La FilocaliaOración contemplativa

Elías el Ecdicos

La obra del cuerpo es el ayuno y la vigilia; la obra de la boca, la salmodia. Por encima de la salmodia está la oración. La obra del alma es la temperancia y la simplicidad. La del intelecto, la oración de contemplación y la contemplación de Dios en la oración.

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El cuerpo no se purifica sin el ayuno y la vigilia, ni el alma sin la misericordia y la verdad, ni el intelecto sin la contemplación y la conversación con Dios.

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Cuantas más dificultades soportéis, mejor debéis escuchar al que os muestre las pruebas, pues contribuye a vuestra perfecta purificación, sin la cual el intelecto no puede alcanzar la región pura de la oración.

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El elemento malo del cuerpo es la pasión; el del alma, la complacencia apasionada; el del intelecto, la inclinación apasionada. La primera es atributo del acto, la segunda de los otros sentidos, la tercera de la disposición contraria.

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La disposición apasionada del alma se destruye por el ayuno y la oración; la complacencia apasionada, por la vigilia y el silencio; la inclinación apasionada, por la tranquilidad y la atención. La apatheia consiste en el «recuerdo de Dios».

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La facultad racional se sitúa en el límite de la luz sensible y la luz intelectual. Tiene como función ver y efectuar las operaciones del cuerpo por la primera y, por la segunda, las del espíritu (pneuma). Pero, puesto que éste se encuentra debilitado en ella, y aquél ha sido herido como consecuencia de la herencia original, ella no puede fijar totalmente su consideración sobre las cosas divinas más que uniéndose enteramente con el intelecto en la oración.

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Que la oración no se aparte del intelecto más que el sol de su rayo. Sin ella, las preocupaciones sensibles envuelven al intelecto como nubes sin agua y le arrebatan su propio esplendor.

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La oración arroja del alma todos los pensamientos hostiles gracias al refuerzo de las lágrimas, pero toda distracción del intelecto les hace entrar nuevamente.

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La obra espiritual (pneumática) no necesita de la obra del cuerpo para subsistir. Bienaventurados aquellos que han dado preferencia a la obra inmaterial sobre la material. Han llenado de ese modo la ausencia de la segunda, viviendo la vida secreta de la primera, secreta, pero conocida por Dios.

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La separación original del intelecto de su morada propia le ha hecho olvidar su esplendor. Le es necesario, entonces, olvidar los objetos de aquí abajo y elevarse hacia su esplendor mediante la oración.

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El amor de la oración monológica sea el testimonio del intelecto agradable a Dios; la palabra oportuna el de la razón sensata; el gusto uniforme el del sentido liberado. Se dice que estas tres cosas componen la santidad del alma.

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No todos persiguen el mismo objeto en la oración. Uno ora para que su corazón, si es posible, esté en todo tiempo con la oración y lo trascendente. Otro para no ser interceptado por sus pensamientos durante la oración. Todos oran para permanecer en el bien y no ser desviados hacia el mal.

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Aquél se mantiene de este lado del primer velo apartado durante su oración. Aquél penetra en el interior, es el que realiza la oración monológica. Sólo penetra en el Santo de los santos aquel que, en la paz de todos los pensamientos naturales, escruta los atributos de la sustancia que sobrepasa toda inteligencia, siendo gratificado aquí abajo con una cierta «fotofanía».

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La ley de la oración acucia a los principiantes a la manera de un maestro. Para los que han progresado, es el heraldo que llama a los pobres y hambrientos al lugar del banquete.

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A los que se dedican como conviene a la vida activa, la oración los cubre como una nube con su sombra y los protege del ardor de los pensamientos, o bien destila sobre ellos gotas de lágrimas y los abre a la contemplación espiritual.

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El intelecto que pretende abrirse distintos caminos se revela insaciable. Aquel que se recoge en el camino único de la oración, sufre en la medida en que no ha llegado a la perfección y suplica que se le libere para poder volver al lugar de donde procede.

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El intelecto, exiliado de lo alto, no volverá a subir antes de haber demostrado un absoluto menosprecio por las cosas de aquí abajo mediante su aplicación a las cosas divinas.

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Si no consigues ocupar tu alma únicamente con los pensamientos que le conciernen, al menos obliga a tu cuerpo a vivir como un monje, teniendo sin cesar en el espíritu su miseria. De tal modo, con el tiempo y la misericordia de Dios, podrás volver a la dignidad de tu nobleza primera.

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Cuando hayas liberado tu intelecto de la ligazón con la carne, el alimento y las riquezas, todo lo que hagas será aceptado por Dios como un don puro. El te lo restituirá abriendo los ojos de tu corazón, haciéndote meditar a libro abierto en sus leyes allí escondidas. Esas leyes, por la suavidad que expanden, parecerán más dulces a tu paladar espiritual que un panal de miel.

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Los pensamientos no pertenecen a la parte irracional del alma: los seres sin razón no tienen pensamientos. Menos aún a la parte intelectual: los ángeles no tienen pensamientos. Ellos son los vástagos (brotes) de nuestra parte racional. Toman la escala de la imaginación para llevar al intelecto los mensajes de los sentidos y vuelven a descender hacia los sentidos para comunicarles las intenciones del intelecto.

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La calidad del grano aparece en la espiga; la pureza de nuestra contemplación, en la oración. La espiga recibió, para alejar a los pájaros ladrones, una defensa de lancetas, sus barbas. La oración recibió de la inteligencia las pruebas para destruir a los pensamientos.

