La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Oración y distracción

Antes de intentar entrar en la vida contemplativa es necesario corregir, en la propia vida concreta, todo aquello que pudiera constituir un grave obstáculo a una unión más íntima con Dios. La búsqueda de la intimidad con Dios es señal de que carecemos de algo necesario para la perfección humana.

Todos los hombres tienden a perfeccionar el ideal de su ser. Pero la perfección humana es, en la práctica, sólo un ideal imposible de alcanzar concretamente en toda su plenitud. Únicamente Jesucristo vive una unión total con el Padre. Aquellos que procuran imitarle en este aspecto de la existencia humana tienen solamente un éxito relativo en su esfuerzo de santificación. Nadie puede llegar a ser tan santo como aquel tres veces santo, el Hijo de Dios.

Ser santo significa vivir unido a Dios. Pero existen innumerables grados de santidad o de unión con Dios. No existen metas preestablecidas para el que se decide a caminar por la senda de la santidad. Solamente existe la indicación de la dirección a seguir. Y ésta nos viene dada por el ideal: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5). Este es el mayor y el primero de los mandamientos. El segundo, semejante a éste, es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19,18). En estos dos mandamientos se resume toda la ley y los profetas» (Mt 22,37-40).

La santidad real de cada persona está en el grado de mayor o menor perfección con que consigue vivir ese ideal. En esto consiste la vida cristiana y la vida espiritual. El resto son detalles, aspectos parciales de los que se habla para esclarecer, para comprender mejor el modo de conducirse en el esfuerzo personal de santificación a que todos aspiramos en lo intimo de nuestro corazón. Por desgracia, muchos no escuchan este llamamiento…

Uno de los aspectos importantes para poder iniciar un efectivo programa de santificación personal por el ejercicio de la vida contemplativa es la purificación del pecado.

La palabra pecado se toma aquí en un sentido amplio, por ejemplo: apego a las cosas materiales y a comportamientos y actitudes egoístas. El mayor de esos apegos es ciertamente el del egoísmo.

El pecado constituye el obstáculo más serio entre nosotros y Dios. Removerlo, arrancarlo de nosotros es condición imprescindible para cualquier progreso real en la virtud. También los aspectos espiritualmente negativos de nuestro pasado deben ser debidamente elaborados de modo que los podamos integrar pacíficamente. Un hecho negativo de la vida pasada está correctamente integrado y debidamente asumido si ante un recuerdo ocasional y espontáneo del mismo no produce en nosotros ninguna convulsión emocional interna, ni siquiera perturba nuestra paz y seguridad internas.

La pura representación de los recuerdos de acontecimientos negativos o pecaminosos de la vida pasada no favorece un auténtico cuidado espiritual. Éste consiste fundamentalmente en una comprensión positiva de los hechos y en la humilde aceptación de las inevitables consecuencias dinámicas de los mismos, con espíritu de reparación y de penitencia.

Veo que aquí es necesaria una orientación para los que se esfuerzan en iniciarse en la vida contemplativa.

Me refiero al problema de las distracciones. En épocas pasadas, las personas que se quejaban de exceso de distracciones en la oración eran orientadas a alejar esos pensamientos incómodos mediante la represión forzada de la voluntad. Decían los «directores» espirituales que era necesario no tomar en cuenta la presencia de tales pensamientos importunos. Aconsejaban, simplemente, la actitud de mirar por encima de tales pensamientos, como si no existiesen.

Actualmente sabemos que esas «técnicas» para librarse de ideas y de pensamientos inoportunos en la oración no son lo más adecuado. En la práctica, dichas técnicas llevan al sujeto a ocuparse más de las distracciones que de la oración misma. Sabemos que mientras lucha contra la distracción esa persona ya no ora, sino que se enzarza en una batalla interior para librarse de las distracciones.

Sin embargo, existen medios más eficaces y más rápidos para reducir la fuerza de una distracción que trata de invadir nuestra mente y nuestro corazón cuando rezamos.

