La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Contemplación y salud

La orientación general de la vida del contemplativo se caracteriza por una clara actitud de moderación. No se puede afirmar de él que sea una persona específicamente moderada en esto o en aquello, como, por ejemplo, en el comer, en el beber, en el dormir, etc. Pero la característica de prudencia y de templanza del verdadero contemplativo afecta a todas las manifestaciones de su personalidad. El contemplativo se mueve equidistante entre dos extremos.

No busca el exceso en la oración formal ni abusa de los compromisos sociales. La única cosa que no le preocupa limitar es el amor. Su aspiración aquí y su esfuerzo lo tiene puesto en el ser infinito, sin que, evidentemente, espere llegar nunca a alcanzar esa medida.

La exageración y el exceso en cualquier aspecto de la vida, incluida la vida de oración, perturban siempre de cualquier modo el equilibrio psico-fisiológico del hombre.

Las imprudencias de comportamiento están siempre generalmente relacionadas con la necesidad de realizarse. El activismo o cualquier otro exceso acaban siempre por alienar la realidad de la vida, como producen también alienación el abuso del alcohol, de la droga, del tabaco, del sexo… Todos estos excesos son una manifestación de la relación patológica con una experiencia que llega a tocar e influir en la disposición interna de la persona.

La relación patológica con una realidad personal acaba siempre por perturbar, más o menos profundamente, tanto en cosas como en experiencias personales, y quienes le rodean se vuelven más o menos extraños y superfluos para él.

La personalidad del individuo que comete excesos presenta tres elementos característicos muy a tener en cuenta: una relación patológica, el modo de obrar que altera sus disposiciones anímicas y la tendencia a romper con toda relación interpersonal o de amistad.

Un eventual abuso excepcional no siempre causa graves trastornos de salud o de personalidad. El gran peligro está en la necesidad de repetir obsesivamente, sin cesar, ese abuso o exceso. La obsesión limita la voluntad. Y esa limitación impide al sujeto en cuestión cumplir sus buenas intenciones, reiteradamente renovadas.

El comportamiento de una determinada persona que se limita a excesos y exageraciones de todas clases, en cualquier aspecto de la vida, oculta siempre una depresión latente, que lleva al sujeto a experimentar en sí una sensación de progresiva disminución de la vida. Reacciona a esa impresión funesta con un exceso cualquiera, el cual tiene por objeto la necesidad de sentir la sensación de vida.

El aspecto activo de la vida contemplativa no sigue un ritmo uniforme a lo largo de la existencia. Acontecimientos normales diversos, comunes a todos los hombres, hacen que ese ritmo sea ya acelerado, ya disminuido e, incluso a veces, casi suspendido por completo.

Dolencias más o menos graves, trastornos de naturaleza neurótica y, sobre todo, alteraciones de las funciones psico-biológicas pueden afectar tanto a la vida física cuanto a la mental y a la espiritual.

Estos y otros cambios naturales influyen en el ritmo de vida del contemplativo. Este hecho lleva a recomendar a la persona sinceramente empeñada en crecer en el amor a Dios y a los hombres a no desmayar, a cultivar decididamente un permanente estado de sana alegría-de-vivir.

Por otro lado, se requiere un buen sentido común, de modo que cualquier persona se responsabilice en conservar el propio estado de salud, tanto física como mental y espiritual. Debe el contemplativo saber que cerca del 85 por 100 de las dolencias que afligen al hombre son, en general, «fabricadas» inconscientemente por el propio sujeto. La práctica de las reglas de higiene física, mental o espiritual constituye una condición indispensable de vida normal, más o menos feliz, y de longevidad.

Una vida religiosa sólo se construye sobre los fundamentos de una disposición tranquila, saludable y vigorosa, tanto del cuerpo como del espíritu. La salud del cuerpo y del alma exige una buena disciplina de vida en todas sus manifestaciones: alimentación, trabajo, reposo, emotividad, relaciones sociales, deporte, estudio, diversión…

A pesar de todo, nadie está completamente protegido contra cualquier enfermedad imprevista. Por eso es también necesario estar prevenido.

