La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Contemplación y sentimiento

Es más fácil describir los fenómenos del amor que podemos observar directamente que definir el amor como a la más sublime de las virtudes. Más importante que explicar lo que es amar es concentrar nuestra atención humana y espiritual en el suave movimiento interior que inclina nuestra voluntad hacia aquel que buscamos.

Con todo, no hay por qué preocuparse por las agradables reacciones internas que se experimentan a nivel de sentimientos. La experiencia interna de consolación y deleite espiritual son algo sublime, pero el amor a Dios no consiste precisamente en eso. Se trata solamente de un simple, eventual y no precisamente necesario acompañante del amor.

Fijarse piadosamente en esa agradabilísima experiencia interna como si eso fuese amor de Dios es correr el riesgo de ir en pos de una mera ilusión, si bien es de advertir aquí que esas manifestaciones del sentimiento son, normalmente, de corta duración. Pero el amor es permanente. No acaba nunca. Es un estado perdurable.

Aquel que se fija más en los sentimientos y en las emociones que a veces acompañan al ejercicio de amor a Dios, corre el riesgo de amar sólo ocasionalmente a Dios, e incluso sólo a causa de esas cosas secundarias y accidentales. Pero Dios merece ser amado siempre y únicamente por ser quien es.

Amar a Dios sólo por las cosas buenas que él nos da seria un amor muy imperfecto. Es relativamente fácil de saber si amas a Dios por sí mismo o si más bien lo amas por los beneficios humanos que él te concede. Si te aborreces en la oración es probable que gustes de estar con Dios y de entretenerte con él sobre todo por las consolaciones y las caricias espirituales que te dispensa.

Esta manera de amar es excesivamente humana. No se trata del amor puro que él merece. Quien ama a Dios de verdad puede experimentar a veces preciosas emociones y consolaciones, pero no se aflige si esas cosas no aparecen.

El verdadero amor a Dios es constante y persistente incluso cuando no se da ninguno de esos efectos positivos a nivel de sentimiento y de emoción.

Sentir consolaciones y emociones positivas en la oración está en relación directa con el carácter de la persona que ora. Hay contemplativos que experimentan muchas consolaciones y otros que solamente rara vez las sienten.

Por eso es una actitud sensata con respecto a las consolaciones sensibles no considerarlas parte importante de la vida de oración. No se debe pensar que de ellas depende el fruto de la oración. La calidad de la oración no depende de las emociones ni de los sentimientos que la acompañan.

Una vida de oración o de contemplación que se alimentase de consolaciones y de emociones místicas no tendría un fundamento sólido. No pasaría de ser una frágil construcción capaz de convertirse en ruinas a los primeros vientos de la dificultad.

La vida contemplativa exige fuerza de espíritu capaz de imponer una buena disciplina a la vida en todos sus aspectos. A las personas de buena voluntad que procuran vivir en la intimidad del Señor, él las sustenta, al menos durante algún tiempo, con la leche de la consolación. A las personas más fuertes, sin embargo, Dios acostumbra a tratarlas con alimentos más sólidos, como son el sufrimiento y aquellos acontecimientos más crueles de la realidad humana.

El contemplativo más duro, más crecido, adulto en la vida, tanto en lo físico como en lo espiritual, se contenta con ofrecer simplemente su pequeño y generoso amor al Padre celestial. Le basta con que su corazón palpite al unísono con el amabilísimo corazón de Jesús. Toda su gloria y su inmensa alegría nacen del convencimiento de estar amorosamente unido a Dios.

Esto no quiere decir que el contemplativo capaz de amar ardientemente a Dios sin experimentar la dulzura de la consolación espiritual sea más santo que los demás. Tampoco se afirma que el no experimentar consolación sensible en la oración sea una imperfección. Sin embargo, es necesario aclarar que la consolación espiritual y las lágrimas de unción pueden acompañar o no a la oración profunda, sin que por ello la calidad de la misma se vea afectada. Por eso que lo mejor es no alterarse, haya o no haya consolaciones en la oración, ya que ellas no participan de la esencia de la oración contemplativa.

No se puede aprender a contemplar artificialmente como se aprende a leer, a escribir, a calcular… Contemplar no es un saber hacer: contemplar es vivenciar. Y esto, en rigor, no se aprende, sino que se descubre. En el fondo, todos saben contemplar, como todos sabemos amar. Pero la persona sólo es consciente de esa realidad personal en el momento en que de hecho ama de verdad.

El amor aparece en un momento favorable de la vida de la persona. Es como un impulso ciego del corazón que va en busca de alguien. La vida tiene sentido cuando puede ser vivida en contacto o en comunicación más o menos íntima con otras personas.

En este sentido, no se pueden amar literalmente los valores espirituales desgajados de las personas que los encarnan.

Jesucristo es persona. Los valores espirituales contribuyen a dar sentido a la vida en la medida en que esos valores son vivenciados en la persona de Dios, de Jesucristo, de la virgen María, etc. Creer en valores espirituales y, más aún, vivenciarlos, vivirlos concretamente separados de la persona de Dios o de los santos como si fuesen entidades abstractas o filosóficas privadas de vida, puede llevar a grandes errores.

