La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Lugar de la contemplación: el corazón

El contemplativo reza y medita de modo diferente al de los que no son propiamente contemplativos. Su meditación no consiste en la reflexión discursiva sobre la palabra de Dios leída en un texto sagrado. Diríamos que se parece más a una repentina intuición o una clara visión directa del propio estado interior. Tiene conciencia repentina y directa de los propios pecados y de la infinita bondad y misericordia de Dios.

Es una experiencia espontánea, no inducida por un esfuerzo voluntario de reflexión a partir de una lectura o de un discurso o sermón. Se trata de un conocimiento psicológico-espiritual unido directamente a una auténtica experiencia de Dios. No se trata de un saber únicamente humano. Es una experiencia en la que toma parte el mismo Dios.

El contemplativo acaba generalmente por abandonar la práctica de la meditación reflexiva sobre asuntos como la naturaleza caída del hombre y la bondad infinita de Dios. Basta con que concentre su atención sobre conceptos como pecado o Dios para que se desencadenen inmediatamente pensamientos y sentimientos directamente relacionados con esas realidades de tan profundo significado espiritual.

La inteligencia lógica no ayuda mucho en realidad para hacer una buena oración. Como es sabido, la inteligencia lógica no interviene prácticamente en el desarrollo del amor. Al contrario, tiende a bloquear el crecimiento en el amor de Dios. De hecho, la inteligencia se ocupa más de las cosas terrenas que de las del cielo. En las cosas del espíritu, la inteligencia humana es más tinieblas que luz. La palabra de Dios no es para ser entendida por la razón. Va dirigida directamente al corazón del hombre.

Para una mejor comprensión de cuanto venimos diciendo, nos basta con observar la relación madre-hijo. La madre no se relaciona con el hijo pequeño &emdash;el niño&emdash; a base de argumentos razonables. La madre intenta llegar al alma del hijo &emdash;su sensibilidad emocional&emdash; para construir y mantener allí una adecuada relación con ella. En más de una ocasión, Cristo nos advierte en su evangelio: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3).

Por «reino de los cielos» debemos entender aquí la auténtica Iglesia de Jesucristo, representada por la unión fraternal de los hombres que, en primer lugar, reconocen y profesan a Jesucristo como Señor. Y de ahí que todos los cristianos se esfuercen sinceramente por vivir en paz y armonía unos con otros, siguiendo las soberanas directrices del divino maestro.

Es deseo, reiteradamente expresado por Jesucristo, que todos los hombres formen parte de ese «reino»: «Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco. Es preciso que yo las traiga y ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16).

Todos los discípulos de Cristo somos, insistentemente, invitados por el maestro para que [con nuestro ejemplo y nuestras plegarias] atraigamos a nuestros hermanos a fin de que se integren en ese «rebaño» [para que formen parte de ese «reino»]. «Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado…» (Mt 28,19-20).

Ya sabemos que, como nos enseña una larga experiencia, esa unidad del rebaño de Cristo no se conseguirá a base de una persuasión intelectual. El mismo Cristo no empleó sabios argumentos de inteligencia lógica para atraer discípulos a su causa. Empleaba un lenguaje sencillo y persuasivo como el de la madre y el del padre en su relación familiar con los propios hijos.

El razonamiento lógico no ayuda realmente a contemplar. Si ayudase, la mayoría de los contemplativos sería de intelectuales.

La realidad demuestra exactamente lo contrario. Aunque esto no quiere decir que la inteligencia y la cultura se opongan a la vida de oración contemplativa. Nada de eso. Existe, sí, una explicación para esa constatación de que la mayoría de los contemplativos no sean intelectuales.

La explicación está en que el intelectual, más que los otros, se inclina más a buscar a Dios por las luces de su inteligencia que por la simplicidad del corazón. Dios no es complejo ni difícil de entender como lo son, en cambio, ciertas relaciones de las materias que se estudian en otras disciplinas científicas: las matemáticas, la física, la química, la electrónica, la astrofísica, la medicina, etc.

