La FilocaliaOración contemplativa

Marco el Ermitaño

La ley espiritual

Al tiempo que recuerdas a Dios, multiplica tu oración (demanda) para que, en el día que olvides al Señor, él te haga recordarlo.

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La Escritura dice: «El seol y el averno están delante de Yahvé» (Prov 15, 11) Se refiere a la ignorancia y al olvido del corazón.

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El seol es la ignorancia; el averno, el olvido. Están escondidos uno y otro porque han desaparecido del ser.

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El «prejuicio» es el recuerdo involuntario de las faltas pasadas. Aquel que aún lo combate impide que se convierta en pasión; aquel que lo ha vencido impide hasta su simple sugestión.

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La sugestión es un estremecimiento del corazón despojado de toda representación al que los sujetos experimentados atrapan como en una ratonera.

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Desde que las formas nacen a la luz en los pensamientos, existe consentimiento. El estremecimiento sin formas es sugestión inocente…

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El Señor está oculto en sus mandamientos. Aquellos que lo buscan lo descubren en la medida en que lo buscan.

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La buena conciencia se encuentra por la oración; y la oración pura, por la conciencia. Tienen una natural necesidad la una de la otra.

 

Sobre aquellos que pretenden santificarse por las obras

Las tribulaciones que llegan al hombre son la progenie de sus propias faltas. Soportémoslas en la oración y recuperaremos el gozo del bien.

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Imposible pacificar el intelecto sin el cuerpo, ni hacer caer el tabique que los separa sin la paz (hesychia) y la oración.

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No hay oración perfecta sin invocación interior. El Señor satisface al alma que ora sin distracción.

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El intelecto que ora sin distracción aflige el corazón: «A un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias» (Sal 51, 19).

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La oración lleva el nombre de virtud aun cuando es la madre de las virtudes a quienes engendra por su unión con Cristo.

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Aquellos que fueron bautizados en Cristo recibieron la gracia mística. Sin embargo, ésta opera en ellos en la medida en que cumplen los mandamientos…

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El corazón que se deja descentrar por un placer se vuelve difícil de detener a pesar de los esfuerzos, tal como sucede con un bloque pesado rodando por una pendiente.

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El ternero sin experiencia, corriendo sobre la hierba, llega finalmente al borde de un principio; lo mismo sucede al alma cuando los pensamientos la han desplazado, poco a poco, de su lugar.

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Cuando el intelecto que se ha hecho adulto en el Señor aparta al alma de su antiguo «prejuicio», el corazón queda expuesto a la tortura del verdugo: intelecto y pasión lo arrastran cada uno por su lado.

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Cualquiera que haya sido bautizado en la fe ortodoxa, ha recibido místicamente toda la gracia. Pero sólo obtiene la certidumbre cumpliendo los mandamientos.

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El cumplimiento de los mandamientos está contenido íntegramente en la oración, pues no hay nada que sobrepase el amor de Dios.

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La oración sin distracción hace evidente el amor de Dios en aquel que persevera en ella. La negligencia de la oración y la distracción son la prueba del amor a los placeres.

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Todo lo que decimos o hacemos fuera de la oración se revela, inmediatamente, como peligroso o funesto, y condena a nuestra ignorancia por los hechos.

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El recuerdo de Dios es un trabajo del corazón sobrellevado por la fe. Quien olvida a Dios se hace, insensiblemente, amigo de la pasión.

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Si queréis recordar a Dios sin cesar, no rechacéis las pruebas considerándolas inmerecidas, soportadlas en cambio como justas. El soportarlas despierta y reanima el recuerdo a cada momento. Por el contrario, su rechazo, disminuye el trabajo del corazón y, al mismo tiempo, produce el olvido.

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Las faltas pasadas, rememoradas en detalle, perjudican al hombre decidido: si se le presentan acompañadas de tristeza, lo alejan de la esperanza; si aparecen sin tristeza, graban nuevamente en él la mancha pasada.

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Lo correcto es practicar el mandamiento más general sin inquietarnos por nada en particular, de esa forma pediremos únicamente el reino de Dios. Pues, preocupándonos por cada una de nuestras necesidades estaremos obligados a orar por cada una; en efecto, aquel que se detiene sobre alguna cosa o se preocupa por algo sin añadir a ello la oración, no está en el buen camino que conduce al fin de la obra.

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Si tienes la fortaleza de la oración pura, no admitas, al mismo tiempo, la ciencia de las cosas que el enemigo te presenta, a fin de no perder lo más precioso. Es mejor acribillarlo con flechas manteniéndonos encerrados en nuestra ciudadela que sostener una conversación con quien nos procura regalos con la intención de arrancarnos de la oración dirigida contra él.

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La ciencia de las cosas es útil en periodo de tentación y asedio, pero durante la oración es perjudicial.

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