El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Aprender a llorar como un niño (orar en el desierto)

Allí, en el desierto, a miles de kilómetros de mí tierra, familia, amigos… sin techo, sin seguridades, sin saber lo que el siguiente día me traería, sin pan seguro; (aunque entonces no me daba cuenta de ello), encontré el inapreciable tesoro que regala el desierto, lo que se ha convertido en el secreto de mí camino: mi pobreza y fragilidad. La desnudez y soledad llegaba a tal extremo que sólo supe llorar, como el niño indefenso y perdido sin referencias, ni hogar, aterido de frío. En aquel desierto encontré mi verdad más clara, lo efímera que es la vida y, por eso, lo valiosa que es en cada una de sus pequeñas manifestaciones. Superado ese momento de dolorosa verdad, sin huir, mirando de frente el momento, poco a poco, empecé a ser devuelto a la vida más encantadora, al suelo que piso, como si de nuevo todo empezara a nacer y todo estuviera por ganar.

Desierto es aquel lugar al que Dios invita a sus amigos para que reclinen la vida en su regazo.

Orar en él es consentir a esa pedagogía que lleva a cada cosa a su centro y sentido, a su origen. El desierto pone todo al desnudo.

Para ir al desierto lo primero es aceptar ir y estar en él, no de cualquier forma. Lloriqueando y quejándonos el desierto nos vence. Hay que vivirlo con elegancia, como el tuareg, consciente de su posibilidad y de su limitación.

 

¿QUÉ ES EL DESIERTO?

Lugar de la lucha con el mal. Reto donde se afronta aquello que nos impide crecer y madurar.

Aquel lugar al que Dios trae a sus amigos para curarles de su autosuficiencia y de sus falsas seguridades, para que se apoyen sólo en Él.

Lugar en el que prácticamente no hay nada. El hombre se encuentra con el eco de su propia soledad. Allí, por mucho que se posea, se está desnudo.

Para sobrevivir al desierto el hombre debe reconciliarse consigo mismo, volver a sí mismo, porque la interioridad aparece como el único refugio.

Es el lugar de lo esencial. Lo superfluo queda a un lado. Allí nuestros recursos habituales no valen nada.

El desierto nos trae la imagen del comienzo, en el tiempo fuera del tiempo en que todo estaba vacío, y todo era posible. El momento del caos inicial, a partir del cual se despierta la creatividad de Dios.

 

ACTITUDES…

El desierto nos irá enseñando unas actitudes a medida que consentimos aceptar su reto.

Marca un estilo de oración hecho de escucha, sinceridad, acogida de lo inesperado, confianza…

Muchas realidades son puestas en tela de juicio: las programaciones, las seguridades, los disfraces, nuestro status y nuestra imagen. Todo es relativizado y mirado a la luz de lo que es esencial.

Ir al Desierto es huir del anonimato, hacia la propia originalidad, hacia lo mejor de nosotros mismos. Por destruida que esté nuestra vida, la oración se convierte, en el desierto, en aceptación de la sorpresa de Dios, para el que «nada hay imposible». No se huye de la realidad, allí se enfrenta uno con ella. Los problemas que se huyen siempre te persiguen y acosan.

Lugar de la distancia. Esa distancia que necesitamos para poder ver: lo que de verdad hay dentro de nosotros y lo que somos en relación con los otros, con el mundo y con Dios.

Allí hay que encontrarse con la propia soledad. Y en esa soledad desenmascarar los propios miedos, dejando que emerja nuestra verdad. Enfrentar nuestros fantasmas, lo que nos asusta de nosotros y de las situaciones.

«La paciencia todo lo alcanza», decía Teresa. Allí hay que «saber esperar»… Para vivir la fiesta de lo gratuito y de lo inesperado.

 

EL DESIERTO: LUGAR DE LA PALABRA…

Cuando dos palabras en hebreo tienen la misma raíz en su origen hay una relación directa. «DABAR» es palabra, y «MIDBAR» es desierto, pero etimológicamente, es «lugar de palabra». Curiosamente el desierto es el lugar de la palabra.

Allí donde no hay estorbos, ni distracciones, allí donde no podemos apoyarnos en nuestra seguridad. Cuando cesan nuestros discursos, las justificaciones, entonces estamos en disposición de oir lo que hay en el corazón, nuestros deseos más hondos, y nos preguntamos por el deseo de Dios sobre nosotros.

Nos abrimos al lenguaje del corazón, descendemos a nuestro corazón, para encontrar la palabra que nos define.

El desierto es el gran lugar de la palabra. La palabra más importante: del hombre, su FRAGILIDAD y LIMITACIÓN. De Dios, su MISERICORDIA y FIDELIDAD. De ambos, su BELLEZA INTERIOR.

Y el hombre es invitado a escuchar la palabra clave sobre su propia vida, oída de labios de Dios, que habla en el silencio y la soledad: nuestro verdadero nombre, nuestra identidad y misión en sentido bíblico, aquello que nos define a los ojos de Dios, y, por tanto, lo que de verdad somos y estamos llamados a ser. «Te he llamado por tu nombre…» (Isaías).

 

ORAR EN EL DESIERTO…

Es abrirse a la experiencia de Dios con sinceridad.

Los grandes Orantes han sentido la atracción del desierto, han buscado voluntariamente espacios de desierto para ponerse ante Dios desnudamente.

Nuestra oración pasa también por el sentimiento de la ausencia y por la ausencia de sentimiento, que, cuando se acepta, es signo de madurez. En los momentos en que experimentamos el «desierto» de Dios, como el abandono de su mano, se pone a prueba lo verdadero de la amistad, y queda «saber esperar en desnudez y vacío, que no tardará su bien». (1)

Son siempre lugar de paso (pascua) hacia una tierra nueva. Orar es adentrarse en ese terreno inhóspito en el cual dejamos a Dios las riendas y nos abandonamos en la confianza de que Él va siempre delante.

 

LA IGLESIA EN EL DESIERTO

El desierto es el gran reto de la Iglesia hoy, tentada de eficacia, poder, palabras… Allí es donde ella escuchará de Dios las palabras que oyó Moisés: «He oído el clamor de mi pueblo…» (Éx 3), y donde renovará las fuentes de su vida, cuando se encuentre con el amor primero de Dios, que es su único poder y privilegio, su único prestigio. Allí descubrirá su vocación a ser camino hacia la nueva tierra que todo hombre ansía, plenitud de la historia y hondura de comunión.

 

CONSEJOS PARA EL DESIERTO

La finalidad del desierto es estar al desnudo frente a Dios. Se requiere ir despojado lo más posible de todo lo accesorio. Cada vez que vayas a orar valora lo que de verdad eres y tienes, entra en tus esencias. Al desierto van los que no tienen miedo de encontrarse con la sorpresa de la propia verdad y la verdad del nuevo rostro de Dios.

Tómate tiempo… Piérdete durante algunas horas. No eres tan imprescindible, algún día dejarás de estar y el mundo seguirá adelante. Camina, no programes. Ponte al aire de Dios y déjate llevar. No programes…

Déjate sorprender y vive cada paso que das, ve despacio. No importa el terreno recorrido, sino la hondura y la paz que logres.

No olvides la Biblia, saborea lo que leas, entra en el texto.


1. San Juan de la Cruz.
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