La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Contemplación y apostolado

En los años ochenta daba yo un curso intensivo sobre el tema Vida de oración, invitado por una comunidad religiosa masculina en el norte de Italia. La comunidad estaba compuesta por unos cuarenta hombres, todos ellos religiosos consagrados, la mitad de los cuales eran también sacerdotes. Constituían una comunidad de trabajo. Su actividad estaba relacionada con la edición y distribución de libros.

El motivo de invitarme a darles aquel curso intensivo de formación permanente fue la necesidad que sentían de mejorar la vida de oración. El superior me decía que, en una autovaloración que la comunidad hiciera, se pudo constatar el bajo nivel de vida de oración de aquellos hombres, intensamente ocupados en actividades manuales y administrativas. Por eso habían llegado a la conclusión de que algo deberían hacer para no acabar perdiendo el significado de su intensa actividad verdaderamente apostólica. Reconocían, preocupados, el gran riesgo que corrían de perder su propia identidad de religiosos consagrados.

De muy buena gana acepté la invitación que me hacía aquella comunidad para darle un curso sobre la esencia, la necesidad y el valor de la vida de oración. Las razones alegadas en la invitación que me hicieron eran, para mí, la prueba evidente de unas condiciones óptimas para asegurar el éxito del curso en cuestión. En efecto, un curso sobre la oración sólo puede producir efectos positivos en personas suficientemente motivadas para acogerse a la gracia.

La oración no es cosa para materialistas. “No se arrojan las perlas a los cerdos”. Todo religioso auténtico, que no esté deformado por una mentalidad contaminada por ideologías extrañas en desacuerdo con el evangelio de Jesucristo, conserva siempre una profunda estima por la oración, ya que ésta constituye el único medio eficaz para lograr y mantener la unión con Dios. El religioso entregado a actividades apostólicas, tal vez muy intensas y aparentemente de extrema utilidad para el pueblo de Dios, si no ora, no puede hacer verdadero apostolado. ¿Y por qué no? La respuesta es sencilla: únicamente el apóstol es capaz de hacer apostolado.

Expliqué a aquellos religiosos italianos que un gran amor a Dios se descubre, a nivel psicológico, por la frecuencia con que una persona se acuerda de estar en presencia de Dios durante el día. Les expliqué también que el amor a Dios no consiste en pensar continuamente en él. El recuerdo de un gran amor no exige esfuerzo alguno. Es una reacción espontánea del corazón apasionado.

Para ayudarles a comprender mis explicaciones, les cité el ejemplo de la madre.

Toda madre normal ama instintivamente al hijo, acordándose de él con tanta mayor frecuencia cuanta mayor es la dificultad que tiene de verlo. Incluso de noche se desvela pensando en su hijo, del que no puede olvidarse. Sueña con él. De algún modo, el objeto de su amor maternal está permanentemente presente en su mente, en el consciente y en el subconsciente. Cierto que no siempre tiene consciencia muy clara de esa presencia, sobre todo mientras trabaja o se ocupa de otras cosas. Pero sus distracciones ordinarias, cuando está ocupada, consisten casi siempre en pensamientos relacionados con su preocupación maternal por el hijo que en ese momento no puede ver.

Este es el modelo de lo que acontece en el interior de la persona íntimamente ligada al Señor con estrechos lazos de amor.

Cuando terminé de explicar esto al grupo, un sacerdote anciano levantó su mano y pidió la palabra. Explicó con sencillez su caso particular: “Cuando trabajo o cuando converso con alguien -dijo-, mi atención está puesta en lo que hago. Mas cuando interrumpo mi trabajo, cuando no estoy conversando con alguien o cuando voy de un lugar a otro, siempre me viene el recuerdo de la presencia del Señor. Entonces me ocupo con él; por la noche, antes de dormirme, me encuentro en la presencia de Dios. Al despertar, durante la noche, mi pensamiento se va con el Señor”.

Cuando hubo dicho esto, el viejecito miró en su derredor y continuó con la ingenuidad de las personas transparentes: “Yo supongo que esto mismo ocurre con todos nosotros, sacerdotes y religiosos. Conmigo siempre fue así.

Vi cómo alguno de los presentes abría unos ojos como platos, tal vez de admiración o quizá de duda. Respondí discretamente al anciano sacerdote que eso mismo era lo que yo trataba de explicar: que él había comprendido muy bien lo que es la vida espiritual.

