La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Contemplación y transformación

Echárselas de moralista para reprender o para criticar a otras personas es una postura incompatible con la actitud de un cristiano, cuya principal obligación en la vida es amar a Dios y a los hombres. El moralista se preocupa más de la moralidad de los demás que de su propia santificación.

Crecer personalmente en el amor a Dios en medio de las personas con quienes uno convive ayuda mucho más que todos los consejos y discursos moralistas que se nos pudieran hacer. Dar testimonio desinteresado de amor de Dios produce mayores efectos de crecimiento espiritual en las personas con las que convivimos que el tratar de vigilarías o espiarías para evitar que cometan el pecado. Reprender a alguien por las faltas que comete puede ser útil, pero raras veces produce los sanos efectos de conversión que se desean. Jesucristo no insistió tanto en la necesidad de corregir a los demás, sino más bien en amarlos.

El amor fraterno supone la aceptación de todos aquellos que no coinciden con nosotros en su vida y manera de ser; consiste, por tanto, en saber perdonar, respetar, confiar y ayudar a todos nuestros hermanos necesitados.

El falso contemplativo está siempre en peligro de constituirse en juez y guía de sus hermanos. Está animado de un falso celo, cuyo objetivo aparente es el de ayudar a sus hermanos, pero que en realidad lo que pretende es dominarlos y someterlos a su propia voluntad.

El falso contemplativo puede llegar a imaginar que es una especie de enviado de Dios para la salvación de sus hermanos. Esto es, naturalmente, una grave presunción. La vida espiritual se cimenta, en cambio, sobre una doctrina hecha de principios y de normas destinados a activar el amor, y no sobre raciocinios especulativos. Se trata de una discreta vivencia y nada tiene que ver con esos fanatismos religiosos, que sólo tratan de hacer proselitismo para tener más fuerza de imposición violenta de ideas y conductas personales.

La doctrina que trata de la vida espiritual nace de la Iglesia. Puede tener origen en personas particulares que vivieron una profunda espiritualidad y escribieron a este respecto lo que ellas mismas experimentaron, como, por ejemplo, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y otros.

En todo caso, esa doctrina particular, antes de pasar a integrar el patrimonio doctrinal de la Iglesia, pasa siempre por el examen critico de la misma Iglesia.

Precisamente por el elevado significado de su experiencia mística, descrita por ella misma con elocuencia y arte, santa Teresa de Jesús recibió el titulo honorífico de doctora de la Iglesia. Con justicia se la considera como una maestra de la espiritualidad de Occidente.

Alzarse como maestro de espiritualidad fuera de la doctrina oficial de la Iglesia respecto de esta materia es generalmente señal de orgullo y de peligrosa autosuficiencia. Algunos de esos falsos maestros no tienen reparo en oponerse, directamente e incluso a veces públicamente, a la orientación oficial de la Iglesia. No temen caer incluso en la herejía.

La causa más profunda de tales actitudes heréticas es probablemente la dificultad personal de orgullo y sensualidad. Hay quien se olvida de la recomendación de Jesús: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Lc 9,23).

Y otra sentencia de Cristo, respecto del mismo asunto, en la que no deja lugar a dudas en cuanto a la necesidad de renuncias personales para avanzar por el camino de la santidad: «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, cuán pocos los que dan con ella» (Mt 7,13-14).

En el ámbito de la espiritualidad, la verdad objetiva según el evangelio de Jesucristo no siempre correspon-de a las ideas y a los sentimientos personales del cristiano. Hasta situaciones personales, claramente erróneas o incluso objetivamente pecaminosas, pueden ser defendidas por alegaciones y justificaciones falaces, maliciosamente extrapoladas de los textos bíblicos. Pero ello no exime a su autor del pecado de escándalo. La falsa virtud puede ocultar una deplorable depravación en la esfera de la vida privada.

Cuando se dice que el contemplativo aspira a las cosas de lo alto, a esta frase -«lo alto»- no se le debe dar un sentido literal. En este caso no tiene ese significado de localización especial en cualquier punto por encima de la superficie de la tierra, como parece indicar la frase.

Las palabras encima, sobre, arriba, alto, u otras por el estilo, que se emplean en la literatura de la espiritualidad cristiana no indican en modo alguno la localización de Dios, del cielo, de la realidad sobrenatural… Dios, el cielo, los ángeles, los santos… no son entidades materiales que ocupen espacios físicos. Son espíritus o nociones calificativas y no ocupan lugar. Están omnipresentes como el pensamiento.

