La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Escuchar y responder

La reflexión más profunda sobre el insondable amor de Dios por nosotros nos deja francamente perplejos. Si nos detuviéramos a considerar nuestra realidad humana personal, no podríamos entender fácilmente el porqué de ese privilegio. ¿Mérito personal? ¡Decididamente, no! ¿Quién soy yo? Nada más que un simple hombre, una simple mujer, como millones de hombres y mujeres. ¿Por qué esa elección a dedo de unos pocos? «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos» (Mt 22,14).

En realidad, todos somos llamados. Parece que todos somos candidatos. ¿Pero los seleccionados?… ¿Quiénes son los llamados? De acuerdo con la palabra de Dios, con el evangelio de Cristo, todos aquellos que responden de algún modo a la invitación de trabajar en la viña del Señor reciben la recompensa según sus obras, según el trabajo que realizan. Habrá sin duda una diferencia en la manera de ser tratados por el dueño de la viña. Al final habrá sorpresas en la manera de ser juzgados por Dios, que conoce todos los secretos del corazón humano. Sucederá que algunos -los humildes, los sencillos, los desinteresados…-, tenidos por últimos, serán preferidos a los que el mundo juzga por primeros, más dignos, más importantes.

Aquellos que descubren la oración y la belleza espiritual de la intimidad contemplativa con el Señor están muchas veces expuestos a una peligrosa tentación: o de orgullo o de autocomplacencia. Pueden sentirse llevados a creer que tienen algún mérito en las cosas maravillosas que el Señor comienza a obrar en ellos. Mas eso es puro engaño. Se trata de una mentira como cualquier otra y, como dice el refrán, «antes se coge a un mentiroso que a un cojo». Ese tal no irá muy lejos.

Todo lo que de bueno acontece en el hombre que se entrega a Dios es fruto de la gracia únicamente. Esta es fuerza, energía, capaz de hacer crecer en la vida espiritual.

Tiene su origen en Dios mismo. Basta con que el Señor suprima ese auxilio para que el hombre vuelva a su miseria anterior. «Sin mí, nada podéis hacer». Suprímase la luz o el calor del sol y la humanidad entera, y la planta más robusta acaba por perecer o morir miserablemente.

¡Ay de la flor que se envaneciese, atribuyéndose a sí misma el brillante colorido de sus pétalos, su exquisito perfume, la robustez del tallo en que se yergue altanera!

La marca de autenticidad de vida de oración es la humildad. El sincero reconocimiento de que todo lo que de bueno acontece en torno a nosotros es obra del Señor.

Es preciso reconocer también lo mucho que el Señor hace por nosotros de manera totalmente gratuita, y ¿quiénes somos nosotros para que él se digne inclinar-se ante nosotros? ¡Jamás podremos comprender por qué Dios nos ama tanto!

Pensar que Dios me ama más que a mis hermanos por el motivo de ser capaz de rezar mejor que ellos es una puerilidad. Puede ser señal de estar en un doble error: primero, porque pensar que rezo mejor que los demás es una mera suposición egocéntrica; segundo, porque seria inequívocamente un pensamiento de orgullo, capaz por sí solo de infeccionar de falso y negativo cualquier grado de vida de oración.

La santidad no es fruto espontáneo de la llamada o invitación del Señor. Judas Iscariote también fue llamado, y sin embargo… Tampoco un cierto progreso en la vida de oración es garantía de salvación. «Sólo quien persevere hasta el fin, será salvo». Poner la mano en el arado y mirar atrás implica un grave riesgo de echarlo todo a perder. Sólo la gracia de Dios puede ayudarnos a perseverar en el esfuerzo de «orar siempre, y orar sin desfallecer».

Esta aventura divina no depende exclusivamente de la voluntad del hombre. Un mínimo de colaboración humana para asegurar el éxito en esa aventura es la sincera disposición de querer caminar y de ser dócil para dejarnos llevar de la mano de Dios, que nos ayuda y nos sustenta.

Ningún niño aprende a caminar si no tiene deseo de hacerlo por si mismo o lanzándose a la aventura ante las manos cariñosas y acogedoras de la madre, que le estimula y regocija con sus pequeños pasitos.

Se trata, por tanto, de no desalentarnos jamás, de confiar alegre y humildemente en la poderosa mano paternal de Dios. Ninguno más interesado que él en el éxito de nuestra amorosa iniciativa de corresponder en su plan de amor.

Lo más importante que él nos pide para alcanzar el objetivo de unión, de comunicación de amor mutuo, es que nos dejemos amar por él. El resto -él lo sabe muy bien- vendrá por sí mismo, porque «amor con amor se paga». La reacción más espontánea del amado es la de corresponder a ese irresistible estímulo. Es difícil, por no decir imposible, no amar a quien nos ama.

