La FilocaliaOración contemplativa

Diácodo de Fótice

El mal no está en la naturaleza, y nadie es malo por naturaleza, pues Dios no hizo nada malvado. Cuando alguien, por su ambición, lleva al estado de forma aquello que carece de sustancia, esto comienza a ser lo que su voluntad le hace ser. Es Importante entonces, en una preocupación constante por el recuerdo de Dios, despreciar el hábito del mal, ya que la naturaleza del bien es mucho más fuerte que el hábito del mal, puesto que una es, mientras que la otra sólo tiene existencia en el acto.

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El libre arbitrio consiste en la disposición de la voluntad razonable a moverse hacia su objetivo. Persuadámosla, entonces, a no tener disposición más que hacia el bien, a fin de destruir en todo momento, mediante los buenos pensamientos, el recuerdo del mal.

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La ciencia es fruto de la oración y de una gran paz, unidas a una completa ausencia de inquietud; la sabiduría es fruto de la humilde meditación sobre la palabra de Dios y, sobre todo, de la gracia del dispensador, Cristo.

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Reconoceremos entonces, sin riesgo de equivocación, la calidad de la palabra divina, cuando nos consagramos, durante las horas en que no debemos hablar, a un silencio libre de preocupaciones, acompañados por un ardiente recuerdo de Dios.

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Escuchad el abismo de la fe y él alzará sus olas, consideradlo en una disposición de simplicidad, eso es la alabanza. El abismo de la fe, el leteo donde se olvidan los pecados, no tolera ser considerado por pensamientos indiscretos. Naveguemos en sus aguas con simplicidad de espíritu y así arribaremos al puerto de la voluntad divina.

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Purificándonos por una oración ardiente entraremos en posesión del objeto deseado; gracias a Dios, con una experiencia más plena.

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El combatiente debe en todo tiempo conservar quieta su inteligencia a fin de que el espíritu pueda discernir los pensamientos que la sostienen, encerrar aquellos que son buenos y enviados por Dios en los tesoros de la memoria y rechazar fuera de los depósitos de la naturaleza los pensamientos funestos y demoníacos…

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Muy raros son aquellos que conocen exactamente sus propias caídas y cuyo intelecto jamás deja de embelesarse con el recuerdo de Dios…

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Si su divinidad (la del Espíritu santo) no ilumina poderosamente los tesoros de nuestro corazón, es imposible que podamos gozarlos con un sentimiento indecible, es decir, con una total disposición.

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El sentimiento es la captación segura, por el intelecto, del objeto discernido…

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Cuando nuestro intelecto comienza a percibir el consuelo del Espíritu santo, entonces, durante el reposo nocturno, en el momento en que tendemos hacia una especie de sueño muy ligero, Satanás consuela al alma con un sentimiento de falsa dulzura. Si el intelecto se encuentra vigorosamente fortalecido por un recuerdo ardiente del santo nombre del Señor Jesús, y si hace de ese santo y glorioso nombre una arma contra la ilusión, el artesano de la mentira se retira para emprender una guerra abierta contra el alma. El intelecto reconoce entonces el fraude del maligno, sin tomar en cuenta que progresa, también, en la experiencia del discernimiento.

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El buen consuelo se produce, sea que el cuerpo vele, sea que se disponga a entrar en una especie de sueño, cuando alguien adhiere, por así decir, al amor de Dios con un ardiente recuerdo. El consuelo engañoso se produce siempre, ya lo he dicho, cuando el combatiente es tomado por un ligero sueño sin tener más que un semirecuerdo de Dios. El primero, siendo de Dios, viene, evidentemente, para un alivio profundo, para invitar al amor al alma del combatiente de la devoción. El segundo, cuya naturaleza consiste en soplar sobre el alma una brisa engañosa, intenta despojarla, a favor del sueño del cuerpo, de la experiencia que vive aquel que conserva intacto el recuerdo de Dios.

Si el intelecto se encuentra, como he dicho, en un recuerdo atento del Señor Jesús, armado de la gracia y de la fiereza que le da su experiencia, disipa esta brisa de falsa dulzura del enemigo y, alegre, emprende el combate contra él.