Dios es sencillo, tan sencillo como lo es la madre para el pequeñín con que ella se relaciona. Decididamente, para conocer a Dios, para abordarlo y para relacionarse íntimamente con él, el único camino que existe es el de la simplicidad de un niño. Todos los niños son naturalmente contemplativos. El objeto de su contemplación es su propia madre o aquella persona que haga sus veces. También, bajo este punto de vista, la simple razón humana nos dice que Jesús tiene razón al afirmar: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3).

Cuando el contemplativo, recogido en la presencia de Dios, piensa en el pecado, no piensa en ningún. acontecimiento particular de su propia vida. Considera únicamente la infinita distancia que media entre Dios y él. Se preocupa con un inmenso deseo de acercarse lo más posible a aquellos que le aman extremadamente. Sufre con la dificultad que siente de acercarse al bien amado. Se espanta de las aparentes indiferencias e, incluso, fugas simuladas (sequedad espiritual) de aquel a quien ama más que a su vida.

Continuamente se arrepiente de sus debilidades y de su tibieza delante de aquel que le llama con inefable ternura. Todos esos sentimientos tan contradictorios le hacen sufrir lo indecible. Generalmente acaban despertando en él un impulso irresistible de caminar resueltamente en busca del bien amado, poniendo en el empeño toda suerte de renuncias y de actos de generosidad. Lo curioso es que de toda esa tempestad interior nada se trasluce al exterior del contemplativo. Éste aparece a los ojos de los demás extremadamente tranquilo, relajado y en medio de una paz envidiable.

El contemplativo no depende, en su actividad orante, de raciocinios discursivos. El contemplativo ora a base de intuición. Sus pensamientos y sus sentimientos espirituales aparecen espontáneamente como visión directa de la verdad.

La oración personal del contemplativo es siempre muy sencilla, directa y espontánea, semejante al lenguaje balbuciente de los niños. No tiene nada de estructurado. Para una buena oración comunitaria es evidente que debe de haber un mínimo de estructura o simple preparación, ya sea por lo que respecta a las personas que en ella participan, ya sea en el desarrollo mismo de la oración.

Así, por ejemplo, la liturgia eucarística y la oración comunitaria de la liturgia de las horas siguen un ritmo previamente organizado que no se observa en la oración estrictamente personal de las personas profundamente contemplativas. La relación del contemplativo con Dios se desarrolla de una manera totalmente libre, como se desarrollan, por ejemplo, las relaciones hijo-madre.

No debemos pensar, sin embargo, que el contemplativo no valore la oración comunitaria y litúrgica. Al contrario, demuestra gran aprecio por esas formas de orar pública y solidariamente con sus hermanos. Si las formas litúrgicas de orar obedecen a una determinada preparación y a métodos específicos en su desarrollo, la oración privada y personal es totalmente libre y espontánea. Sigue el ritmo variado del corazón y de las necesidades del momento.

El contemplativo ora raras veces con palabras. Su relación personal con Dios se desarrolla al calor y al unísono de los sentimientos y de las emociones del momento.

Esta clase de oración no es tanto acción como sobre todo vivencia. Esta puede expresarse por monosílabos e interjecciones de admiración, de alegría, de dolor, de soledad, de gratitud, etc.

Las grandes emociones, más o menos repentinas, no se expresan por largos discursos ni detalladas explicaciones. Se expresan con exclamaciones cortas y tajantes, y sobre todo expresivas. De ese modo, el que experimenta el acontecimiento tendrá una noción más exacta de su verdadera naturaleza. Asimismo, reaccionará también más prontamente y con mayor intensidad ante esa manifestación.

Contemplar no consiste esencialmente en entregarse a largas horas de oración vocal o de meditación reflexiva. El contemplativo vive y se mueve continuamente en la presencia de Dios, en medio de sentimientos de reposo tranquilo o de variadas emociones que se refieren a los acontecimientos externos e internos de la vida. Participa de la vida común de la comunidad en que habita. La esencia de su vida de oración consiste en una continua vivencia interna y externa de la presencia de Dios y en la viva expresión de los sentimientos, ligados de un modo u otro a esa vivencia.

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