El riesgo de la confianzaOración contemplativa

El Creador os devolverá el espíritu y la vida (los Macabeos)

«Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes» (2 M 7, 22-23). Con estas palabras la madre de los siete hermanos macabeos anima a sus hijos a ser fieles a Dios para heredar vida eterna, a soportar el martirio con entereza. Aunque no son palabras dirigidas a Dios, sino a los hijos, muestran una fe y confianza en El inquebrantables.

Todo el capítulo es una bella página de oración en el sentido más hondo de la palabra: actitud de entrega incondicional a Dios capaz de superar todo sufrimiento.

Los libros de los Macabeos no tienen una finalidad histórica. El autor utiliza relatos sin garantizar la veracidad histórica. La finalidad es primeramente agradar, aportar ejemplos y edificar. Es una verdad religiosa la que se expresa.

Nos encontramos en el apogeo del imperio de los griegos, un imperio dividido después de Alejandro Magno. Antíoco Epífanes es el rey que extiende hacia Egipto la dominación griega, y seguidamente entra en Jerusalén y saquea el templo. Se establecen las costumbres griegas y los judíos son obligados a abandonar la práctica de su fe. Es en este contexto, con Jerusalén ocupada, el templo saqueado y la Ley despreciada, cuando tiene lugar el martirio de muchos judíos que preferían ser fieles a la Ley, a Dios antes que al capricho del rey.

Las circunstancias ponen a prueba la rectitud y sinceridad de la fe de los judíos, entre los cuales muchos cedieron a las nuevas leyes, vendieron su fe y sus costumbres para conservar la vida. Otros prefirieron no vivir a cualquier precio.

En el relato del martirio de los siete hermanos, así como en el de Eleazar (que se relata justo antes) la causa inmediata es la negativa a comer carne de cerdo. Pero está en juego mucho más que eso. Está en juego la fidelidad a Dios, a la Ley como concreción de la voluntad de Dios, a la propia conciencia y libertad. La fidelidad se plantea con tal radicalidad que lleva a la entrega de la propia vida.

Aquí entra de lleno el tema de la oración y el tema de la amistad con Dios. Honestamente nos tenemos que hacer la pregunta: ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por ser fiel a Dios? ¿Qué tanto de ti mismo estás dispuesto a poner en juego por Él? Recordemos aquellas frases iluminadoras: «Nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por sus amigos» y «Dime cuánto estás dispuesto a sufrir por alguien y te diré cuánto le quieres», para que nos ayuden a discernir nuestra temperatura interior en relación con Dios.

En el contexto de Israel la Ley es la concreción de la voluntad de Dios, es la manifestación también de su fe en el Dios Único. Como Único que es reclama ser nuestro primer amor. «Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas…» (Dt). Está en juego Dios como primer valor en la propia historia, un valor mayor que la misma vida. «Tu gracia vale más que la vida…» (Salmo 62).

En este camino hacia una vida en plenitud hay dos actitudes fundamentales que neutralizan la relación con Dios o la hacen posible, ambas actitudes están personificadas en nuestro texto por AntÍoco Epífanes y por los hermanos y la madre martirizados.

Antíoco Epífanes: el sobrenombre de «Epífanes» se lo dio a sí mismo. Mandó grabar en las monedas a partir del año 169: Basileus Antiochos Theos Epiphanes, «Dios manifestado», es decir, Zeus o Júpiter, el principal dios, considerándose a sí mismo la manifestación de la principal divinidad. De esta manera justificaba teológicamente su absolutismo despótico.

Nos encontramos con la radical actitud que impide a lo largo de toda la Escritura el acceso a Dios: la SOBERBIA y la autosuficiencia. Antíoco Epífanes es el que aparece como responsable del martirio de los siete hermanos, que no se doblegan a su arbitrariedad.

Los siete hermanos: son personificación del triunfo de la paciencia activa sobre la violencia. En esta página de la historia de Israel se manifiesta por primera vez con claridad la fe en la vida eterna, garantía de que el propio sufrimiento y fidelidad es semilla de algo que será plenitud en el «más allá».

La actitud primera, que Teresa de Jesús siempre tiene en los labios, es la HUMILDAD. La humildad permite reconocer el justo lugar de cada cosa, lo efímera que es la vida, aun siendo preciosa por ello mismo a los ojos de Dios y que el valor supremo de la existencia es Dios. Que se revelará como un Dios de misericordia para aquellos que no miran por sí mismos, como expresa la madre de los Macabeos en el texto citado al principio.

El testimonio de la propia vida es expresión de la mejor oración. Para descubrir si nuestra oración es auténtica hay que dirigir la mirada a la vida.

La entrega de la madre y los hermanos refleja un abandono en las manos misericordiosas de Dios.

Mueren en el cuerpo, pero vencen al miedo; mueren con dignidad sin traicionar a Dios y a sí mismos. Sólo una fe enraizada en la propia vida es capaz de un desprendimiento tan radical, sólo un Amor verdadero se entrega a sí mismo por el otro, por el Amado, hasta la inmolación de sí mismo.

Esta es la gran interpelación que nos dirigen hoy estos mártires desde su generosa entrega, interpelación a nuestra entrega tantas veces condicionada y raquítica, interpelación a nuestra oración en muchas ocasiones adormecedora, descomprometida…

 

¿QUE ES ORAR, DESDE LA INTERPELACIÓN DE LOS MÁRTIRES?

La vida entera es la mejor ofrenda-oración elevada a Dios. Orar es entregar la propia vida, darse por entero. Poner la vida a merced de Dios.

Es ir aceptando la voluntad de Dios sobre la propia vida.

Ir descubriendo a Dios como valor fundamental, primero.

Es abandonarse en manos de Dios y aceptar desnudo el viaje a la otra orilla (a las otras orillas de la tierra prometida, si dejamos nuestra seguridad y nos fiamos de Él).

Orar es amar. Ama quien se da por entero. Aceptar, ser feliz de que nuestra vida le pertenezca… de Él vino y a Él va.

Orar es partirse eucarísticamente con Él en el altar diario de la vida.

Orar es ser seducido de tal forma por el amor de Dios, por su sentir (pathos) que nuestra vida no valga tanto como ese Amor.

Orar no es conservar la vida o protegerla, es perderla. Ir perdiendo el miedo a morir, porque «el amor es más fuerte que la muerte».

Hoy circulan formas de oración que han hecho moda y que tienen la triste virtud de adormecer, evadir, descomprometer…

La oración auténtica es la que despierta y nos hace lúcidos para mirar de frente la historia real y poner la vida en juego. Desde un enfoque cristiano la solidaridad y el compromiso son elementos esenciales de una fe madura y de una oración auténtica. Estos elementos apuntan a una vida que es capaz de salir de sí, morir a sí para darse por amor. El martirio así entendido es una dimensión insustituible de toda verdadera oración.

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