La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Nuestro mundo interior

Para entender mejor el verdadero sentido de la oración contemplativa tal y como se describe en la literatura especializada, considero interesante explicar algunos de los conceptos generalmente empleados por los autores.

Antes de nada, diré que existen los conceptos de interioridad y de exterioridad, o de mundo interior y mundo exterior. Están también los conceptos de realidad material y de realidad trascendente o espiritual, que merecen una aclaración previa.

En nuestro mundo exterior se sitúan todas las cosas que componen el universo creado, incluidos los hombres. De alguna forma, el hombre -rey de la creación- se encuentra en un plano superior al de todas las demás criaturas terrenas y al de todas las cosas materiales. Por eso él es, en cierto modo, la más digna de las criaturas. El propio Creador tomó la realidad humana para regenerar y salvar al hombre, que se había indignamente degradado y perdido ya en los comienzos mismos de su existencia. Superiores en dignidad al hombre son los ángeles, por ser espíritus puros, y las almas de los justos, ya confirmados en gracia y santidad.

Según la revelación, cuando Dios decidió crear al hombre, se dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1,26). Somos, por tanto, semejantes a Dios. Los padres transmiten, por herencia genética, algunas de sus características físicas y psicológicas a sus descendientes. El Creador de todas las cosas, al crearnos a nosotros los hombres, nos adornó con muchos de sus ricos atributos: racionalidad, inteligencia, percepción, voluntad, libertad, memoria, imaginación, fantasía, capacidad creadora… Comparados con nuestros atributos, los de Dios son infinitamente superiores.

Dios es omnisciente, omnipotente, omnipresente, infinito en todas las dimensiones que podamos imaginar. Dios es ilimitado en todo cuanto nosotros los hombres somos limitadísimos; en todo, menos en nuestra misteriosa aspiración de crecer siempre en todas nuestras dimensiones cualitativas.

En cuanto a nuestras capacidades, sólo Dios está por encima de nosotros. Somos más semejantes a Dios que todos los demás seres creados. Por eso el hombre está considerado como el rey de la creación, de la naturaleza.

Cuando la literatura espiritual hace alusión a conceptos tales como yo mismo, tú mismo, intimo, etc., ello quiere decir que se está refiriendo al yo total: cuerpo y alma.

Como ser físico, nos relacionamos con todas las cosas materiales a través de nuestros sentidos y de nuestra capacidad de pensar, de razonar, de imaginar, de deducir, de concluir, etc. La comprensión de la jerarquía existente y de la interrelación de todas las cosas que existen en la creación, nos proporciona abundantes criterios para juzgar de la importancia de cada una de nuestras relaciones. Esta comprensión y entendimiento es la clave que nos permite comprendernos mejor a nosotros mismos.

Nos servimos de nuestras capacidades espirituales para elaborar los datos de la realidad material. La inteligencia, la memoria, la imaginación.., son instancias psicológicas que intervienen para elaborar los aspectos de la realidad captada por los sentidos a fin de que pueda comprenderla nuestro entendimiento. Nos movemos en este mundo con conocimiento y provecho personal, gracias a los datos que la inteligencia nos da para darnos cuenta de la realidad que nos rodea.

Los antiguos filósofos y directores espirituales denominaban facultades a las diferentes capacidades del hombre. Y las dividían en dos categorías principales:

  • Facultades primarias.
  • Facultades secundarias.

Según esos pensadores, las facultades primarias -razón y voluntad- funcionan independientemente de la imaginación y de la percepción sensorial. Tratan directamente de todos los datos relativos al espíritu.

Las facultades secundarias incluyen la imaginación y la percepción sensorial. Se ocupan de las cosas materiales presentes o ausentes. La razón y la voluntad funcionan aquí autónomamente. La imaginación y la percepción actúan eficazmente en la base de la razón, de la inteligencia y de la voluntad. De la esencia de las cosas, de las causas de los acontecimientos, de las propiedades y de las diferencias de las cosas entre sí se ocupan directamente la inteligencia y la voluntad.

La imaginación es de importancia secundaria, pero extremadamente útil en la oración contemplativa.

La capacidad imaginativa nos permite representarnos internamente personas y objetos materialmente ausentes. Sabemos por la fe que Dios está siempre presente delante y dentro de nosotros, sin que podamos percibirlo con los sentidos externos porque es Espíritu. Gracias a la imaginación podemos, sin embargo, representarlo junto a nosotros en la persona de Jesucristo, que tomó forma humana.

Con los ojos cerrados podemos representarnos con mucha fidelidad a una persona conocida sin que ella se aperciba de ello. Existe una gran diferencia entre la representación imaginativa de una persona conocida ausente y la misma representación imaginativa que nos hacemos de la persona de Jesucristo.