En mi interior, di muchas gracias a Dios y me sentí exultante de gozo al comprobar aquel elocuente testimonio de elevada espiritualidad, que venía a confirmar providencialmente lo que yo me esforzaba en explicar.

En otro momento, cuando ese santo sacerdote no estaba en la sala de conferencias (llegó luego, un tanto rezagado), aproveché para retomar brevemente el asunto, y añadí: “He aquí un vivo ejemplo de lo que es un verdadero contemplativo en acción”. Todos los presentes comprendieron.

Alguien del grupo comentó: “¡Qué extraño! ¡Si no se ve nada de extraordinario en ese sacerdote, nuestro compañero de comunidad!…”

Otro de los presentes añadió: “¡Ya…!, pero no se puede criticar nada en su vida. Es hombre sencillo, se lleva bien con todos… Pero yo no pensaba que su vida espiritual fuese tan profunda. ¡Ahora lo entiendo!…”

Para saber si una actividad desarrollada con gran entusiasmo en beneficio de los pobres es de hecho apostolado, no basta con verificar los resultados materiales de esa benemérita labor. Éstos pueden no pasar de unos benéficos resultados, fruto de un esfuerzo filantrópico que incluso un ateo puede llegar a producir. El verdadero apostolado produce siempre, directa o indirectamente, consecuencias de naturaleza espiritual para los beneficiarios de esa actividad apostólica.

¿De qué depende, entonces, el fruto apostólico de la actividad pastoral de un religioso o de otros cristianos comprometidos? El fruto realmente evangélico de la actividad apostólica depende mucho más del ser de aquel que desempeña esa actividad que de lo que dice o hace. Hay mucho activista en el campo social que coge excelentes frutos de naturaleza económica, política y organizativa, sin que los atendidos crezcan en el conocimiento y en el amor de Dios. Es muy de elogiar y de celebrar tal cometido, altamente meritorio desde el punto de vista social. Pero. no se diga, sin embargo, que se trata de apostolado.

Voy a permitirme ilustrar aquí lo arriba apuntado con la historia que me fue contada por un colega marista.

Un vicario de cierta parroquia del interior de Río Grande do Sul resolvió emprender la restauración económica y social de la población de su área de influencia. La población estaba formada, en su casi totalidad, de pobres minifundistas, moral y socialmente hundidos en un bajo nivel de miseria.

El celoso sacerdote tenía razón al pensar que la simiente de su predicación evangélica en la iglesia no caía en terreno fértil. Permanecía más bien estéril. Aquellos corazones, excesivamente maltratados por toda suerte de miserias humanas, ya no eran sensibles a la palabra de Dios. Esto era tristemente evidente.

El inteligente párroco, después de analizar seriamente la situación, llegó a la conclusión de que urgía resolver aquello. En efecto, escuchó, juzgó y se resolvió a actuar. Llamó a técnicos agrícolas entendidos en análisis del terreno, cooperativismo, artes domésticas, etc.; pidió y obtuvo la debida asistencia de agrónomos y veterinarios; recurrió a todo cuanto de bueno y mejor existe a nivel estatal y municipal para la importante obra de asistencia social y de recuperación que tenía intención de realizar en su territorio de influencia eclesiástica.

Recibió también apreciables ayudas de las arcas públicas para la realización de su maravilloso y bien elaborado proyecto social. Decidió aflojar un tanto la formación propiamente religiosa de su pueblo para liderar personalmente el movimiento de recuperación económica.

Poco a poco consiguió hacerse con la adhesión cada vez más numerosa de la pobre gente, tímida y desconfiada, que habitaba aquellas tierras depauperadas. En menos de cinco años la región estaba desconocida. Las míseras tierras, ahora plenamente productivas, rendían cosechas abundantes, que compensaban generosamente a sus colonos. El rumor de los tractores, multiplicado por el eco, resonaba casi incesante en el valle, las vacas lecheras mugían en los establos, las trojes -tantos años vacías- se henchían ahora de abundante grano e, incluso, algunos automóviles de segunda mano comenzaban a circular por los polvorientos o embarrados caminos vecinales del lugar.

Varias cooperativas de producción y consumo abrían ahora sus tiendas repletas. El viejo hospital fue reformado y la asistencia sanitaria funcionaba a satisfacción de todos. El dinámico vicario, en fin, proyectaba también la promoción de los escasos artesanos del contorno, así como la electrificación e incluso una modesta red telefónica rural.