No pueden ser captados por los sentidos externos, pero si percibidos por los sentidos internos de la fe, la intuición, la imaginación, la experiencia interna…

Una persona bien intencionada, pero mal informada respecto de la verdadera naturaleza de la vida de oración, puede entrar, sin querer, en un mundo hecho de ilusiones y de falsas expectativas.

Hay casos de personas que, animadas por una falsa mística, presentan fenómenos alucinatorios, que ellas toman por manifestaciones extraordinarias de Dios y de los santos.

Existen pseudorreligiones, como la umbanda y el espiritismo, que emplean personas afectadas por esos fenómenos arriba citados para propagar sus doctrinas exóticas. A veces, personas excepcionales son consideradas falsamente carismáticas.

El verdadero carismático, animado por una auténtica sensibilidad cristiana, no presenta nunca esos síntomas alucinatorios. La alucinación es una deformación enfermiza de la conciencia o de la personalidad.

Hay actitudes, posturas y gestos que pueden observarse y verse normalmente por los demás y que constituyen el lenguaje normal del hombre para comunicarse con sus semejantes.

Orar es entrar en comunicación con Dios. Es normal y útil expresarle nuestros sentimientos, nuestras preocupaciones, nuestros miedos, nuestras angustias, nuestras esperanzas…

Tener visiones de Cristo como las tuvieron san Esteban y otros muchos santos son gracias extraordinarias que Dios concede a quien quiere. Estos dones singulares generalmente tienen por finalidad la de confirmar el evangelio. Tienen por objeto también mostrar a la Iglesia toda la riqueza de los dones de Dios, confirmando incluso con milagros lo que Jesucristo vino a enseñarnos.

Todos los auténticos milagros tienen siempre un profundo significado espiritual. Vienen siempre a dar fe de una verdad revelada. Ésta es la gran realidad espiritual de todos los tiempos.

De un modo general, debemos pensar que, si los hombres fuésemos capaces de captar claramente la voluntad de Dios de otra manera, los milagros y otros acontecimientos extraordinarios serían superfluos. Por eso, tanto los milagros como otros fenómenos extraordinarios son siempre señal de la bondad y de la misericordia de Dios para con los hombres. Hacen también pensar en la ceguera espiritual y en la dureza de corazón de la humanidad.

Lo importante para el contemplativo es saber ver el profundo significado espiritual de eventuales y excepcionales visiones internas y otras gracias sensibles. Tales acontecimientos y semejantes gestos de devoción son genuinos y auténticos únicamente cuando son inspirados por el Espíritu Santo. En el ámbito espiritual, todo lo que no viene del Espíritu Santo es puramente humano, falso e hipócrita.

Por el contrario, todo lo que viene del Espíritu Santo trae siempre consigo frutos de conversión y de santificación.

El secreto deseo de ver o de experimentar fenómenos extraordinarios es señal cierta de vida espiritual muy pobre, viciada por actitudes de vanidad y de autogratificación. Escudriñar el firmamento en la ilusoria probabilidad de ver alguna señal prodigiosa es una actitud que muestra tendencias alucinatorias.

El contemplativo que alimenta el deseo de algo extraordinario puede acabar por tener alucinaciones o mitomanías de ver lo que realmente desea ver. Alucinación es un fenómeno psicopatológico y se define como una ilusión que no corresponde a un estímulo exterior.

No se confunda esto con la ilusión ordinaria, a la que acompaña normalmente como un efecto de transformación de percepciones reales. La alucinación puede darse juntamente con las percepciones reales, pero no depende de ellas. Existen alucinaciones semejantes a toda clase de percepciones reales: visuales, auditivas, táctiles, olfativas, gustativas, cinestésicas… Las alucinaciones corresponden generalmente a un problema fisiológico. Las pseudoalucinaciones se originan en la fantasía. El contemplativo imprudente está expuesto a este último tipo de trastornos psíquicos.

Si Cristo se apareció alguna vez a algunos de sus amigos más íntimos después de la ascensión a los cielos, no fue para mostrárseles simplemente sin más. Todas las apariciones visibles y milagrosas de Jesús sobre la tierra después de su subida a los cielos el día de la ascensión, tal como nos narran los evangelistas, siempre fueron para resaltar el mensaje espiritual que él vino a traer a los hombres.

Cristo está siempre de nuestro lado, nos apoya y nos infunde ánimos y confianza para que no desmayemos en nuestro camino hacia él. A un amigo desanimado se le dice: «¡Ánimo, amigo! ¡Comienza de nuevo, si es preciso; ve adelante!… ¡Yo estoy contigo» Esto hace que el amigo cobre nuevas fuerzas en el intento, aun cuando no estemos con él físicamente. Pues Cristo, enfáticamente, afirmó que estaría siempre con nosotros.

