El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Paso-inspiración-barrida (aprender a caminar)

“Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso-inspiración-barrida. Paso-inspiración-barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí Después proseguía paso-inspiración-barrida (…) Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿ entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente”. (1)

La novela de Michael ENDE que me cautivó hace años como una magistral parábola de nuestro tiempo, encierra una invitación a escuchar, a saber escuchar como lo hacía Momo, sin tiempo y con los ojos bien abiertos, con calma interior. Pero me llamó la atención no sólo por la virtud de la escucha. En el párrafo citado al comienzo, reconocí una manera de estar en la vida, de caminar libre de la angustia que, en tantas ocasiones, nos asfixia. La actitud de Beppo se convirtió para mi en un símbolo de paz: no importa el final de la calle, sino el paso que estás dando y cómo lo sientes. De Beppo se reían como si estuviera loco, pero, mientras tanto, él daba respuesta a su propia inquietud, con esa manera de ser y estar, hecha de “paso-inspiración-barrida”. Así de sencillo y de difícil para nuestra compleja mentalidad.

Nos recuerda un ejercicio frecuente del Zen, que consiste en andar descalzo y muy despacio, con el único objetivo y meta de sentir cada paso y respirarlo, olvidando el destino; obligándonos a reconocer la meta, no en un punto más allá de nosotros, sino dentro, en nuestro propio interior, donde se halla la meta de todos nuestros pasos.

Comprendes que puedes orar cuando la prisa interior y exterior cede su lugar a la calma y andas admirándote de lo que sientes. Vas orando mientras andas lentamente y respiras hondo. Este ejercicio nos entrena para una actitud contemplativa en la vida.

Lo expresa muy bien un monje católico: “El modo de andar contemplativo supone relegar la percepción exterior en favor de la interior. Estoy en total intimidad conmigo. Experimento cada paso desde el interior. Únicamente este paso. Y una y otra vez: ‘éste es el único paso’. Naturalmente nuestra razón quiere evadirse. Se aburre. Lo mismo que en las sentadas contemplativas se observa la respiración, aquí se observa solamente el paso. El andar se convierte en el ejercicio contemplativo”. (2)

Se trata de un benedictino, maestro de Zen, combinando dicha práctica con la oración cristiana.

Nos anima a buscar la esencia de la oración, no en el ejercicio en sí, sino en la búsqueda de la unidad interior, sirviéndonos del ejercicio. Buscamos, en la oración, curarnos de tanta dispersión y división como experimentamos y somos. Tenemos toda nuestra atención y mirada rota, desparramada, y, sencillamente, no estamos donde estamos, no hacemos lo que hacemos, no actuamos como somos, estamos mintiendo. Eso pretende sanar la oración, trayéndonos a ese lugar de nosotros donde se nos regala la paz sin espacio y tiempo, donde los caminos se hacen uno.

En este mismo instante puedes preguntarte hacia dónde vas, hacia dónde se dirigen tus pasos, qué buscas, qué profundos anhelos te impulsan a caminar… Para que no te sientas mal por falta de respuesta, piensa que aquello que sueñas, aquello que anhelas, eso que estás aguardando, tal vez no sea lo que te de la felicidad, porque el ser humano es esencialmente insatisfecho, está inacabado, vive en tensión hacia un futuro indefinido, que forma parte de su permanente búsqueda. Por eso, no te culpes por no estar en ese lugar soñado o ser como se espera de ti que seas, piensa en ti con cariño, y acomoda tu paso a tu propio ritmo, Dios no te pide que superes las marcas de otros, sino que aprendas a caminar a tu propio paso, ¿es eso tan difícil?