Si la dolencia o la enfermedad vienen, el contemplativo tratará de cultivar la paciencia. Esperará con humildad en la misericordia de Dios. El sufrimiento soportado por amor a Dios puede ser incluso más meritorio y más útil para la salvación del mundo que lo puedan ser las inefables alegrías de una profunda vida de oración contemplativa.

Hoy existe una amplia literatura que trata prácticamente de todos los aspectos de higiene preventiva para una vida más sana, más llena y más eficaz en todos los sentidos: salud, higiene, alimentación, relación interpersonal, trabajo, reposo, equilibrio emocional.

Quien de veras se interesa por crecer, sobre todo en el amor de Dios y en el apostolado entre los hermanos en Cristo, encuentra siempre el camino justo de moderación en todo.

Quien generosamente se entrega a la vida contemplativa, difícilmente yerra por exceso o por omisión en su empresa.

Quien ama de verdad busca ser fiel, cueste lo que cueste. Un grande y auténtico amor a Jesús lleva al contemplativo a preocuparse muy poco por problemas de alimentación y de vestuario. «Mirad a los pájaros… Ellos no siembran ni cosechan, no tienen ni despensa ni granero, y, sin embargo, Dios los alimenta… Mirad a los lirios del campo cómo crecen; no hilan ni tejen, pero yo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos… No andéis buscando qué comeréis y qué beberéis, y no andéis ansiosos… Buscad antes el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Lc 12,24-31).

La moderación y el equilibrio humanos se consiguen más fácilmente con una sincera despreocupación de las cosas de la tierra que con una excesiva introspección y angustiosa actitud voluntarista. Se trata de confiar más en el Señor, a quien amamos apasionadamente, que en nuestra propia inteligencia y capacidad de adaptarnos a nuestra realidad del momento presente.

He aquí la gran lección que nos legaron y nos legan, los numerosos santos que proliferan en todos los tiem-pos y lugares del reino de Dios sobre la tierra.

El contemplativo no tiene realmente otra cosa que hacer que vivir, en cada momento de su existencia, la intimidad afectiva con aquel a quien se ha consagrado irrevocablemente. La constante purificación de todo lo que ocupa el lugar reservado a Dios en el corazón del hombre es una condición de crecimiento espiritual.

Cualquier seguidor sincero de Jesús no puede pactar con nada que pueda obstaculizar el reinado soberano de su Señor. El corazón, la inteligencia y el propio cuerpo del contemplativo pertenecen al Señor y deben estar totalmente a su servicio. El hombre que se entrega incondicionalmente a Dios ha de olvidarse de sí mismo. A partir de su incondicional consagración al Señor, ya no se pertenece. Pasa a ser, en las manos de Dios, un simple instrumento para la salvación del mundo.

El verdadero amante tiene un solo deseo, que eclipsa a todos los demás: estar enteramente disponible al servicio del amado por encima de todas las cosas.

Se trata de aprender a detestar casi instintivamente todo aquello que aparezca en nuestra mente y en nuestro corazón y que directamente se oponga a nuestra intimidad personal con Jesús. Nuestro amor a Jesucristo nos exige que entre él y nosotros no exista absolutamente nada que lo estorbe.

Cuando el amor de Dios invade el corazón del hombre, el divino huésped lo absorbe todo por completo. Ya no queda en él espacio para nada que no sea Dios. Sólo él y yo habitamos en nuestra inmensa soledad. El espacio físico y espiritual más densa y ricamente ocupado es siempre la soledad a dos: Dios y yo.

¡Qué pobres y qué necios son aquellos cristianos y religiosos que se lamentan de padecer la soledad interior! Viven realmente solos o ignoran por completo que cargan con el mundo entero en su mezquino corazón. ¡Qué ciegos, sordos y pobres están todos los que así piensan! Son como mendigos desesperados de la vida y muertos de hambre, que duermen, sin saberlo, encima de sacos repletos de dinero.

