfuerzos personales orientados hacia otros objetivos obstaculizan la ejecución de un proyecto formal de mejorar la vida de oración. La orientación real en sentido de Dios y la coherencia de las actitudes internas y externas y del comportamiento comprueban la sinceridad de nuestro propósito.

El hombre ha sido creado para amar y ser amado. Por eso nadie escapa de la necesidad de optar entre amar y ser amado, por un lado, y ser neurótico y humanamente destruido, por otro.

El amor humano es hermoso es importante, pero al mismo tiempo, es muy precario e insuficiente para satisfacer toda la necesidad afectiva del hombre. Sólo Dios puede satisfacerle plenamente. Nuestra inteligencia es demasiado pequeña para comprender a Dios en su inmensa grandeza. Sólo el amor puede conocerle con mayor profundidad.

Los dones más finos que Dios nos concede son los de la capacidad de conocer y de amar. Pero, a pesar de nuestra probada capacidad de inventar, de crear, de analizar y de sintetizar, jamás llegaremos a entender totalmente a Dios con nuestra inteligencia limitada. Todos, sin embargo, podemos sentirle y percibirle a través del amor.

Por el amor nos fijamos en el objeto amado, le acariciamos, le abrazamos, hacemos que entre dentro de nosotros. La unión hecha de amor transforma a los amantes en una sustancia nueva; nos unifica en un nuevo ser: el hombre-Dios o el Dios encarnado.

El amor y el odio transforman siempre sustancialmente a las personas. Pero, a través del amor de Dios, nos injertamos con él en el universo de las cosas existentes. Trascendemos, por tanto, la simple condición carnal de hombres. La comunión con Dios es, en cierta manera, eterna como el mismo Dios. Experimentar el amor de Dios en la intimidad de comunión con él es como pregustar la felicidad eterna.

Rezar, contemplar y vivenciar íntimamente la presencia de Dios en nuestra vida es, siempre, gozar por anticipado la bienaventuranza del cielo en la tierra.

Si estuviésemos libres de pecado, rezaríamos y contemplaríamos espontáneamente, sin dificultad. El odio es consecuencia del pecado. Por eso, a pesar de no poder vivir equilibradamente sin amar y sin ser amados, no siempre es fácil satisfacer adecuadamente esa necesidad psicológica fundamental. Si tenemos dificultad natural en amar verdaderamente a nuestros hermanos -los hombres-, a quienes percibimos y tocamos en sus formas concretas y materiales, tanto más difícil resultará amar a Dios invisible, al que no podemos oír, tocar ni percibir con los sentidos externos.

Para el pecador -y todos somos pecadores- se hace más difícil aprender a meditar y contemplar. Mas el amor contemplativo cura las heridas del pecado y capacita al hombre para poder amar nuevamente. El más sincero y eficaz amor de Dios puede nacer precisamente en el abismo del pecado. Son innumerables los santos y los convertidos de todos los tiempos que recuperaron la visión de Dios justamente cuando se encontraban en el fondo del pozo de miseria espiritual.

Cito solamente unos pocos ejemplos: san Pedro, santa María Magdalena, san Pablo, san Agustín, el hijo pródigo de la parábola puesta por Cristo, la oveja perdida que nos relata en otra célebre parábola, etc.

En muchos casos, la experiencia del pecado parece ser, incluso, condición para un verdadero y gran amor al Señor. Pero esto no es para asombrarnos de ello después de la categórica afirmación que él nos hace: «No he venido para los justos, sino para salvar lo que estaba perdido…, para curar a los enfermos…, para salvar a los pecadores…»

Cristo afirma también de manera elocuente: «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve que no necesitan conversión…

El que nunca pecó difícilmente puede valorar la misericordia infinita de Dios. Sólo la santísima virgen María es una prodigiosa excepción de esta regla. La Virgen inmaculada, más que cualquier pecador, reconoce la inmensa misericordia y el inimaginable hecho de la encarnación del Verbo. Pero el inusitado acontecimiento, que nadie comprende mejor que ella, hace también que sólo ella pueda exclamar humildemente: «Engrandece mi alma al Señor y se llena de gozo, porque ha mirado la humildad de su esclava y ha hecho en mí cosas grandes el todopoderoso…» Y llena de júbilo, termina su canto diciendo: «La misericordia del Señor se extiende para siempre sobre todos los que le temen…

En el esfuerzo del descubrimiento y del aprendizaje en el arte de la meditación contemplativa, la cuestión del tiempo y la manera de emplearlo es muy importante.