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Si el alma, con un movimiento seguro y sin imágenes, se inflama de amor por Dios llevando, por así decirlo, al cuerpo mismo hasta las profundidades de ese amor indecible – ya sea que el cuerpo del que está movido por la santa gracia, vele o entre en el sueño – sin otro pensamiento que el término del movimiento que lo lleva, sabed que esto es obra del Espíritu santo. Pues, colmado totalmente por esta inexpresable suavidad, le es imposible concebir nada, en tanto que es raptado por una alegría inexpresable.

Si el intelecto concibe, en esta moción, la menor duda o algún pensamiento impuro, incluso si recurre al santo nombre para rechazar el mal y no únicamente por amor de Dios, es necesario concluir que este consuelo, bajo su apariencia de alegría, viene del mentiroso. Esta alegría indecisa y desordenada es la del que viene para llevar el alma al adulterio. Cuando él ve el intelecto fuerte hundirse en esa experiencia sensible, por ciertos consuelos engañosos conduce al alma, para que, relajada por esta yana y cómoda dulzura, no reconozca la mezcla de mentira. Nosotros debemos discernir el espíritu de verdad del espíritu de mentira. Pues es imposible gustar íntimamente la bondad divina y experimentar conscientemente la amargura del demonio si no se tiene la certidumbre absoluta de que la gracia estableció su morada en lo profundo del intelecto, mientras que los espíritus malvados circulan alrededor de los miembros del corazón. Esto es lo que los demonios ocultan a los hombres a cualquier precio, a fin de que el intelecto, debidamente informado, no pueda precaverse contra ellos con el recuerdo de Dios.

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Que nadie espere, a través del sentimiento o del intelecto, una visión de la gloria de Dios. Decimos que el alma, una vez purificada, siente, con una sensación inexpresable, el consuelo divino; no decimos que se le aparecen objetos invisibles, pues «caminamos en la fe y no en la clara visión» (2 Cor 5, 7). Si alguno de los combatientes ve una forma ígnea o una luz, que no acepte esa visión ya que es un engaño del enemigo, del que muchos, por ignorancia, han sido víctimas y que los ha apartado del camino recto.

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Es imposible dudar que el intelecto, cuando comienza a ser frecuentemente tocado por la luz divina, deviene transparente por entero, hasta el punto de ver su propia luz en alto grado. Esto se produce cuando la potencia del alma se adueña de las pasiones. Pero todo lo que se muestra al intelecto bajo una forma cualquiera, luz o fuego, proviene de las maquinaciones del adversario. El divino Pablo nos lo enseña claramente cuando dice que «él se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Que nadie abrace la vida ascética impulsado por una esperanza de tal naturaleza… que su fin único sea llegar a amar a Dios en la intimidad y con toda la plenitud del corazón…

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La vista, el gusto y los otros sentidos debilitan la memoria del corazón cuando nos servimos de ellos sin discreción. Nuestra madre Eva nos lo enseña. En tanto ella no mira con complacencia al árbol prohibido, guarda cuidadosamente el recuerdo del mandato divino. Es que, todavía al abrigo de las alas del amor divino, ella ignoraba su desnudez. En cambio, cuando ella miró al árbol con complacencia, lo tocó con ambición y, finalmente, gustó su fruto con vivo placer; al instante fue presa del deseo de la unión carnal, entregándose con pasión al hecho de su desnudez. Ella se abandonó al deseo de gozar de las cosas presentes, mezclando a Adán en su propia caída por la dulce apariencia del fruto.

He aquí por qué el intelecto humano debe recordar a Dios y a sus mandamientos. En cuanto a nosotros, no dejemos de fijar nuestros ojos sobre el abismo del corazón en un recuerdo incesante de Dios, recorriendo esta vida amiga del engaño como si fuéramos ciegos. Es propio de la sabiduría verdaderamente espiritual cortar sin cesar las alas de nuestro deseo de ver. Job, el hombre que sufrió mil pruebas, nos lo enseña: «Mi corazón corrió tras de mis ojos» (Job 31, 7). Esta disposición es un indicio de perfecta temperancia.

