El riesgo de la confianzaOración contemplativa

El que aguarda, sabe que la victoria es suya (Simeón y Ana)

Simeón y Ana son dos de los personajes que el evangelio de Lucas nos presenta relacionados con la primera infancia de Jesús, acogiendo al niño en el templo y bendiciendo a Dios por él.

El encuentro tiene un encanto especial. Por un lado los padres, María y José con el niño, acercándose piadosamente a cumplir lo que mandaba la ley, y por otro, Simeón y Ana, dos ancianos que acogen al niño reconociendo en él la salvación de Dios. Vamos a introducirnos en esta bella escena, desde lo que nos cuenta Lucas, profundizando en su significado para Israel y para nosotros. Por fuerza aquí sólo os brindo unas ideas, si valen, para que cada uno “rumie” y digiera el texto a su manera. La mejor tradición de la Lectio Divina (lectura pausada, orante de la Escritura) nos invita a ir desde lo externo a lo interno del texto. Desde la lectura pausada del texto, saboreando cada frase, cada palabra (leer el texto varias veces, si se quiere, en voz alta), a ir, poco a poco, entrando tú mismo en la escena, tomando posición, deteniéndote, recreándote en alguna palabra o imagen que llame tu atención, pero siempre, esto es muy importante, sin querer llegar a ningún punto que previamente te hayas marcado, ni siquiera es necesario leer todo el texto; es clave, no tener prisa, hacerte capacidad, respirando hondo y suave para que todo tu ser se abra a la sorpresa de este texto, y más que un texto, a la revelación que Dios mismo quiera comunicarte, si quiere. Es un paseo por la escena, como le gustaba hacer a Santa Teresa en su oración entrando a palpar ella misma la humanidad de Jesús con todo su ser, a escuchar, mirar -dejarse mirar, estar con Él. Leer así la Biblia es “inútil “, y, curiosamente, más nutritiva.

El pasaje de Lucas en que se relata la presentación de Jesús en el templo está en el capítulo 2, 22-40. La ley obligaba a la madre a acudir al templo a purificarse después de haber dado a luz (solo obligaba a la madre), y al hijo había que “rescatarlo”, es decir, consagrarlo al Señor (por ser primogénito) y hacer por él la ofrenda que marca la ley: un par de tórtolas o dos pichones (era la ofrenda de los pobres). Cuando acuden al templo de Jerusalén entran en escena Simeón y Ana. Simeón, que significa (etimológicamente) “Dios ha escuchado”, es, según el contexto y la tradición, un anciano piadoso y justo que aguardaba la consolación de Israel. Es un hombre atento, lleno de Espíritu Santo, y ha recibido de Dios la promesa de que no morirá sin ver al Cristo, al Ungido de Dios. No se nos dice que sea sacerdote. Cuando recibe al niño en el templo pronuncia un canto de alegría y hace un profecía a su madre sobre el futuro del niño. Por su parte, Ana, que significa “favor”, “gracia”, no pronuncia ningún cántico, se la llama “profetisa” (“mujer consagrada a Dios e intérprete de sus designios”) (1), se nos dice que alababa a Dios y hablaba a todos del niño. De ella se nos especifica su origen y algunos datos de su vida: de la tribu de Aser, de edad avanzada, viuda. Y dedicada noche y día, a servir a Dios con ayunos y oraciones.

Lucas tiene mucho interés en decirnos cosas importantes a través de estos encuentros humanos. Simeón y Ana que representan el pasado piadoso y esperanzado de Israel dan la mano a la sorpresa de la nueva alianza, la nueva manifestación de Dios, en la figura del niño. Ellos son ancianos, él es recién nacido. El pasado y el futuro se abrazan. La Antigua Alianza da paso a una manera nueva de hacer Dios presente su salvación, su amor a los hombres. Lucas reviste todo el relato de gozo, alabanza, esperanza cumplida (sin negar la contradicción que supondrá para muchos esta presencia de Dios en Jesús).

