El riesgo de la confianzaOración contemplativa

¿Por qué me persigues? (Pablo de Tarso)

Se acercaban a Damasco, conversando por el camino, distraídos con el paisaje, pensando en la misión que llevaban: detener el paso de aquellos que seguían el” Camino”. Convencido de la pureza de su misión, Pablo habría orado aquella mañana invocando con sinceridad: “¡Oh Dios de Abraham, Isaac y Jacob, da fuerza y luz a mis pasos, para que nadie ose mancillar y blasfemar la grandeza de nuestra verdadera fe!”. ¿Quién podría dudar de su convicción? Ilustrado en la escuela de Gamaliel acerca de la ley, mantenía frescas las enseñanzas de sus mayores y sentía celo por emular a los mejores hijos de su pueblo.

Pablo, el hombre de fuego y pasión, capaz de dejar la vida entera por un ideal que enamorara su corazón, estaba a punto de sufrir la más insospechada experiencia de su vida hasta este momento…

La gracia de Dios va a caer en un alma excepcional, en una personalidad riquísima. Demasiado pobres unas páginas para decir apenas nada, ni siquiera de un tema que abarca todas sus páginas, como es la oración. Aquí sólo reflexionaré en voz alta en torno a tres momentos o capítulos claves de su experiencia de Dios en Cristo: LA CEGUERA, EL ESPÍRITU Y LA PALABRA (Fundamentalmente del primer momento).

Pablo nos enseñará cómo orar es dejar que irrumpa Dios descolocando nuestros proyectos y tirándonos a un suelo más humano, más verdadero. Cómo orar es dejarse derribar de lo conocido, para caminar a ciegas, en fe, en las manos de Alguien que guía tu paso. Cómo orar es aceptar que todo eso sucede para tu bien, aunque todavía no lo entiendas. Cómo orar es llegar a amar a Aquel que te lo ha quitado todo… Es dejar que Otro, el Espíritu ore en ti con gemidos inexplicables. Cómo orar es simplemente decir “Abba”, la palabra más bella de la Escritura.

 

LA CEGUERA

“Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente, le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: ‘Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?’ (…) Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer, sin beber” (Hch 9, 39).

En este caso Dios irrumpe como una sorpresa cegadora, que trastoca la vida entera de Pablo. Siempre la verdadera oración, como apertura a una luz mayor, es ceguera de otras visiones, que se oscurecen para abrirnos a una nueva luz.

Pablo estará tres días “sin ver, sin comer y sin beber”, como una cura de todo su organismo. Tres días que, recordando el sepulcro del Señor, serán para él muerte-resurrección. Pablo ha caído al suelo, su seguridad ha sido desplomada: caído, ciego, desconcertado… escucha una voz, que, a partir de ahora, será su Voz, su Luz. Esa voz envía a la sombra su ideal de fariseo convencido, y, a la vez que le hace decir adiós a todo lo anterior, le encara con el Amor de su vida. Una vez más el juego del amor ha sido primero dolor y derrumbamiento para ser luego comunión y entrega.

¡Cuántos ideales, proyectos, metas sostenemos que sólo a la luz de un estrepitoso fracaso o tropiezo se nos descubren como simples ilusiones sin más transcendencia!

¡Cómo entonces, cuando, de camino hacia nuestro proyecto, algo nos despierta, entendemos la pequeñez de nuestros sueños y nos sentimos agradecidos de haber sido zarandeados para entender cuál es el destino verdadero de nuestra vida!

Mientras caminamos somos guiados por las luces que otros nos encienden o que nosotros mismos elegimos, pero siempre puede sobrevenir una luz mayor que sugiera otro horizonte más amplio, más pleno. Si esa luz llama a tu puerta y te ciega, síguela, aunque de momento te sientas algo perdido, ridículo o incluso aprendiendo a andar y a vivir. Eso hace por nosotros el Amor: nos ciega para quemar las impurezas de nuestros ojos y devolvernos los verdaderos paisajes, los que siempre habían estado ahí, pero nuestra miopía difuminaba, nuestras cataratas negaban…

Si llega a ti el Amor y ciega tu andar, no agarres el bastón, no reproches su dureza, acoge serenamente, si puedes, su misterioso designio y DÉJATE CAMINAR, DÉJATE IR adonde no sabes.

