La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Buscar a Dios

¿Cómo hacer oración contemplativa? Hay un camino a seguir si no queremos fallar el objetivo. Todos hemos aprendido en el catecismo de la doctrina cristiana que «orar es levantar el corazón a Dios».

Pues bien, la palabra corazón asume aquí un concepto bien preciso. Incluye las ideas de pensamiento, de imaginación, de sentimiento, de deseo… «Levantar el corazón» es, por tanto: actuar voluntariamente sobre el pensamiento, la imaginación, la fantasía, el sentimiento y el deseo para hacerlos converger en un único objetivo: DIOS.

Sí, hemos de dirigirlos todos ellos a Dios al modo como, durante la noche, dirigimos el haz de luz de la linterna sobre un determinado objeto para poderlo conocer mejor. La intensidad de amor a alguien o a una cosa está siempre subordinada al grado de conocimiento de ese objeto.

Hemos de conocer mejor a Dios para amarlo inevitablemente más, porque él es la síntesis de todo aquello que fascina y seduce al hombre: el bien, la verdad y la belleza.

Contemplar es sentirse encantado y deslumbrado con la visión de la realidad de Dios en un suave movimiento de amor. Y el amor viene siempre acompañado del deseo de aproximación y de unión con el ser amado.

Dios provoca ese movimiento de amor irresistiblemente en aquel que lo descubre y observa cómo es. Bastará que el sujeto concentre toda su atención y todo su deseo en él, y que mientras medita no alimente ninguna otra preocupación. La preocupación por otros afanes impide el fruto de ese esfuerzo por no hacer nada y de permanecer totalmente disponible, abierto y receptivo.

Tratemos ahora del método a seguir para aprender a contemplar.

La contemplación es la oración más perfecta, la que más agrada a Dios. En realidad, existen dos tipos de contemplación: contemplación infusa y contemplación aprendida. Existe la oración de aquellos que, cuando rezan, pasan rápida y espontáneamente a la contemplación sin que para ello hayan tenido que valerse de estudios o de experiencias previas.

Éste es un don que Dios concede a algunas almas, para edificación de los hombres, en la Iglesia. Pero todos los hombres de buena voluntad pueden aprender a orar. La contemplación no es tan difícil como pudiera pensarse.

El ideal de la vida de oración es la oración contemplativa. Esta enriquece de manera extraordinaria a la Iglesia y a la humanidad entera. El hombre contemplativo no se da cuenta del maravilloso efecto de gracia y de misericordia de Dios para con la humanidad pecadora, debido precisamente a esa intimidad amorosa de sus amigos más fieles.

La gracia actúa siempre de manera misteriosa, aun cuando nosotros no podamos percibirlo con claridad.

Uno de los efectos inmediatos, más palpables, de la oración contemplativa es el que experimenta el propio orante: se siente más purificado de sus culpas y fortalecido para resistir sin desfallecer la tentación de relajo y de infidelidad a Dios.

Contemplar no es difícil. Al contrario. Quien descubre y experimenta la vía de la oración contemplativa, luego cae en la cuenta del precioso valor espiritual que acaba de descubrir. Se aferra a ese tesoro con ambas manos y comienza una nueva vida, de acuerdo con su descubrimiento.

Es fácil de entender que ello no es tan difícil. Al contrario. Todo aquel que llega a experimentar lo bueno que es el Señor, cuán suave y sublime, cuán amante y maravilloso es, en su relación íntima con él, no es capaz ya de vivir sin acudir a esa intimidad con el amado. Quien se expone al amor del Señor y se deja conquistar por él, nunca más puede dar marcha atrás, porque es sencillamente incontrovertible.

Es difícil que Dios se nos manifieste directamente de modo espontáneo. Él quiere que le busquemos, que le deseemos. En fin de cuentas, a nadie le gusta hacer visitas a quien manifiestamente se muestra hostil o indiferente con el visitante. Sin embargo, el Señor está siempre esperándonos. Permanentemente nos invita a que acudamos a la cita. Él sabe esperar con infinita paciencia. «Mirad que estoy a la puerta y llamo: Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap 3,20).

Si oyésemos su voz y si atendiésemos su vehemente llamada al encuentro, Jesús no sería solamente un huésped, sino que fijaría su morada definitiva en nosotros. Pues ¿acaso él no es Dios?… ¿El no es el amor?… ¿No es él quien nos persigue, nos busca incesantemente porque nos quiere a toda costa?… Bástenos recordar que él murió por nosotros, para poseernos eternamente.