Esta técnica consiste en lo siguiente:

Apenas te das cuenta de que, cuando te dispones a orar, tu atención se ocupa de cosas que nada tienen que ver con la oración, entonces: 1) interrumpe momentáneamente la oración; 2) por unos momentos fija tu atención voluntariamente sobre el objeto de la distracción y toma plena conciencia de ella; 3) procura descubrir el motivo de esa insistencia del pensamiento que se interfiere en tu oración; 4) toma conciencia muy en serio de esa distracción y trata de conseguir y descifrar el porqué de ella en el preciso momento en que aparece.

Se trata, en resumen, de interrumpir la oración por unos instantes, para ocuparte deliberadamente con pleno conocimiento y total atención de la distracción. Haz la experiencia y verás que, enseguida, la distracción desaparece y recuperarás la paz interior. Vuelve enseguida a tu oración. Ya estás libre de la distracción. La distracción se vuelve tanto más insistente cuanto más fuerza nos hacemos para reprimirla. Toda esta represión produce una reacción en sentido completamente opuesto.

Nuestra mente tiende a ocuparse de aquello que más nos interesa. Son siempre las cosas más significativas para nosotros las que más nos interesan. Nos ocupamos espontáneamente de un mismo asunto en cuanto éste nos interesa por cualquier motivo.

El hombre no es un ser estático hecho de una vez para siempre. El hombre es un ser en continuo proceso de transformación, condición ésta que hace de él algo extremadamente versátil e inestable.

Este hecho explica nuestra dificultad para mantener la atención fija por mucho tiempo en una misma cosa. Y porque nos transformamos continuamente, variamos también constantemente de intereses. Por tanto, si queremos permanecer por un lapso de tiempo mayor ocupados por un mismo centro de atención, es necesario procurar mantener vivo el interés por la cosa en cuestión.

Sustentar el interés por un determinado objeto de consideración es problema de motivación y ésta es la dinámica mental, que funciona en base a un conocimiento previo de valores. La búsqueda, el descubrimiento y la vivencia de valores es expresión existencial de la propia vida. Nos movemos en el mundo por energías vitales de atracción y de repulsa de las cosas materiales y morales con que tropezamos en nuestro constante disloque entre el tiempo y el espacio. La inteligencia percibe los diferentes valores y la voluntad nos permite localizarlos.

El valor humano y espiritual que mayor atracción ejerce sobre el hombre es sin duda el otro. El otro forma parte de nuestro ser. Vivir sin comunicarse y sin relacionarse con el otro sería no existir plenamente como hombre. La energía interna que nos permite entrar en comunicación con el otro se llama AMOR.

Por eso el hombre normal se siente siempre impulsado a buscar al otro. El otro que satisface al hombre a nivel psico-fisiológico y psico-social es otra persona o un símbolo de la misma.

A nivel espiritual-racional necesitamos de Dios para nuestro complemento trascendental. Vida contemplativa es un voluntario enfoque existencial sobre los valores trascendentales. Dios, por tanto.

Contemplar a Dios produce una sensación de mayor plenitud existencial que si nos limitásemos a contemplar a una persona de carne y hueso muy agradable, o algún objeto material bellísimo. Una auténtica experiencia de Dios es experiencia culminante por excelencia. El simple y sincero deseo de entrar en comunicación íntima con Dios ya es amor, amor que transmite siempre mucha paz. Y es que allí donde está Dios hay paz. Y allí donde no hay paz Dios no está.

Tratar la distracción como arriba hemos explicado implica también reconocer la inutilidad de luchar directamente contra ella. La mayoría de las distracciones que interfieren en nuestra oración no pueden ser vencidas por la fuerza de la voluntad. Son más fuertes que nosotros mismos. Entregarse por uno o dos minutos a ellas es una estrategia que nos permite suscitar en nosotros mismos dos actitudes extremadamente útiles en la vida de oración:

1) El humilde reconocimiento de nuestra pobreza y de nuestra impotencia cuando se trata de ir a Dios, cuando él nos llama: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5). Y también: «Ninguno puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae» (Jn 6,44). Jesús nos alienta para que no desfallezcamos en la importante obra de la contemplación: «No temas, pequeño rebaño, porque ha sido del agrado de vuestro Padre daros el reino» (Lc 12,32).