Es importante comprender que la oración contemplativa no es una cosa sobrenatural. Es una función normal de la vida mental y corporal del hombre, lo mismo que lo es el estudio, el aprendizaje, el amor, la actividad intelectual, social o manual.

Oración y contemplación son aspectos normales en la vida de todas las personas que se interesan por esos valores. Iniciarse en la vida contemplativa no quiere decir que se han de dejar a un lado las relaciones humanas y los trabajos cotidianos.

La vida espiritual no se puede vivir separadamente de los otros aspectos de la vida concreta de una persona. Sólo da forma a esos otros aspectos y les confiere un sentido nuevo. Lleva a modificar actitudes y comportamientos para adaptarlos mejor a los nuevos valores existenciales incorporados a la vida real. Ciertas palabras de terminología espiritual, como «interior», encima …, si se toman al pie de la letra, pueden ser causa de equívocos o trastornos de la personalidad.

La idea de que para orar o para contemplar es preciso «recogerse en si mismo» o que «se debe salir de sí» puede despertar la curiosidad y la fantasía relacionadas con el ocultismo. Pero «oración», «contemplación», «espiritualidad» nada tienen que ver con los misterios del ocultismo.

La vida espiritual se desenvuelve únicamente en un clima de humildad, de sencillez y de naturalidad de las cosas sencillas, verdaderas y humanas. No se trata de renegar de la propia humanidad, lo que, por otra parte, llevaría a la locura. Se trata más bien de impregnar de misticismo aquello que, por naturaleza, es totalmente humano.

Ésta es la manera de dar un significado nuevo y más auténtico a la natural vocación del hombre para superarse, para elevarse por encima de lo ordinario de la vida.

Dios no puede ser totalmente comprendido por la inteligencia humana. Por eso, forzar la mente y centrarse en ella con el propósito de comprenderlo totalmente es vano e inútil esfuerzo, que puede incluso poner en peligro el equilibrio de la personalidad.

Es innegable que la vida espiritual se desenvuelve en el ámbito de la vida interior. Los sentidos externos captan la realidad del mundo exterior. La percepción de las cosas, de los acontecimientos y de los fenómenos que nos rodean en el exterior nos permite movernos en el mundo, establecer contactos y comunicarnos con nuestros semejantes.

El que tiene dificultades de trabajar en su mundo interior -nivel de pensamiento, de imaginación, de fantasía, de percepción, de sentimiento, etc.-, siempre tendrá dificultades para saber y descubrir lo que es contemplar.

Algunas personas que se ven frustradas en sus intentos se decepcionan y se desaniman. Otras hay, en cambio, que violentan las cosas con un exceso de introspección y fuerzan su voluntad.

Pues bien, hemos de decir que este tipo de violencias hechas sobre si mismos no permite ver claro ni oír de manera justa los acontecimientos del propio mundo interior. La violencia sobre los fenómenos de la intimidad acaba por afectar el equilibrio de los sentidos externos y de la emotividad.

Presionar desordenadamente sobre las funciones de la mente lleva a obstruir ese delicado mecanismo de la razón humana. Los sentidos internos y externos tienen que ser respetados, so pena de que el hombre llegue a confundir las cosas con su propia realidad.

Fruto de ese trastorno de la vida psíquica son las alucinaciones y somatizaciones, que a veces se toman por manifestaciones sobrenaturales por el sujeto contemplativo y, no raramente, como testimonio de esos fenómenos.

En tales casos se trata ciertamente de una falsa mística, que nada tiene que ver con la verdadera espiritualidad. Es simplemente la caricatura de la religiosidad. Por eso el aprendizaje de la oración contemplativa se debe hacer siempre bajo la guía segura de una persona prudente y de comprobada competencia espiritual.

La pseudocontemplación se descubre por hechos y comportamientos bastante curiosos, extraños y hasta burlescos. El verdadero amigo de Dios tiene actitudes y comportamientos naturales, sencillos y llenos de espontaneidad. El falso contemplativo, en cambio, se mueve en medio de extravagancias y comportamientos excéntricos. Sus ojos, abiertos de par en par, se fijan de modo estático en otras personas o en un objeto determinado. A veces dan la impresión de querer salírsele de las órbitas. Otras veces el falso contemplativo mira tristemente, como implorando compasión.

Hay individuos desequilibrados que inclinan de lado su cabeza; otros gimen o lanzan gritos estridentes para manifestar ideas o sentimientos. Casi siempre son hipócritas consumados.

Hay quien llega a sollozar en presencia de otras personas para llamar simplemente la atención.

Hay, en fin, falsos místicos, muy inteligentes, que saben ocultar con gran habilidad sus mañas para aparecer en público como personas fuera de toda sospecha.

Ninguno de ellos admite cualquier crítica, porque están realmente convencidos de ser personas absolutamente normales y muy piadosas. No se dan cuenta de que su insensata manera de relacionarse supuestamente con Dios no pasa de ser un burdo fraude, que llama la atención de cuantos les miran.