Transformarse en persona contemplativa es empresa que produce resultados verdaderamente duraderos sólo a largo plazo. Se trata de un trabajo personal que requiere un gran esfuerzo y gran insistencia. Perseverancia.

Al comienzo parece más difícil. Se puede tener la impresión de no sentir nada más que un vago impulso hacia Dios, apenas perceptible, en las profundidades de nuestro ser. Se puede sacar la impresión de que «esto no es para mí». Pero esa dificultad es sólo un muro entre Dios y el alma que le busca.

Ante esta dificultad, el alma contemplativa puede sentirse como abrumada: sencillamente, asustada. Por eso es muy importante no desanimarse nunca. Hay que seguir buscando. Creer en la posibilidad de superar el obstáculo estimula la perseverancia en el esfuerzo. Si realmente insistimos en él, el éxito será seguro.

Una de las condiciones para no descorazonarse nunca ante las dificultades, en el camino de la oración, es alimentar constante y suavemente el deseo de dejarse atrapar por Dios, que nos llama. Este deseo existe, al menos en potencia, en el corazón de todo hombre. Se trata de un don de Dios, de una semilla que germina y se desarrolla, convirtiéndose en planta frondosa cuando se la cultiva convenientemente.

Es preciso aprender a ser paciente y esperar en la oscuridad de la noche hasta que venga la luz del día Pero es muy importante saber que esa luz esperada es el mismo Dios.

Vivimos ordinariamente en la oscuridad. ¿Y qué hacemos mientras la luz no aparezca? Hay quien se resigna a vivir como los topos, acomodándose a la oscuridad más absoluta. Hay también quienes velan y se preparan diligentemente para la gran fiesta de la luz del día que se aproxima. Saben que es inútil maldecir las tinieblas. Suspiran, en cambio, llenos de esperanza y otean el horizonte oriental, por donde deberá aparecer la aurora. Tienen la certidumbre de que el nuevo día vendrá y se disponen atentos para acoger la luz, cuya presencia significará un gran cambio: tendrá lugar el encuentro amoroso largamente esperado.

Es, por tanto, necesario aprender a vivir en la esperanza, sin desalentarnos jamás. Esperar significa aguardar pacientemente, pero con vivo interés y con la certeza de que Dios no nos fallará. «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque el que pide recibe, el que busca halla y al que llama se le abrirá» (Lc 11,9-10).

Los impacientes, infantilmente impulsivos, no saben esperar. Por eso alcanzan poco. Ignoran que en el reino de Dios de este mundo las cosas se acomodan a la naturaleza de aquel que camina sin prisas. El reino de Dios en nosotros «es como el grano de mostaza, que cuando se siembra es la menor de todas las semillas, pero luego de sembrado crece, se hace mayor que todas las hortalizas y extiende de tal modo sus ramas que las aves del cielo pueden cobijarse bajo su sombra»… (Mc 4,31-32). En el esfuerzo por aprender a contemplar hay también un tiempo para sembrar, otro para germinar y todavía un tiempo más largo para desarrollarse, para crecer.

Y en tanto no sepa VER a mi Señor, en tanto no aprenda a distinguir su voz característica de pastor, de padre, de hermano, de amigo, en medio de la barahúnda del mundo, debo continuar buscando. Debo buscar y, sobre todo, ESCUCHAR. Escuchar con mucha atención, porque la voz del Señor es delicada, muy dulce y apacible. Es sutil y misteriosa.

Para VER a Dios en esta vida, para oírlo hablar aquí, en la tierra, es necesario permanecer en la oscuridad de la fe, con los ojos hechos a las realidades materiales del mundo. Es necesario recogerse en silencio y en la paz de la oración, de la consciencia, lejos del mundo de los ruidos y de los sonidos, que inundan los espacios y hieren nuestros oídos externos. Abrir de par en par las puertas del corazón a la llamada del Señor y esforzarse por alimentar de continuo el deseo de que Jesús venga, que se manifieste, que se revele, que nos hable.

Pero ¿cómo podremos verle si no miramos? ¿Cómo podrá entrar en nosotros si nos mantenemos encerrados? ¿Cómo podrá manifestársenos si no somos atentos con él? ¿Cómo se nos va a revelar si estamos ocupados con cosas que nada tienen que ver con él? ¿Cómo nos hablará si no le escuchamos?

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