Para cada persona, el tiempo tiene un significado particular. Hay personas muy activas que se quejan de falta de tiempo para hacer todo lo que quisieran hacer. Otras personas, sin embargo, se interesan mucho más por las diversiones que por iniciativas creadoras, y viven generalmente aburridas por no saber cómo pasar el tiempo.

Aquellos que aman la vida y se interesan por realizarse en ella, mediante el empleo de sus cualidades humanas, consideran el tiempo como algo muy precioso. Saben que de un momento de ese tiempo de que ahora disponemos pueden depender decisiones de valor inestimable para su existencia. De la más mínima parcela de ese tiempo de que disponemos pueden depender la felicidad o la infelicidad eternas.

A excepción de un planteamiento y cálculo acerca de una actividad que debamos desarrollar o de una obra que vayamos a realizar, la preocupación por el futuro es siempre tiempo perdido. Dios no da el futuro. Da únicamente el tiempo presente. Cada uno es responsable únicamente de lo que hace en el tiempo presente que le es concedido. El presente es uno de los dones más ricos que Dios nos da. El lo pone enteramente a nuestra disposición como una oportunidad para realizarnos de acuerdo con el destino para el que fuimos creados.

Es más fácil vivir el presente que calcular nuestro porvenir con un futuro siempre inseguro. Preocuparse excesivamente del pasado tampoco es ser inteligente.

El psicoanálisis, con sus interminables exámenes del pasado de una vida, tiene sus límites, a partir de los cuales resulta ya perfectamente inútil. Lo que realmente importa en psicoterapia no es el análisis del pasado. Antes está el examen y el descubrimiento de lo que, a partir de ahora, esa persona podrá hacer con la mayor parte de las consecuencias sacadas de los acontecimientos del pasado.

El pasado ya está muerto y el futuro es incierto. Únicamente podemos aprovecharnos del presente para equilibrar de la mejor manera posible la parcela de vida que el Creador nos concede sobre la tierra.

El futuro no se construye con el pasado. El valor o calidad de nuestra existencia depende únicamente de lo que escojamos, decidamos y realicemos en el aquí y ahora de cada nuevo día que nos es dado vivir.

La responsabilidad personal por el uso del tesoro del tiempo que a cada uno de nosotros se nos concede puede angustiamos. Lejos de Jesús ese sentimiento puede incluso perturbar profundamente una personalidad recta y leal. ¡Pero cerca de Jesús ese temor no tiene sentido, puesto que, para sus amigos, él es la providencia que satisface todas sus necesidades!

Él lo sana siempre todo y a todos nos tranquiliza. Aquel a quien Jesús ama recibe de él más aún de lo que necesita para volver a recobrar la paz interior.

Cristo nos enseña, con su ejemplo, la manera de hacer un uso consciente y correcto del tiempo. íntimamente unidos a él por el amor, entramos a participar con él del tesoro infinito de su misericordia y de su bondad. Él espera y anhela esa unión de intimidad amorosa y se siente feliz en nuestra compañía.

En la medida en que vamos creciendo en esa divina unión, participaremos también del parentesco con su gran familia de santos.

El que ama nunca pierde el tiempo, ya que el tiempo mejor empleado es aquel que pasamos en la intimidad amorosa de Dios. «Marta, Marta, andas muy inquieta y te afanas por muchas cosas. Pero una sola es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10,41-42).

La formación para el verdadero amor a Dios y a la Virgen requiere tiempo, esfuerzo y perseverancia. El amor de Dios es un don. Nadie lo recibe sin el esfuerzo personal para conquistarlo. En la medida en que crecemos en el amor de Dios, ese mismo amor nos fortalece y nos anima a perseverar en nuestro esfuerzo y en nuestra generosidad.

Amar
Anterior

Buscar a Dios

Amar
Siguiente

Descubrir