Todo iba viento en popa. De pronto, el victorioso vicario despertó de su maravilloso sueño, ahora espléndida realidad. Al hacer el balance y comprobar los resultados finales, cayó en la cuenta de que su modesta iglesia aparecía casi desierta. El pueblo apenas la frecuentaba. Todo esto le hizo reaccionar rápidamente. Comenzó por volver a su abandonada predicación pastoral. Los escasos asistentes a la misa dominical comparecían, eso si, muy bien vestidos, pero no parecían mostrar mucho interés por las cosas de la religión. El pobre religioso casi perdió la cabeza y, con ella, su fe, antes tan robusta.

Resolvió, entonces, reflexionar seriamente sobre todo lo ocurrido en los últimos años. En su imaginación volvió a ver la vieja iglesia rebosante de gente desarrapada, de niños llorando asidos al cuello de sus madres, hombres cansados y somnolientos durante sus sermones. La gente era realmente mucho más pobre, pero todos iban a la iglesia. La frecuencia a los sacramentos era buena. Incluso notable. Pero ¿y ahora?… ¡Qué triste transformación…! ¿Qué había sucedido?

Al comentar el hecho, medio desalentado y embotado, con un colega de sacerdocio, ambos resolvieron profundizar en el estudio de la situación y ver el modo de poner remedio. En efecto, los dos sacerdotes se reunieron varias veces para discutir juntos el problema. Nuestro vicario estaba realmente preocupado por la situación religiosa de sus feligreses, que parecían haber perdido la fe.

Bien, analicemos ahora lo que esta historia -realmente ocurrida- nos enseña. Veamos.

Esta historia no es una novedad. En muchos lugares del mundo se ha visto ya la misma “película”. Al menos en mi país (Brasil) hay una insistencia muy grande, por parte de los religiosos, en afirmar que los pobres son el pueblo de Dios. Que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos. Que los religiosos deben ocuparse de los pobres y sólo de los pobres, porque de ellos es el reino de Dios. Son muchos los religiosos y sacerdotes que se ocupan en un cien por cien de los pueblos pobres. Hay una gran insistencia también para que los religiosos abandonen sus actividades tradicionales en escuelas y en otras obras asistenciales para que se ocupen exclusivamente de la pastoral popular.

Hay institutos dedicados a la formación y a la preparación de líderes religiosos y laicos para que se enrolen en las luchas populares por la “liberación”. La queja de uno de esos institutos de formación de líderes es que, una vez formados, la mayoría de ellos no son aceptados por las iglesias para el trabajo específico para el que fueron formados. Otro se queja de que los líderes de las CEB (Comunidades Eclesiales de Base), cuando podrían ser lanzados a la acción en áreas más amplias de la Iglesia, son “pescados” e incorporados a alguno de los partidos políticos de izquierda. ¿Por qué ocurre todo esto?

La explicación más plausible parece ser la de aquel párroco que justificó su negativa a aceptar uno de esos líderes: “Al parecer -dijo-, estos líderes actúan únicamente a nivel político, lo desorganizan todo y siembran la subversión en la Iglesia”. Cuanto a la queja de que, apenas salen de la institución, ingresan espontáneamente en un partido político de signo izquierdista, baste recordar lo que afirmó el presidente del partido comunista del Brasil cuando dijo: “El partido comunista del Brasil va muy bien. No tiene mucho que hacer, porque la Iglesia católica trabaja por él”.

Es realmente muy fácil trabajar con el pobre en tanto es pobre. Es también relativamente fácil evangelizarlo, sobre todo si se le promete la “liberación”. El pobre es generalmente muy sensible a las promesas, a la esperanza y al cariño que la religión le ofrece. Cuando comienza a mejorar su situación material y, más aún, cuando comienza a enriquecerse, las cosas cambian.

El bienestar material y, más todavía, la relativa riqueza disminuyen la necesidad de ayuda, incluso de la ayuda de Dios. El nuevo rico se siente como embutido en otra piel. Cambia también su manera de pensar y de sentir. Desaparece espontáneamente su natural solidaridad con sus hermanos más pobres. Tiende a aproximarse a los ricos y no tarda en copiar sus usos y costumbres. Y ya se sabe, el rico es generalmente muy poco sensible a la palabra de Dios, porque vive materialmente satisfecho. ¿Por qué habría de preocuparse de las cosas de “otra realidad”, si su realidad material le hace humanamente feliz? Por lo menos, mucho más feliz que en los años anteriores, cuando prácticamente le faltaba de todo…

¿Estaríamos realmente en el buen camino si, de repente, todos los sacerdotes y religiosos nos entregásemos, en cuerpo y alma, a la lucha por la liberación económica y política del pueblo doliente de la América Latina?