2) El descubrimiento de la necesidad de entregarse confiadamente en las manos misericordiosas de Dios; en el camino de la santidad, Dios es nuestro compañero de viaje. Él lo vigila todo, tiene previsión de todo, nos alienta y nos ampara.

Estas dos actitudes favorecen nuestra docilidad a la gracia. Si el Señor nos ve dóciles y fieles a sus invitaciones, a sus inspiraciones, no podrá por menos de apoyarnos en nuestro flaco esfuerzo por alcanzarlo. El mismo inicia el combate contra nuestros enemigos. ¿Y quién puede contra Dios? Cuando ve que estamos a punto de perecer en manos de nuestros enemigos, él nos toma en sus poderosos brazos para protegernos, para consolarnos, para darnos paz y seguridad en torno a su tierno corazón de padre y de madre.

Por último, es necesario reconocer que pocas personas serán capaces de orar durante media hora sin distracción alguna. No existe una técnica indefectible para acabar con las distracciones de una vez por todas.

Las diferentes técnicas aconsejadas para resolver el problema de las distracciones en la oración, en realidad no consiguen acabar totalmente con esa dificultad. Únicamente la reducen. No tenemos noticia de la existencia de contemplativos que sean capaces de no padecer o no haber padecido alguna vez por causa de las distracciones en su esfuerzo para permanecer durante largo tiempo en amoroso coloquio intimo con el Señor. Por eso, para ser un auténtico contemplativo, se necesita armarse de valor para no desanimarse ante las inevitables dificultades de todo género que pueden surgir a lo largo del accidentado camino de perfección espiritual.

El contemplativo es un convertido. Y la actitud de conversión lleva consigo siempre el arrepentimiento de los pecados. Ésta es, por otra parte, una de las grandes preocupaciones naturales del contemplativo. Por esta razón, además de pedir todos los días perdón a Dios por sus infidelidades en el amor, suplica constantemente para que el Señor se digne purificarle más y más cada día. Y la razón es porque le ama y quiere amarle más cada día. El que ama al Señor trata de hacerse cada día menos indigno de aparecer ante los ojos de su amado.

El sufrimiento es útil en la vida de oración. Por experiencia personal, sabemos que el sufrimiento nos enseña a descubrir el camino que nos lleva a Dios. Y el primer fruto de la experiencia del sufrimiento, amorosamente asumido en la búsqueda de Dios, es la purificación.

¿No es verdad que «son bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»? Por el hecho de no ser fácil alcanzar la perfecta pureza de corazón, podemos comprender muy bien la dificultad de ver perfectamente a Dios cara a cara.

Esta dificultad contraría las optimistas expectativas del muy tierno principiante en la vida de oración. Y ello es, generalmente, causa de desaliento y angustia. En realidad, todos los hombres padecemos cierto grado de angustia por causa de la contradicción interna inherente al conflicto que se genera por dos tendencias opuestas: el deseo profundamente arraigado de ir a Dios y, al mismo tiempo, la tendencia casi invencible de buscar la satisfacción de la exigencia psico-fisiológica del placer periférico de los sentidos.

La experiencia de la contemplación nos enseña también que en este mundo no hay plena seguridad ni paz que dure siempre. La vida es inestable por naturaleza. Transforma continuamente todas las cosas, incluso al hombre. Cambiamos constantemente nosotros sin poder cambiar el modo de ser de las cosas.

Pero esta visión realista de la existencia del hombre en el mundo no debe sernos motivo de pena y miedo de vivir. No estamos solos. «No se turbe vuestro corazón. ¿Creéis en Dios?; creed también en mí… No os dejaré huérfanos. Yo volveré a vosotros… Vosotros me volveréis a ver, porque yo vivo y vosotros viviréis. Aquel día conoceréis que estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,1.18-20).

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