La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Colaborar con la gracia

No pocas personas mantienen el grave error de pensar que el hombre es el agente principal de todo cuanto acontece en el mundo. Hay también quienes se juzgan víctimas de fuerzas misteriosas y ocultas, sobre todo cuando les sucede algo malo. Existen incluso falsos contemplativos que están convencidos de ser capaces de producir, por sí mismos, aparentes fenómenos místicos extraordinarios. Afirman que Dios les permite hacer, a ellos mismos, esto o aquello, y lo de más allá, sobre todo cuando se trata de fenómenos más o menos maravillosos. El papel de Dios se reduciría, según ellos, a un simple conocimiento.

Es necesario saber que, con respecto a la contemplación auténtica, sucede exactamente todo lo contrario.

En una vida espiritual auténtica y verdaderamente profunda, Dios es siempre el agente principal. Cuando el hombre intenta hacerse santo por sus propias fuerzas, por su propia inteligencia, Dios se retira, porque ya no tiene nada que hacer. «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. El que no permanece en mí, es echado fuera, como el sarmiento, y se seca… (Jn 15, 4-6).

Todo el bien que somos capaces de hacer es siempre fruto de la gracia. Ésta obra en nosotros si la acogemos y si colaboramos con ella mediante nuestra docilidad y nuestra buena voluntad. Nuestra buena voluntad y nuestra colaboración decidida con la gracia se manifiesta por actitudes y gestos, como, por ejemplo, estudio asiduo de la palabra de Dios, empleo de nuestro sentido crítico, fidelidad a los deberes de nuestro estado y lectura de los signos de los tiempos en las más diversas circunstancias de nuestra vida. La capacidad de interpretar correctamente los signos de los tiempos y de orientar la propia conducta espiritual por esa comprensión es una cuestión de la responsabilidad personal del hombre. Aquí entra no sólo la inspiración personal, sino que influyen también los criterios de la razón. Cuando el hombre es temeroso de Dios, la gracia divina fecunda también las iniciativas humanas basadas en la razón.

Para formar al hombre contemplativo, la más refinada sabiduría humana es insuficiente. Aquí sólo Dios es el agente principal. Sólo él toma la iniciativa. El hombre puede únicamente colaborar con la gracia. En la actividad común del hombre, Dios la respeta y, por así decirlo, le permite actuar por propia iniciativa, de acuerdo con los criterios personales de la propia razón.

En la contemplación y en el aprendizaje de la misma, la iniciativa pertenece a Dios. El hombre no tiene que hacer más que asentir y dejar hacer. Sin la participación directa o indirecta de Dios, el hombre nada bueno o malo puede hacer. Es evidente que Dios no coopera con el hombre cuando éste obra mal. Muy a su pesar y con gran disgusto, él respeta nuestra libertad cuando nosotros tomamos la triste iniciativa de pecar. Dios respeta incluso, con inmenso dolor de Padre, el libre albedrío del hombre a condenarse eternamente. En las buenas acciones, Dios ayuda al hombre con su gracia. En la contemplación él lo hace todo, incluso estimula continuamente al contemplativo para que sea dócil a la gracia y colabore gustoso.

Por tanto, cuando Cristo dice que «sin él nada podemos hacer», esta afirmación vale para todos: pecadores, apóstoles activos y personas contemplativas. A unos, Dios les permite que hagan lo que quieren; a otros, les asiste y ayuda y, en cuanto a los contemplativos, él lo hace todo. El pecador usa únicamente sus propias facultades cuando peca. Dios así lo permite. Al apóstol activo, Dios le ayuda y suple con su gracia lo que le falta al hombre. El contemplativo es llevado por Dios como el barco de vela es llevado por el viento.

La vida de la gracia se vive, por consiguiente, de dos maneras, de acuerdo con la vocación de cada uno: la vida de oración común a todos los cristianos y la vida contemplativa. Tanto unos como otros pueden también ejercer la actividad apostólica, más o menos intensa, en diversos sectores de la Iglesia. Algunos contemplativos se encierran en conventos de clausura rigurosa para favorecer al máximo su intimidad con el Señor. Pero ésta no es una condición indispensable para ser contemplativo. Hay también religiosos consagrados verdaderamente contemplativos, y que al mismo tiempo desarrollan una intensa actividad apostólica.

La vocación a la vida contemplativa se manifiesta más claramente por unas señales características. De entre ellas, citamos las siguientes: un particular toque de Dios, experimentado intensamente y que persiste de noche y de día; al dormirse, en las interrupciones del sueño, y al despertar, por la mañana; un misterioso pero intenso y persistente anhelo de intimidad mayor con Dios vivido durante el día y que, en los momentos de oración, se hace particularmente claro. A veces, la persona experimenta ese deseo vehemente sin saber exactamente cuál es el objeto preciso del mismo.

