La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

La vida contemplativa es fruto de la gracia

Para aprender a contemplar y a orar contemplativamente es necesario comenzar a rezar con la mayor intensidad interior posible. Se ha de evitar la abundancia de palabras. Se debe aprender a orar con el menor número posible de palabras. Insistir, mientras sea posible, en rezar con una sola palabra, incluso con monosílabos. Por ejemplo: Dios, sí, no, ¡oh!, ¡más! etc.

La palabra mejor para rezar contemplativamente -monosílaba o no- es siempre aquella que mejor expresa la naturaleza de la propia oración en el momento presente.

Para mejor entender esto que venimos diciendo es preciso explicar primero la naturaleza de la oración. Ésta se describe como «una oración sencilla, reverente y consciente, llena de deseo de crecer en amor y de superar o vencer el mal».

El mal de que aquí se habla, sea por instigación, sea por obra, se resume en el pecado. Por eso, cuando deseamos ardientemente rezar por la conversión de los pecadores, debemos siempre pensar únicamente en las terribles destrucciones causadas por el pecado.

Santa Teresa de Jesús sugiere una interpretación personal: «La oración mental no es otra cosa, a mi modo de ver, que lo que es un tratar de amistad, un estar muchas veces a solas con aquel que sabemos nos ama (Vida 8).

Cuando la mística santa del siglo XVI habla del amor, debemos pensar únicamente en el significado de la palabra DIOS y despertar en nosotros el deseo de estar con él. Esta palabra significa todo cuanto de bueno existe. Dios es la única fuente de todo bien. Él es la misma bondad, el amor en persona.

Por tanto, mal o pecado y Dios son las dos palabras más importantes en la vida de oración. El contemplativo prefiere alimentar su oración con las grandes síntesis comprendidas en esos dos monosílabos.

Para orar o para contemplar con esas palabras no es bueno investigar la naturaleza gramatical o semántica de las mismas. Dejarse llevar por esa actividad intelectual es más trabajo que el que supone la oración en si. Sería, ni más ni menos, bloquear la oración contemplativa. Ésta -ya lo hemos dicho antes- se caracteriza sobre todo por la vivencia y experiencia interior.

Es cierto que la oración contemplativa y la contemplación propiamente dicha no son fruto del estudio, sino de la gracia. Y esta gracia la recibe todo aquel que se abre a ella y que, interna y externamente, está dispuesto a recibirla.

Las dos palabritas pecado y Dios no tienen por qué ser tomadas obligatoriamente para motivar la oración contemplativa. Es cuestión de elección personal. La gracia puede inclinarnos por otras palabras con otros objetivos u otros significados. Lo importante es que la palabra elegida se mantenga fija en la mente cuando queramos orar con palabras sencillas o aisladas.

Aquel que no se sienta inclinado a orar con palabras habrá de rezar de otra manera, como más le convenga en ese momento.

La sencillez de la verdadera oración no impide que ésta sea frecuente. En realidad, no sólo es frecuente, sino que tiende a transformarse en un estado permanente: el estado de oración.

En un momento dado, impulsado por la gracia, el contemplativo entra en determinado estado de oración y en él permanece hasta conseguir que su plegaria reciba una respuesta.

En la vida de oración, los acontecimientos se suceden de modo semejante a lo que acontece en la vida ordinaria de las personas. Si alguien se encuentra inopinadamente en una gran dificultad imprevista, grita espontáneamente: «¡Socorro!, ¡socorro!, o «¡Fuego!, ¡fuego! Y así continuará gritando hasta que su demanda urgente sea atendida.

Cuando el contemplativo se vale de una determinada palabra para orar, no insiste en una clase particular de pecado. No tiene en su mente el orgullo, por ejemplo, o la envidia, o la lujuria, o cualquier otro pecado particular por grave que sea. Únicamente trata de bucear en la realidad espiritual significada por la palabra.

En la vida espiritual, el hecho más serio que afecta siempre destructivamente al equilibrio del alma amante del Señor no es este o aquel pecado particular. Es siempre aquel hecho muy lamentable del pecador, que se encuentra apartado de la amistad de un Dios infinitamente bueno y amable.

La tradicional clasificación de los pecados en graves o leves, en más graves o menos graves, de acuerdo con la norma de conducta transgredida o de ofensa hecha a Dios o a los hombres, no interesa mucho al contemplativo. Lo realmente grave y lamentable en grado superlativo para él es la estremecedora situación del hombre que rompe su relación de amistad con Dios. Sentirse el hombre separado de Dios es para él algo espantoso, terrible, que le roba la paz del alma y se convierte en su mayor tormento.

