El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Nos hiciste, Señor, para ti… (el reto del tercer milenio)

No estoy seguro de tener algo que decir al respecto, pues la “obligación” de escribir imprime al hecho de hablar de la oración un carácter de formalismo y palabrería que escapa a la experiencia real de la oración, silenciosa y ausente de escaparate.

Hay en todo el planteamiento de este “salto al tercer milenio” una necesidad “comercial”, de la que no escapamos fácilmente. ¿Qué hago yo hablando de la oración del Tercer milenio si esta mañana apenas he hecho oración, si no he puesto mi vida en Dios con la pausa suficiente para dejar que Él me diga que me quiere? ¿Qué hago yo con esta celeridad y atrevimiento usurpando la palabra de los verdaderos orantes, los silenciosos, los sin-voz: mí amigo misionero, perdido en la selva ecuatoriana entre indígenas; mí amiga cisterciense retirada del mundanal ruido, lejos de su familia; mi amiga, madre de familia, viuda, acosada por la incertidumbre de unos hijos bebedores…? Me reconozco haciendo el juego a una palabra fácil sobre un tema delicado, del que nunca decimos lo adecuado; ellos silo hacen, pero no lo dicen. De ellos quisiera yo hacerme eco, con perdón.

Nouwen ha dicho palabras certeras sobre el futuro de los cristianos como mensajeros de buena noticia; palabras que quiero hacer mías y traerlas al tema que nos importa aquí:

“(…) el líder cristiano del futuro está llamado a ser alguien completamente irrelevante, y a presentarse ante el mundo ofreciendo solamente su persona totalmente vulnerable. Así es como Jesús vino a revelarnos el amor de Dios”. (1)

El discurso de la oración ha de ser exponente de esta manera “vulnerable”, humilde de decir Dios, ajena a todo afán de “Reconquista”. La llamada “Nueva Evangelización” descansa en esta irrelevancia de los mensajeros y en la desposesión de verdad última, absoluta, (de la que en ocasiones hemos dado impresión de ser guardianes) para que pueda existir diálogo. La experiencia dramática y apasionada del orante descubre a Dios como herida y éxtasis, presencia y ausencia… Dios está siempre “más allá” y “más acá”, de nuestra palabra y de nuestra experiencia. En este mismo instante tú tienes una percepción, un sentir de Dios, incluso como ausencia, pero no es tu manera de concebirle lo que hace que Él exista… Él es, Él ama, te ama como no puedes imaginar, lo entiendas o no lo entiendas, lo sientas o no. Sólo en momentos especiales de lucidez se te hace sensible su presencia, pero no tienen por qué ser los momentos de su mayor cercanía, no te en gañes. Te encuentres bien-mal, con la moral, la autoestima alta-baja, considerado por los demás o proscrito, acompañado o solo.., la esencia de toda oración es que El es tu yo más profundo, el Amor que alimenta tus raíces; lo quieras o no, lo entiendas o no. La esencia de toda oración hoy, ayer y mañana es que estamos en la existencia, porque somos amados sin condiciones, sin límites, y habremos de aprender a entrar en ese ámbito donde no nos defendamos de Dios siempre con palabras, culpas, desconfianzas, autojustificaciones… aunque eso mismo sea ya, de alguna forma, diálogo con Dios. Por eso, lo repetimos una vez más, orar es algo inútil, no se obtiene nada… que ya no tuvieras.., la oración no es la puerta al callejón de los milagros, sino la puerta al callejón del verdadero, único milagro: Tú-Dios-Vivir despierto.

Ante el Tercer Milenio, reconozco mi ignorancia para esclarecer pistas sobre cómo será la oración de aquí en adelante, ¿en qué aspectos tendríamos que insistir más…? No lo sé, sinceramente.

El reconocimiento de nuestro no-saber ante el tercer milenio, forma parte de la verdadera sabiduría. A Jon Sobrino le gusta decir que Dios es un Dios siempre “más allá”, inapresable, libre… Por eso, la oración es hacernos conscientes de Dios, como esencia profunda de nuestro mismo ser, dejarnos alcanzar por Él sin alejarnos de nosotros mismos, de este presente roto, precario, inquieto…

Avanzar es volver al centro, al origen, al ser. El futuro no está lejos del ahora, está en tus raíces. Encontrar la salida supone mirarse dentro y esconderse: “me hice perdidiza y fui ganada”, dice bellamente Juan de la Cruz. Orar es aprender a vivir de nuevo, reemprender el camino (como un recién nacido) bajo una mirada incondicional.