¿No correríamos, más bien, el riesgo de perseguir objetivos por demás utópicos y descabellados?

Lo cierto es que no habría contingente humano suficiente en número ni en energía para forzar esa transformación política y económica. Además, ¿quién libertó al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto? Ciertamente, no fue Moisés ni ningún otro hombre cualquiera. Fue obra únicamente de Dios. Para hacerlo podría haberse valido de cualquiera mediación humana. Pero, en su eterna sabiduría, quiso servirse de Moisés y de otros hombres elegidos por él para ser sus instrumentos, los vehículos de comunicación entre él, el pueblo y el faraón.

Moisés fue el elegido para los planes de Dios. Fue el intermediario entre Dios y su pueblo, entre Dios y el faraón… Fue Dios quien desencadenó las plagas bíblicas para convencer al faraón de su voluntad divina. Él fue quien orientó directamente a Moisés -y sólo a él- en cada paso que el pueblo tenía que dar para la gran operación libertadora.

El pueblo sabia y reconocía públicamente a Dios como a su libertador. Para convencerlo de que era realmente él y no el líder Moisés ni ningún otro, obró constantemente maravillas y prodigios de todo orden. En ninguna circunstancia el pueblo prestó homenaje a Moisés en reconocimiento de los prodigios que misteriosamente acontecían. A cada nueva señal milagrosa, el pueblo cantaba y danzaba de alegría y de gratitud a Dios.

Si para la liberación del pueblo oprimido de América Latina hubiera de producirse un nuevo éxodo, éste no sería ciertamente obra de algún osado innovador en el modo de interpretar la teología. Tampoco seria obra de legiones de pastoralistas comprometidos en la lucha contra los poderes constituidos y en el esfuerzo por desmantelar el sistema vigente. Todo esto es una gran ilusión. No hay organización eclesial capaz de operar por sí misma para llevar a cabo la liberación del pecado, de la opresión y de la miseria económica del pueblo latinoamericano. Esta obra es tan ingente que sólo Dios puede obrar ese milagro.

¿Qué es lo que la Iglesia puede hacer, pues, para socorrer a esa ingente masa humana pisoteada por la prepotencia de los poderosos?

La afirmación de que la Iglesia debe desarrollar una acción política, a pesar de todo cuanto se dice a ese respecto, no es defendible a la luz del evangelio de Jesucristo. Jesús nunca fue jefe político. Tampoco fue guerrillero, como algunos quieren hacer creer. La misión de Cristo fue otra, clarísima y enfáticamente afirmada, y siempre reafirmada por él a lo largo de su vida pública: “Todo fue hecho por él y, sin él, nada fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1,3-5).

Corresponde a la Iglesia la misión de ser luz que brilla en las tinieblas. Los pastores, los religiosos, los catequistas, todos los apóstoles han de ser luz para los hombres que caminan en las tinieblas del pecado y de la miseria humana.

Esta es nuestra misión específica en las actividades de pastoral junto a los pobres. Todo lo que hacemos en concreto para ayudarles a superar sus inmensas limitaciones derivadas de la pobreza, como hambre, enfermedades e ignorancia, es obra de misericordia obligatoria, no sólo para los cristianos, sino también para todos los hombres en general. Esto constituye también, sin duda alguna, una importante ayuda para la liberación a que todo pobre aspira. Pero es una ilusión pensar que en esto consiste la liberación como tal.

Ilusión también seria -mucho mayor- pensar que nosotros, CNBB, CRB y cristianos comprometidos libertaremos al pueblo oprimido de América Latina. Ilusoria es también la esperanza de que el propio pueblo podrá, algún día, liberarse sólo por las armas de sus opresores nacionales y extranjeros.

La liberación necesaria para que el pueblo de América Latina pueda liberarse de la esclavitud en que vive sumido y gozar en plena libertad de sus derechos naturales es una labor tan enorme que sólo Dios puede realizarla. A nosotros, la Iglesia católica, y al propio pueblo oprimido nos compete orar y suplicar:

Hubo entre los judíos gran desolación, y ayunaron, lloraron y clamaron, acostándose muchos sobre la ceniza y vestidos de saco” (Est 4,3).

