La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

La otra realidad

Las antiguas culturas orientales han conservado, a lo largo de los siglos, notables tradiciones ascéticas y contemplativas. En el documento Ad gentes 18, el Vaticano II anima a los estudiosos de la espiritualidad cristiana a que incorporen, con prudencia evangélica, algunas de esas simientes en las prácticas religiosas de oración de acuerdo con la tradición cristiana de Occidente.

Cristo dijo que venía a anunciar la buena nueva a los pobres. Cualquier libro escolar de geografía nos indica cómo en las diversas regiones climáticas de la tierra se produce una vegetación de características diferentes.

Aquellos que se ocupan de la agricultura en el Brasil, por ejemplo, dividirán el país en muchas regiones, cada una de las cuales se presta mejor a determinados cultivos. Así, es prácticamente inútil querer producir maíz en el nordeste o algodón en Río Grande do Sul.

Es interesante notar cómo las grandes religiones tuvieron siempre su origen en ambientes de pobreza. Cristo hace frecuentes referencias a este aspecto como condición de prosperidad de la doctrina que vino a enseñar: «¡Qué difícil es que un rico entre en el reino de los cielos…!» «¡Ay de vosotros, ricos…!» Lo mismo en la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro… «Bienaventurados los pobres…», etc. O también esta otra parábola: «El reino de los cielos es como un tesoro…, dice, el que lo encuentra…»

Para una inteligente comprensión, dos hechos: Todos sabemos que la pobreza para aquellas personas apegadas a los bienes materiales es su infelicidad, su desgracia; para el que nada tiene a qué apegarse, la pobreza constituye su libertad. Los primeros en descubrir el «tesoro» descrito por Cristo fueron los pobres. En la opulenta Roma fueron los esclavos.

Actualmente, nuestro viejo mundo rebosa de pobres por doquier. Existen en gran número en todos los países sin excepción. Viven en chozas, en cabañas, en casas de mala muerte, en palacios, en lujosas zonas de apartamentos…

En cierto modo, el hombre occidental de nuestros días se siente paradójicamente más pobre que muchos orientales, africanos y latinoamericanos. La posesión de la riqueza material o cultural no compensa la pobreza de existir. Únicamente la riqueza de existir, de vida, puede dar un sentido a la existencia.

Si la vida no tiene un sentido, un significado de valor trascendental, la existencia se torna en sufrimiento inútil y rechazable.

Los inquietos hombres de negocios, los esforzados artistas, los drogadictos, los ladrones de guante blanco o los «chorizos», los señoritos de corbata de colorines o los descamisados, los deportistas, los científicos… son, todos ellos, personas insatisfechas que corren tras aquello que pueda mejorar su suerte. También aquellos que pasan de una religión a otra. Todos somos buscadores de tesoros. La esperanza es la última que se pierde en ese correr desenfrenado tras las cosas perecederas de acá abajo, que hasta a los religiosos contagia.

¡Cuántas ilusiones!… ¡Cuántas vidas frustradas y destruidas!…

¡Feliz aquel que descubre el «tesoro» escondido en el campo del reino de Dios!

La condición para hallarlo es que lo busquemos en el reino de Dios y no en otros lugares, en otros reinos. Y lo encontrarán porque lo buscarán en el único campo en que se halla escondido: Agustín de Hipona, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Marcelino Champagnat, Carlos de Foucauld, Gandhi, Francisco de Asís… y tantos otros que se despojaron de todo cuanto tenían para adquirirlo.

Cada día vemos aumentar el número de aquellos que ya no creen en la posibilidad de vivir en paz, en la felicidad del progreso material, en el mundo de la co-municación de masas, ni siquiera en el ambiente engañoso de la droga…

Desde lo más profundo del ser humano resuena una voz, casi siempre reprimida y sofocada, que nos reclama algo capaz de dar un sentido permanente a nuestra vida. Pero, por fortuna, ahí tenemos a las iglesias, a los templos recoletos de nuestras ciudades, que están puestos precisamente en ese lugar para ayudarnos a escuchar esa llamada interior, cada vez más imperiosa, y orientarnos en la búsqueda de esa misteriosa piedra filosofal capaz de resolver todos nuestros problemas.

En tanto no encuentra el remedio para su profunda insatisfacción vital, el hombre vive inquieto, cuando no desesperado.

Todos los hombres tienen la facultad de percibir a Dios, presente en el mundo y en la historia. Pero pocos son suficientemente capaces de atender la llamada interior para tener una auténtica experiencia personal de Dios. Porque muchos cristianos, e incluso religiosos, no se dan cuenta de la realidad palpable de cómo alguien «nos sondea y nos conoce…, de lejos penetra nuestros pensamientos…, todas nuestras sendas le son familiares…, nos estrecha detrás y delante…, nos cubre con su palma…» (Sal 138).

La oración más profunda o la relación de mayor intimidad con Dios es la contemplación. Al contrario de lo que muchos piensan, todos los hombres son potencialmente contemplativos. Algunos privilegiados de Dios recibirán el don de la contemplación infusa. Pero la inmensa mayoría, para hacer oración contemplativa, deben aprender este arte, el más sublime de todos.

Sin embargo, no hay quien no haya recibido el don de predisposición para ese aprendizaje a través de la suficiente información teórica y del perseverante ejercicio, como sucede en el aprendizaje de cualquier otro arte. La auténtica oración, a cualquier nivel, corresponde siempre a un descubrimiento que se hace por medio de la experiencia.

