La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Dios escondido en nuestra intimidad

¿Qué tipo de personas consigue hacer una auténtica experiencia de Dios? La respuesta a esta pregunta es: Todas las personas normales, independientemente de su carácter, de su grado de cultura, de su condición social y de su credo religioso, tienen capacidad natural para hacer esta experiencia.

Mediante un pequeño esfuerzo, todos podemos sumergirnos en nuestra propia intimidad, puesto que se trata de una meditación hecha no sobre un objeto exterior ya visto, ni tampoco se trata de recordar hechos o experiencias pasadas. Es la experiencia actual de un acontecimiento totalmente interior que se desarrolla a nivel del conocimiento relativo que tenemos de nosotros mismos, de lo que somos delante de Dios y de lo que Dios es para nosotros. Dios se manifiesta directamente al alma en esa intimidad. Como sabemos, él mora ahí y está a nuestra espera. Si no lo percibimos, es porque somos ciegos; si no lo oímos, es porque somos sordos; si no lo encontramos, es porque andamos lejos de ese santuario interior. Cabalgamos a lomos de nuestra propia imaginación; con nuestra fantasía y nuestra atención recorremos el mundo en busca de él.

Vamos de una iglesia a otra, peregrinamos a santua-rios famosos, visitamos los lugares de célebres apariciones, viajamos a Tierra Santa…, y él nos espera en un rincón recóndito de nuestra propia casa…

La palabra meditación no es apropiada para describir ese proceso de sumergirse y adentrarse en el propio interior. «Meditar» significa reflexionar sobre el significado de uno u otro texto del evangelio.

También puede consistir en ponderar alguna verdad revelada. Mas reflexionar, ponderar, raciocinar, recordar, comparar, deducir, concluir, etc., son todas actividades del intelecto. Se trata siempre de un empeño personal, de un trabajo.

Nada de eso acontece en la contemplación. El esfuerzo que aquí se realiza es únicamente para permanecer en una inactividad total: no pensar activamente, no comparar, no deducir, no concluir… Mas el cerebro produce espontáneamente imágenes, fantasías, recuerdos, pensamientos…, actividad mental de la que apenas podemos tener un conocimiento pasivo.

Es posible tener involuntariamente conocimiento más o menos superficial de cosas que acontecen en nuestra cabeza, en nuestro corazón, en nuestra con-ciencia, sin participar activamente de esos fenómenos.

La única actividad posible en el acto contemplativo es la atención. Pero fijar la atención únicamente en aquello que se ve, que se oye, que acogemos con alguno de nuestros cinco sentidos, ¿puede considerarse actividad? El esfuerzo que exige es, únicamente, de no actuar ni física ni mentalmente. Permanecer únicamente en actitud interna y externa de escucha, de espera…, actitud de apertura a lo que pueda venir.

Algunas condiciones externas pueden favorecer la organización de ese estado interior, como, por ejemplo, el ayuno o la elección de un lugar aislado y silencioso.

El proceso de adentrarse en la intimidad más profunda de uno mismo tiene lugar por etapas. La primera de ellas consiste en un esfuerzo de recogimiento.

Recogerse es retirarse del mundo exterior, el cual percibimos con nuestros cinco sentidos.

Jesucristo describe esta etapa cuando dice: «Cuando orares, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto; y tu Padre, que ve en lo más oculto, te recompensará» (Mt 6,6). La habitación [o cámara] es lugar para reunirse con otras personas, pero también puede ser lugar solitario. «Cierra la puerta», es decir, cierra los sentidos externos para que no entre nadie: ni personas, ni animales, ni cosas, ni ruidos… Es preciso crear un clima de secreto, esto es, de silencio, de misterio, de confidencia. Se ha de tomar una postura lo suficientemente cómoda que permita permanecer lo más inmóvil posible, al menos unos diez o quince minutos.