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Aquel que, en todo tiempo, habita en su corazón, se aparta por entero de los encantos de esta vida. Marchando según el espíritu, no puede conocer la codicia de la carne. Hace sus idas y venidas en la fortaleza de las virtudes, y las virtudes son las guardianas de la fortaleza de su pureza. Por eso las maquinaciones de los demonios son impotentes contra él…

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Escaparemos a las tibiezas y a la molicie si imponemos a nuestro pensamiento límites muy estrechos, fijándolo únicamente en Dios. Sólo apoyándose en su fervor el intelecto podrá liberarse de toda agitación irrazonable.

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El intelecto, cuando hemos cerrado todas sus salidas por el recuerdo de Dios, exige, absolutamente, una actividad que ocupe su diligencia. Se le dará entonces el «Señor Jesús» por única ocupación y para que responda por entero a su fin. Está escrito: «Nadie puede decir Jesús es el Señor si no es en el Espíritu» (1 Cor 12, 3). Que ella no deje de considerar con todo rigor estas palabras en su morada interior para no desviarse en imaginaciones. Pues cualquiera que repita sin descanso ese nombre santo y glorioso en las profundidades de su corazón, llegará a ver, algún día, la luz de su intelecto. Reteniéndolo con cuidadosa severidad en su interior él consumirá todas las manchas en la superficie de su alma con un sentimiento poderoso. «Tu Dios, dice la Escritura, es fuego abrasador» (Dt 4, 24). Por eso es que el Señor invita a un poderoso amor a su gloria. Ese nombre glorioso, totalmente deseable, fijado en el corazón, ardiente por la memoria del intelecto, hace nacer una disposición para amar en todo tiempo su bondad, sin encontrar impedimentos. He aquí la perla preciosa que se puede comprar vendiendo todos los bienes y cuyo descubrimiento procura una alegría inenarrable.

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La alegría del principiante es distinta de la de aquel que llegó a la perfección. La primera no está exenta de imaginación, la segunda tiene el poder de la humildad. A mitad de camino se encuentra el apesadumbrado, amado de Dios, y las lágrimas sin dolores… Es porque el alma debe ser, en primer lugar, llamada al combate por la alegría inicial, después retomada y probada por la verdad del Espíritu santo, por los pecados que ha cometido y por las disipaciones de las que todavía se siente culpable. Probada, por así decirlo, en el crisol de la divina reprimenda, el alma adquirirá, en un ferviente recuerdo de Dios, la operación de la alegría sin fantasmas.

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Cuando el alma es turbada por la cólera, oscurecida por los vapores de la ebriedad o atormentada por una tristeza malsana, el intelecto es incapaz aunque se lo violente, de dominar el recuerdo del Señor Jesús. Cegado totalmente por la violencia de las pasiones, se convierte en un extraño a sus propios ojos. Su deseo de Dios no encuentra dónde aplicar su sello para que el intelecto conserve así, presente, la imagen de su meditación, pues el alma se ha endurecido por la presión de las pasiones.

Sin embargo, aun cuando el objeto de su deseo le ha sido arrebatado al alma por el olvido, muy pronto el intelecto, con su diligencia acostumbrada, retorna a la búsqueda de ese objeto soberanamente deseado y salvador; entonces llega al alma la gracia que la impele a clamar: «Señor Jesús»; tal como ocurre con el niño a quien su madre enseña a repetir, mientras toma su alimento, la palabra «papá» hasta que la criatura adquiere el hábito de llamar a su padre aun cuando duerme y de preferencia a cualquier otro balbuceo. Como dice el apóstol: «Igualmente, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza cuando nosotros no sabemos qué pedir para orar según conviene; porque es el mismo Espíritu quien intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8, 26). Nosotros también estamos en la infancia respecto a lo que es la virtud de la oración y necesitamos siempre su ayuda para que todos nuestros pensamientos sean contenidos y conducidos por su suavidad inexpresable, para que volquemos enteramente nuestro corazón hacia el recuerdo y el amor de Dios, nuestro Padre. En él clamamos sin tregua: «¡Abba! ¡Padre!» (Rom 8, 15).

