La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Contemplar no es raciocinar

Pensamientos intelectivos y conceptos exegéticos son prácticamente inevitables durante el esfuerzo de la contemplación. Pero es muy importante no dejarnos enrollar por ellos, ya que, de lo contrario, acabarían fatalmente por transformar lo que debería ser oración contemplativa en simple reflexión o piadosa meditación.

Esta tiende a producir únicamente una adhesión intelectiva a Dios, lo que, en principio, no es oración profunda, capaz de convertir el corazón. La unión afectiva con el Señor lleva a querer estar sólo con él, sin consideración alguna de conocimiento intelectual.

Todo lo que siendo inferior a Dios mismo ocupa nuestra mente constituye, en cierto modo, un obstáculo entre Dios y nosotros. Por eso es necesario estar siempre en guardia, para que, al ocuparnos mentalmente de los atributos de Dios, no perdamos de vista al propio Dios.

Las ideas claras y piadosas con respecto a Dios no Ayudan a captarlo en persona. Únicamente el corazón puede abrazarlo. Un amoroso deseo ciego, dirigido a Dios mismo, es más valioso que cualquier otra cosa que pudiéramos hacer por él.

La experiencia interior de deseo de encontrar y de amar a Dios vale más que cualquier pensamiento piadoso, por más santo que sea.

Hay quienes dudan de que los hechos sucedan de este modo. Sin embargo, otros experimentados maestros de la vida espiritual afirman categóricamente que realmente es así. Esta certeza se basa probablemente en la experiencia personal de esos autores… La certeza del propio saber nace siempre realmente del descubrimiento personal, a través de una experiencia.

La piadosa consideración de los atributos de Dios es, sin duda, cosa muy buena. Meditar sobre la bondad de Dios, sobre su grandeza y su dignidad, sobre su inconmensurable misericordia, es algo sublime.

Pensar en la santísima Virgen, entretener la mente con los ángeles, los santos, las maravillas del cielo, es acto de piedad ciertamente muy meritorio. Pero todo eso no puede alimentar la contemplación.

Para aquel que ha entrado en el reino de la oración contemplativa, esas piadosas consideraciones ya no bastan. Se pierden en la misteriosa vorágine de la contemplación propiamente dicha. Con todo, alabar a Dios por sus admirables atributos y por el gran amor que nos tiene es oración muy digna de elogio. Pero no cabe duda de que reposar en el simple acto de consciencia que tenemos de Dios, amarle y alabarle por lo que él es en sí mismo, es oración de calidad muy superior.

Contemplar no es pensar o raciocinar respecto de Dios. Podemos pensar y raciocinar sobre cosas conocidas, sobre personas, sobre un acontecimiento determinado, sobre informaciones respecto de cosas desconocidas…

Cuando nos paramos delante de una obra de arte para admirarla, para contemplarla, no pensamos ni raciocinamos de una manera activa. El tiempo que pasamos delante de ese objeto se divide espontáneamente en dos tiempos: tiempo de búsqueda activa para descubrir la belleza y valor de ese objeto, y tiempo de pasividad absoluta para admirar y contemplar de vista esa obra de arte que nos ocupa. La visión contemplativa propiamente dicha de un objeto de arte o de Dios es difícil de describir. Pero más difícil aún es definirla.

El acto contemplativo no es acto de conocimiento. Es más bien un acto de gozo o de pura admiración y de asombro ante el objeto en sí.

Podemos conocer muchas cosas. Pero no podemos, sin embargo, conocer al Creador de todas ellas tal como él es. Conocemos algunos de sus atributos porque él mismo los reveló directa o indirectamente.

Podemos, sí, intuir algo de la esencia de Dios. Contemplar es maravillarnos, por intuición, de lo que Dios es en sí mismo, sin que, por otra parte, seamos capaces de llegar a comprender totalmente esa maravilla.

El contemplativo prefiere amar la maravilla que descubre en vez de tratar de comprenderla. Aquí es posible amar lo que no se conoce todavía. El amor puede, realmente, alcanzar y abrazar lo que la mente todavía no conoce.

Así es el amor de la madre para con el hijo que todavía no ha nacido. Si ese hijo que va a nacer, e incluso ya nacido, tuviese alguna noción del gran amor de la madre hacia él, no cabe duda de que éste correspondería también a la madre, que le dio la vida y le sustenta con tanto cariño y dedicación.

Lo que pasa entre Dios y el hombre es algo parecido a lo que sucede entre la madre y el hijo, pero con una diferencia: al comienzo de su existencia, el hijo que va a nacer nada sabe del amor privilegiado de aquella madre respecto al fruto de sus entrañas.

