La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Corazón puro y buena voluntad

Para llegar a la verdadera contemplación se debe confiar más en el entusiasmo y en la genuina alegría espiritual que en la fuerza de la voluntad.

Éste es un trabajo que exige prudencia y cautela. Un imprudente esfuerzo de voluntarismo puede incluso causar daño al equilibrio de la propia personalidad.

Como regla general para buscar la auténtica contemplación, podría aconsejar ésta: cuanto más tranquila y alegremente procedas, tanto más sencilla, humilde, espiritual y auténtica será tu oración contemplativa.

Si, por el contrario, te empeñas en trabajar valiéndote de actitudes artificiosas y mórbidas, los resultados serán más bien decepcionantes. Es por esto que se recomienda mucha cautela al que de veras desea ser un contemplativo.

Existen diversos abusos, más o menos peligrosos, que se deben evitar al tomar ese camino espiritual.

Uno de ellos es la pura y simple representación de pensamientos, imágenes, fantasías, deseos y sentimientos. Estas diferentes actividades de la mente tratan de desviar la atención del único objeto que buscamos. Toda representación desencadena una reacción interna que viene a reforzar ese descontrol de la mente, lo que divide peligrosamente el equilibrio interior.

¿Qué se podría hacer, entonces, frente a esas distracciones que tienden a bloquear el vuelo libre del alma sedienta de Dios? La primera actitud a tomar en cuenta es la de tener paciencia, la de no perder la cabeza. En vez de reprimir esas «tentaciones», es mejor enfrentarse a ellas tranquilamente y preguntarse a si mismo respecto del significado de las mismas en el preciso momento en que se presentan, tanto en el aspecto vital como en el espiritual. Acto seguido, tomar una actitud tranquila de defensa: vigilar la propia voluntad para no dejarse enrollar por esas distracciones. Y, por último, suplicar al Señor con humildad y sinceridad que envíe su Espíritu de fuerza y de calor.

La propia consciencia de que por nuestro esfuerzo personal no conseguiremos dar un paso hacia el Señor, es condición indispensable para que él nos envíe su gracia. Nosotros no tenemos la menor aptitud para salvarnos. Sólo él nos puede salvar. Sin él, nada se ha hecho. Pero «todo lo puedo en aquel que me conforta…» como afirma san Pablo.

Si el Señor no construye la casa, vano será nuestro esfuerzo…» (Sal 127,1) para aprender a contemplar.

En las construcciones personales, la dimensión de nuestra espiritualidad no tendrá cimientos suficientemente sólidos. Si el Señor no nos orienta [y aconseja], construiremos nuestra casa sobre arena. Nuestras vanas ilusiones están destinadas a desmoronarse con la primera tempestad, por leve que sea.

La gracia divina no actúa por impulsos naturales, sino que actúa con una suave fuerza semejante al suave y constante crecimiento de una planta. Por eso el trabajo de aprendizaje de la oración contemplativa requiere un previo ejercicio de amar con alegría en la tranquila disposición de paz y de reposo del cuerpo y del alma.

Es necesario saber esperar con alegría y con modesta delicadeza a que el Señor tome la iniciativa para celebrar el encuentro. Sin la luz interior que precede a la manifestación del Señor, difícilmente podrá ser percibido.

Vale la pena saber esperar, por cuanto que la espera aumenta el deseo de estar con él. En la vida de oración, nada puede forzarse. El Espíritu sopla cuando quiere y donde quiere. Es inútil querer violentarlo.

Es más. Aparte de inútil, sería contraproducente. El Señor es como una madre amantísima que sale en busca de su hijo, y cuando lo encuentra le abraza entrañablemente, le estrecha contra su corazón y le cubre de tiernos y cálidos besos.

La condición para que Jesús proceda de un modo semejante con nosotros es que nosotros nos presentemos ante él como si fuésemos niños pequeños: con sencillez, con confianza, con verdad, con sinceridad, con lealtad, con amabilidad, con corrección, con espontaneidad, dispuestos a lo que él nos pida…

Experimentados contemplativos llegan a aconsejar a los que quieren tomar esa vía espiritual a no expresar directamente al Señor su íntimo deseo de amarle. Afirman que es mejor ocultar ese deseo a los ojos de Dios. Y lo justifican diciendo que, cuanto más ocultemos ese deseo al Señor, tanto más claramente lo echará de ver.