Quien así se siente, envuelto por esa misteriosa vivencia, comienza a vivir una paz y serenidad interior que difícilmente se altera con los acontecimientos negativos que pueden sobrevenirle. Su relación o trato social se vuelve también más dulce, más reposado y sereno. Al mismo tiempo, siente un deseo muy grande de hablar de lo que él siente con otra persona que se halle en circunstancias parecidas a las suyas, pero no se decide a hacerlo. Semejante experiencia interior es, de hecho, muy difícil de traducir en palabras. Una real y profunda experiencia de Dios sólo puede comunicarse parcialmente a otros, más con actitudes, con gestos y con exclamaciones que con palabras. Son cosas del corazón inexplicables por la razón.

La persona verdaderamente empeñada en buscar a Dios porque se siente irresistiblemente atraída por él, se vuelve progresivamente silenciosa, pacífica y profundamente devota y, al mismo tiempo, infantilmente alegre. Manifiesta también una cierta búsqueda de soledad para estar a solas con el que ama. Cuanto mayor es el deseo de contemplación, tanto más desaparece la necesidad de leer, de estudiar, de trabajar y de moverse.

En todos los diversos caminos de la espiritualidad se dan períodos de falta de entusiasmo y de aridez, de inspiración. Se entibia el fervor y disminuye la capacidad de reflexión y de meditación. Incluso puede haber momentos de desaliento por no saber qué camino seguir. Se trata de una fase muy valiosa en el aprendizaje de los caminos de la contemplación. Es una oportunidad para darse cuenta de que por si solo es imposible contemplar. El aprendiz puede hasta confundirse. Puede tener la impresión de estar extraviado. En este punto es muy importante mantener los ánimos. La actitud interna ha de ser la de aguantar, de sufrir y de perseverar en la búsqueda.

Es un momento muy delicado. Diría incluso que decisivo. En él el aprendiz tiene la posibilidad de transformarse de hombre carnal en hombre espiritual. Lo importante es no tener miedo y proseguir con gran confianza en el Señor. Es cierto que Dios asiste muy de cerca a todo el drama. En cualquier momento podrá encontrarse de nuevo con toda la gracia contemplativa. El estar seguro de la presencia de esa gracia trae consigo la certidumbre de la curación. Aunque la crisis de aridez puede volver. Y puede volver más de una vez, pero a cada nueva dificultad habrá una recuperación maravillosa de fervor. A cada reencuentro de la gracia contemplativa habrá una fiesta de reencuentro. Todo ese vaivén de fervor y de aridez forma parte de la pedagogía del Señor para introducir a sus amigos más íntimos en los arcanos de su insondable grandeza y de su inconmensurable amor.

El camino para llegar a la contemplación requiere mucha paciencia. Ésta es el ingrediente indispensable en todas las grandes obras del Señor. La falta de entusiasmo en la vida de oración no significa que el Señor se haya retirado. Dios puede retirar temporalmente las emociones positivas de la consolación y los deseos ardientes de amar; mas nunca retira su gracia de aquellos que le buscan con sinceridad.

Emociones positivas, deseos ardientes y consolaciones de todo orden no son la esencia de la oración contemplativa. No pasan de ser aspectos accidentales; útiles, pero no necesarios. Esto no siempre es fácil de entender. No se puede valorar la riqueza de la vida de oración por esos aspectos humanos de la misma. Pueden ser, si, señales de la gracia, pero no son la gracia propiamente dicha. Las delicias de fervor sensible jamás se pueden comparar con un suplemento de la gracia para mantener el esfuerzo del hombre por permanecer en el amor.

La perseverancia en el amor purificado conduce a la perfección del amor a Dios. Este amor será perfecto cuando el hombre se transforme realmente en una sola cosa con su Señor. Únicamente la perfecta unión con

Dios lleva a experimentar la presencia de Dios tal cual es. Experimentar o sentir a Dios no quiere decir comprenderlo en toda su extensión. Nadie puede entender a Dios tal como es. Mas cuanto mayor fuere la intimidad con él tanto más profundamente le adoraremos como a nuestro todo. Todo el que ve y experimenta a Dios, se unifica con él por la gracia.

El que tenga alguna experiencia de esas señales de la presencia de Dios puede ya discernir la naturaleza y el significado del despertar de la gracia que llama al alma. El que percibe esa llamada de Dios en el alma debe examinar ese fenómeno a la luz de la Escritura para verificar si esa experiencia no tiene nada de contrario a la revelación escrita. No es que haya nuevas revelaciones, aunque puede haber únicamente repetición o explicación de las mismas.