El hijo comienza a amar a la madre poco a poco, en la medida de que es capaz de tomar conciencia del gran amor que ella le tiene. La condición para que él pueda desarrollar ese amor hacia la madre es saber que la madre le ama. Cuanto más la madre ame a su hijo, tanto más éste podrá amarla.

Pero el hombre adulto, al contrario de ese niño recién nacido, sabe que Dios es su creador. Sabe también que el mismo Padre del cielo le ama desde el comienzo de su existencia en el seno materno. «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno… Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro, calculados estaban mis días antes que llegase el primero» (Sal 138,13-16).

El Creador ama a su criatura mucho más de lo que la madre puede amar a su hijo. Para tener éxito en la oración contemplativa, la condición personal del hombre es saber que Dios lo ama personalmente más de lo que la propia madre podría amarlo. Al tomar conciencia de ese inmenso amor de su Creador por él desde el comienzo de su existencia en el seno materno, el hombre no puede por menos de sentirse inundado por un gran amor a Dios. Y sabido es que «amor con amor se paga

Reflexionar de vez en cuando sobre los maravillosos atributos de Dios -su majestad, su misericordia, su fidelidad, etc.- es incentivo importante para crecer en el amor de Dios. Mas la contemplación va más allá de esas piadosas consideraciones intelectuales. Para lograrlo es necesario dejarse arrastrar del amoroso deseo de alcanzar a Dios mismo, ya que él se esconde en un misterio impenetrable a la inteligencia humana. Pero lo que es imposible para la mente humana, lo puede comprender un corazón amante y apasionado, que vive para Dios.

¿Y qué hacer con los pensamientos que nos distraen cuando queremos rezar o simplemente contemplar a Dios?

Antes de nada, es preciso saber que nadie es capaz de controlar y de gobernar totalmente sus propios pensamientos. Estos son producto de nuestro cerebro rebelde e inquieto. No nos es posible evitarlos.

En estado normal, con ayuda de la voluntad, conseguimos encaminarlos, hasta cierto punto, en la dirección deseada. Mas esta posibilidad está limitada por la propia falta de libertad del hombre.

Esos pensamientos de distracción procuran desviar nuestra atención de la única cosa que en ese momento debería interesarnos. La fuerza de la costumbre hace que tendamos a relacionarnos con las cosas del mundo material a través de nuestros sentidos externos para conocerlas. Mas las cosas del espíritu no pueden conocerse científicamente. Únicamente se pueden alcanzar por la fe, por el amor, por la esperanza… El amor verdadero nace siempre del descubrimiento de los valores que en si encierra el objeto que se propone a nuestra consideración. El amor a la cosas materiales nace con los valores descubiertos por los sentidos externos controlados por la razón crítica. La realidad espiritual, en cambio, escapa por completo a toda consideración que tenga que ver con nuestros sentidos externos. Únicamente puede captarse por la percepción crítica de los sentidos internos: la fe, el amor, la esperanza, el deseo, la intuición, la imaginación, la fantasía, etc.

Hay una curiosidad natural que tenemos para saber quién es Dios y cómo es Dios. Ya sabemos que él es aquel que nos creó a nosotros y a todas las cosas que fuera de él existen; que él nos salvó para la eternidad y que, solicito, nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Esto, y algunas cosas más, es lo poco que de Dios sabemos. Por eso es mejor abandonar de una vez para siempre el intento de captar a Dios por la ciencia, porque esto es tiempo perdido.

Aparte de lo dicho, la piadosa reflexión sobre los admirables atributos de Dios puede resultar una desacertada búsqueda de placenteras sensaciones espirituales. Esto es bueno, pero no alcanza a Dios en su esencia. Vale más entregarse completamente a Jesucristo con un intenso deseo amoroso de estar con él.

La meditación de la pasión del Señor, la piadosa reflexión sobre la misericordia, la bondad, la fidelidad de Jesucristo, e incluso sobre nuestra condición de pecadores, son necesarias. Nadie puede progresar en la vida espiritual sin el recurso a esos importantes medios de oración.

La meditación es generalmente muy importante, sobre todo al comienzo de un camino serio de oración. Mas al cabo de algunos años meditando sobre los atributos de Dios y sobre las virtudes de Nuestra Señora y de los santos, el alma siente deseos de avanzar en el camino real de la perfección. Quiere avanzar más. Para eso es necesario aprender a no pensar activamente, a no decir nada y a asumir una actitud de espera pasiva ante las posibles manifestaciones del Señor. Él se revela al alma que encuentra en silenciosa y atenta contemplación.