Si trabajamos directamente con los pobres, ante todo habremos de revigorizar su fe. Hemos de ayunar con ellos, de llorar con ellos, de hacer penitencia con ellos. Hemos de vestirnos de saco y dormir con ellos sobre la ceniza.

“Ve y reúne a los judíos todos de Susa y ayunad por mi, sin comer ni beber por tres días, ni de noche ni de día. Yo también ayunaré igualmente con mis doncellas, y después iré al rey, a pesar de la ley, y si he de morir, moriré” (Est 4,15-16). Y Mardoqueo, el poderoso ministro del rey Asuero, “oró al Señor, recordando todo lo que había hecho: Señor -dijo-, rey omnipotente, en cuyo poder se hallan todas las cosas, a quien nada podrá oponerse, si quisieres salvar a Israel…” (Est 13,8-9). Y continúa: “Ahora, pues, Señor, mi Dios y mi rey, Dios de Abrahán, perdona a tu pueblo cuan-do ponen en nosotros los ojos para nuestra perdición, con el ansia de destruir tu antigua heredad. No eches en olvido esta tu porción, que para ti rescataste de la tierra de Egipto. Escucha mi plegaria y muéstrate propicio a tu heredad; torna nuestro duelo en alegría para que viviendo cantemos, Señor, himnos a tu nombre, y no cierres, Señor, la boca de los que te alaban” (Est 13,15-17). Por su parte, la reina Ester, “despojándose de sus vestidos de corte, se vistió de angustia y duelo, y en vez de los ricos perfumes, se cubrió la cabeza de polvo y ceniza, humillándose…” (Est 14,2).

Ester oraba al Señor con palabras verdaderamente conmovedoras. Invito al lector a que lea la Biblia (Libro de Ester, 14,1-19), para que aprenda de la reina Ester a suplicar a Dios que remedie la aflictiva situación de todo un pueblo amenazado de exterminio. La historia que en ese libro sagrado está tan maravillosa y tan elocuentemente descrita, debería ser leída y releída por todos aquellos que se preocupan por la aflictiva situación del pueblo latinoamericano.

Mediante la oración, el ayuno y la penitencia, el destino del pueblo judío, exiliado y terriblemente oprimido, se cambió. El pueblo, amenazado de exterminio por poderosos enemigos, suplicaba la intervención del Señor por todos los medios a su alcance.

Sensibilizado por tan insistente súplica, el Señor más de una vez salvó a su pueblo de la ruina total. Ésta es, sin duda, la estrategia indicada también para otros elocuentes “sinaíes” de los tiempos actuales para que Dios intervenga y salve al pueblo de la América Latina.

También la historia reciente de Alemania, Italia y Japón puede enseñarnos algo positivo. Después de la inmensa tragedia de que esas tres naciones fueron autores y víctimas, hundiéndose en un mar de miseria, se volvieron en bloque, con gran fe y profundo arrepentimiento, al Señor de la vida y de la muerte. Todo indica que Dios escuchó el clamor unánime de su pueblo arrepentido. Hoy los tres países están de nuevo entre las naciones económicamente más adelantadas del mundo.

Y sería ingenuo pensar que se trata únicamente de un problema económico o político. Es extremadamente dudoso que los políticos o los técnicos en macroeconomía sean capaces de resolver el problema de la pobreza en América Latina.

Todo indica que, en el fondo, se trata de un problema de religión. A lo largo de los quinientos años de historia de estos pueblos americanos, la Iglesia fue muchas veces más política que formadora de conciencias y de corazones. En el pasado, la Iglesia estuvo políticamente más de parte de las “personas de bien”. Fue un error. Hoy, en cambio, parece posicionarse, incluso políticamente, más “del lado de los pobres”. Todo lleva a la conclusión de que, entonces como ahora, la actividad apostólica de la Iglesia latinoamericana, globalmente considerada, asume actitudes excesivamente políticas.

Es una actitud apostólica que siempre se caracterizó por estar a favor o en contra del poder secular. Pero en política no se puede ser humanamente neutral. O se está con los gobiernos de turno o se está en la oposición.