En el primero de los casos, la persona no está realmente presente ni material ni espiritualmente. No sabe nada de nuestro pensamiento ni de nuestro sentimiento para con ella desde el momento en que nos la representamos imaginativamente.

En el caso de la representación imaginativa de Jesucristo, en su santa humanidad, él está realmente presente junto a nosotros. Está presente espiritualmente, tan vivo y tan real que hasta podemos conversar con él, lo mismo que lo haríamos, siendo ciegos, con otra persona que estuviese a nuestro lado. Pero, por desgracia, nuestra imaginación también puede engañarnos, ya que no siempre refleja con absoluta fidelidad la realidad objetiva de las cosas.

Imaginar, por ejemplo, a Cristo o a la virgen Maria como personas físicas, que en realidad no lo son, es incurrir en un serio engaño. Sería deformar la realidad tanto en lo material como en lo espiritual. A fin de cuentas, las cosas imaginadas raras veces corresponden a la perfecta realidad de las mismas.

Nuestra imaginación puede llevarnos también a deformar la esencia de la realidad espiritual. Puede engendrar fantasmas que no corresponden a lo que Jesús, la santísima Virgen, los ángeles y los santos realmente son. En el reino de la espiritualidad, únicamente la gracia puede ayudarnos a no incurrir en peligrosos errores de percepción de la realidad espiritual.

La mayor dificultad de los principiantes en la vida espiritual contemplativa es ciertamente la disciplina de la imaginación. Este factor de la vida mental está estrechamente ligado con la memoria. Esta se encarga de traer al presente los hechos anteriormente vividos. En realidad, no es posible permanecer con la mente totalmente en blanco. Constantemente nos ocupamos de alguna cosa. Esa cosa puede situarse en el espacio y en el tiempo presente, pasado y futuro. La memoria se encarga de traer al presente nuestros recuerdos y acontecimientos pasados. La preocupación trae fantasías al presente también. Imaginar es vivenciar el pasado personal y el futuro de la fantasía trayéndolo al campo del conocimiento actual.

Todas las personas que se esfuerzan para mejorar su oración personal han de mantener, por tanto, una dura lucha contra la incontinencia natural de la imaginación.

Es también necesario saber que, por más que se empeñen en esa lucha sin tregua, será siempre prácticamente imposible evitar todas las distracciones en la oración.

Éste es el precio a pagar, la pesada cruz con la que deben cargar todos aquellos que decidan seguir más de cerca a Cristo-Jesús. En la medida en que el principiante persevere con buena voluntad y ardiente deseo de crecer en el amor a Cristo, poco a poco conseguirá mejorar el resultado de su esfuerzo. Gozará de momentos de profunda unión con Dios y de una íntima comunicación amorosa con Jesús.

Los pequeños éxitos iniciales en su esfuerzo por encontrar al Señor duplican el entusiasmo de continuar por el mismo camino. El hallazgo del camino de la humilde, paciente y amorosa espera le descubre parte del secreto de los contemplativos veteranos. El Señor acaba siempre por manifestarse en lo más intimo del alma de aquellos que le buscan con ardiente deseo de encontrarlo. Dios nunca se deja vencer en el amor. Jamás se resiste a aquellos que, con insistencia y constancia, a pesar de su fragilidad humana, meditan fielmente la pasión de Jesucristo y el inmenso amor del Padre a los hombres.

De este modo, poco a poco el contemplativo consigue disciplinar su inquieta imaginación.

La percepción es probablemente la más valiosa de nuestras facultades mentales. Ella recoge los datos que nos proporcionan los sentidos exteriores respecto del mundo material que nos envuelve. A partir de la percepción, nosotros podemos pensar, imaginar, fantasear, raciocinar, calcular, prever, vivenciar, recordar… Sin el concurso de la percepción no podríamos enjuiciar nada de nada, ni podríamos distinguir entre lo bueno y lo malo.

La percepción trabaja también con los sentidos internos. Nuestra inteligencia necesita de la percepción del contenido de nuestros sentidos internos para valorar los datos de los sentidos externos.

Nos servimos de la inteligencia para buscar la satisfacción de nuestras necesidades. Asimismo nos servimos de esta facultad para valorar el dolor de la frustración y la alegría del éxito, e incluso para organizar la defensa contra el dolor. Puede decirse que la percepción está sujeta a la voluntad al igual que la imaginación depende de la razón.

La característica falta de armonía existente entre el deseo más profundo del hombre ideal y su realidad es fruto del pecado. Este hace del hombre un ser abatido. A causa de esa imperfección original, el hombre busca instintivamente el placer y rechaza automáticamente el dolor.