Por tanto, es cierto que está con nosotros, aunque no podamos verle físicamente como vemos a los hombres y mujeres que pasan a nuestro lado. La memoria de la presencia viva de Cristo en nuestras dificultades nos tranquiliza, anima y comunica mucha fuerza y valor. Si Cristo se nos apareciese en carne y hueso en ese crítico momento de nuestra vida, seria únicamente para decirnos: «¡Ánimo, Fulanito! Yo me aparezco a ti de este modo para ayudarte en la prueba. No tengas miedo. Nadie podrá destruirte si te quedas conmigo. Aguanta firme y soporta con paciencia este sufrimiento. Yo te recompensaré».

Como se desprende de este ejemplo, las apariciones de Jesucristo y de su santísima madre, o de algún santo, tienen por objeto confirmarnos en una verdad espiritual.

En la oración no debemos dirigirnos a Dios en las alturas, ya que Dios no ocupa espacio físico. Él está con nosotros, donde estamos nosotros.

La ascensión del Señor a los cielos no es una indicación de que él se separó de la tierra y de los hombres y subió a otro lugar físico situado por encima de nuestras cabezas. En la ascensión de Jesucristo su cuerpo se transformó. Se espiritualizó y, así transformado, permanece entre nosotros.

El cuerpo de Cristo, en efecto, se espiritualizó con la resurrección gloriosa, y así permaneció físicamente invisible entre sus discípulos. A veces se mostraba ante ellos en forma humana, exactamente como ellos le habían conocido antes de su muerte y resurrección. Entonces se revistió de la inmortalidad.

También nosotros, después de nuestra resurrección al fin de los tiempos, veremos que nuestro cuerpo será espiritualizado. Será ágil como el pensamiento. Los conceptos de derecha, izquierda, de frente, detrás, encima, debajo, etc., desaparecerán.

Cuando queramos encontrar a Dios, no debemos dirigir nuestro pensamiento a lo lejos, arriba, a este o al otro lado. Dios está aquí, en el lugar mismo en que nosotros nos hallamos, y nos envuelve y cobija como las manos y el regazo de una madre abrazan y cobijan tiernamente al niño querido. Dios está dentro de nosotros como la madre lleva al hijo en su interior cuando lo deja en casa y sale de compras.

Los trabajos del contemplativo no consisten en una actividad física o intelectual que cansa y exige periódicas interrupciones para reposar.

Pero está también el ejercicio formal de la oración, que sí pide una interrupción para el descanso. De lo contrario, se pueden dar abusos, excesos e imprudencias en la práctica de los ejercicios de oración que pueden llegar incluso a provocar un peligroso agotamiento nervioso.

No cabe duda, pues, de que el principiante en la vida contemplativa puede caer en errores graves con serias consecuencias para el equilibrio de la salud física o mental. La oración contemplativa no está hecha para personas de salud mental delicada o de frágil personalidad.

Sin embargo, ni la enfermedad física ni cualquier desorden emocional pueden llegar a afectar seriamente una vida espiritual o contemplativa ya consolidada.

Es preciso reconocer y aclarar que una sana y auténtica vida de oración siempre es, potencialmente, un importante factor de salud, tanto mental como espiritual.

La actividad espiritual no es un acontecimiento o ejercicio físico que se pueda limitar a dimensiones de tiempo, capacidad o espacio material. Por eso, un consejo: cautela.

La ascensión del Señor, por ejemplo, no debe ser interpretada literal y materialmente. No se debe tampoco forzar la imaginación o la fantasía en el intento de materializar el entusiasmo por Cristo o por la virgen María. Todo eso no tiene sentido en la oración o en la contemplación.

Aquellos fenómenos extraños acontecidos con algunos santos, cuyas biografías nos presentan tales casos como verídicos, son casi siempre discutibles. Muchos biógrafos caen en la tentación de presentar la «vida» de sus héroes movidos por motivos ajenos a la preocupación de relatar los hechos con criterios de información objetiva.

El escritor anónimo de La Nube del No-Saber afirma jocosamente que el camino más fácil y seguro para el cielo «se mide por deseos, no por kilómetros».

Esto quiere decir que el cielo al que subió Jesús el día de la ascensión no está localizado en un espacio por encima de nuestras cabezas. Jesús no está separado de la tierra y de nosotros mismos por distancias que se puedan medir, como las que median entre objetos materiales.

