La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Los tres caminos

Algunos contemplativos a veces experimentan fenómenos espirituales extraordinarios.

Otros hay que viven una estrecha unión con Dios en medio del trabajo a lo largo de sus ocupaciones ordinarias.

En ambos casos puede tratarse de gracias especiales del Señor, sin que ello quiera decir necesariamente que se trate de una recompensa especial por méritos personales. Todas las gracias son siempre gratuita manifestación de la misericordia infinita del Señor.

Es muy importante saber que tales manifestaciones, un tanto excepcionales, de la bondad de Dios no constituyen un elemento esencial de la vida contemplativa.

Ser contemplativo no significa ser capaz de llegar a tener éxtasis o arrobamientos extraordinarios. Si únicamente fuese contemplativo aquel que es capaz de experimentar en su persona tan singulares vivencias, los verdaderos contemplativos serían rarísimos.

En verdad, éxtasis o rapto espiritual son aspectos nada comunes, pero meramente accidentales en la vida de oración. Dios mismo se encarga de orientar la vida espiritual de aquellos que se le entregan con gran amor y simplicidad. Dios da a cada cual según su capacidad innata o según la generosidad de amor y entrega devota a él.

La vida de oración de cada uno no es un privilegio que Dios hace únicamente a algunos de sus amigos. Es un don que ofrece a todos por igual. Pero para que ello se concrete en la vida de todos y cada uno de los llamados es necesario colaborar con la gracia. Es precisamente aquí, en el grado personal de generosidad y de esfuerzo, donde se decide el sí o el no de la cuestión. Ahora el lector podrá comprender por qué algunas personas tienen que esforzarse tanto para conseguir algún resultado positivo, mientras que otros da la impresión de que lo tienen singularmente fácil.

La realidad es que algunos andan tan perezosamente por el camino de la espiritualidad que apenas si se nota progreso alguno, mientras que otros, en cambio, rápidamente recogen el delicioso fruto de la experiencia mística, ciertamente extraordinaria. Hay quien, en un espacio breve de tiempo relativamente corto, logra alcanzar una intimidad mística profunda con el Señor. Consigue entrar en unión íntima con él en cualquier momento, en cualquier circunstancia y, aparentemente, por cuanto tiempo desea. Y todo ello sin alterarse, sin perder el control y el uso de todas sus facultades naturales y espirituales. El hombre en oración o en contemplación se convierte en un precioso joyero, cuyo contenido es el propio Dios. Un templo transformado en morada de Dios vivo.

El camino que lleva a la oración contemplativa es arduo y, por lo general, bastante largo. Recorrerlo con perseverancia exige esfuerzo y puede cansar. Son pocos los que logran alcanzar la cumbre de la contemplación. Pero más reducido aún es el número de los que llegan a disfrutar en plenitud la maravillosa experiencia de una profunda e íntima unión con Dios.

Existen también los amigos privilegiados del Señor. Éstos, por su sabiduría en las cosas de Dios y por su fidelidad a la gracia, consiguen gozar de los frutos de la contemplación tantas cuantas veces quieren.

Precisamente por esa diversidad de dones y de experiencias personales el director espiritual no debe nunca proponer su propia experiencia mística como modelo a seguir por los demás.

Todo el que quiera aprender a contemplar debe saber que tiene que abrirse y preparar su propio camino. El conocimiento previo de la experiencia ajena puede, sin embargo, ser muy útil para la orientación general en esa búsqueda. Pero es totalmente correcto pensar que no hay dos contemplativos cuya vivencia en la experiencia mística sea idéntica. Por eso es siempre peligroso comparar la experiencia espiritual de los demás con la propia. Si tal cosa hiciéramos, podríamos incurrir en un grave error de apreciación.

Es también necesario estar prevenidos contra equívocos y engaños al leer libros que tratan de asuntos o de biografías de ciertos santos. No todo debe ser tomado al pie de la letra en esos ejemplos. No todo lo que allí se dice se puede aplicar a un caso particular. Lo más fácil es que cada uno trate de hacer su descubrimiento personal de la oración contemplativa. Después de este personal descubrimiento, resulta generalmente más fácil repetir la experiencia.

Existen tres caminos distintos de la gracia, para que el contemplativo se decida a elegir según su propia disposición. El primero es un camino de lucha: para vencer los numerosos obstáculos que se interponen entre Dios y quien le busca. Pero, al final, Dios acaba siempre por desvelarse a quien, con sincero y ardiente deseo, procura estar con él.

Conviene, sin embargo, tener presente que la revelación que Dios hace de si mismo a quien lo busca no quiere decir que se trate de una recompensa por el esfuerzo hecho. El resultado que sigue a ese esfuerzo no es nada más que un precioso don totalmente gratuito del Señor. Sucede que ni la intensidad ni la frecuencia de gozo en la contemplación son necesariamente relativos al esfuerzo realizado para procurarla.