Según las leyes del péndulo, también la oración ha sufrido en los tres últimos decenios los vaivenes propios del sentir social, eclesial…, y nos hallamos ahora en un punto de expectación ante lo que se avecina, momento de cambios rápidos. Los años que siguieron al Concilio fueron años de cambios profundos en las estructuras, cambios en lo social, político, religioso. La oración estaba cuestionada por un movimiento fuerte de compromiso social. No era extraño oír: “El trabajo es oración”, con la sospecha de que todo es oración, es decir, no es importante la oración explícita, sino la transformación de la realidad. Hemos vivido, en los últimos años, una vuelta a la importancia de la oración, atendida en multitud de manifestaciones y expresiones, una extraordinaria vuelta a partir de la revalorización de lo lúdico, lo festivo, lo inútil, lo oriental… Esta vuelta viene sospechosamente aplaudida en lo social por un movimiento creciente de alcance universal. La mal conocida Nueva Era es una muestra clara.

Ambas posturas, nunca puras, obedecen, en muchos casos, a reacciones legitimas, pero no equilibradas.

Nos encontramos en disposición de reclamar una síntesis. Aunque la pregunta siga guiándonos: ¿Hacia dónde va la oración?, ¿por dónde le vendrá la crisis a la oración el siglo que viene, después de ser superviviente (contra agoreros, profetas de calamidades, escépticos, maestros de la sospecha…) de la Ilustración, la Revolución Francesa, las grandes guerras mundiales, los Campos de Concentración, la tecnificación, la progresiva automatización de la vida…?

La misión de Jesús nace del encuentro con el Padre que le dice: “Tú eres mi hijo amado”. De ahí arranca el verdadero compromiso cristiano. La oración se autentifica y discierne en “la solidaridad con el prójimo, en la dimensión profética de nuestra vida y en el testimonio público de nuestra fe” (2), pero el suelo que fundamenta una verdadera experiencia cristiana es esta relación personal y comunitaria con el Dios Trinitario, relación hecha de cercanía, confianza…

En las películas que desde hace varios decenios nos presentan acerca del futuro, el hombre aparece tecnificado, proyectado a la conquista de espacios interplanetarios, sofisticado en la maquinaria, pero no se percibe ningún avance sustancial en el descubrimiento de su propio mundo interior, y en la consecución de la fraternidad soñada por Cristo. Desde ese punto de vista la oración no quedaría muy bien parada, si no fuera porque, efectivamente, el hombre tiene hambre de explorar su mundo interior. En ocasiones, simplemente, hambre de paz, cansado de llegar a todas partes y de no encontrarse a sí mismo, no encontrar el hogar dentro de si.

El afán de “globalización” que nos llega como una moda, y más que una moda, como consecuencia lógica por la cercanía a la que los medios de comunicación nos han sometido, aparece como perspectiva interesante de cara a la consecución de logros comunes. Esta globalización, en la diferencia, encaja muy bien con el afán ecuménico, del que la oración es como punta de lanza, cuya cola son las cuestiones más dogmáticas y teóricas, en las que difícilmente estamos de acuerdo. Surge una necesidad de orar en comunión, en plural, y por todas partes nacen experiencias de oración en unión de otras religiones. Hemos logrado darnos la mano en el nivel más interesante, menos formal, de nuestras propias esencias, en lo hondo y más genuino de nuestra propia religiosidad. Hemos comprobado que nuestras aguas subterráneas se intercomunican. Cuando el discurso racional es sólo un apoyo, una explicación, no lo esencial, y obedecemos a una experiencia de “éxtasis” (entendido como abandono incondicional en Dios), entonces la oración ha comenzado a ser el sueño de un mundo que busca ser uno en Dios.