Jesucristo, en sus predicaciones de amor y de justicia, no se posicionó nunca ni a favor ni en contra de facción política alguna. Se limitaba, sencillamente, a anunciar a todos la buena nueva del reino. Jamás hacía acepción de personas en lo referente a una posición política o económica. Eso si, la mayoría del pueblo que le seguía era de clase económicamente pobre, discriminada y oprimida. Por otro lado, el pobre está generalmente más dispuesto a novedades.

Está abierto a los acontecimientos, como si esperase, de un momento a otro, la redención de sus miserias. Por eso los necesitados son más sensibles a la novedad del reino de Dios, que significa la redención de todas las miserias humanas ligadas al pecado personal y colectivo.

La gran mayoría del reino de Dios es la doctrina del amor. Os pido que os améis los unos a los otros… (Jn 15,17). La evangelización que emerge de la opción preferencial por los pobres debe, por tanto, preocuparse sobre todo de ser fiel a las enseñanzas de Jesús:

“Perseverad en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, seréis constantes en mi amor, como también yo guardo los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor… Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15,9-14).

El nuevo evangelizador ha de predicar, por tanto, el amor y no la lucha. La lucha contra los poderes constituidos, en la que no pocos evangelizadores de América Latina están comprometidos para hacer justicia, es muy desigual. El poder de la Iglesia y de los pobres es incomparablemente menor que el de los poderosos de este mundo. La “injusticia institucionalizada” está fuertemente anclada en el dinero y en las armas. No existe una organización de la Iglesia que sea capaz de desmantelaría. Su poder de destrucción del Reino sólo por Dios puede ser aniquilado.

Nos cabe a nosotros, los religiosos, ponernos del lado de los pobres con toda suerte de obras de caridad, corporales y espirituales, para aliviar su gran sufrimiento. Al mismo tiempo, imploremos todos la misericordia del Padre celestial con oraciones, con ayunos y penitencias, para que mande un nuevo Moisés capaz de guiar al pueblo esclavizado y sacarlo del nuevo Egipto.

El nuevo Moisés, que todos esperamos, vendrá ciertamente, porque Yavé no abandona jamás a su pueblo elegido -los pobres que le temen y esperan en él-, aun cuando ahora no tengamos ni idea de cómo ocurrirá la esperada liberación.

A nosotros, que vivimos en medio del pueblo oprimido, nos cabe animar a los pobres y oprimidos a no desfallecer en la fe. Y es nuestra misión estimularlos y animarlos a su conversión, a que se purifiquen y se fortalezcan constantemente en su vida de relación con Dios.

Para salvarlos de la inmensa injusticia de que son víctimas y de la opresión a que son sometidos por hombres prepotentes y por organizaciones nacionales e internacionales perversas, muy poco verdaderamente eficaz es lo que podemos hacer. La liberación integral de que hablamos es labor muy por encima de nuestras fuerzas, y sólo Dios la puede realizar.

Está claro que Dios se sirve generalmente de personas por él designadas o surgidas de providenciales acontecimientos históricos para influir en el mundo. No hay duda de que, mientras esperamos ese anhelado momento, debemos purificarnos constantemente y hacer penitencia para obtener la intervención de Dios en favor de su pueblo. La salvación vendrá, pero esa salvación vendrá únicamente de lo alto. Dios siempre fue, y continúa siéndolo, Señor de la historia. Él nunca falló, ni tampoco esta vez fallará en sus intentos de venir en socorro de su afligido pueblo, que, penitente, a él recurre con sentimientos de arrepentimiento y de amor.

La afirmación de que “los pobres y sólo ellos” son los amados de Dios no pasa de ser un vano sentimentalismo, que no sirve para nada. Dios es Padre de todos y a todos nos gobierna. De poco o nada nos vale lamentarnos con los que sufren y estallar en cólera contra los opresores. Mejor seria solidarizarnos con los “pobres” en la oración, en la penitencia, en el ayuno, en la esperanza, en la conversión sincera y en la vuelta al Señor. La salvación sólo viene de Dios.

El contemplativo en acción, con su palabra y con su ejemplo de vida, lleva a los “pobres” a redescubrir la fe y, consiguientemente, su esperanza en Dios. Dios les inspirará también caminos nuevos para superar sus dificultades. Si los pobres se amasen y viviesen más unidos en la fe y en el amor, encontrarían también mejores soluciones humanas para sus problemas humanos. El contemplativo se esfuerza por llevar la luz de la fe y el calor de la esperanza y del amor de Dios a los hombres, a fin de prepararlos para la venida salvadora de nuestro Señor Jesucristo.

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