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Fue prescrito a los antiguos ofrecer en el templo las primicias de la era y el lagar. Nosotros debemos presentar a Dios las primicias de la vida activa, que son temperancia y verdad; y las de la vida contemplativa, que son el amor y la oración. Mediante estas últimas rechazamos los impulsos irracionales de lo concupiscible y lo irascible; por las primeras, los pensamientos vanos y sus asechanzas.

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El fin de la vida activa es la mortificación de las pasiones, el de la vida gnóstica, la contemplación de las virtudes.

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El activo sorbe la bebida de la compunción en la oración. El contemplativo se embriaga con el cáliz excelente. Uno, reflexionando sobre el orden de la naturaleza; el otro, ignorándose a si mismo en la oración.

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El activo, en la oración, lleva sobre su corazón un velo, la ciencia de las cosas sensibles que sus ataduras le impiden levantar. Sólo el contemplativo, que no tiene ataduras, puede, en cierta medida, ver a rostro descubierto la gloria de Dios.

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La oración que acompaña a la contemplación «pneumática» es la «tierra de promisión donde manan la leche y la miel»:la ciencia de las razones divinas sobre la providencia y el juicio.

La oración que está acompañada por una cierta contemplación natural es el Egipto, donde el que ora encuentra el recuerdo de los deseos groseros. La oración simple es el maná del desierto, cuya uniformidad sustrae a los impacientes los bienes de la promesa, pero procura a aquellos que soportan pacientemente este alimento monótono (restringido) el gusto excelente y perdurable.

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El pórtico del alma razonable es el sentido; su templo, la razón; su pontífice, el intelecto. Se mantiene, en el pórtico, el intelecto asolado por los pensamientos intempestivos; en el templo, el intelecto sacudido por los pensamientos oportunos; aquel que escapa a los unos y a los otros es considerado digno de entrar en el divino santuario.

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Esta oración simple es seguramente la oración monológica: el plato único por oposición al menú variado de las contemplaciones inferiores a la «teología».

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El activo desea la disolución del cuerpo y la unión con Cristo a causa de las penas de esta vida. El contemplativo estima mejor permanecer en la carne a causa de la alegría que recibe de la oración y para beneficio de su prójimo.

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La contemplación de los inteligibles es un paraíso. Por la oración el gnóstico entra allí como en una casa interior. El activo es semejante a un transeúnte al que, a pesar de su deseo, le resulta imposible entrar por causa de su edad espiritual.

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Llegada la primavera, el potrillo no soporta el establo ni el pesebre. Igualmente, el intelecto novicio no puede mantenerse largo tiempo en la estrechez de la oración: encuentra más agradable ganar los espacios de la contemplación natural, aquella que se encuentra en la salmodia y la lectura.

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La vida activa tiene los riñones -las potencias vitales- ceñidos por el ayuno y la pureza. La vida contemplativa lleva las antorchas ardientes de las virtudes gnósticas: el silencio y la oración. La primera tiene como pedagogo a la razón; la segunda, al verbo interior como paraninfo.

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El intelecto imperfecto no tiene autorización para penetrar en la viña cargada de frutos de la oración, sólo tiene acceso, como el pobre admitido a la rebusca de granos, a los ecos simples de los salmos.

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Entre aquellos que son introducidos ante el emperador, no todos cenan con él. No todos los que vienen a la cita con la oración participan en la contemplación que la acompaña.

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El irascible tiene por freno adecuado el silencio; el deseo irrazonable, el alimento mesurado; la razón reacia, la oración monológica.

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El intelecto que en la oración entra en el alma conversará en la cámara nupcial como el esposo y la esposa. Aquel que no tiene permiso para entrar se mantiene afuera, gritando y lamentándose: «¿Quién me conducirá hasta una ciudad fuerte?» (Sal 60, 11). ¿Quién me guiará para que no vea, en mi oración, sus furores engañosos?

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Los demonios tienen una extrema aversión a la oración pura. Lo que los aterroriza no es la multitud de los bienes, como los efectivos del enemigo pueden aterrorizar a un ejército. No, es el recuerdo y la armonía de los tres: intelecto y razón, razón y sentidos.

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La oración simple es el pan que fortifica a los principiantes. La oración acompañada por una cierta contemplación, el aceite que suaviza. La oración sin forma ni imagen, el vino perfumado que pone fuera de si mismos a los que con él se embriagan.

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Los que oran, teniendo el alma todavía ligada a las pasiones, por el hecho de ser aún materiales, están rodeados de renacuajos: los pensamientos que los arrastran. Aquellos que han introducido mesura en sus pasiones son distraídos por contemplaciones que se asemejan a ruiseñores saltando de rama en rama, ellos pasan de una contemplación a otra. Los impasibles (apatheia) conocen en la oración un gran silencio y una extrema libertad de representación y de conceptos.

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Cuando el sol se eleva, las estrellas se ponen; los pensamientos se retiran cuando el intelecto recupera su reino natural.

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Dios ve a todos los hombres. Ven a Dios aquellos que no miran nada en su oración. Aquellos que ven a Dios son satisfechos, aquellos que no han sido satisfechos no han visto a Dios.

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Aquel en quien trabaja una pasión, de ambición o de grandeza, no puede orar puramente. Pues las ataduras y los pensamientos vanos que ello comporta son como lazos que retienen al que quiere alzar vuelo en el momento de la oración. Se asemeja a un pájaro prisionero.


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