Para contemplar basta elevar el corazón a Dios con el simple y amoroso deseo de estar con él y esperar. Esperar con atención los sutiles movimientos amorosos de nuestra alma. Controlar la mente y la imaginación -esa loca de la casa- para desear sólo a Dios, que nos ama y nos atrae misteriosamente.

No es fácil entender esto si antes no lo has experimentado personalmente.

Aquel que se entrega con paciencia y perseverancia a este ejercicio, difícilmente deja de descubrir, con gratísima sorpresa, la oración puramente contemplativa. La gran dificultad de muchos para realizar este descubrimiento es la falta de paciencia. Son relativamente raras las personas, en Occidente, que no estén de algún modo contaminadas por los vicios de una agitada mentalidad pragmática y utilitarista. ¡Nos sentimos tan llevados a hacer, a actuar siempre…, siempre!

Trabajar y reposar. Reposar significa únicamente, para la mayoría de los occidentales de hoy, sentarse o tumbarse y, al mismo tiempo, ver la televisión, oír la radio, conversar, leer o dormir… Se aborrece la soledad y el silencio, porque las personas se sienten vacías.

Contemplar exige una actitud de quietud externa y gran atención interna al Señor, en cuya misteriosa presencia nos hallamos. Al mismo tiempo, debemos estar siempre atentos a posibles o probables manifestaciones del Señor en nuestro interior más íntimo.

Ciertamente, es imposible ver y poseer plenamente a Dios en esta vida. Mas experimentar y probar algo de lo que él es en sí mismo, no es sólo hipótesis probable. Los contemplativos de todos los tiempos afirman que esto es una realidad maravillosa e indescriptible. Quienes hicieron la experiencia concreta de esta realidad espiritual para llegar a descubrir a Dios por la contemplación coinciden unánimemente en un punto. Afirman que es condición fundamental para este descubrimiento el ánimo de lanzarse a esa búsqueda completamente libre de cualquier otra preocupación.

Los pensamientos y las ideas con respecto a Dios no nos relacionan precisamente con Dios por necesidad. Incluso el ateo puede cultivarlos por simple curiosidad o mera afición intelectual. Sólo el amor puede aproximar a Dios. El pensar activamente obstaculiza más que ayuda al amor. Esto es también verdad cuando se trata de pensamientos inequívocamente santos y edificantes. Todo aquel que busca a Dios nunca podrá contentarse únicamente con pensar en él o en sus admirables atributos, o en otras cosas, por muy santas que sean.

El fenómeno de la percepción constituye el acontecimiento fundamental de toda la dinámica mental del hombre. A partir de ese primer acto de naturaleza psicológica, se desencadena toda una serie sucesiva de fenómenos de vida mental, que culminan con el comportamiento y la conducta.

Los actos psíquicos se suceden espontáneamente por el siguiente orden: percepción, pensamiento, sentimiento y emoción, actitud interna, actitud externa, comportamiento y, finalmente, conducta. Es a nivel de pensamiento como se manifiesta con mayor claridad la naturaleza racional del hombre.

El pensamiento espontáneo hecho de imaginación, fantasía, intuición, impresión… es más o menos caótico. La inteligencia y la voluntad constituyen la capacidad que tiene el hombre de poner orden en ese caos. Ellas intervienen para seleccionar imágenes y organizar conjuntos lógicos e intelegibles, y encaminarlos, acto seguido, en la apreciación del yo con el fin de realizar valores más o menos libremente idealizados y concretados a través de unos determinados comportamientos

La permanente valoración subjetiva de ese dinamismo y de sus respectivos resultados concretos permite al hombre hacerse sujeto de su propia historia. El éxito o el fracaso en ese intento favorecen u obstaculizan el proceso de maduración a que está condicionado el grado de responsabilidad personal del hombre por sus actos y por su vida.

Por tanto, el punto crítico en que el hombre decide el sentido de su propia vida se sitúa claramente en el momento en que se decide a hacer uso de su capacidad de pensar, de imaginar, de intuir, de fantasear, de formular una intención. Y es precisamente en ese punto donde se sitúa la libertad del hombre. En consecuencia, él puede ser también responsable de sus actos consecuentes, aun a pesar suyo.

Por eso, al contrario de lo que ocurre con la percepción y el entendimiento, el pensamiento puede ser controlado y, más o menos libremente, orientado hacia objetivos preestablecidos. Ello nos lleva a la conclusión de que el hombre normal puede escoger y realizar libremente -al menos a nivel de intención- la calidad moral de su propia vida.