La actividad espiritual desconoce los movimientos físicos, por lo que no seria correcto decir: hacia arriba o hacia abajo, adelante o atrás, a la derecha o a la izquierda. El movimiento espiritual en el reino de Dios se determina únicamente por deseos de aproximación y de alejamiento. No existe un reino de Dios físico. Podemos estar en él o fuera de él en espíritu. Por eso san Pablo dice: «Nuestra patria es el cielo…» (Flp 3,20).

La vida del espíritu nada tiene que ver con la fisiología. Está constituida de amor y de deseos. Una persona puede estar animada por un gran amor a Dios, vivido por un ardiente deseo de estar con Jesús; actúa como quien vive ya espiritualmente en el cielo, mientras que, con el cuerpo, continúa teniendo los pies en la tierra.

El cuerpo está, naturalmente, sujeto al espíritu. Elevamos las manos al cielo para simbolizar nuestra referencia a una realidad que no quiere decir necesariamente encima o arriba, sino más bien que se aparta de la realidad material que nos envuelve. En cuanto al cuerpo, no podemos huir del mundo que habitamos. Podemos únicamente cambiar de lugar, ir de acá para allá, pero nada más. En cuanto al espíritu, podemos huir a otras realidades que nada tengan que ver con la materia.

Cuando decimos que el hombre es un ser trascendente, queremos significar precisamente esa otra realidad, cuya misteriosa existencia todos intuimos y pre-sentimos. Ella es la razón de nuestra esperanza y deseo del cielo.

Jesucristo salió de Dios, su Padre, para tomar un cuerpo material en el tiempo, sobre la tierra, igual al de todos los hombres. Y mientras vivió como hombre -hombre-Dios- acá en la tierra, nunca dejó de estar íntimamente unido al Padre.

Después de la resurrección, subió al cielo con su cuerpo material glorificado, espiritualizado. Él nos dijo que también nosotros iremos adonde él fue. Primero vamos sólo como alma. Pero, al fin de los tiempos, también iremos al cielo en cuerpo y alma. Cristo-Jesús y su santísima madre ya nos precedieron para estimular nuestro deseo y nuestra esperanza. Por eso somos trascendentes.

Existe realmente una relación concreta entre materia y espíritu. Las personas que aman de verdad a alguien fácilmente se dan cuenta de ello.

El amor que experimentamos por alguien implica la aceptación no sólo de la persona de otro, sino también de su cuerpo y de todo aquello que se relaciona directamente con él. La estrecha relación de amor del contemplativo con Dios repercute en su cuerpo.

El amor es una experiencia agradabilísima, una exultación, un gozo. El amor es el sentimiento positivo por excelencia. Implica alegría y seguridad. Estas emociones, como, por lo demás, cualesquiera otras, repercuten directamente en la hipófisis, glándula endocrina que regula el funcionamiento de todas las demás, sobre todo las endocrinas.

La hipófisis funciona normalmente cuando la persona se siente tranquila, serena y en paz consigo misma y con los demás. Por el hecho de influir directamente en todas las otras glándulas endocrinas, éstas funcionan sincrónicamente con la hipófisis. Los estados de tensión y de relajación dependen directamente de las hormonas. Una persona relajada funciona física y psicológicamente mejor que la que se encuentra en un estado de tensión.

La persona tensa o excitada tiene dificultades para digerir los alimentos, la circulación de la sangre se altera y toda la fisiología de la musculatura se ve comprometida. De ahí se saca una conclusión: la disposición del espíritu influye seriamente en las condiciones físicas del cuerpo. Existe, por tanto, una interdependencia indiscutible entre el cuerpo y el alma. Los dos factores se condicionan recíprocamente con admirable sincronismo.

Al desarrollarse mentalmente con la realidad espiritual de la oración, el contemplativo modifica espontáneamente su situación física. Tiende a tomar espontáneamente actitudes de mayor dignidad ante la santidad y majestad de Dios, conforme lo exige la naturaleza de los contactos espirituales en que se mueve.

Normalmente, el contemplativo aparece con un porte digno, sus gestos y movimientos no son nada vulgares ni afectados. Todo sucede aquí a la manera con que se comportan personas muy honradas y distinguidas en el trato social, identificándose con ellas en muchos aspectos de su propio comportamiento.

El intenso trato espiritual con Jesucristo hace que el contemplativo comience a identificarse poco a poco con él. Por este motivo, en el verdadero contemplativo no se observan actitudes y comportamientos vulgares. En todo tiempo y en todas las circunstancias la característica común que destaca su personalidad es la de una intachable dignidad humana. Difícilmente se le sorprenderá en actitud de mediocridad social.

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