La oración es siempre un encuentro. El relato de Lucas nos ofrece algunos de los ingredientes que hacen viva y auténtica la oración cristiana. Los orantes son, en este caso, Simeón, principalmente, y Ana. Ellos nos enseñan tres actitudes hacia las que hemos de caminar en la oración:

 

SABER MORIR

(Hablaremos de este punto en capítulo aparte, ahora, solamente, una breve reflexión a propósito de Simeón y Ana). La oración de Simeón está hecha desde el umbral de la otra orilla, es la oración de un hombre anciano, que no tiene miedo a morir, al contrario, la perspectiva de la muerte es para él la paz, y asume entrar en esa paz con alegría. La salvación que ha visto y ha palpado le ha comunicado algo que para todos nosotros es misterioso: en los ojos del niño ha sido él curado del miedo radical que acobarda a todo ser humano, el miedo a morir.

A partir de la salvación que le ha sido dado ver, acoger, la muerte, su propia muerte, tiene un sentido nuevo, gozoso. El cántico de Simeón suena a despedida alegre, tiene tono de exultación, como todos los cánticos del Evangelio de la Infancia (Benedictus, Magnificat, Gloria y, ahora, el Nunc Dimittis).

El verbo “puedes dejar (a tu siervo irse en paz)“, es también en griego “desatar“, “soltar amarras“, “dejar marchar“, “morir“… La muerte es como el desenlace lógico, esperado, el barco se echa a la mar soltando las amarras que lo retenían. Simeón está dispuesto a acoger, desde la paz, el último viaje del descanso. Pide a Dios que “según su promesa” lo deje ir en paz, como los ríos “que van a dar a la mar”, en la bella imagen del poeta, que dibuja el morir como el nacer; enseñándonos que sólo porque existe el morir es bello el nacer. Y sólo el que aprende a morir bebe hasta el fondo el agua viva del presente.

“Ha saltado el viento, y voy a izar mi vela de canciones.
Timonero, siéntate al timón, que mi barca se impacienta por libertarse,
por bailar con el ritmo del viento y el agua”. (2)

¿Qué Dios han percibido Simeón y Ana en los ojos del niño?, ¿qué desconcertante la ternura de Dios hecho frágil balbuceo, invitando a Simeón a abandonarse, a su vez, en los brazos de Dios, acunado, mecido por el Dios al que ahora él acuna?, ¡qué gozo, apenas vislumbrado en la cercanía de Dios, deshaciendo tanto miedo paralizante que destroza la verdadera experiencia del amor de Dios!

Orar es, así, no aferrarse a la vida, aceptar que morir es vivir, que vivir es morir y que todo ello es alegría ya ahora. Orar es relativizar todo lo mío, acogiendo la fugacidad de mi historia, de mis ideas, de mis obras… que mi vida y mis obras sólo encuentran sentido en la salvación acogida, aceptada, celebrada como gracia.

 

ACOGER LO NUEVO DE DIOS

El Espíritu Santo está en estos creyentes atentos y despiertos, conduciéndoles a la verdad. Simeón acude al templo movido por el Espíritu Santo, allí recibe a los padres con el niño, y acoge al niño en sus brazos. En esta actitud tan maternal bendice a Dios proclamando el “Nunc Dimittis”: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…” (Lc 2, 29).

Su oración está hecha de hermosa paciencia. Los dos, en su ancianidad, han sabido esperar la salvación. Dios tiene su momento y “no hay que ponerle tasa”, como diría Teresa de Jesús, no hay que darle ultimátums. Si la oración no es paciente, puede exigir sutilmente de Dios palabras, evidencias, gozos… Saber esperar es permanecer vigilantes.

“Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
-así en la costa un barco- sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
o que la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa”. (3)

A la galera de Simeón y Ana llegó el agua de la promesa de Dios, en su ancianidad. Dios sabe…

Representan aquí, tanto Simeón como Ana, al Israel que se abre a la novedad de la salvación. Se cumplen para Israel y para Simeón las promesas que Dios les había hecho. Es aquí la promesa hecha a Simeón reflejo de la promesa hecha a Israel desde tiempos antiguos. Sorprende la capacidad de Simeón y de Ana para percibir la salvación tan diferente a como pudieran haberla imaginado. Son una muestra ejemplar de la actitud contraria que tomará el Israel oficial en la persona de sus escribas, sacerdotes, fariseos, etc., que no acogerán esta salvación, porque “sabían” muy bien las Escrituras; de hecho, ni Simeón ni Ana son figuras oficiales del templo. Ellos acogen como los pastores y los magos la alegría de Dios, pero, esta vez, dentro del templo, para significar el entronque con lo mejor de la tradición.

