La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Dios nos llama

El cristiano en general y el religioso en particular no están obligados a cultivar la oración contemplativa. No se trata de una obligación. Pero es una cuestión de amor. Por tanto, de coherencia.

La gran ley del cristianismo es el amor. Orar y amar. Y amar implica responsabilidades. No se habla de amor de Dios para bromear. El Señor nos toma siempre en serio. Si en estos textos se habla de amor de Dios es porque el hombre puede realmente amarlo, relacionarse con Él de manera semejante a aquella con la que él se relaciona con sus semejantes. Y la relación interpersonal con Dios es oración.

¿Amar a Dios? No son raros los que se preguntan al respecto de este problema qué hacer para convertirlo en una realidad concreta. La decisión personal de abandonarlo todo para seguir a Cristo que nos llama, ciertamente es señal inequívoca de cierto grado de auténtico amor de Dios. Semejante gesto es la premisa indispensable para alcanzar la oración de intimidad más profunda, o de contemplación.

Oración contemplativa es la experiencia que se adquiere en la intimidad del alma o del conocimiento interior. La experiencia interior presupone una previa experiencia exterior. La vida de oración se profundiza de fuera hacia adentro. Es inútil buscar esa profundidad en la oración si antes no tenemos una auténtica experiencia de oración externa. Esta se hace de palabra.

Aquélla, cuando ya se ha conseguido el don de saber rezar externamente, y tiende a profundizar espontáneamente en la vida de oración (contemplación).

Una de las condiciones básicas para que alguien tenga éxito en su esfuerzo por descubrir la oración profunda, es la de disponer del tiempo preciso para ello.

La mayoría de los cristianos y también muchos religiosos y sacerdotes tienen tantas cosas que hacer que, para poder rezar de verdad, tienen que hacer grandes esfuerzos para no comprometer los compromisos ya adquiridos. Y esto es trágico y, a la vez, ridículo. Ridículamente contradictorio y mezquino. Es terrible la calamitosa situación de una vida fundada en una actividad vana y que mueve a la mofa y a la crítica de los que debían ser sus admiradores en la piedad y en el cumplimiento de sus obligaciones.

Afirmar que ni siquiera se tiene tiempo para rezar un poco, es algo tan falso como decir que no se tiene tiempo para respirar.

La vida de oración contemplativa realmente no está hecha para personas superocupadas y siempre llenas de negocios. Tampoco se recomienda, por inútil, a personas livianas, escrupulosas, entrometidas, indiferentes. Tales espíritus difícilmente podrían entender la grandiosa sencillez de las cosas espirituales.

Ni se puede esperar mucho provecho de aquellos que leen muchos libros sobre la oración únicamente por curiosidad y con espíritu crítico.

En cambio, aquellos que son sensibles a las inspiraciones del Espíritu que llama al amor, podrán obtener buenos y abundantes frutos.

Hay realmente personas que tienen consciencia de falta de oración en sus vidas y sufren por ello. A éstas les falta muy poco para que se conviertan y entreguen a la oración. El encuentro inesperado con una buena lectura, un retiro espiritual, una reflexión más profunda, puede marcar el inicio de un completo cambio en su vida espiritual. Basta con que soplen con cuidado en el pequeño fuego para que, poco a poco, la hoguera del amor aumente, prospere y se agigante.

Lo más importante en la búsqueda de una vida de oración más auténtica es la actitud permanente de escucha de los impulsos del Espíritu Santo. Él alienta en todos nosotros y suspira ininterrumpidamente en deseos de nacer en nuestras almas.

Por otro lado, la vida del espíritu solamente es posible en un clima de oración. Pero el Espíritu Santo no puede nacer en el alma de aquel que se le resiste, de aquellos que no lo reciben. Este es, siempre, un problema personal de cada uno de nosotros, problema del que sólo nosotros somos responsables.