Por el pecado yo mismo pierdo mi dignidad de hijo de Dios; por el pecado me encuentro solo y desamparado de mi Padre, a quien abandoné en un loco gesto de rebeldía; por el pecado me encuentro sumido en la más absoluta pobreza y en una aflicción tan grande que sólo me queda gritar, con una exclamación desesperada: «¡Padre mío!… ¡Padre mío!… ¡Socorro!… ¡Ayuda!…»

Es difícil describir con palabras el estado espiritual del hombre en pecado. Únicamente la triste experiencia personal nos lo puede enseñar. Sólo la pérdida de aquel de quien dependemos en todo puede revelarnos todo el inmenso infinito valor de ser hijo adoptivo de un Padre todo ternura y amor absolutamente gratuitos.

Si le escuchamos con atención, él mismo nos enseñará el profundo significado de nuestra filiación divina. Él lo hace mejor que cualquier sabio escriturista versado en la sagrada Biblia. ¡ Y escuchemos cómo nos habla, cómo gime y grita en lo íntimo de nuestro corazón!

Solamente la persona espiritualmente sorda o perversa, totalmente enfangada en la sucia materia del pecado, podrá dejar de escuchar ese grito interior de Dios, nuestro Padre.

La propia palabra pecado horroriza al alma contemplativa, hasta el punto de que llega a sentirse abismada en la más absoluta miseria. El hombre contemplativo de tal modo llega a sentir asco y repugnancia del pecado, que, incluso físicamente, se derrumba por el peso moral del mismo, y llora por la pobre humanidad, inconsciente de la pérdida de su propio y maravilloso destino original.

Lo que se dice del pecado vale para el contemplativo tanto cuanto vale lo que se refiere a la palabra de Dios.

Al meditar la palabra de Dios, el contemplativo no se ocupa de ninguna obra particular de Dios. No considera virtud particular alguna, como la humildad, la caridad, la paciencia, la sobriedad, la templanza, la esperanza, la fe, la castidad o la pobreza evangélica. Se ocupa solamente de la realidad espiritual de la palabra de Dios. Las virtudes particulares son únicamente aspectos de esa misma realidad.

La unión con Dios comprende la práctica de todas las virtudes. El que está en Dios posee todos los bienes. Posee a Dios en su plenitud. Por eso ya no puede ambicionar más. Allí donde Dios predomina, todo lo demás, fuera de Dios, es vacío y nada. Cuando alguien se vuelve contemplativo, no se hace tal por sí mismo.

Nadie llega a ser contemplativo por si mismo. Cuando uno llega a la contemplación, sabemos que no es obra suya, sino de Dios.

El contemplativo es siempre obra de Dios. Si tiene algún mérito en ser contemplativo, éste se limita a la docilidad con que esa persona se deja trabajar y moldear por aquel que nos llama, nos quiere y nos ama.

En una de las capillitas de oración de la sede provincial de los Hermanos Maristas de México Central (Quinta Soledad), se lee, debajo del tabernáculo, esta sugestiva frase:

«TÚ ME SEDUJISTE, YAVÉ,

Y YO ME DEJÉ SEDUCIR».

Estas significativas palabras compendian de modo perfecto el misterioso proceso espiritual que transforma al hombre natural en un autentico contemplativo. El fenómeno de la seducción amorosa es siempre el resultado de un doble movimiento afectivo. Una persona que ama apasionadamente a otra que se entrega totalmente y se deja amar.

No hay amante que ame más apasionadamente a una persona que el mismo Dios. El nos engendró y no se cansa de buscarnos, de atraernos, hasta que nos haya conquistado definitivamente.

Por otra parte, el hombre seducido por Dios es tal solamente a partir del momento en que ama apasionadamente a aquel que irresistiblemente le atrae. Todos los amores humanos no pasan de pálidas imágenes de lo que acontece entre la persona que se entrega por entero y Dios, que nos ama apasionadamente.

El gran sufrimiento de los que se dejan conquistar por la grandeza del amor de nuestro Señor Jesucristo es precisamente el pecado. Éste implica siempre un amarguísimo sentimiento de pérdida del más precioso don de la vida: el amor.

El pecado está en relación al amor como el agua está en relación al fuego, o más todavía, como la noche lo está con relación al día. El amor es vida, mientras que el pecado, por el contrario, es muerte.

Es triste, muy triste para el contemplativo la idea de que, a pesar de su buena voluntad, no consigue ser para su Señor únicamente fuego de amor, luz y vida. Por más que se esfuerce, no consigue librarse totalmente de cualquier mancha de pecado. Y es que, desgraciadamente, el pecado forma parte del hombre. Mas esa realidad es un peso, una mancha que le humilla profundamente y le mortifica cruelmente.

Podríamos preguntarnos: ¿Por qué esto es así? ¿Por qué debemos pagar un precio tan alto para amar, si no podemos vivir sin ese sufrimiento de querer amar más y no poder conseguirlo?

