El EremitorioOración contemplativa

Epílogo – La Celda

“Me ha llevado a la sala del festín y la bandera que sobre sí alzó es el AMOR” (Can 2,4)

De todas estas riquezas, las primeras semanas de celda no te descubrirán gran cosa, tal vez nada. Confórmate humildemente con aburrirte y dar vueltas. Tienes el corazón en carne viva por todo cuanto acabas de dejar, y en las paredes enjalbegadas nada se dibuja sino sólo un Crucifijo y una Virgen. Hay aún demasiado tumulto en tu imaginación y tu sensibilidad como para que te cautive lo Invisible. Habías soñado con esta casita que tu fantasía te pintaba hermana de la del autor de la imitación de Cristo. En ella estás… y te dan escalofríos. Te entran ganas de fugarte.

Ten paciencia. Ora. Organízate “incontinenti” un ciclo de ocupaciones, lecturas, algún trabajito sobre la Biblia o cualquier otro tema espiritual de tu gusto. Poco a poco descubrirás y saborearás la mística de la celda. Los que la han cantado en términos emotivos que han atravesado los siglos no eran novicios, puedes creerlo, y lo mismo que tú, han probado, de buenas a primeras, su austeridad.

La celda del Ermitaño es una vivienda única en su género. No es el despacho de un eclesiástico, ni la habitación de un jesuita o de un mendicante. El solitario duerme, trabaja, come y se solaza en su celda. Pero su carácter distintivo está en que ella es todo su universo. Salvo sus visitas a la iglesia, no debe buscar nada fuera. Todo se le da ahí, en su minúsculo coto.

Todos los tesoros del Desierto, del Monte y del Templo, de tal forma están ligados a ella que el Ermitaño que la abandone sin un motivo de peso controlado por la obediencia, los pierde al momento. Fuera, nada encuentra, a él no le aprovecha. El Ermitaño está sometido a la celda para la subsistencia del alma.

Es un refugio contra las miasmas del mundo; un lugar santo en que el Señor se hace el encontradizo, sostiene entrevistas secretas con el alma que, por su amor, en ella se recoge, dando de mano a todo lo demás. Es aquella “bodega” (Can 2,4) donde el Amado introduce a su amada para embriagaría con su presencia y sus dones.

Entregarse en ella a futilidades sería profanarla. En la celda da Dios audiencia al alma solitaria. Llegado a los confines de la vida terrestre, desprendido de las contingencias que hacen gemir a tantas almas sedientas de Dios, pegadas como están a las duras condiciones de la existencia, el Ermitaño da comienzo a su eternidad en el gozo del Señor.

Si eres generoso veras surgir de la sombra, poco a poco, ese mundo divino en medio del cual vivías sin tener conciencia de él, porque el relumbrón y el alboroto del otro impedía que se manifestara. A tu vez, experimentarás, embelesado, que nunca está uno menos solo que cuando está solo.

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