Esa paradójica explicación revela, en realidad, toda la riqueza de una fina psicología.

En efecto, si dos personas se aman secretamente, es decir, si cada cual por su lado procura esconder sus sentimientos al otro, ambos estarán viviendo el inefable encanto de un auténtico amor recíproco. En el momento en que se revelan mutuamente ese secreto, todo ese encanto se viene abajo.

Sin embargo, este encanto se puede vivenciar de una manera mucho más delicada y gratificante de lo que corresponde a una concreta relación amorosa entre dos personas.

Amar en secreto también es amar. Para nadie es un secreto que el Señor nos ama locamente. Pero nunca tendremos una ocasión más clara y gozosa para un encuentro con él, si no le dejamos tomar la iniciativa de descubrirnos ese amor. Por eso, nuestro consejo: estimulemos el deseo de nuestro amor secreto y sepamos esperar pacientemente el momento en que él quiera manifestársenos.

En la medida en que el hombre busca a Dios con lealtad y deseo sincero, el corazón crece en pureza. Se purifica de la prepotencia de la carne y así hace más fácil la unión íntima con el Señor. Él ve al hombre puro más claramente que nadie, sabe que le busca para complacerse con él, como al más amable de todos los padres, como a la más amorosa de las madres. Cuanto más purificado esté el corazón del hombre de todas las cosas terrenas, tanto más se volverá un hombre espiritual para Dios, que es puro Espíritu.

Muchas personas piadosas desvirtúan la realidad espiritual en que desean vivir. La vida espiritual es para ser vivida en la intimidad del corazón. El ansia por expresarla con señales o gestos externos, exclamaciones, palabras o actitudes diversas, como acostumbramos a hacer cuando queremos expresar un sentimiento humano a un amigo, desfigura la realidad espiritual interior.

La contemplación es tanto más verdadera, y por tanto más eficaz, cuanto más sencilla y más íntimamente es vivida. Hemos de procurar relacionarnos con el Señor de manera sencilla, directa y misteriosa, como él se relaciona con nosotros.

Cada uno sabe que la manera que el Señor tiene de relacionarse con nosotros es muy semejante a la que los hombres tienen de relacionarse entre si. La única diferencia está en el hecho de que Dios se comunica con nosotros a nivel espiritual, en que los símbolos son espirituales. Y éstos solamente se pueden percibir por los sentidos internos de la fe, de la intuición, del conocimiento, de la experiencia interna…

Sin embargo, un gran amor oculto, un secreto amor apasionado por Dios, no puede permanecer mucho tiempo encubierto. Se trata de una vivencia más del alma, de la que participa también el cuerpo en la parte que le corresponde.

Cuerpo y alma forman una unidad funcional inseparable en el hombre vivo. Cuando el Señor, en su infinita misericordia, comienza, por fin, a revelarse al alma que le busca con tanto afán, si ésta es suficientemente abierta y sensible, comienza a salirse de sí. Su amor contemplativo puede llegar a alcanzar una tal intensidad que el alma, ebria de entusiasmo y de alegría, no puede contenerse más. El Espíritu Santo puede llegar a inflamar su vacilante corazón hasta tal punto que no pueda resistir por más tiempo sus impulsos y comience a hablar de Dios en voz alta, como lo haría una persona locamente enamorada.

Le brotan entonces espontáneamente de su boca palabras inflamadas de ternura, como: ¡Jesús! ¡Señor! ¡Dios mío! ¡Padre!…

Pero esa explosión exterior de sumo afecto interior no apaga, por eso, la llama que arde interiormente en el contemplativo. Al contrario, es como leña que sólo puede alimentar el fuego. La expresión externa de ese amor es sólo manifestación visible o audible de la explosiva e incontenida vivencia interior del mismo.

Señal de autenticidad de la manifestación externa de piedad es que ese fenómeno no lo produce ninguna sensación externa, sino que procede de un acontecimiento interior. Es una expresión externa de oración que no nace de una correspondiente actitud interna ni tiene valor espiritual. Esta señal no cambia nada en el corazón ni en el comportamiento del sujeto. Puede, si, llevar al descubrimiento de nuevos valores internos.

Por eso no siempre es totalmente despreciable, ni mucho menos.