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Muy a menudo nuestro intelecto soporta difícilmente la oración, a causa de la extrema limitación de la virtud de la oración; en cambio se entrega con alegría a la teología, dada la inmensidad de los espacios librados a la contemplación divina. Para impedirle que caiga en el deseo de hablar en exceso y no permitirle, en su alegría, volar más allá de sus posibilidades, apliquémonos más a menudo a la oración, a la salmodia, a la lectura de las santas Escrituras, sin desdeñar las investigaciones de los sabios cuyas palabras dan garantía de su fe. Haciendo esto no mezclaremos nuestras propias palabras en el lenguaje de la gracia y no dejaremos por vanagloria, que nuestro espíritu se comprometa en la agitación de una verbosidad excesiva. Por el contrario, en el momento de la contemplación, le mantendremos al abrigo de toda imaginación y acompañaremos con lágrimas casi todos nuestros pensamientos. El intelecto entonces, a la hora del retiro, descansado y penetrado sobre todo por la dulzura de la oración, no solamente escapará a todas las desviaciones, sino que se renovará cada vez más para entregarse a los pensamientos divinos prontamente y sin pena, al mismo tiempo que progresará en la contemplación en una disposición de muy humilde discernimiento. Es necesario saber, sin embargo, que existe una oración más allá de toda libertad: es la de aquellos que han sido colmados por la santa gracia en un sentimiento de certidumbre absoluta.

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Cuando el alma se encuentra en la abundancia de sus frutos naturales prefiere la oración vocal e inflama su salmodia. Cuando está movida por el Espíritu santo, salmodia, con dulzura y total entrega, únicamente en su corazón. La primera disposición está acompañada por una alegría mezclada con imaginación; la segunda, por lágrimas espirituales y una alegría profunda, ávida de silencio. Pues el recuerdo (de Dios), conservando su fervor gracias a la discreción de la voz, prepara el corazón para producir pensamientos mezclados con lágrimas y dulzura. Es entonces cuando se siembran con lágrimas, en la tierra del corazón, las semillas de la oración en la esperanza de cosechas futuras. De todos modos, cuando estamos agobiados por una gran tristeza, es necesario elevar un poco el tono de nuestra salmodia haciendo vibrar el alma bajo el arco feliz de la esperanza, hasta que esa pesada nube se disipe gracias a los acentos de la melodía.

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La palabra de ciencia nos enseña que existen dos razas de espíritus malvados. Unos son sutiles, los otros, más materiales.

Los más sutiles atacan al alma, los otros cautivan la carne por medio de abundantes consuelos. Sin embargo, existe una hostilidad recíproca y constante entre los demonios que atacan al cuerpo y aquellos que atacan al alma aun cuando comparten el mismo designio de perjudicar a la humanidad. Cuando la gracia no habita en el hombre, ellos anidan en las profundidades del corazón, como serpientes, y no permiten que el alma dirija la mirada hacia su deseo del bien; cuando la gracia se esconde en el intelecto, ellos atraviesan las partes del corazón semejantes a nubes con el aspecto de pasiones pecaminosas y multiformes, a fin de arrancar al intelecto de su familiaridad con la gracia distrayendo la memoria. Cuando los demonios para turbarnos enciendan las pasiones del alma, en especial el orgullo, padre de todos los pecados, debemos humillar la exaltación de la vanagloria considerando la futura disolución de nuestro cuerpo. Del mismo modo debemos actuar cuando los demonios enemigos del cuerpo se dediquen a despertar en nuestro corazón la fermentación de los deseos malvados. Ese solo pensamiento, unido al recuerdo de Dios, basta para anular todos los tipos de malos espíritus…

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En lo profundo del corazón se generan los buenos pensamientos y aquellos que no lo son. No es que él lleve en su naturaleza los pensamientos que no son buenos, pero ocurre que ha contraído, como continuación del primer extravío, el hábito del recuerdo del mal, recibiendo la mayor parte de los malos pensamientos de la malicia de los demonios… Pues en aquel que se complace en las ideas que le sugiere la malicia de Satanás y que graba, por así decir, su recuerdo en el corazón, se producirán luego, es evidente, esos malos pensamientos.

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La gracia, al comienzo, esconde su presencia al bautizado aguardando la resolución del alma. Una vez que el hombre está enteramente convertido al Señor, entonces, por un sentimiento inefable, manifiesta al corazón su presencia. Después, nuevamente, espera el movimiento del alma; ella permite a los intentos del demonio penetrar hasta lo íntimo de sus sentidos para hacerle buscar a Dios con una resolución más ardiente y en una disposición más humilde.