Por otra parte, es necesario, en este asunto, tener siempre presente la advertencia que Jesús nos hace en su evangelio: «Sin mí nada podéis hacer». Y es verdad. Por eso, en la vida espiritual la iniciativa siempre es de él. Nos corresponde a nosotros abrirle nuestro corazón, acoger y permanecer atentos a todo lo que ocurra en el diálogo extraordinariamente constructivo de nuestra completa realización humana.

Si sabemos corresponder a la maravillosa invitación del Señor, es seguro que nos veremos envueltos en acontecimientos también maravillosos y extraordinarios. El es sencillamente insuperable en generosidad, en magnanimidad. No existe una madre que se le pueda comparar en cuanto al amor que nos tiene. En la parábola del buen pastor, Jesús se esfuerza por darnos a entender algo de esa su disponibilidad, de su amorosa preocupación por nosotros. Basta con leer con atención a los profetas en los pasajes en que él mismo se nos presenta como pastor enteramente consagrado a nosotros, como al rebaño cuyo pastoreo le fue confiado por el Padre. Él nos alimenta con su amor y emprende cualquier iniciativa salvadora con todos aquellos de nosotros que andan extraviados, expuestos a ser devo-rados por el lobo.

En el ejercicio de la búsqueda de intimidad con Cristo es mejor no preocuparse mucho por el pasado histórico de la propia vida. Recordemos aquí que «agua pasada no mueve molino». Que el pasado es cosa muerta. Es innegable que muchos aspectos de nuestra actualidad personal tienen su origen en nuestro pasado. Mas preocuparnos excesivamente del pasado para mejor comprender nuestro presente, nuestra manera de ser en algunos aspectos psicoanálisis, no es precisamente lo mejor para modificar nuestra situación actual.

La mayoría de las personas deseosas de cambiar la vida obtienen mejores resultados cuando dejan de preocuparse de su pasado histórico para confiar más en la misericordia de Dios. Por mucho que lloremos a los muertos, no lograremos traerlos nuevamente a la vida. Por el contrario, puede morir un poco el que los llora. Es mejor mirar adelante y hacia arriba. Ver lo que podemos alcanzar. Descubrir nuevas posibilidades. Elaborar un proyecto generoso y poner manos a la obra. Tomar ánimos y llegar a una decisión. Después, experimentar sencillamente. Y si es necesario, recurrir a algún experimentado amigo que nos pueda ayudar, que sepa apoyar y estimular.

Lo primero que hay que hacer, si queremos comenzar una vida de oración o profundizar en ella, si ya existe, es alimentar el deseo de una mayor intimidad con Dios, con Jesucristo, con la santísima Virgen. El deseo de éxito personal en esta empresa es condición previa para el triunfo. El deseo de alcanzar el objetivo, visto como un valor por el cual vale la pena luchar, es el motor capaz de mover la máquina.

Las sucesivas etapas recorridas con éxito constituyen un motivo poderoso para continuar adelante. La sensación grata de contabilizar resultados positivos es como una inyección de energía que nos permite arremeter y superar cualesquiera dificultades.

De este modo, el proceso de crecimiento, el avance y la progresiva aproximación al objetivo propuesto se suceden ininterrumpidamente.

La alegría de vivir no está ligada al hecho de ser adulto. Nace de la consciencia de que vamos creciendo día a día. En la vida espiritual nadie llega a la plena madurez. Siempre tiene un margen para avanzar un poco más en el sentido de la santidad y de la perfección de Dios. Por eso no hay ni habrá nunca un «¡basta ya! Ya alcancé la meta»… La oración es vida, y ésta tiende a no acabar. Muerte, en el sentido común de esta palabra, es transformación: el aspecto material de la vida cesa y el aspecto espiritual de la misma se intensifica y eterniza.

En la vida espiritual el hombre vive en la verdad en cuanto progresa en ella. La vida espiritual es análoga a la vida biológica. Tiene su origen en Dios, pero su conservación y progreso dependen de la colaboración del hombre. Compete al hombre alimentarla. Dios quiere ser amado por encima de todas las cosas. En realidad quiere todo nuestro amor.

La disposición personal de no negarle nada, de no resistírsele, de vivir sólo para él, es el tipo de cooperación que él espera de aquellos a quienes él concede el privilegio de sus dones divinos.

La gran pregunta que nos hacemos es: ¿Qué haremos y cómo viviremos, en la práctica, para mantenernos y para crecer continuamente en la vida espiritual?

En el capítulo siguiente nos ocuparemos de esta cuestión.

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