El mayor obstáculo para nuestra unión íntima con Dios es ciertamente el pecado. Pero es mejor no ocuparnos demasiado de él. La mejor manera de curar esa llaga fétida es vivir con la conciencia limpia, seguros del amor y de la misericordia infinita del Señor, que nos sustenta.

Nosotros no podemos curarnos a nosotros mismos. Sólo él puede y quiere curarnos. Si le somos fieles, si cumplimos su voluntad, la curación será segura y definitiva. Hipotéticamente, alguna vez Dios se apartará de nosotros. Desgraciadamente, podemos serle rebeldes y huir de él. Ser fiel y dócil y dejarse amar por él es el rescate de nuestra abominable miseria. Por desgracia, mi pecado no es algo extraño a mi ser, sino que es inherente a lo que soy. No tengo pecado, pero yo soy pecado. Un doliente. Yo soy la misma dolencia, la misma enfermedad. Sólo Jesús, médico divino, puede curarme.

Para orar contemplativamente en sentido más profundo es necesario abandonar e! pensamiento y la experiencia personal de todas las cosas creadas. Esta es una condición indispensable para olvidarse uno de sí mismo y poder fijar toda la atención en Dios como tal o en una de las tres divinas personas: el Padre, Jesucristo o el Espíritu Santo.

Lo más difícil de apartar de nuestra memoria es el constante recuerdo de nuestro yo: nuestras sensaciones, percepciones, sentimientos y experiencias, tendentes a ocupar el centro de nuestros pensamientos.

En la oración contemplativa, y más todavía en la contemplación propiamente dicha, el centro de todo cuanto acontece en torno nuestro es el Señor. Nosotros funcionamos únicamente como el que mira, oye, comprende, recibe… Somos meros espectadores y, como tales, reaccionamos espontáneamente. El y sólo él es el divino actor que anima la escena. Lo único importante en ese momento de profunda intimidad con Dios es lo que él dice y hace con nosotros.

Toda nuestra atención, nuestros sentimientos y nuestras actitudes son reacciones causadas directamente por él. Todo sucede al modo de lo que ocurre en un idilio amoroso entre la madre y su pequeñín, a quien ella ama entrañablemente. La animadora de la escena es la madre, no la criatura. Ésta no es más que el objeto al que se dirigen las miradas, los gestos y las palabras cariñosas de la madre, cualquier expresión, en fin, que tenga algún significado para el hijo.

La madre sabe muy bien que todo lo que acontece en aquellos momentos va dirigido al único objeto de su predilección. El hijo se siente blanco de todo cuanto viene de su madre. No es capaz de razonar todavía, no entiende el significado exacto de todo aquello que percibe. Se limita a observarlo todo y, por un mecanismo automático de su incipiente consciencia, se da cuenta de que todo aquello que ocurre es algo extraordinariamente bueno para él. Su frágil sistema nervioso actúa, de modo automático, los estímulos amorosos de la madre sin entender aún perfectamente el significado más profundo de esa experiencia.

Pues bien, el Señor es para nosotros mucho mejor de lo que es la mejor de las madres del mundo. Nos es imposible comprender en toda su extensión y magnitud su inmenso amor, la grandeza de su misericordia para con nosotros, frágiles criaturas suyas.

Lo que Dios nos pide es que nos dejemos amar por él. Que él pueda servirse de nosotros en su incomprensible bondad, totalmente gratuita, para ejercer con nosotros su misteriosa paternidad y maternidad divinas. Él nos creó para tener a quien poder amar de manera semejante a como la madre ama a su hijo, para realizar de modo excelente su íntimo deseo de maternidad.