Es decir, todo lo que sabemos, lo que constituye nuestro bagaje de conocimientos, es fruto únicamente de nuestras experiencias personales.

Podemos vivir auténticamente en presencia de Dios y percibir a Dios presente con los ojos de la fe. Tener fe y creer como si se viese con los ojos corporales o lo hubiésemos visto como pudieron verlo los apóstoles y los amigos más íntimos de Jesús.

Los símbolos religiosos pueden ser importantes, incluso necesarios para algunos. Templos, imágenes, fórmulas, objetos piadosos… ayudan a la fe; pero, a fin de cuentas, ocultan la realidad sobrenatural. Contemplar es, en esencia, ver; es relacionarse directamente con el Señor sin la mediación de objetos o de personas. El, y sólo él, es templo, es imagen, es todo.

Desgraciadamente, en nuestra cultura prima el desarrollo de la razón. La razón nos permite ver las cosas materiales y las relaciones complejas que entre ellas existen. Nuestra razón funciona en base a los sentidos externos. Por este motivo, la razón es ciega con relación a las cosas del espíritu.

La cultura moderna procura alimentar lo más in-tensamente posible nuestros cinco sentidos. Por eso no sobra espacio para ver esa otra cara de la realidad total: la cara del espíritu, la cual solamente puede percibirse con los sentidos internos. La oración no es fruto de la razón, como tampoco lo es el amor. «Si no os hiciereis como niños…, no podréis entrar en el reino de los cielos». El reino de los cielos es privilegio de los pequeños, de los sencillos, de aquellos que son capaces de maravillarse delante de las cosas grandes, nuevas, bellas…

Lo fundamental de la religiosidad es la experiencia interior. El gran misterio de Dios, que de modo tan maravilloso nos envuelve, es tal que no puede ser entendido por unas simples criaturas ni por unos formales ejercicios de religiosidad externa.

El gran problema de la Iglesia no es cómo demostrar intelectualmente la existencia de Dios. La situación verdaderamente trágica del cristianismo es, hasta cierto punto, de vida religiosa; es la ceguera del hombre, que se mueve por una civilización materialista.

Cristianos, sacerdotes y religiosos, inmersos en la materialidad de la era tecnológica, simplemente no saben ni conocen lo que podrían ver. Es por esto que la oración, la catequesis y el apostolado educativo resultan totalmente inútiles si no consiguen curar el corazón ciego y empedernido.

No se puede despertar el corazón del hombre para las cosas de Dios con métodos científicos, con técnicas y estrategias pedagógicas y psicológicas, de las cuales se sirven los teólogos y pedagogos en su arte de demostrar realidades al intelecto humano.

Educación y formación religiosas obedecen a otros criterios. Tratan de sensibilizar a los corazones para que se abran a lo bueno, a lo bello, a lo maravilloso delante de una persona excepcionalmente grande, bella, buena y maravillosa en todos los sentidos.

Este objetivo no se consigue con mera palabrería, con discursos y disertaciones encaminados a formar convicciones. La visión interna de la fe es un don a disposición de todos. Para conseguirlo es necesario tomarlo con humildad, renunciar a fórmulas intelectuales y dejarse vencer por ella. Nosotros no podemos entrar en el maravilloso mundo de la espiritualidad, sino que hemos de dejar que ella entre en nosotros. Todo esto es posible si somos lo suficientemente abiertos y receptivos. «El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). Está y no lo vemos. Somos ciegos. ¿Quién nos abrirá los ojos si no lo hacemos nosotros mismos?

El descubrimiento del maravilloso mundo del reino de Dios en nosotros es posible mediante la inmersión voluntaria en el interior más íntimo de nosotros mismos. Allá donde nos encontremos absolutamente solos, delante de aquel que nos espera con los brazos abiertos para la mayor aventura humana: la inmersión de una vida en la más íntima unión de amor con Dios.

¿Cómo se hace esa inmersión en lo más íntimo de nuestro ser? Los más insignes maestros de la vida espiritual aconsejan algunas veces prácticas y técnicas psicológicas concretas. Hablan de esconderse en el propio interior y permanecer absolutamente inactivo, en espera de los acontecimientos. Que debemos apagar completamente los sentidos externos, de modo que ya no perciban nada del mundo exterior. Una actitud de nada ver, de nada oír, de nada sentir, de nada saber. Olvidarse, en fin, de sí mismo. Permanecer, así, en actitud de atenta espera de que él se revele, se manifieste al alma.

Dios permanece inaccesible a la razón humana. El se manifiesta y se revela al corazón abierto, acogedor. No hay ciencia que pueda alcanzar a Dios. Es inútil buscarlo con métodos científicos. Él se encuentra en un lugar completamente oscuro, absolutamente impenetrable a la luz de la razón humana. Solamente le podemos percibir por una luz especial, que no nace del cerebro: la luz del amor.

El descubrimiento de Dios no es el resultado de la deducción lógica de premisas científicas. Dios se revela directamente a aquellos que le buscan con recto corazón.

Buscad a Dios concretamente en la meditación, en la oración, en la experiencia y no en el estudio.

El esfuerzo no ha de ser de la inteligencia, que necesita comprender, sino del corazón, que busca únicamente ver, admirar, contemplar, maravillarse…

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