El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Hemos visto salir su estrella (los Magos)

Hay que recuperar a los (Reyes) Magos de la Navidad de celofán y bombillas de color, hay que desenvolver nuevamente las figuras del Belén y sacudir el polvo de los siglos que nos oculta toda la fuerza de su gesto. Son solamente unos versículos (1-12) del capitulo 2 de Mateo los que se refieren al episodio de los Magos, y encierran todo un mensaje teológico y espiritual. Te invito a repasarlos y meditarlos en tu corazón nuevamente.

Mirar en Navidad las figuras de los (Reyes) Magos debería hacernos meditar. Los hemos convertido en portadores de regalos e ilusiones muy pegadas a lo material y muy en consonancia con la cultura superficial dominante; pero ellos tienen un regalo mucho mejor que hacernos. Ese regalo está velado en esos versículos de Mateo, y tiene que ver con el hecho de que vieran al niño-Rey.

Los relatos de la Infancia (de Jesús) otorgan el privilegio de ver al niño a los Magos (Mateo) y a los pastores (Lucas), con la deliberada intención de que descubramos qué hace a ambos, pastores y Magos, dignos de verle, y a Herodes con su Corte de letrados incapaces de tal honor.

La palabra-clave que da sentido a esta selección es la palabra humildad, unida a su opuesta, la autosuficiencia. Lo venimos observando en los distintos personajes. Lo que permite a los pastores y a los Magos ver el gran comienzo de la Nueva Alianza es su humildad, su capacidad para asombrarse y ponerse en camino, su hambre y sorpresa.

Tres planos están en juego en el relato de Los Magos, puestos en relación: Herodes y su Corte; unos Magos llegados de Oriente; el niño con sus padres. El niño ocupa el lugar central y, puestos en contraste, con evidente intención, Herodes y los Magos. Se oponen la insolencia del judaísmo al candor del mundo gentil, aunque éste no sepa cómo dirigirse al encuentro con Jesús. Hay un cuarto plano que da sentido al conjunto, en el que se encuadran la estrella, los avisos a los Magos… que son la clara expresión de la fuerza sobrenatural que asiste al niño. Alguien vela por él.

Los dos planos puestos en contraste hablan de dos maneras de acercarse al misterio que se está revelando. Por un lado la insolencia, la autosuficiencia, el orgullo, el poder sostenido por el miedo y el recelo, la falsa seguridad en su conocimiento de Dios… Por otro lado la capacidad para dejarse interpelar saliendo de su tierra, poniéndose en camino, la humildad, la adoración, la actitud de asombro, de sorpresa, etc.

 

“UNOS MAGOS QUE VENÍAN DE ORIENTE”

El texto nos presenta las figuras de unos astrólogos del otro lado del Jordán, interesados en la espera mesiánica. Seguramente astrólogos babilonios. Nada dice el texto de que sean reyes. Este dato procede de un desarrollo posterior de la leyenda. Encontramos a los magos convertidos en reyes a fines del siglo VI, en el libro armenio de la infancia, en el cual los tres reyes son hermanos: Melchor (rey de los persas); Baltasar (rey de los indios) y Gaspar (rey de los árabes). (1)

El hecho de que se decidieran a ponerse en camino da por sentado que para ellos merecía la pena sólo por ver al Rey de los judíos. Nada obtienen de él; su actitud adquiere un precioso tono de gratuidad. La adoración encuentra su mejor preparación en este rendimiento incondicional, desinteresado. No pueden esperar nada inmediato de un rey recién nacido.

 

“HEMOS VISTO SALIR SU ESTRELLA”

Era una idea frecuente en la antigüedad que el nacimiento de grandes personajes fuera señalado por el surgimiento de nuevas estrellas en el cielo.

La estrella provoca la alegría de los Magos. Todo el contexto del Nacimiento de Jesús está penetrado de alegría para los humildes.

Dios nos hace guiños a través de lo real y cotidiano y enciende chispas y estrellas entreveladas en la noche de los tiempos indicando nuevos nacimientos de sendas abiertas en las que Él compromete todo su amor por nosotros.

El amor de Dios en su más plena manifestación, la Encarnación, irrumpe en la historia despertando a los paganos, iluminando a los que habitan lejos. Curiosamente, esa luz desborda ya las fronteras de Israel. Este nuevo amanecer se presenta como promesa de acogida para todos (“Luz para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” Lc 2,79), algo nuevo nos está mostrando el evangelista, y los Magos son testigos de que Dios definitivamente ha roto los muros que le relegaban a una sola raza. La capacidad para ver a Dios empieza a depender fundamentalmente de la actitud del corazón. Este es uno de los principales mensajes de nuestro texto (“Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” Mt 5,8).

La estrella no señala lo extraordinario, sino lo cotidiano habitado de Dios. Dios mismo disfrazado de debilidad y fragilidad.

 

“LE OFRECIERON DONES…”

El don de las ofrendas en el antiguo Oriente era un acto de sumisión y de alianza. Ofrecen los dones de su tierra.

Los Padres y Lutero ven en las ofrendas los símbolos de la realeza (oro), de la divinidad (incienso) y de la sepultura futura (mirra).