Son muchos los casos de contemplativos que tuvieron mucho que trabajar y sufrir para descubrir ese precioso don de Dios y, desde luego, sólo raras veces consiguieron gozarlo verdaderamente. Todo esto es absolutamente normal y no hay motivo para extrañarnos de ello. La gratuidad es siempre un acontecimiento atípico en cuanto a su frecuencia y en cuanto a su intensidad. El Señor merece siempre respeto y gratitud por todo cuanto hace por nosotros. En realidad, no merecemos nada por nosotros mismos. Él no está obligado a darnos nada de lo que le pidamos. Mas porque él nos ama más que a cualquiera de sus criaturas, nos colma constantemente de innumerables beneficios.

El segundo camino para llegar a descubrir la contemplación puede pasar también por el esfuerzo personal de penetración en el mundo espiritual ayudado por la gracia omnipotente de Dios. Ocurre que algunos descubren la contemplación al final de un esfuerzo concentrado y persistente de investigación y búsqueda. Muchos se valen para esto de una metodología bastante racional, indicada en libros más o menos especializados, como, por ejemplo, éste que ahora lees. Los que descubren la oración contemplativa por este camino tienen, generalmente, cierta facilidad para entrar en contemplación siempre que lo deseen.

Existe, en fin, un tercer camino. Consiste en una especie de contagio espontáneo, que sufren personas predispuestas para la vida contemplativa cuando viven en contacto, más o menos intimo, con alguna persona verdaderamente contemplativa.

El contemplativo es, de hecho, como un fuego que arde en amor a Dios. Todo el que se aproxima a ese fuego no puede menos de recibir también luz y calor. Y es muy raro que esa persona no acabe por incendiarse igualmente de amor a Dios. Cuando eso ocurre es siempre seguro que estamos delante de una espléndida obra de la gracia.

Para la mayoría de las personas interesadas en aprender a contemplar es sensato pensar que el segundo de los caminos arriba indicados es más seguro. Para obtener algo no muy fácil es mejor actuar en el sentido propuesto por la sabiduría popular: «Ayúdate, y Dios te ayudará». Te felicito, querido lector, por tu voluntad y por tu decisión, que tal vez tomes, para lanzarte con ánimo en busca del precioso tesoro de la contemplación escondido en tu generoso corazón. Un gran deseo de aproximarse más a Dios, que te llama incesantemente para el amor, garante de tu noble empresa.

Con todo, si la lectura de este libro no llegó a sensibilizarte y a despertar en tu corazón cuando menos un vago deseo de hacer la experiencia de la vida contemplativa, no te perturbes, no te asustes. Nadie está obligado a ser contemplativo. Un gran amor a Dios puede expresarse de muchas y diferentes maneras.

Hay cristianos muy sencillos que andan por las altas cumbres de la contemplación, sin que jamás hayan oído esa palabra siquiera. Más importante que saber rezar contemplativamente es amar de manera sencilla y auténtica a nuestro Señor Jesucristo. El que de veras ama a Dios y a sus hermanos en Cristo vive prácticamente de modo mucho más cristiano que aquel que no ama. Quien dice que ama a Dios y al mismo tiempo maltrata a los hombres es un mentiroso, un hipócrita. Quien ama a Dios no puede dejar de amar a sus hermanos. Todos somos llamados a amar…

Así como hay muchas y diferentes maneras de amar, así también hay modos muy distintos de comunicarse con Dios. Quizá no sea muy fácil para todos captar el sentido de todo cuanto se lee en este libro. Habrá quien sólo llegue a comprender esos textos después de una segunda o tercera lectura atenta de los mismos. Si de veras estuvieras interesado en aprender a rezar mejor, a rezar contemplativamente, tal vez intentes profundizar y comprender este libro. El ha sido escrito precisamente para ayudarte a descubrir lo que deseas.

Quienes ya viven la gracia de la contemplación podrán encontrar en la lectura de este libro la confirmación de algunas de sus ideas, tal vez un poco vacilantes, respecto del asunto. Se sentirán más seguros y proseguirán con mayor entusiasmo por el camino de su santificación. Probablemente muchos de ellos se encontrarán descritos en estas páginas.

A quienes hubieren leído este libro rogamos no aconsejar su lectura a cualquier persona. Es conveniente aconsejarlo únicamente a personas que tengan fe y que buscan sinceramente progresar en la virtud. Las mentalidades mundanas, más preocupadas en buscar satisfacción, nada de esto pueden entender. Incluso pueden ridiculizar a las personas que tratan de ir adelante en la vida de oración.

Pseudoapóstoles perdidos en el activismo alienante de las cosas de Dios podrían incluso afirmar que eso de la oración y de la contemplación es cosa del pasado, cosa de contemplativos clásicos, encerrados voluntariamente en conventos de clausura. No pueden entender que la oración y la contemplación constituyen el alma de todo apostolado.

Mas la verdad es que trabajo social o agitación en medio de los «pobres», en fin, acción sin oración, es algo apostólicamente estéril. Puede ser filantropía o acción social, cosas que tienen ciertamente su utilidad social, pero que no deben confundirse nunca con el apostolado. El verdadero contemplativo es siempre apostólico, porque todo lo que viene de él, actitudes, palabras, acciones, etc., lleva un mensaje evangélico a todos aquellos con los que él entra en contacto.