El hogar no está lejos de ti, tu Dios no vive en la siguiente parada, en otro lugar, siempre más allá del ahora: Él vive aquí y ahora, en tu limitación, y su invitación es a creer en esa presencia amable, que te invita a entrar en tu hogar, donde te espera. “Tal vez llegaré al punto en que la patria estará dentro de mi y entonces ya no habrá flechazos con jardines y casitas rojas. ¡Llevar a la patria dentro de sí! ¡Qué diferente sería entonces la vida! Tendría un centro, y del centro partirían todas las fuerzas”. (3)

La vida es una búsqueda apasionada de ese lugar, en nosotros, donde encontramos su mirada incondicional. Ese descubrimiento es un don que se recibe cuando estamos dispuestos a viajar hacia nuestra verdad, hacia nuestro centro. Hermann Hesse nos propone escuchar a los árboles para aprender de ellos a escuchar, enraizados en el suelo de nuestro ahora, el latido de la madre, del hogar:

“El ansia de vagabundear me acelera el corazón cuando oigo al atardecer el susurro de los árboles. Si se escucha durante largo rato y con la quietud suficiente, se aprende también la esencia y el sentido de esta necesidad del caminante. No es, como parece, una huida del sufrimiento. Es nostalgia de la patria, del recuerdo de la madre, de nuevas parábolas de la vida. Conduce al hogar. Todos los caminos conducen al hogar, cada paso es un nacimiento, cada paso es una muerte, cada tumba es una madre”. (4)

Y Bertol Brech se atreve a afirmar que al sedentario no merece la pena decirle nada, al que no está dispuesto a esta búsqueda y se anda en una situación sin voluntad de cambiar: “A aquel a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de desear voluntariamente cambiar de lugar si fuera preciso, no tengo nada que decirle”.

Orar es caminar hacia mi verdad profunda, sin fingir, sin imitar otros pasos. En la película El club de los poetas muertos, el profesor les hace andar para que se muestren en el andar tal como son, sin complejos, caminando según cada uno siente y es. En la oración buscamos liberar nuestro paso de sus anclajes y pesados fardos, soltar amarras y sentir que todo es un comienzo hacia este ahora en que se me regala el cielo, no sólo como promesa, sino antes como amor que se me da. En el camino de la oración nos iniciamos reconciliándonos con nosotros, liberándonos de nuestra rebeldía interior contra nosotros, contra los demás e, incluso, contra Dios.

Por el silencio de la oración buscamos no huir, sino acoger la verdad que en este momento Él me regala. No tengas miedo de lo que puedas descubrir, Él no puede hacerte daño, y en todo tenemos la posibilidad de crecer. La huida es la manifestación de la cobardía y de la desconfianza. Un primer paso es siempre fiarnos de Él.

En la oración acogemos nuestros propios tropiezos, como parte inevitable del caminar. Por muy atentos que estemos, siempre habrá una piedra no vista, un bache inesperado. Entonces la oración se convierte en ejercicio de humildad, que es un verdadero ejercicio de valentía, por el cual mostramos que no es tan bello no caer como levantarse con elegancia.

Así, la oración, como el camino, se convierte en el símbolo de toda la vida. Como una gota de rocío contiene toda la belleza del universo en su simplicidad para el que sabe ver, así, un momento de oración encierra todas las etapas del caminar del hombre por la vida. Hace falta saber estar ahí, sintiendo el suelo a tus pies, abandonándote a Él, que lleva tu vida en sus manos.

Y como el caminar del hombre desde siglos remotos, la llamada profunda de la divinidad es a caminar erguido, levantarse a cada paso para mirar a lo alto, como hijos de Dios.

El hombre se pone en pie, redescubre en la oración su dignidad, su belleza interior, y es capaz de mirar al otro con una mirada reconciliada, con el corazón de Dios. Al fin, el camino de la oración no nos estanca en nosotros mismos, sino que nos conduce al otro, nos lleva a salir hacia las periferias, cruzando fronteras que nos separan, por el miedo.

Nuestros pasos, cuando se encaminan hacia otro con gratuidad, sin interés, hacen que tenga todo su sentido el camino que hemos hecho en busca del hogar en nosotros mismos. Los caminos que no acaban en solidaridad, en la entrega de la propia vida, no reproducen los pasos de la verdadera oración cristiana.


1 Michael ENDE, Momo, Ed. Alfaguara, 1996, pp. 38-39.
2 Willigis JÄGER, Peregrinar: andar como ejercicio contemplativo.
3 Hermann HESSE, El caminante, Bruguera, Barcelona, 1984, p. 101102.
4 Ib., p. 5758.

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-02-21

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