El pensamiento involuntario respecto de aquello que se quiere que sea no es pecado. Otra cosa seria si aceptásemos un mal pensamiento y voluntariamente nos deleitásemos en él. Tal actitud seria subjetivamente, cuando menos, una peligrosa ocasión próxima de pecar incluso en el acto que no fuese plenamente voluntario. Porque «quien ama la ocasión debe atenerse a las consecuencias». El tener una idea exagerada de la propia fuerza lleva a hacer experiencias imprudentes, que fácilmente conducen a fracasos no imprevistos.

Por eso es mejor considerar que cualquier pensamiento contrario a la ley de Dios constituye virtualmente ocasión próxima de pecado. El sincero deseo de organizar y de vivir una auténtica espiritualidad exige de nosotros que decididamente los orientemos hacia Dios. Pero, a pesar de esa clara actitud subjetiva, se produce siempre una férrea lucha a muerte contra la natural inclinación del hombre hacia las exigencias de la carne.

La vida es lucha. Y no luchar es dejarse arrastrar río abajo y correr el riesgo de estrellarnos de improviso contra algún peñasco o precipitarnos por la cascada, con inminente peligro de muerte. La prudencia humana y evangélica es la compañera imprescindible e inseparable de aquellos que desean ir por el camino de la auténtica espiritualidad.

La decisión de buscar la vida de oración contemplativa supone tomar una radical opción por Dios. Y esa opción no se cancela, afortunadamente, por eventuales caídas-sorpresa debidas a la natural flaqueza humana. Pero la voluntaria falta de vigilancia de un agitado revuelo de pensamientos espontáneos puede dar el desagradable susto de lamentables fracasos morales. Cualquier pensamiento o imaginación que incite seriamente al corazón a uno de los siete pecados capitales -ira, envidia, pereza, orgullo, ambición, gula, lujuria. . . – constituye siempre una peligrosa ocasión próxima de pecado.

Si queremos realmente progresar en la vida espiritual, no basta con el esfuerzo por eliminar todo pecado grave de nuestra vida. Es necesario preocuparnos también por eliminar hasta la sombra misma de cualquier acto más o menos voluntario contrario a la voluntad de Dios.

A pesar de que esto es un objetivo utópico en la práctica, la intención y el esfuerzo sincero de evitar la más mínima ofensa voluntaria a Dios es condición indispensable para una auténtica vida de oración.

Afirmar que estamos decididos a buscar a Dios y caminar al mismo tiempo, más o menos voluntariamente, en sentido contrario es, cuando menos, una repugnante contradicción interna. Aceptar con conciencia tranquila pequeños desvíos voluntarios del camino que nos lleva a Dios abre camino para caídas mayores, quizá fatales para la vida espiritual. El amor o es total e irrevocable o no es amor.

La contemplación destruye el pecado. La oración verdadera sana las raíces más profundas del pecado, sin que ello quiera decir, con todo, que elimine por completo nuestra fragilidad y la permanente posibilidad real de ofender a Dios. No olvidemos que nuestro cuerpo es fundamentalmente caprichoso, como criatura humana que es.

Para imponerle una cierta disciplina es conveniente vigilar, ayunar, entrenarse en la renuncia voluntaria de cosas buenas y agradables, pero que en si mismas son innecesarias. Ayunos y mortificación de los sentidos son medios eficaces para fortalecer el espíritu contra los ataques de la sensualidad y del sibaritismo, que tanto entorpecen la fuerza del alma. Nuestro esfuerzo de conversión ha de ser permanente. Así creceremos constantemente en gracia. Aunque excelentes las prácticas ascéticas de Marta, la amorosa actitud contemplativa de María es mejor en la práctica de la espiritualidad.

La contemplación es la coronación de las obras de piedad cristiana. Es también superior a las obras de caridad. La oración contemplativa da valor y consistencia a las obras de misericordia. Purifica la intención, viciada de sutil egoísmo, que infecciona nuestra vida de relación social. La bondad auténtica actúa siempre con manifiesta benevolencia. Está animada por el amor del hombre hacia Dios y no únicamente de sentimientos filantrópicos. La filantropía es algo muy bonito, pero no entra dentro de la categoría de las virtudes cristianas. La actitud interna del filántropo es puramente humana. En cambio, la virtud cristiana de amor al prójimo no es un puro sentimiento de humanidad. Emana directamente del amor de Dios, que habita en nosotros.

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