Para comprender este libro es necesario leerlo del principio al fin. Leer solamente algunas partes extrapoladas de su contexto puede inducir a equívocos de interpretación.

Repetimos que este libro se escribió pensando exclusivamente en personas interesadas de veras en profundizar en su vida de oración. Sólo ellas pueden entender correctamente el sentido de su contenido. Para un materialista, este texto no tiene sentido. Simplemente, no dice nada. Por eso no debe leerlo. Interpretaría el sentido del mismo de manera totalmente equivocada.

Para saber con mayor certeza si Dios nos llama explícitamente o no a la vida contemplativa basta consultar algunas señales que ordinariamente indican una llamada inequívoca del Señor. El interés o la curiosidad no siempre significan atracción ejercida por la gracia. En todo caso, es necesario examinar esa atracción y discernir con cuidado su origen. A continuación, nos fijamos en tres señales o indicios fiables de verdadera vocación a la vida contemplativa:

1) Conciencia purificada de cualquier pecado deliberado. Aquí no se habla de caídas involuntarias en infidelidades objetivas o materiales cometidas por pura fragilidad humana, a pesar de una comprobada buena voluntad. Se trata, pues, de una conciencia firmemente probada de adhesión a Dios, al menos en cuanto a la intención y la simple y decidida voluntad de seguirlo.

2) Deseo muy claro de preferir la oración contemplativa a cualquier otra devoción personal.

3) Una especie de inquietud interior por buscar algo más… Inquietud y deseo que no se calma con una devoción exterior o interior, sino que desea algo más, que deje en el fondo de su alma un vago sentimiento de unión más íntima con Dios.

La existencia simultánea de estos tres signos o indicios es señal suficientemente segura para comenzar el camino de iniciación a la oración contemplativa. El que uno no tenga ese impulso inicial de amor a Dios no es señal de que no tenga vocación para este estilo de espiritualidad. El sentimiento de amor a Dios no siempre es continuo y permanente. Cualquier persona sinceramente entregada a Dios puede dejar de experimentar sensiblemente ese amor por algún tiempo y por diversos motivos.

Conviene recordar aquí que el amor de Dios es siempre un don gratuito. Dios puede impedir que lo sintamos para que el hombre no caiga en la tentación de pensar que es cosa de él, porque eso sería orgullo. Para que el hombre no caiga en esa tentación, Dios a veces nos abandona a la aridez espiritual. De esta manera protege a sus amigos de la ruina espiritual a que los podría llevar el orgullo.

Cuando Dios ama a alguien con un amor especial, no lo conduce por un camino fácil y trillado, sino que, si él lo estima necesario, lo purifica, lo corrige, lo arrastra si es preciso… Dios hace con nosotros algo así como hace la madre con su hijito asustado: además de los gratos momentos de cariños y carantoñas, están los del baño y la limpieza cotidiana, la corrección, los cachetes… Todo ello por exigencias del amor. Mas no todos entienden así el amor de Dios. Él no nos ama para divertirse a nuestra costa. Nos ama, sencillamente, porque quiere vernos felices para siempre.

Puede suceder también que Dios retire el don de su amor. Esto ocurre cuando el aprendiz de contemplación comienza a pensar que todo cuanto acontece con él en la oración son fenómenos puramente naturales o psicológicos. Hay casos en que Dios puede esconderse, de manera que el contemplativo deja de verlo más. Es como si Dios no existiese ya para él.

Si tal ocurre, el aprendiz de contemplación debe saber que su amable Señor se esconde para que esa persona que desea amarlo se vea obligado a insistir en su búsqueda. Todos tenemos experiencia de cuánto sobrestimamos lo que habíamos perdido, una vez que lo hallamos o recuperamos.

Pues ese reforzado amor hacia aquel que, perdido, lo recupera el contemplativo principiante es, por otra parte, señal inequívoca de la llamada de Dios a una mayor intimidad con El. La alegría sentida por encontrar, al fin, lo que buscaba es la respuesta a su deseo y al sufrimiento sentidos durante la aflicción que necesariamente lleva consigo la anhelante búsqueda. Cuanto mayor es la alegría del reencuentro, tanto mayor es la señal inequívoca de la voluntad del Señor de atraer a esa alma toda para si.

Dios nunca toma en cuenta el pasado del pecador arrepentido. Tampoco nos exige que seamos perfectos.

Él mide nuestro valor por nuestro deseo de amarlo, de vivir íntimamente unidos a él. Afirma elocuentemente san Gregorio: «Todos los deseos santos aumentan de intensidad según la demora en que éstos se cumplan. El deseo que se desvanece con la tardanza en cumplirse nunca fue santo».

El deseo episódico de encontrar al Señor en la oración no siempre corresponde a un deseo verdaderamente santo. Puede no pasar de un deseo natural de practicar el bien o que aún no es propiamente un leseo santo. El esfuerzo constante en evitar el pecado y practicar el bien constituye un terreno favorable para hacer surgir un deseo, verdaderamente santo, de vivir más unido al Señor. Si ese deseo aparece en el corazón le la persona que se encuentra en esas condiciones, esa persona debe saber que se encuentra ante el camino abierto a la experiencia de la oración contemplativa auténtica.

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