El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Me hice perdidiza y fui ganada (orar en Navidad)

La Navidad encierra unas claves certeras y luminosas para nuestra oración personal y comunitaria.

Hay que leer pausadamente los relatos evangélicos y adentrarse en su significado para nosotros, porque hablan de unas actitudes necesarias si queremos ver hoy al Niño Dios, de modo semejante a como le vieron los pastores y los magos de los Evangelios.

Pensad que podemos ser los dueños de esa posada llena de distracciones, justificaciones y descentramiento… por cuya puerta pasa rozando el misterio de Dios, sin entrar.

Orar en Navidad con esas claves puede ser una experiencia sobrecogedora. No porque Dios se doblegue más en Navidad que en otro tiempo, sino porque cuando encuentra actitudes similares a las de María y José, cuando se le prepara nido, pesebre con los únicos materiales del amor, la fe, la esperanza, cuando aceptamos que la lógica de Dios no es la nuestra, cuando le acogemos sin manipularlo, sin controlarlo, dejándonos interpelar, aceptando la provocación y seducción amorosa, entonces orar puede llegar a ser una auténtica experiencia de Dios, que tampoco podemos pretender retener, sino sencillamente vivir y acoger, y dejar pasar, para seguir atentos, despiertos.

Dios se hace indefenso para que te acerques sin miedo y desprotegido. Dios se hace niño para que comprendas que en la simplicidad y sencillez está el diálogo con Dios. Se hace niño para hablar nuestro lenguaje.

Dios ha escondido la visión de su misterio a los sabios y entendidos, a los que pretenden controlar y dominar lo real y a los que son tan prudentes que por no manchar su imagen, no se mojan, no se equivocan, no se ensucian con el barro de los «parias», de los «impuros».

Es un niño que llora, y en su llanto se condensan nuestras lágrimas. Dios ríe en este niño acunado por María y José, y en su risa hay una clara promesa de esperanza para el presente.

Dios se hace débil y esa es su forma de reclamar nuestro amor, del que se ha «chiflado». Su lenguaje no es la imposición, sino la seducción. Seduce a los que se fijan en lo pequeño, a quienes conservan capacidad de asombro, a quienes, como Él, son niños, sin nada que perder, porque todo lo tienen por ganar.

Se encarna y precisa tu seno para lograrlo y poder seguir poblando de esperanzas e ilusión la vida de los hombres y mujeres de nuestro presente.

Dios nace fuera de la ciudad, fuera del palacio de Herodes, donde se ostenta el poder; fuera de las sinagogas, donde se concentra la Ley. Nace en un pesebre, con ausencia de todo y sin faltarle nada de lo único imprescindible. Solamente lo ven los pastores: gente de mala fama, fuera de la ley estricta y sospechosos. Y los magos: paganos, gente impura…

Una clave necesaria para nuestra oración, si queremos llamarla cristiana, se esconde en estos datos.

Dios se hace presente a gente que no se cree buena, que está en descrédito, no tienen una imagen de si mismos que defender, se hace presente a los que no pretenden poseer el conocimiento de la Ley y, por tanto, de Dios. Se escapa de aquellos lugares en que se trata de enjaularlo, definirlo, para permanecer cautivador hacia los que están abiertos y le necesitan de verdad.

La gran actitud orante de estos días es la adoración: que cesen las palabras, los discursos, los propósitos… y un sobrecogimiento incline todo nuestro ser hacia el niño del pesebre y el misterio que se vislumbra en él.

Toda la Navidad es una invitación a «nacer de nuevo», a volver a ser como niños, a renovar nuestra capacidad de escucha, de silencio acogedor. Orar es poner en juego estas actitudes en toda la vida y en momentos de especial intensidad.

 

SUGERENCIAS PRÁCTICAS

La Navidad pasa veloz. No la dejes escapar.

Retírate, piérdete. No eres tan indispensable. Busca espacios concretos para serenarte y no sucumbir al ruido comercial, interesado en apartarte del misterio.

Recuerda estos días aquellos versos luminosos de San Juan de la Cruz:

«Diréis que me he perdido,
que, andando enamorada,
me hice perdidiza y fui ganada». (1)

Hay que hacerse perdidizos, para ganar lo mejor de nosotros, de la experiencia de Dios.