Simeón acoge con todo su ser, toda su persona entra en juego. Ha visto y tocado la salvación de Dios. Antes de que su acogida sea un canto, una oración, lo primero que sobrecoge es un gesto: recibir en brazos al niño. Un anciano con un niño en brazos es una estampa que tiene algo de misterio y encanto, es encuentro de dos fragilidades a punto para la vida. El niño se deja llevar en brazos y es suma espontaneidad, el anciano está presto para el salto al otro mar. La piel arrugada y encallecida del anciano toca la fina y blanda piel del recién nacido.

Es en este momento del comentario donde te sugiero que hagas una parada, tomando ambas actitudes: acoge, recibe, mece y baila al niño-Dios en tu regazo, siente a Dios pequeño en lo más profundo de ti, prestándole tu piel y tu sensibilidad. No hagas a Dios un lejano, distante y frío ser. Tú eres ahora Simeón, mira los ojos del niño… Haz, también, de niño, sintiéndote un pequeño enviado de Dios, dejándote querer, “sin miedo a la ternura, sin miedo a sonreír, sin miedo…” (como dice la canción de Rosana). Siéntete en las manos de Dios y descansa de tanto afán inútil…

La actitud de Simeón nos hace al anciano amable, no cansado de la vida, amargado, refunfuñando la molestia del recién nacido, protestando la incomodidad de lo nuevo, lo desconocido. Un anciano que acuna un niño, es una parábola para nuestra oración, parábola de sensibilidad y apertura, parábola para nuestras comunidades cristianas, en tantas ocasiones envejecidas amargamente e insensibilizadas, por haber dejado de tocar el misterio tierno de la vida, preocupados más de leyes, ideas, papeles, proyectos, casas, dineros… El anciano, en el umbral de la muerte, no ha desistido de vivir, no ha claudicado ante la tentación de una eutanasia camuflada.

Simeón nos enseña una oración que primero es gesto, mirada, contacto, encuentro con la vida, luego, sólo si lo primero ha sido verdadero, se da la canción y el grito de júbilo. Simeón canta el “Nunc Dimittis” con el niño en brazos. Así hay que orar.

 

PROCLAMAR LA SALVACIÓN A TODOS

Ana “alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). Simeón dice que el niño es “luz para iluminar a los gentiles y gloria de Israel” (Lc 2, 32). La visión, la experiencia, el gozo les lleva a la proclamación, no pueden dejarla encerrada en el pecho. El Espíritu es voz en ellos expresando la alegría unida de Dios y de los creyentes. Los cánticos de Lucas son la celebración festiva de la salvación. Dios y los creyentes, con toda la creación, bailan la danza del reino nuevo, pequeño como un niño y grande como la esperanza de todos los siglos.

Lo que Simeón ve y proclama es luz de los gentiles y gloria de Israel. La luz y la gloria que hacen referencia desde el Antiguo Testamento al Mesías que ha de venir: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. A los que habitaban en tierra de sombras una luz les brilló” (Is 9,1).

Esa luz es para todos los pueblos. Se han roto definitivamente las estrechas barreras de la salvación sólo para Israel. Todos están invitados a ver con esta luz, a vivir de esta esperanza ahora viva.

Los dos ancianos, desde su experiencia, son profetas de esperanza. Lo que han visto y sentido en el niño no es augurio de catástrofe, implacable venganza de Dios por la maldad humana, sino el amor de Dios renovado continuamente en la historia, a pesar del olvido de los hombres.

Orar es ser portadores de paz y esperanza, una paz y esperanza contradictorias para muchos, no una esperanza fácil, porque también para nosotros sera espada que abrirá, partirá nuestra alma -es condición del enamorado ser roto por el mismo amor amado- (cf. Lc 2, 35).

El Cántico de Simeón recitado al caer el día es una invitación a repasar en qué rostros, gestos, detalles… he percibido la salvación de Dios. Nos pregunta por nuestro miedo a la muerte y sobre nuestra disposición para el último salto, invitándonos a la paz. Es el canto del optimismo cristiano. Descansa en la paz, ante la muerte, no hay miedo. Hemos visto la salvación de Dios, hemos visto sus ojos en los ojos de un niño, y estamos alegres.


1. Cf. Biblia de Jerusalén.
2. R. TAGORE.
3. Antonio MACHADO, Consejos.

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-04-18

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