Aquí conviene describir un poco más algunos comportamientos típicos que ayudan a reconocer al falso místico. Entre las señales visibles que le caracterizan destacan: miradas curiosas con ojos saltones y boca abierta, gesticulación incesante cuando habla, movimientos nerviosos de pies y manos, muecas ridículas, risas que no vienen a cuento, como de persona sin educación, etc.

La persona sana y de mente equilibrada mantiene una postura modesta, actitud tranquila y rostro alegre.

La falsa mística, aparte de ser síntoma de un estado psicológico desquiciado, puede ser también señal de un mal disimulado orgullo y de una cierta tendencia al exhibicionismo. En todo caso es indicio inequívoco de carencia de auténtico espíritu contemplativo.

Quienes de verdad desean experimentar los caminos de la contemplación como medio excelente de crecimiento en la vida espiritual deben ser alentados contra los peligros de falsificación arriba indicados. En todo caso, el miedo a fracasar en tan loable intento no es motivo para desistir de tan santo propósito. Al contrario, como ya dijimos en páginas pasadas, es perfectamente normal que el deseo y el esfuerzo sincero de ir adelante en la vida espiritual tenga como objetivo la vida de unión contemplativa con Jesús, con María. Pues únicamente el amor contemplativo lleva a la persona que lo intenta de veras a identificarse de la manera más perfecta con Jesucristo. El verdadero contemplativo tiende a vivir una unión con Jesucristo de un modo semejante a la manera como el Hijo de Dios vive su unión con el Padre.

Quien no ama se degrada humana y espiritualmente. Un gran amor transfigura a la persona de tal modo que hasta físicamente su aspecto se vuelve brillante y atrayente. Quien no ama tiene una apariencia mustia y arrugada. Muchas veces se le ve marginado de la sociedad, mientras que la persona que ama siempre tiene amigos que se deleitan con su compañía. El amor comunica vida: la vida del mismo Dios. El odio, la tristeza, el miedo, la envidia.., contagian el ambiente de pesimismo.

La oración contemplativa es el más poderoso proceso de transformación de una vida. Ella estimula y hace crecer a la vida. Por eso el más precioso de los dones que Dios da a quienes le buscan con sinceridad es sin duda un cierto grado de vida contemplativa.

Poseer ese don, es decir, ser contemplativo, significa también tener la capacidad de ser apostólicamente eficaz. Sólo el auténtico contemplativo es verdaderamente apostólico. Por consiguiente, lo que realmente ayuda a los demás a crecer espiritualmente, es decir, a acercarse más a Dios, no es lo que el apóstol dice o hace. Es, sin duda, el testimonio de su vida de unión con Dios, que se percibe en sus actitudes, en sus gestos, en sus comportamientos.

Por eso entrar en contacto personal y vivir algún tiempo en compañía de un auténtico amante de Jesucristo trae un mayor provecho para la conversión personal que el leer muchos libros sobre espiritualidad.

Ningún maestro está por encima de Jesucristo. La gracia de la conversión y del crecimiento espiritual vienen siempre de Dios. Generalmente pasa a través de mediadores que participan íntimamente de la vida del mismo Dios. El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios. Pero él mora también en el corazón y en el alma de los amigos de Dios y desde allí actúa sobre cuantas personas entran en contacto con esos amigos de Dios.

Cuando vemos a una persona que irradia felicidad, nos preguntamos al punto por la causa de ese fenómeno. Y si descubrimos que esa persona es feliz por amar de veras a Dios, su mejor amigo, sentimos un impulso natural de aproximarnos también a ese Dios tan maravilloso.

La esencia del apostolado es la capacidad que tiene el apóstol de irradiar la felicidad de amar a Dios que le anima y todo su ser transpira. Sólo el que cree y ama puede comunicar la fe y el amor.

El verdadero apostolado no se hace con las palabras, los discursos, los gestos o los trabajos del que se dice o tiene por apóstol. Se hace con fe y con amor a Dios, que está detrás de todo eso.

Para ser apóstol no basta con hablar, predicar, discursear, gesticular y trabajar. Reducir la actividad apostólica a esos comportamientos y a esa agitación febril no pasa de ser un activismo espiritualmente estéril.

El que vive estrechamente unido a Dios habla como sabio, ama a todas las personas, es siempre sincero, sencillo y auténtico en sus relaciones con los demás. No se preocupa de lo que los hombres puedan pensar de él.

Cualquier signo de afectación por mostrar una santidad no poseída no pasaría de ser más que orgullo y fea hipocresía. Y el hipócrita corre siempre el riesgo de fracasar en todas sus iniciativas.

En cambio, el verdadero contemplativo es persona sencilla, humilde y modesta. Características, todas ellas, que aparecen en sus palabras o en sus comportamientos. Revelan la sincera disposición de su corazón.

En cambio, la afectación de una humildad y de una sencillez no sentidas es una incoherencia que repugna a cualquier persona correcta y honesta. Hablar con voz clara y suficientemente alta es señal de franqueza, de apertura, de sencillez y de confianza.

Contemplación y sentimiento
Anterior

Corazón puro y buena voluntad

Contemplación y sentimiento
Siguiente

Contemplación y transformación