Una vez adquirida la certeza de que Dios se nos revela en la oración contemplativa, es hora de abandonar el raciocinio especulativo y la reflexión imaginativa. Se trata de estrategias que, a su tiempo, fueron útiles para alimentar el entendimiento y favorecer la conversión inicial. Cuando alguien comienza a escuchar la llamada del Señor en lo íntimo de su alma, reflexionar y raciocinar sobre las cosas de Dios no tiene ya sentido. La actitud que entonces se impone por si misma es la de una simple y total entrega al Señor.

Jesucristo fue el más perfecto contemplativo de todos los tiempos. Felices los que pudieron verlo con sus propios ojos, los que convivieron con él. Sin embargo, no tenemos motivos para envidiar a los apóstoles y demás discípulos. Nosotros, que somos también sus discípulos, podemos en realidad alcanzar una perfección cristiana que nada tiene que envidiar a la de muchos de aquellos que acompañaban a Cristo en la tierra.

El contemplativo que no tuvo la suerte de conocer físicamente al Señor siente, con todo, la dicha de conocerlo espiritualmente y de amarlo en su divinidad. Ya antes de su pasión, muerte y ascensión, Jesús hizo notar a los suyos la necesidad de desaparecer físicamente a su vista por el propio bien de ellos: «Os conviene [que yo me vaya]; mas si me fuere, os lo enviaré» (se refiere aquí al Espíritu Santo) (Jn 16,7).

De estas palabras se deduce que la contemplación de la divinidad de Jesucristo es posible mediante la fe, sin percibir nada de la realidad de Dios a través de los sentidos físicos. La contemplación es obra puramente espiritual. Tiene lugar únicamente por medio de los sentidos interiores de la fe.

La contemplación espiritual es la más alta de las gracias que puede alcanzar un cristiano que vive aún sobre la tierra. Quienes cultivan con esmero su vida de oración suspenden a veces la meditación discursiva, para entregarse con gran alegría a la experiencia puramente espiritual del amor de Dios.

Este libro indica el camino a recorrer a todos aquellos que, impelidos por la gracia, desean hacer esa experiencia de amor de Dios. Se trata de una experiencia maravillosa que sólo es posible mediante la entrega continua y absolutamente desinteresada del propio ser a Dios.

Exigencia fundamental de ese gesto es que se haga con total despego de uno mismo. Pero esto no es fácil. Implica la renuncia total al uso de los sentidos externos. El conocimiento contemplativo es puramente espiritual, sin punto de referencia físico perceptible por los sentidos externos. El conocimiento puramente espiritual de Dios permite la experiencia espiritual de Dios, lo que supone siempre un puro don de la gracia. En la oración contemplativa, la experiencia interior es más importante que el conocimiento intelectual. Este último puede engañar. Aquél, es decir, la experiencia del puro amor de Dios, no engaña nunca. Además de lo dicho, en el terreno espiritual sólo el amor manda.

Y todavía una advertencia final para prevenir contra el peligro del desánimo. La oración contemplativa no es precisamente un descanso, sino que se realiza en medio de luchas y sufrimientos de todo orden. La tentación de abandonarlo todo asalta con frecuencia. Mas aquel que ya degustó alguna vez la maravillosa experiencia de Dios, difícilmente sucumbirá a la tentación de desánimo.

El contemplativo vive en una lucha permanente contra su propia comodidad. No conoce descanso. El camino de la contemplación es siempre difícil, sobre todo a los comienzos, simplemente porque se trata de aprender algo totalmente nuevo. Nadie nace ya sabiendo contemplar espiritualmente. El valor espiritual de la contemplación no puede apreciarse inmediatamente sin la experiencia personal. Aprender a contemplar no es una tarea fácil que digamos. Mas, para aquel que la practica, la contemplación se convierte en un verdadero descanso para el espíritu, libre de cualquier ansiedad.

El tiempo de oración contemplativa propiamente dicha no debe extenderse, ordinariamente, más allá de la media hora. Se puede reducir incluso a veinte minutos. Orar de esa manera dos veces al día -por la mañana y por la tarde- sería, sin duda, un excelente ritmo de vida de oración contemplativa. (No se incluyen aquí el rezo de los salmos, la oración vocal y otros ejercicios de piedad que los religiosos consagrados hacen diariamente por prescripción regular).

Las personas que no conocen el método de la oración contemplativa se limitan generalmente a recitar vocalmente una serie de oraciones y a una cierta meditación reflexiva. Esto es extremadamente válido. Pero sucede que muchos no se sienten satisfechos con eso. El espíritu los impele a buscar algo más. A esas personas hambrientas de oración les aconsejamos seguir esa llamada interior y tratar de entrar por el camino de la oración contemplativa. Ésta es la más sublime, y por eso también el más perfecto de los ejercicios de oración.

Vale la pena perseverar en la oración contemplativa. Ésta es el comienzo de lo que será nuestra felicidad suprema por toda la eternidad.

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