Así, todo el que no sabe hacer esta clase de oración, pero que desea aprender, puede comenzar por imitar externamente a los que oran. De este modo podrá descubrir, efectivamente, lo que es rezar de verdad.

Es perfectamente normal y bueno que el cuerpo participe activamente de los movimientos del alma, ya que él también fue hecho por el Creador y debe servirle. Además, está destinado también a ser glorificado un día.

Si el alma habita en el cuerpo, éste no puede ignorar lo que acontece a nivel del espíritu. Si el amor es también sentimiento y experiencia interna, los sentidos externos están fatalmente afectados por él. Todos sabemos que, cuando el alma llora, el cuerpo llora también. Cuando el espíritu exulta de alegría, el cuerpo igualmente goza.

La sintonía cuerpo-alma es señal de salud física y mental, de buen equilibrio psicosomático. Por tanto, la participación del cuerpo en la oración contemplativa no se debe menospreciar. Muy al contrario. Postura correcta, relajación física, control de los sentidos, distensión mental, ausencia de malestar físico…, todo ello favorece la oración.

Todas las consolaciones y alegrías que vienen de los sentidos, incluso aquellas que no podemos identificar claramente como originarias de los sentidos, son sospechosas de ser ajenas a la oración. No vienen de Dios. Tal vez vengan del demonio, interesado en apartarnos del camino que nos lleva a Dios.

Las experiencias de los sentidos tienden a conducir al sujeto hacia si mismo. De ahí la necesidad de evitar la búsqueda de reacciones físicas y emocionales. La tensión interna que lleva consigo esa búsqueda voluntaria de esos estados físicos o mentales artificializa la oración.

Consolaciones o sufrimientos naturales y no buscados directamente, ya sean positivos, ya negativos, no son perjudiciales. La intención pura y el deseo sincero y honesto de buscar únicamente al Señor viene seguramente de Dios, que habita en el corazón puro.

Alegrías y sentimientos naturales que se perciben durante la oración no siempre son esencialmente malos. Lo que de sensible experimentamos cuando estamos ocupados con reverente y alegre esfuerzo de encontrar a Dios para establecer un vínculo de amor con él, ciertamente no es malo. El verdadero amor permite discernir con claridad lo bueno y lo malo. Es posible que esas manifestaciones de bienestar y de íntima alegría sorprendan al aprendiz de la oración contemplativa. Si el Espíritu del amor aprueba esos sentimientos a partir de lo íntimo del alma, deben ser aceptados como buenos.

La esencia de la vida espiritual es la buena voluntad, la pureza de intención. La consolación sensible no forma parte de esa esencia. Esta es buena y puede ayudar, aunque algunas veces perjudica. Una persona puede llevar una profunda vida espiritual sin experimentar consolación sensible alguna. El guía más seguro en la búsqueda de la oración contemplativa es el normal impulso de amar que brota de un corazón puro y despegado de las cosas del mundo. Por lo demás, sin ese amor, por más franco que sea, nada de útil se puede emprender en el reino de la genuina espiritualidad.

Amar a Dios significa siempre una dedicación per-sonal e incondicional a él. Y esto se hace posible en la medida en que la voluntad y los deseos del hombre sintonicen con la santa voluntad de Dios. La primera señal de que ya existe un comienzo de armonía entre nuestra voluntad y la de Dios es un estado más o menos permanente de alegría y de entusiasmo en la oración.

La buena voluntad es, sin duda, la señal inequívoca de estar en el camino seguro para conseguir una vida de oración más profunda. Las consolaciones ligadas a los sentidos, e incluso aquellas que brotan del espíritu, son únicamente accidentales.

En esta vida terrena, esas consolaciones no pasan de ser meras contingencias. En la eternidad feliz constituyen, en cambio, una parte esencial de la gloria con que Dios recompensa a sus fieles amigos, los santos. Entonces, esas experiencias, unidas directamente al cuerpo, servirán para unir también cuerpo y espíritu en una armoniosa unidad indestructible.

Mientras vivimos sobre la tierra, el núcleo generador de cualquier consolación ligada a la oración es, indiscutiblemente, la buena voluntad. La voluntad madura es incapaz de experimentar alegrías y consolaciones a las cuales no sea capaz también de renunciar libremente si Dios así lo pide.

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