Cuando el hombre comienza a progresar en la práctica de sus mandatos y a invocar incansablemente al Señor Jesús, entonces el fuego de la santa gracia gana los sentidos más externos del corazón consumiendo la cizaña de la tierra de los hombres con un sentimiento de certidumbre. En adelante, los ataques de los demonios no llegarán sino a distancia de estos parajes, casi sin herir, arañando apenas la parte apasionada del alma.

Una vez que el combatiente ha revestido todas las virtudes, sobre todo la perfecta pobreza, la gracia ilumina por doquier toda su naturaleza con un sentimiento aún más profundo, inflamándola de un gran amor de Dios. Los ataques del demonio se extinguen entonces antes de haber alcanzado los sentidos corporales y la brisa del Espíritu santo conduce al corazón hacia los vientos pacíficos deteniendo los dardos del demonio mientras todavía están en el aire.

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Si vosotros os mantenéis, una mañana de invierno, en un lugar expuesto y miráis hacia el oriente, la parte delantera de vuestro cuerpo será calentada por el sol, mientras vuestra espalda no recibirá ningún calor, ya que el sol no cae a plomo. Igualmente, aquellos que están todavía al comienzo de la operación del Espíritu sólo tienen el corazón parcialmente calentado por la santa gracia.

Asimismo, mientras el intelecto comienza a producir el fruto de los pensamientos espirituales, las partes visibles del corazón continúan pensando según la carne, ya que los miembros del corazón no están todavía totalmente iluminados por la luz de la santa gracia, en lo intimo y sensiblemente. He aquí por qué el alma concibe, al mismo tiempo, pensamientos buenos y pensamientos malos tal como el individuo de mi comparación experimenta, al mismo tiempo, el golpe del frío y la caricia del calor.

Pues, desde el día en que nuestro intelecto se orienta hacia una doble ciencia se encuentra, necesariamente, produciendo, al mismo tiempo, pensamientos buenos y malos, sobre todo si ha llegado a la sutileza del discernimiento: como se esfuerza siempre en pensar bien, el malvado le lleva a su memoria el hecho de que, a partir de la desobediencia de Adán, la memoria se escindió en un doble pensamiento.

Por consiguiente, si nos dedicamos a ejercitar con fervor los mandamientos de Dios, la gracia iluminará nuestros sentidos con un sentimiento muy profundo, consumirá nuestros pensamientos y aliviará nuestro corazón por la paz de una inexpresable amistad, disponiéndonos a pensar cosas espirituales y no ya camales. Es lo que no cesa del producirse en aquellos que se acercan a la perfección y guardan ininterrumpidamente en el corazón el recuerdo de Jesús.

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El intelecto debe en todo tiempo dedicarse a la práctica de los divinos mandatos y al recuerdo profundo del Señor de la gloria.

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Cuando el corazón recibe con una especie de dolor acuciante los dardos de los demonios, hasta el punto de sentirlos clavados en si, el alma debe aborrecer las pasiones pues está en el comienzo de su purificación, y si ella no sufre vivamente la impudicia del pecado no podrá conocer la alegría desbordante inspirada por la belleza de la justicia.

Por consiguiente, aquel que quiere purificar su corazón no cese de abrasarlo con el recuerdo de Jesús. Que sea ese su único ejercicio y su trabajo ininterrumpido. Cuando se quiere rechazar la propia miseria no puede haber un momento de oración y un momento de no oración; es necesario dedicarse a ella en todo instante, guardando el intelecto incluso cuando se encuentra fuera de la casa de oración. Si aquel que purifica el mineral de oro tan sólo apartara un tiempo su hoguera, el mineral que quiere purificar retomaría su dureza. Igualmente, aquel que a veces se acuerda de Dios y a veces no, pierde por la interrupción aquello que creyó obtener por la oración. El hombre que ama la virtud es aquel que no cesa de purificar, mediante el recuerdo de Dios, el elemento terrestre de su corazón, a fin de que, poco a poco, lo malo se consuma en el recuerdo del bien y el alma vuelva perfectamente a su esplendor natural y glorioso.

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