Relájate, respira hondo. Él está en ti, más cerca de ti que tú mismo, respírale…

* No vayas a misa a la hora crítica. Ve un rato antes, quédate en silencio. Adopta una postura receptiva. Por ejemplo, las manos abiertas, las palmas hacia arriba. Quédate con Aquel que se complace en ti, no porque seas bueno; con Aquel que te quiere y espera.
* Ponte ante el belén de tu casa o de alguna iglesia. Mira las figuras, los pastores, el paisaje, mira el portal y fíjate en el Niño, con actitud de respeto. Imagina que eres un pastor y le ofreces lo que eres. Lo que importa no es hablarle de ti sobre todo, sino que le mires y te dejes mirar. Toma en tus manos la figura del Niño… Silencio… contempla…
* Sal al campo y, mientras paseas tranquilamente, experimenta tu desprotección, tu pequeñez frente a la grandeza y armonía de todo lo creado. Experimenta el desconcierto de verte sin seguridad y acude a Él. Identifica tus seguridades, algunos de tus miedos, complejos… que bloquean tu crecimiento, que no te dejan confiarte a Dios, que no te permiten andar… y ORA: Él viene a sanarte, hoy empieza tu libertad.
* Reza pausadamente las Avemarías durante un rato, no medido en cuentas del rosario. Atiende a la actitud de María con el Niño Dios en sus entrañas o en sus brazos… recréate especialmente en aquellas palabras: «bendito el fruto de tu vientre». Imagina a Dios en tus entrañas…
* Dedica algún rato de tu deambular o pasear a ir presentando a Dios las ilusiones y la vida de todos aquellos que vas cruzándote por la calle. Intenta mirarlos con la mirada cariñosa de Dios, que no se detiene en apariencias.

 

NARRACIÓN MEDITATIVA

Todo está en silencio. Una paz serena lo envuelve todo, y una oscuridad rota por algunas llamas alegres da al paisaje una unidad acogedora. Los ladridos de unos perros cercanos rompen, a intervalos, el silencio, acentuando la invitación del ambiente a recogerse. Se crea un clima hogareño en la desprotección del panorama.

Estoy ante el «belén». Es noche cerrada. Hace tiempo que el sol se puso. Toda mi atención dispersa y vertida en tantos detalles de lo vivido hoy, ahora reclama descansar y centrarse, y los sentimientos que estuvieron libres y distraídos, también ahora se concentran y serenan.

Respiro hondo repetidas veces… Siento ante el paisaje que se me ofrece una paz y un abandono muy particulares. Algo dentro de mí tira hacia adentro, a un calor desconocido que llega de capas ocultas y profundas, un calor con sabor amigable y cercano. Como si fuera la llamada de algo muy mío y no del todo mío. Noto, de improviso un deseo irreprimible de dejarme llevar: ¡hágase!

Esa fuerza me lleva hacia dentro, más allá de espacio y tiempo, me advienen los sueños de siempre, que permanecen como esperanza no cumplida del todo, y, por los sueños, llego a mi propia infancia, dejándome llevar al niño que, en verdad, soy: asustado, sorprendido y curioso, aventurero, confiado y tímido.

Me siento frágil, débil, pequeño, demasiado pequeño como para no confiarme…

Soy, de repente, un pastor de Belén de Judá…

El llanto de un niño en las cercanías y la luminosidad del lugar reclaman poderosamente mi atención. Algo me aproxima físicamente hacia ese lugar y, a medida que me acerco, siento que estoy más dentro de algo olvidado de mí mismo.

La estampa que se me ofrece es fácil de describir, pero difícil evocar los sentimientos que provoca: una mujer, sencillamente vestida, acuna al niño en sus brazos, junto a un hombre no mayor, de porte distinguido y cercano, a la vez. Rondan algunos animales que parecen también expectantes y pintan, en estas paredes mal acabadas, una imagen familiar y cálida.

Me acerco tímidamente; mis pisadas se hacen delicadas, como si la misma tierra del lugar encerrase algún misterio que no hay que violentar.

Los padres, sin decir nada, con una leve sonrisa, me invitan a pasar y sentarme. Algo en ellos me atrae poderosamente y, aunque sus figuras sobresalen en aquel estrecho lugar, provocan, como sin querer, que la atención se dirija a la criatura. Sigo un momento en silencio, cuando la madre, Miriam se llama, deposita el niño en mis brazos, para que lo acune. Me siento impotente y abrumado por el leve peso de una responsabilidad tan inmensa como la vida misma. Y noto como sí su cuerpo desapareciera en el mío y se confundiera con mis entrañas. Siento que lo que hay en mis manos es profundamente mío, que aquella criatura está en mí y yo en ella. Ahora entiendo por qué lo puso en mi regazo.

Las campanas del convento vecino me trajeron a la realidad en la que vivo. Y es desde entonces que un inmenso vacío me taladra las entrañas… Sé que aquél niño está dentro de mi y que, a pesar de eso, me ha dejado un hambre insaciable de sólo él.

 

DESEO FINAL

«(…) Y siempre se dijo de él que sabía celebrar la Navidad como nadie, si es que algún ser vivo poseyó alguna vez esa sabiduría: ¡Ojalá pueda decirse lo mismo de nosotros! Y así como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos!» (2). ¡Ojalá sepamos orar la Navidad, así, con esta actitud!


1. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 20.
2 Así termina la historia de Scrooge, en Canción de Navidad, de Ch. Dickens.
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