No frotes tus ojos, las escamas son curativas. El Amor sabe hacer y quiere hacerte. Estás en el troquel de tu Hacedor, ¿por qué no fiarte y saber esperar? Tal vez Él mismo espera que puedas estrenar alguna lágrima congelada o alguna sonrisa dormida, señal de que vuelves al “nuevo sentir”, sin el cual no podría sembrar en ti el tesoro infinito de su Palabra, como se deposita el niño en el regazo de su madre después de haberlo gestado (y, aún así, un regalo inapreciable).

¿Cómo depositaría el tesoro infinito de su Palabra en tu entraña, sin volver a curarte de ti mismo, de tu arraigo en ti?

Con un toque nos vuelve a la tierra madre, y, sin violentarnos, nos hace otra vez vírgenes, libres para la escucha. Esto hará invitándonos a beber hasta las lágrimas nuestra soledad y torpeza, único umbral para comprender nuestra verdadera belleza y poder.

He aquí la misteriosa eficacia de su irrupción (caricia y huracán) anuncio de algo nuevo, siempre…

Nos encontramos así a Pablo, dócil como un niño que, sin querer, ha recibido el don de un comienzo nuevo y un destino diferente. Ahora tiene que dejarse llevar de la mano (Hch 9,8) y esperar que se le diga lo que tiene que hacer (Hch 9,6). Gamaliel, su maestro de la ley, no había completado su educación. Ahora comprende, con sabiduría, no de libro, ni de hombre, cuál es la verdadera ley. Se deja instruir por Ananías, y en la oración de Ananías es iluminado en el Espíritu. Al igual que Pablo es ocasión de luz para Ananías. Ser llevado de la mano y esperar una palabra de luz imprevista, supone deponer, dejar a un lado mi programación, mi querer saber. Es una invitación a vivir en la seguridad de Otro que me guía hacia donde Él sabe. ¿No es eso orar?: “Nuestra salvación es objeto de esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿ cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia” (Rm 8,24-25).

De un aire cegador ha sido traído Pablo a “no entender entendiendo…”, como expresaría siglos después la experiencia del místico carmelita:

Yo no supe dónde entraba
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Estaba tan embebido
tan absorto y ajenado
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.
(…) (1)

Ahora necesitará Pablo el silencio, el desierto, para recibir palabras verdaderas. Sólo después de un tiempo en Arabia y Damasco, tiempo de desierto y oración, sube a conocer a Pedro. (Pablo ha nacido en la experiencia personal de Cristo (Ga 1,11-12). La comunidad será encargada de “bautizar” esta experiencia y confirmarla).

¿No será por esto por lo que el Amor no tiene muchos apóstoles… porque seguimos en las palabras, sin dejarnos entrar en el abrazo del Silencio? ¿Llega nuestra sabiduría hasta poder prescindir de las palabras? ¿Llega nuestro deseo de Dios hasta aceptar no ver? ¿Llega nuestro amor hasta dejarnos levantar del suelo por una fuerza que no es nuestra? ¿Dónde encontrar a los grandes apóstoles? ¿Entre los sofistas, los prestidigitadores de las palabras, o entre los magos del “hacer eficaz”?

¿Dónde encontrarás, Iglesia de hoy, a tus juglares, a tus trovadores, a los voceros del Amor, que caminando descalzos y sin palabras, sean capaces de prescindir de su apariencia, de su poder y, sobre todo, de su pobreza, de su miedo, para ir a derramar granos de trigo también entre las zarzas y al borde de los caminos, allí donde más incómodo es sembrar…?

¿Dónde encontrarás Iglesia a tus amadores…?, ¿en la universidad…?, no…, sólo en los que, camino de Damasco, acepten ser derribados de las palabras y enamorados por la silenciosa Palabra.

¿Cómo auscultar la Palabra en la necedad, en la no apariencia, en la insignificancia de Pablo o de la realidad que me llega sin presentarse como embajadora de Dios, porque toda realidad es huella y señal de Dios?

Pablo se ha topado con un Amor inesperado, por el que lo dará todo. Todo lo estimará pérdida comparado con el conocimiento de Cristo (Flp 3,31 1), poco a poco se dará una comunión tal entre Cristo y Pablo que arrancará de él aquella hermosa expresión: “con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mi (…) que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,1920).

¡Gracias, Señor, por la ceguera que nos permite verte! ¡Gracias, Señor, por la ceguera y caída de Pablo que nos le trajo para decirnos tu amor y tu gracia! ¡Ciéganos, si es preciso, para que podamos ver!