El que consigue sumergirse en la oración profunda, tiende a permanecer espontáneamente inmóvil durante todo el tiempo en que se encuentra en ese estado. Con cuanta más atención se detenga fijamente en un punto de gran interés, tanto más el cuerpo entra en un estado como de adormecimiento. No ocurre así cuando nos movemos internamente a nivel de la imaginación o de la fantasía activas, voluntariamente dirigidas a cualquier objetivo consciente. En este caso siempre sabemos que nuestro yo está en plena actividad. En el momento en que dejamos de producir y de controlar interiormente lo que queremos que sea, pasamos a un estado de observación pasiva, mucho más atenta a lo que acontece. En ese momento comienza el proceso de inmersión en nuestro interior más íntimo.

El grado de intimidad del encuentro con el Padre depende directamente de ese clima. Cuanto más íntima es la relación entre los protagonistas del encuentro, tanto más profundas, entrañables e insondables son las cosas que uno y otro se comunican. Aquí el discurso verbal y las fórmulas empleadas pierden su sentido. Constituyen más bien un estorbo y un impedimento para la realización de los hechos. Es como si todo el acontecimiento se redujese a un puro acto de conocimiento, vivido con asombro, con enorme estima, con indescriptibles sentimientos de sorpresa, de admiración y de maravilla.

Maravillosa es la llama de la vela que emerge de la oscuridad. Sorprendente, el acorde melodioso que rompe el silencio de la noche, el canto armonioso de las aves que saludan jubilosas el despuntar del nuevo día. Todo esto es algo prodigioso e inesperado dentro de una situación de aborrecimiento y de tedio.

El progresivo vaciarse del conocimiento de uno mismo no quiere decir que no se tenga consciencia de nada. En realidad, ser consciente significa siempre tener consciencia de algo. Una de las cuestiones que aquí se tratan se refiere a ese. algo, que debe interpretarse como contenido de consciencia, que puede presentarse fundamentalmente bajo dos formas distintas: 1) forma activa, creada libremente por el sujeto en plena actividad, ya sea creadora, ya sea defensiva; 2) forma pasiva, que se origina espontáneamente a partir de sensaciones, de recuerdos y de imaginaciones involuntarias.

Los contenidos de consciencia de la segunda forma siempre pueden ser sustituidos voluntariamente por el sujeto por otro contenido voluntario cualquiera, atendiendo siempre a un determinado interés personal. Se les puede también dar vida de una manera pasiva, sin participación activa del sujeto, a la manera de un actor de cine, sin prestar una atención consciente al hecho mismo que en ese momento interpreta.

Vaciar la mente consiste precisamente: 1) en no prestar atención voluntaria alguna, en permanecer pasivo, en no dejarse envolver de modo alguno en los contenidos involuntarios del conocimiento (imágenes, fantasías, recuerdos…); 2) en fijar la atención voluntariamente en ese vacío, en esa ausencia, en espera de que él venga, de que se manifieste.

En ese momento el alma se transforma en un inmenso deseo: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 62,2).

Pero no se puede alcanzar la luz de la oración contemplativa sin atravesar ese túnel oscuro de vacío total. Éste cobra vida con un estado de pobreza absoluta, de dolorosa solidaridad, de penuria interior, de ansiosa búsqueda.

Se trata de un ejercicio de ascesis amargo y penoso que exige perseverancia, valor y entrega personal. La fuerza y el aliento para aguantar y perseverar en el esfuerzo de búsqueda proviene únicamente de la fe y de la esperanza de hallar el «tesoro escondido».

La fe nos da la certeza de que el «tesoro» que buscamos existe realmente en el campo que nos disponemos a excavar. La idea de que, en un momento dado, podamos dar con él nos comunica una energía y un vigor que nos anima a arrostrar cualquier dificultad. La confianza inquebrantable de un próximo encuentro impide que nos desalentemos en el camino.

El descubrimiento del Señor en lo profundo, en lo más íntimo de sí mismo, da al sujeto una sensación de ser uno, fundamentalmente indivisible con él.