Esta comunión global, esta hermandad universal (Carlos de Foucauld), requiere un proceso continuado de reconciliación, que es uno de los retos constantes de toda oración: la reunificación del ser. Que logremos unificarnos en la experiencia del perdón, abrazo permanente de Dios a nuestra condición herida, dividida.

Esta proyección hacia el derribo de las murallas, fronteras y barreras, supone vivir otra genuina experiencia de toda oración: la desapropiación, la desnudez. No hay otro camino de enriquecimiento en todas las religiones que el camino de la sencillez, de la simplicidad. Ahí se dan la mano los místicos de las principales religiones en una cercanía digna de nuestro empeño.

Y la oración seguirá siendo siempre escucha del presente que emerge novedoso, sorprendente, cambiante. Porque la oración está siempre modelada por los acontecimientos, y al orante le forjan las circunstancias. A tales circunstancias, tal oración. La oración seguirá estando vestida de actualidad, de rostros y nombres vivos, fuera de mundos aparentes, de mundos perfectos soñados por colectivos autómatas condenadores implacables. La esencia de la oración seguirá siendo el grito desgarrado del hombre en busca del hogar: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti” (San Agustín).

No sabemos el futuro, aunque nos defendamos de él con seguridades de todo tipo, y acudiendo a adivinadores, o buscándonos seguros de vida a todo riesgo, incluso queriendo comprar el cielo en rebajas (“Si rezo las tres Avemarías me salvaré…’). Querámoslo o no, estamos desnudos ante el futuro, y sólo cabe un arma invencible, que nos deja igualmente pobres, pero fuertes: la CONFIANZA, y nada más que la confianza; toda otra armadura comprada a bajo precio es engaño comercial, disfraz irrisorio. En el tercer milenio ha querido el hombre entrar como dueño y señor absoluto del mundo, jugando a poner tiritas en todos los agujeros de sentido imaginables, pero un mundo hecho por el hombre hace aguas por todas las esquinas, y sólo nos queda volver al origen, escuchar los latidos de la madre, de la tierra, de Dios, en lo profundo de nuestra existencia, y contar con su presencia misteriosa, cercana.

Afrontaremos el futuro con humildad, que es virtud de verdaderos sabios, volveremos a decir con Sócrates, aquel gran maestro: “Sólo sé que no se nada”. A la oración, como a la vida, le compete una actitud de escucha paciente, al mejor estilo de la madre naturaleza. La oración del 2000 requiere nuevamente recuperar el silencio adorador, para oír el corazón de Dios como los profetas… oír en el corazón de Dios el clamor de su pueblo y en el clamor del pueblo el corazón de Dios vibrando. Dios seguirá estando delante, más allá y más acá, seguirá obrando para nosotros maravillas que no imaginamos, si tenemos viva la fe de los pequeños, y volvemos a creer incondicionalmente en Él como aquel primer creyente, Abraham, saliendo de la tierra de este milenio viejo, el de Teresa y Juan de la Cruz, el de Ignacio, Francisco, Teresa de Lisieux, Edith Stein y otros desconocidos, que se fiaron de Él, “sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía” (San Juan de la Cruz), y, aunque en el corazón hubiera tinieblas, supieron saltar al vacío. Dios abrirá para nosotros el mar de aguas inciertas, y nos llevará a una tierra de promisión, que mana leche y miel, si en Él sólo fiamos nuestro corazón. Y, a pesar de que el mundo esté regido por ordenadores, seguiremos siendo tan vulnerables y débiles, afortunadamente, porque así Dios seguirá haciéndose para nosotros pan, Eucaristía.

Prometeo, Narciso, Rambo, Buda… dan paso a un hombre que vuelve a creer en Dios con todo su corazón, y, a pesar de la infidelidad del hombre, Dios vuelve a enamorarse de él sin condiciones, con un amor que, cuando lo descubramos en su “cara a cara”, nos hará lamentarnos de no haber sido más audaces y arriesgados en nuestra entrega a Él, en nuestro amor por Él.


1. Henri J.M. Nouwen, En el nombre de Jesús. Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana, PPC., Madrid, 1994, p. 26.
2. C. Domínguez Morano, Orar después de Freud, Santander, S.T., p. 40, nota 36 -citando a JA. Estrada.

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-02-21

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