 

EL ESPÍRITU

Pablo ora como todo judío convencido, y los testimonios de oración en sus escritos son innumerables, recomienda la oración en toda ocasión, la acción de gracias es permanente, la alabanza, la bendición, la petición, etc. Son expresiones de la oración conocidas para el orante de su tiempo. Pero la garantía de toda verdadera oración está en orar en el Espíritu. Es el Espíritu el que nos permite orar como hijos en el Hijo. Podemos orar porque somos “templos del Espíritu”: “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Co 3,16).

Una de las muchas referencias al Espíritu es ésta tan bella de la Carta a los Romanos, que puede servirnos de muestra:

“El espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26).

Viene en ayuda de nuestra flaqueza. Hay una clara conciencia en Pablo de su flaqueza. La oración se revela, así, como el lugar de la verdadera fortaleza, donde se manifiesta el poder, la fuerza de Dios. Es el Espíritu el que guiará a los primeros cristianos hasta los confines de la tierra, sintiéndose pobres en sí mismos pero intrépidos y valientes en el Espíritu de Jesús.

La flaqueza es condición para orar a partir del conocimiento de si mismo, flaqueza que se convierte para nosotros en “aguijón” que nos abofetea (cf. 2 Co 12,7), pero hemos de escuchar en el silencio las palabras liberadoras que oyó Pablo:

“Él me dijo: ‘te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza’. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, CUANDO ESTOY DÉBIL, ENTONCES ES CUANDO SOY FUERTE” (2 Co 12,9-10).

Orar es acoger esa palabra en la que somos invitados a mirar más allá de nuestras flaquezas y a fiarnos del poder de Dios. Nuestra flaqueza es ocasión de que brille su fuerza y su cariño por nosotros y por los destinatarios de nuestros silencios, obras y palabras.

El Espíritu se ha derramado en un barro quebradizo y esta es una verdad esencial para comprender la grandeza de su amor por nosotros: “Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros” (2 Co 4,7). Invitación de Pablo a mantener la alegría y sonreír a Dios en la adversidad, en la fragilidad. No es obstáculo para Él que seamos débiles, el obstáculo es que no creamos ni nos dejemos llevar por su viento, su Espíritu. El Espíritu es libertad (cf. 2 Co 3, 17), por eso la verdadera oración, abriéndonos al Espíritu nos hace hombres y mujeres libres y despiertos en Él.

El Espíritu es el que nos permite pronunciar la palabra por excelencia de toda oración: ABBA. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de hijos adoptivos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:¡Abba, Padre!” (Rm 8,14-15).

Es la palabra que expresa mejor la experiencia y la predicación más genuina de Jesús y, por tanto, de todo el Nuevo Testamento. Ella apunta cómo es el sentir de Dios por nosotros y revela todo un estilo de vivir y esperar. Orar es sentirse como el niño recién nacido en los brazos de su madre o de su padre: confianza plena, dejarse amar y entrega sin condición.

Abrirse al Espíritu será la mayor revolución a que un ser humano pueda someterse, y provocará que el viento desatado de Dios desarraigue y resucite o otros.

 

LA PALABRA

Del encuentro con Dios nace la palabra y la misión. Del encuentro en gratuidad. La gratuidad es palabra-clave en la doctrina de Pablo, todas sus páginas están llenas de referencia a la gracia, al DON inmerecido de su salvación. Orar es en esta clave algo que surge espontáneamente de haber caído en la cuenta del “gran amor con que nos amó”. Se ora porque si, por nada, por puro placer de estar con Él, y beber de Él lo único que ya puede satisfacer. “-por gracia habéis sido salvados- (..) y esto no viene de vosotros, sino que es don de Dios” (Ef 2,5.8).

La Palabra se convierte dentro de él en incontenible manantial que ha de brotar expresada en la pobreza y necedad de su lenguaje y de su persona: “Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo (…) Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (1 Co 1,27).

La palabra se gesta en el silencio de los dos momentos anteriores, que sintetizábamos como “la ceguera” y “el Espíritu”. El encuentro con la Palabra, con Cristo vivo hace germinar en él la palabra de salvación para todos, especialmente para los gentiles. Ese encuentro camino de Damasco, será fiel reflejo de lo que Dios seguirá haciendo con Pablo en un crecimiento sin final hasta que como Él y por Él, su Amor, entregue sin temor la vida, como rúbrica de toda una vida gastada hasta la última gota por dar a conocer el “gran amor con que nos amó”.


1. San Juan de la Cruz.

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

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