Nuestro papel en ese místico juego contemplativo consiste en estar dispuestos y abiertos para dejarle a Dios la iniciativa de hacer en nosotros cuanto desee. Limitémonos a recibir, escuchar y comprender lo que él nos quiere dar a entender. Así podremos crecer a su divina sombra, amparados por su poderosa mano de Padre y de Madre. La mayor alegría de Dios -si es que podemos hablar así- es la de ocuparse de nosotros los hombres, sus hijos muy amados. ¡Qué triste seria desconocer la divina predilección del Señor por nosotros! Ciertamente, seríamos unos hijos ingratos… Sin alma…

Todo esto implica en nosotros la destrucción de todo egoísmo. Si confrontamos, en un sentido valorativo, la arcilla inerte con el artista alfarero, no lo dudaremos: el hombre representa un valor muy superior al barro informe y totalmente privado de vida. El hombre es depositario de una potencialidad fabulosa. Puede hacer innumerables cosas; puede percibir y leer el significado existencial de todas las cosas perceptibles por los sentidos. Puede experimentar variadísimos estados de conciencia.

El hombre es el ser más poliforme, polifacético y polivalente del universo conocido. La arcilla, barro deleznable, en sí misma no es más que un aglomerado de partículas de tierra y de agua. Totalmente impotente para crear, para percibir y para entender lo que con ella acontece.

Sin embargo, en las manos del artista la arcilla se transforma. Con ella se pueden representar muchísimas cosas. Es capaz de asumir una infinita variedad de formas bellísimas, tales como vasos y otros objetos realizados por famosos artistas, que enriquecen las salas de todos los museos del mundo y que adornan asimismo ricos palacios.

Si trasladamos la sencilla imagen arriba descrita al ámbito de la contemplación, el divino alfarero artista es el Señor. Nosotros somos la arcilla. Ésta yace abandonada, desconocida y sin valor alguno, oculta en el seno de la tierra, donde duerme un sueño de muerte. Así es y así será hasta el momento en que el Señor la vea y decida servirse de ella para poner por obra su divina arte creadora.

Crear es fundamentalmente jugar, divertirse. El juego de los niños no tiene utilidad práctica para la vida de los hombres sobre la tierra. Pero el juego tiene suma importancia para los niños. Sin él, éstos no podrían vivir. Su existencia sería un drama. Probablemente acabarían por morir de tristeza.

El juego lo es todo para el niño. Es aprender a conocer las cosas y a conocerse a sí mismo. Es ejercitar poco a poco sus riquísimas y variadísimas aptitudes y dotes humanas. En el juego el niño se siente un pequeño creador, un artista capaz de dar vida a las cosas que caen en sus manos. El niño experimenta la alegría-de-vivir cuando puede jugar. ¡Es como se siente feliz!

Nosotros somos la arcilla, un juguete en las manos del divino artista. El centro de la escena es el Señor. Nosotros -la arcilla y el juguete- no somos nada. Absolutamente impotentes. «Sin mí, nada podéis hacer» (Jn 15,5). En sus divinas manos seremos transformados en algo muy especial, hermoso y rico.

Dios se complace en la obra de sus manos. En el misterioso juego de la contemplación el acontecimiento más importante no es la transformación que se opera en nosotros, sino la alegría de Dios en poder transformarnos. «En verdad os digo que habrá más alegría por ella (la oveja perdida) que por las noventa y nueve no perdidas» (Mt 18,13). Y en otro lugar nos dice Jesús: «En verdad os digo que habrá mayor júbilo en el cielo por un solo pecador que hizo penitencia (es decir, que se deja trabajar por mí) que por los noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia (es decir, que ya fueron trabajados por mí)» (Lc 15,7).

Contemplar o rezar contemplativamente es, esencialmente, abandonarse con plena confianza en las manos de Dios y dejarse trabajar por él.

Debemos asistir con atención participativa a todo lo que Dios hace con nosotros. Participar con humildad y gratitud en todo lo que él tenga a bien emprender en nuestro provecho.

El verdadero importante en esta tarea es él, no yo. Yo no soy más que un objeto dócil en sus manos de Padre, de Madre, de artista. Yo no tengo nada que hacer. Sólo él hace todo cuanto dentro de mí sucede. Yo sólo debo dejarle hacer. Todo únicamente para su mayor gloria.

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