Para poder vislumbrar algo de ese misterio es necesario recordar que ésta es una realidad de nuestra vida sobre la tierra. No venimos a este mundo para echar raíces en él. Sabemos que la vida sobre la tierra es de paso, un mero tránsito. La felicidad no se nos da gratuitamente. Debemos conquistarla con trabajo y perseverancia. La vida en la tierra no es más que una espera en el vestíbulo de la eternidad, en el que debemos esperar con paciencia nuestra entrada en la bienaventuranza de un cielo eterno.

Nacemos todos en pecado. Y como nada impuro puede entrar en el cielo -la «tierra prometida»-, el Señor nos conduce al desierto para una previa purificación. Por eso contemplación no es precisamente felicidad. Es más bien tiempo de trabajo y de sufrimiento, de ejercicio y de ensayo de la nueva vida que el Señor nos tiene prometida. Él mismo nos dice que va delante de nosotros para prepararnos un lugar adonde nos llevará después. Allí nuestra vida ya no conocerá sufrimiento ni miedo, cosas que son sólo patrimonio de nuestra condición de pobres pecadores.

El gran principio que orienta al contemplativo en sus trabajos de incesante y exhaustiva búsqueda es: En la medida en que poseas a Dios estarás libre de pecado, y en la medida en que estés libre de pecado poseerás a Dios.

Desde el punto de vista de eficacia espiritual, un grito interior -tal vez imperceptible- es realmente manifestación de la persona en si, de lo que ella es en esencia. Ese grito que sale de lo más íntimo de nuestro ser es la expresión del hombre, de lo que él tiene de más auténtico. El clamor que irrumpe de lo más recóndito y profundo del hombre conmueve el corazón de Dios más fácilmente que los largos salmos, recitados más o menos automáticamente.

¿Y por qué un grito espontáneo o una brevísima exclamación dirigidos a Dios tienen tanto poder sobre su divino corazón? Es fácil de entender. La madre no se deja impresionar por una larga perorata o vano parloteo del hijo. En cambio, se asusta y corre en auxilio del hijo cuando éste la llama con voz fuerte y angustiada, aunque sea una sola vez: «¡Ma-má-a-a-a!…»

Ese grito y esa interjección del hijo expresa para la madre todo un mundo de emociones, que ella conoce muy bien y que sólo ella será capaz de remediar. Orar de este modo es orar con toda la fuerza de nuestro ser, con toda nuestra alma.

Esa oración es profunda, porque sale de lo más íntimo de la persona. Con esta oración el hombre llega a conocer la verdadera naturaleza de Dios: al todopoderoso, al omnisciente, al todo misericordia, al creador de todo cuanto existe, al eterno, al amor de los amores…

El contemplativo vive expuesto a ese Dios y es continuamente transformado por él. La gracia todopoderosa de Dios transforma al hombre y hace de él una persona semejante al propio Dios. De igual modo que el Padre ejecuta al instante el menor deseo y petición del Hijo, Jesucristo, él también atiende con paternal presteza la menor petición o deseo de aquellos que se asemejan a su Hijo divino.

El modo correcto de orar para ser inmediatamente atendido por Dios es orar a la manera de Jesucristo cuando oraba a su eterno Padre. Y aquel que es capaz de orar como oraba Jesús puede estar seguro de que su oración será escuchada por el Padre.

Para orar como oraba Jesús no es preciso que seamos necesariamente iguales a Jesucristo. Ninguno es tan santo como Jesús. Sin embargo, un pecador puede, en principio, rezar como rezaba Jesús. También él será escuchado por Dios y atendido en sus angustias y necesidades verdaderamente espirituales.

Podemos pensar, con toda razón, que el Señor procura estar siempre muy atento cerca del hombre malo y pecador, algo así como lo está la madre, siempre próxima al hijo enfermo y necesitado. Los hijos sanos juegan y brincan, trabajan, estudian… «Jesús come con los pecadores…» » No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5,32).

Incluso los humanos, intrínsecamente malos y pecadores, difícilmente nos resistimos a un enemigo declarado cuando nos suplica auxilio en una situación de extrema necesidad. La angustiosa llamada de «¡Socorro!» es capaz de mover incluso los corazones ordinariamente insensibles al sufrimiento ajeno.

La gracia puede transformar realmente el corazón lleno de odio y convertirlo, hasta el punto de llegar a sentir profunda compasión por un enemigo.

¿Qué pensar, entonces, del misericordiosísimo corazón de Jesús para con el pecador en apuros? Dios posee en plenitud todas las diversas buenas cualidades del hombre. Por misericordiosa disposición suya, participamos de sus atributos divinos, ya que nos hizo a su imagen y semejanza.

Dios es misericordioso por esencia de su ser. Por eso podemos decir que todo él es misericordia. Esta verdad es capaz de despertar una confianza infinita en nuestro Señor Jesucristo.

La vida contemplativa es fruto de la gracia
Anterior

Lugar de la contemplación: el corazón

La vida contemplativa es fruto de la gracia
Siguiente

Contemplación y salud