Esta experiencia puede evolucionar después y darnos la sensación de unidad con el todo cósmico: la plenitud de estar en Dios. La experiencia de sentirse envuelto por algo inmenso, infinito, de que formamos parte.

Cuando se piensa en las palabras de Cristo «el reino de Dios está dentro de vosotros…» (en medio de vosotros, en el centro de vosotros…), esta experiencia de unión profunda parece el camino natural para una verdadera experiencia de Dios.

No se trata sólo de una teoría, sino de una verdadera experiencia realizada en carne y hueso. Aquellos que consiguen realizar esa experiencia, comienzan a vivir la palabra de Dios, a «vivenciar» con emoción los misterios de la liturgia.

Muchos místicos alimentan su espiritualidad en la fuente de esa experiencia. El gran san Juan de la Cruz, por ejemplo, puede ser plenamente comprendido solamente por aquellos místicos que pasaron, como este santo, por una auténtica experiencia de Dios a ese nivel de profundidad.

La contemplación propiamente dicha se hace en un estado especial de consciencia. Consta, por lo general, de tres distintos estados de consciencia:

  • cuando estamos despiertos y conscientemente atentos a cualquier cosa que sea: CONSCIENTE;
  • cuando dormimos y no tenemos consciencia de lo que acontece en nuestro mundo exterior: INCONSCIENTE;
  • cuando soñamos y tenemos consciencia bastante clara del desarrollo de acontecimientos imaginarios o fantásticos, generalmente relacionados con recuerdos de nuestra vida pasada: SUBCONSCIENTE.

En la contemplación se da un cuarto estado de consciencia que supera en claridad y agudeza intelectiva a los otros tres estados. En este que ahora nos ocupa, la persona contemplativa aparece externamente como dormida: su cuerpo se encuentra realmente en una situación aparentemente igual a la de una persona durmiente.

Sin embargo, a nivel fisiológico, hay diferencias, sobre todo en cuanto a la manera de respirar, metabolismo basal, pulso cardíaco, variación de la temperatura del cuerpo, etc. Se trata de un estado de concentración máxima y tranquila de la persona total, reducida casi completamente a su dimensión espiritual.

La atención descansa total y tranquilamente, absorta en la estupenda realidad puramente interior, percibida únicamente por los sentidos interiores: fe, intuición, iluminación, visión interna… De los sentidos internos participan igualmente la imaginación, la fantasía, la impresión, el sentimiento, el deseo…

Testimonios tomados de personas que se encuentran en este estado, como en la «Meditación trascendental», nos muestran que aquí la persona se encuentra en un reposo más profundo que cuando duerme.

La contemplación espiritual es, de hecho, menos trabajosa que cualquier otra actividad, como, por ejemplo, cantar, rezar, leer, soñar, imaginar, fantasear… En realidad, no es actividad. Es reposo en Dios. No requiere prácticamente esfuerzo alguno. Si algún esfuerzo hay que hacer es el de obligarse a no hacer nada. Se trata de permanecer en un estado absolutamente pasivo, aunque de vigilante espera y calurosa acogida a aquel que nos ama infinitamente más de lo que nosotros pudiéramos amarlo.

No conviene salir repentinamente del estado de oración contemplativa. Es mejor salir lentamente de ese mundo interior para readaptarse, poco a poco, al mundo exterior, en el que pasamos ordinariamente la mayor parte del día.

La mejor manera de llevar a cabo, sin atropellos, esa delicada transición de un estado de consciencia a otro consiste en rezar lentamente, por ejemplo, el padrenuestro. Recitarlo pausadamente, de modo que nos vayamos dando cuenta del sentido de las palabras. Es la oración perfecta que el propio Señor nos enseñó.

Éste es también un modo excelente de ligar íntimamente nuestra vida interior con la jornada ordinaria de trabajo y ocupaciones que a cada uno nos aguarda.

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