 

“LE ADORARON”

Lo admirable del gesto nace de que sean paganos. Por eso mismo hay una palabra en su adoración que nos habla de algo que está en lo más profundo del ser humano, su deseo de Dios y la necesidad de rendir la vida ante Él.

Los Magos son peregrinos despiertos en la noche, anhelando la manifestación de Dios, las señales de Dios (hoy podríamos decir los signos de los tiempos, las señales de su latir…).

Tenemos palabras sobre Dios, pero somos fundamentalmente pobres en la posesión y en la experiencia de Dios. Nuestra indigencia nace de no poseerle. De estar Dios siempre más allá como misterio. Nuestros conocimientos nos satisfacen: una idea, una oración bien preparada, una obra de caridad… nos puede hinchar, nos hace sentir bien y nos complace, pero Dios no está allí, sino más allá y más acá. Dios no puede dejar de ser un reto y se ofrece a los que son “ateos”, a los que tienen vacío interior para que Él pueda llenarles. El occidente cristiano está hinchado de palabras y de dioses en minúscula. La cultura sacerdotal de que se ha barnizado el catolicismo está demasiado segura de teología y moral como para provocar hambre.

Estamos aprovisionados de respuestas humanas y del más allá, y Dios no acaba de poder desnudarnos para que le necesitemos de verdad.

Estamos demasiado pegados a nuestros edificios, a nuestro prestigio, a lo que siempre hemos hecho… como para ponernos en camino hacia la tierra humilde donde está naciendo. Tenemos mucho que perder, y esa es, de momento, nuestra mayor perdición.

Los sacerdotes y letrados le tenían en el templo y en los libros de la ley -amarrado a buen recaudo-, como para buscarle en el pesebre. Tenían que atravesar las murallas de la ciudad, salir de sus hogares templados, ser vistos por los demás caminando hacia lo incierto, poner en duda su segura ortodoxia… si el Mesías surgiera tenían que ser ellos quienes le señalasen con el dedo, más aún, serian ellos los que le indicasen lo que tendría que hacer y decir, “según las Escrituras”, claro. Esta especie de entrada a traición no la podían perdonar, nunca la perdonarían.

Los Magos, sin teorías sobre el futuro rey, se convierten en el mejor ejemplo de la verdadera adoración, nacida de la total implicación, de arriesgar y aventurar su vida, dejando atrás su seguridad.

Este capitulo quiere ser un canto a los creyentes seglares, a los sacerdotes, a la vida consagrada… para que nos pongamos en camino hacia los lugares donde Dios está naciendo. Seguro que no son primeramente nuestras iglesias, nuestras aulas teológicas, nuestras reuniones estratégicas, nuestras comunidades, nuestra seguridad de estar cumpliendo los preceptos de Dios… Nada de eso atrapa o compra la presencia de Dios, aunque pueda despertarnos hacia ella.

Dios está naciendo… ¿Es posible saber dónde?

La respuesta está reservada a los que se pongan en camino. Herodes quería saber eso mismo, y no se le concedió, porque no estaba dispuesto a salir. Eso siempre es doloroso, desestabilizador. Ponerse en camino es empezar otra vez, ir adonde no sabes. Obliga a renovar la confianza fundamental en Alguien que pondrá una estrella en tu senda, para iluminar la noche hacia ese lugar, aún desconocido. Ese Alguien reclama una confianza plena, que te lo juegues todo a sólo Él. Un Dios celoso que quiere ser amado con amor primero.

SAL… de la apatía, de nuestra fe aprendida teóricamente, de nuestro miedo a la libertad, de nuestra desconfianza en Él, de nuestra vida cercada de pólizas de seguros a todo riesgo.., hacia lo humilde con humildad, para convertirnos en testigos alegres de este Dios humilde, pequeño, entrañado en lo débil, hambriento del calor de las criaturas.

Los magos se encontraron con unos letrados al servicio de un poder y con un poder al servicio de la ambición, no encontraron mediaciones adecuadas de la presencia humilde de Dios.

¿Encontraremos nosotros el camino para ser libres y, así, ser transparentes anunciadores de la bondad de Dios hacia los pequeños y hambrientos? ¿Lograremos superar el miedo a perder y, así, poder entrar -confiados en Dios y en su poder- en el inseguro terreno de los pecadores, de los que viven esclavizados por cualquier mal, de los que tienen hambre de esperanza, de los que “pasan” de Dios, de la Iglesia, de “los curas”? ¿ Cómo lograremos estar más preocupados porque resplandezca Él y nuestro prestigio quede a la sombra? ¿Cómo convertir nuestra vida en estrella que ilumina el camino hacia el misterio y luego desaparece?

Recordemos la tentación siempre al acecho del poder, de conservar un Dios aprendido de memoria, defendido con la espada de la tradición, pero al que, tal vez, hemos privado de la capacidad de conmovernos, de arrancar nuestro lado más humano, más tierno, más del corazón, ese lado que dejamos ver ante un niño recién nacido. Recordemos la tentación de hacernos sedentarios, atrincherando nuestra vida, olvidando que somos peregrinos en busca de la luz, atentos a los guiños de Dios.


1. Cf. Pierre BONNARD, Evangelio según San Mateo, Cristiandad, Madrid, 1983 (2ª ed.), p. 43, nota 2.

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

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