Dios llama a todos a una vida de amor y de unión con Él. Y no sólo llama de manera general, por medio de su Palabra escrita en la Biblia, sino que, personal y concretamente, se dirige a todos y cada uno de nosotros, llamándonos por nuestro propio nombre, de tal modo que no nos quede la menor duda de su llamamiento. Todo el que oye su voz no puede por menos de reconocer: «¡Está conmigo!… No hay engaño: Él es quien me llama…»

¿Cómo podría yo reconocer concretamente esta llamada personal? Es relativamente sencillo. Basta con recogerme en lo más profundo de mi intimidad, de mí mismo, y examinar mis deseos. Estos pueden ser bastante numerosos. Examinar si entre ellos no existe aquel que se relacione con el sentimiento y el anhelo de una relación más íntima y más familiar con Dios.

Estoy seguro de que alguna vez en tu vida experimentaste el fenómeno emocional de un cierto enamoramiento por alguna persona particularmente atrayente. Y si ello fue así, ese sentimiento creció y creció… Es posible que, en este caso, no haya ocurrido nada concreto entre ti y esa persona en el sentido de un encuentro personal. Con todo, es probable que la experiencia te haya dejado aparcado para el resto de tu vida.

La atracción emocional y afectiva hacia una persona determinada puede describirse como un deseo de aproximación, de unión, de comunión con ella. Y ese deseo no tiene su origen en el sujeto, es decir, en el que lo experimenta, sino que, por el contrario, nace en el objeto considerado en nuestro caso -en la persona que nos atrae-.

En la fenomenología del amor humano podemos afirmar con razón que esa persona que nos atrae llama. Y llamar de esta manera significa hacerse presente para darse a conocer, despertar en nosotros interés y aceptación, hacerse desear.

Dios nos llama mostrándosenos como el grande, inmenso y único valor capaz de satisfacer nuestras ansias de unión, de intimidad y de comunicación.

Todos los amores humanos a personas y cosas acaban por decepcionar la profunda exigencia del corazón del hombre, tal como dice san Agustín por propia experiencia: «El corazón del hombre está inquieto, y no descansará hasta que descanse en Dios».

El amor que Dios nos tiene es tan grande, que literalmente él nos ata a sí. El comportamiento de Dios para con nosotros es semejante a aquel con el que la madre ata a su hijo consigo misma con los lazos de su innato amor materno. En definitiva, que nadie puede resistirse a un amor tan atractivo y seductor.

Si realmente prestamos atención a nosotros mismos, es imposible no escuchar la voz misteriosa, delicada, seductora y, al mismo tiempo, poderosa y muy tenaz que nos llama al encuentro. El Señor nos hizo para él. Por eso jamás se desinteresará de nuestro destino. Constantemente nos persigue con amabilísima y seductora importunidad. Ni de día ni de noche nos deja de su mano. Siempre nos sigue la pista. Siempre nos sigue de cerca. Nunca nos pierde de vista. ¡Oh, si supiésemos ver y escuchar!…

¡Estimado lector! Si lees estas páginas con interés, supongo que eres uno de esos privilegiados -cristiano, seglar, sacerdote o religioso- que Dios llama para estar más cerca de él.

¿Por qué esta distinción y regalía? Éste es un misterio de su amantísimo corazón. Como nosotros, los hombres, él tiene sus preferencias. Y podemos suponer que su predilección es por aquellos que son internamente más sensibles a sus gestos, a sus palabras. A la menor señal de correspondencia por nuestra parte, él, por así decir, moviliza toda su generosidad y benevolencia para conquistarnos definitivamente. Y no se deja vencer en generosidad. Nos gana, sencillamente, por la grandeza de su munificencia, por la riqueza de sus dones.

Sería extremadamente difícil, si no imposible, amar a Dios si no supiéramos que él nos ama por encima de cualquier medida imaginable. No contento con amarnos de esta manera tan maravillosa y tan incomprensible, él quiso incluso hacernos experimentar ese su inconmensurable cariño que nos tiene. ¡Cuánta gentileza por su parte!

La mejor respuesta que podemos darle será, ciertamente, el aprovecharnos totalmente de ese empuje, de ese vivo deseo que él pone en nosotros para que le acompañemos en el camino de la perfección.

Vivir con él, caminar con él, lo facilita todo. ¿No sería precisamente esto lo que Jesús nos quiso dar a entender cuando dijo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y yo os aliviaré»? (Mt 11,28).

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