Un sincero y auténtico amor a Jesucristo con todas las amargas realidades de su santa humanidad infunde a la voluntad la fuerza de su gracia. Confortados con ese auxilio sobrenatural, nos hacemos capaces de controlar nuestra percepción sensorial y de someterla a una saludable disciplina. Sin esta disciplina, estaríamos expuestos a pervertir nuestro destino espiritual y a degradarnos hasta el bajo nivel de los irracionales.

Todo cristiano o religioso que desee adentrarse por los misteriosos caminos de la vida de oración contemplativa, debe tener un mínimo conocimiento del funcionamiento de su propia mente. La falta de esas nociones le puede llevar a cometer errores capaces de arruinar por completo los más santos propósitos.

Importa mucho saber que todas las cosas materiales, por buenas que sean, no dejan de ser cosas que están fuera de nosotros. Como criaturas, somos radicalmente superiores a cualesquiera otras cosas creadas. Un examen tranquilo y más profundo de los contenidos más sutiles de nuestra conciencia amplía y profundiza el conocimiento de nosotros mismos. Ese conocimiento más claro de nuestros valores y de nuestros límites nos ayuda a crecer en la dimensión de nuestra madurez humana y espiritual. Cuanto más maduros estemos como simples personas y cuanto más desarrollados estemos en el sentido de nuestra filiación divina, tanto más eficaz será nuestra relación interpersonal.

Cuando nos adentramos en nuestra interioridad, nos encontramos con el centro de nuestro verdadero yo. Y es en ese mismo lugar donde nos encontramos cara a cara con Dios. Ése es el punto privilegiado de nuestro encuentro personal con aquel a quien buscamos, con Dios nuestro Señor, a quien nos dirigimos cuando oramos.

El encuentro personal con Dios en esa soledad de nuestra más profunda interioridad constituye la esencia misma de la vida contemplativa. El que tiene la felicidad de poder penetrar en los misterios de ese santuario interior realiza la maravillosa experiencia concreta de superarse a sí mismo. Se trata de una experiencia que permite al hombre aproximarse a Dios todo lo que le es posible a una indigente criatura. Se trata de un acontecimiento imposible de alcanzar por el esfuerzo humano. Sólo Dios, por su inmensa bondad y misericordia, puede hacer que el pobre hombre llegue a alcanzar esa altura.

La unión con Dios en espíritu y en amor es siempre don gratuito de la gracia divina. Es la casi divinización del hombre. El salmo 81 hace alusión a esto cuando dice: «Sois dioses…» (Sal 81,6). También Juan repite esta referencia cuando escribe: «¿No está escrito en vuestra ley: «Yo dije: Vosotros sois dioses?» (Jn 10,34).

Cuando se habla del hombre divinizado no queremos decir con esto que el hombre es divino como el propio Dios. Existe una diferencia fundamental. En efecto, Dios es divino desde la eternidad. En cambio, el «hombre divinizado» es elevado a esta dignidad gratuitamente por Dios en el tiempo. Aparte de ello, el hombre no pasa de ser un mísero pecador incapaz de salvarse por sus propios méritos. Únicamente un gesto gratuito de amor y de gracia del Creador puede transformarlo en un ser casi divino, íntimamente unido al mismo Dios en el tiempo y en la eternidad. El contemplativo, unificado con el mismo Dios, por así decir, nunca podrá ser igual a Dios por causa de su propia naturaleza puramente humana.

Aquel que desconoce los principios fundamentales que rigen el mecanismo de la mente humana corre el riesgo de perjudicarse a si mismo en su intento de encontrar a Dios. La mente humana funciona de acuerdo a ciertas leyes. Y estas leyes deben ser respetadas, so pena de que el hombre falle en sus trascendentales objetivos de superarse a sí mismo.

Una de las condiciones para que el contemplativo no fracase en su esfuerzo por perfeccionarse en su vida de oración es la actitud de una ingenua simplicidad. Dios es extremadamente sencillo. Es tan puro y tan claro como el amor. Dios es amor. No tiene necesidad de complicados malabarismos de la inteligencia y de la voluntad para encontrarlo. Basta con la simple, singular y natural apertura hacia aquel que nos llama al amor.

Dios mismo puso esa ansia de amar y de ser amado en el corazón del hombre. Para que se cumpla ese destino interior más fuerte que el hombre basta, a fin de cuentas, con descubrir las vías de acceso a esa misteriosa fuente de todo amor.

Todo el trabajo para aprender a ser contemplativo se resume en desvelar el natural deseo de amar, mirar después hacia Dios y extender los brazos hacia él movidos de un fortísimo deseo de estar con él.

Ya hemos dicho repetidamente que Dios es nuestro Padre, nuestra Madre, nuestro todo. Sólo él basta… Con esta disposición de entrega absoluta, dejémonos llevar por el vivo y confiado deseo de ir tras el divino y misericordioso Señor que nos acogerá en sus brazos. Seguro que no eludirá nuestros anhelos y ansias de amar.

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