La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Religiosos activos y religiosos contemplativos

Hace siglos que existe cierta tensión en la Iglesia entre religiosos de vida activa y religiosos de vida contemplativa. Los de vida activa critican a los de la vida puramente contemplativa y les acusan de omisión ante los graves problemas que asolan grandes parcelas del pueblo de Dios.

Los de vida contemplativa se defienden y afirman que, como María, eligieron lo “unicum necessarium”. Estos últimos piensan que Cristo los defiende de esas criticas que les hacen los religiosos de vida activa con las mismas palabras del Señor: “¡Marta, Marta!…” Y, al mismo tiempo, acusan por su parte a los religiosos de congregaciones activas de correr el riesgo de perderse en el activismo apostólico, espiritualmente estéril.

Pero, en realidad, la contemplación no es privilegio de los religiosos que ingresan en las llamadas “órdenes contemplativas”, ni de aquellos cristianos que reciben el don de la contemplación infusa y se retiran de la sociedad para vivir en soledad.

Quien redacta estas líneas tuvo contacto personal bastante intimo con millares de religiosos de ambos sexos, tanto de órdenes y congregaciones de vida activa como de religiosos de vida contemplativa. Basándose en esa experiencia, puede testimoniar que religiosos de vida activa y religiosos de vida contemplativa se encuentran, prácticamente, en todas las órdenes y congregaciones existentes en la Iglesia.

Las denominaciones de orden contemplativa y de congregación de vida activa parecen indicar más bien el objetivo ideal propuesto de hecho a los respectivos miembros. Pero es cierto que entre los religiosos llamados contemplativos están aquellos que, simplemente, no alcanzan los secretos de una verdadera oración contemplativa.

Por el contrario, es indiscutible que muchos religiosos, que profesan en congregaciones llamadas de “vida activa” descubren con el tiempo los arcanos de una auténtica contemplación. Aun cuando viven internamente en un permanente estado de oración contemplativa, se entregan, al mismo tiempo, a actividades apostólicas propias de su congregación. Basándose, una vez más, en su experiencia personal, el autor de este libro deduce que el contingente de estos últimos -verdaderos contemplativos en acción- tiende a aumentar constantemente hoy en día.

Ésta es una maravillosa constatación, sobre todo entre religiosos con mayor experiencia en la vida de oración. Y lo que contribuye a ese excepcional reflorecimiento de verdadera oración contemplativa entre los religiosos de vida activa son, sin lugar a duda, los numerosos cursos de perfeccionamiento y profundización de espiritualidad cristiana. Una espiritualidad, al volverse profunda, no puede menos de tocar y de explorar las riquezas de la oración contemplativa.

Lo mismo se podría afirmar de innumerables cristianos laicos o seglares. Los hay -ciertamente en número mayor del que se podría pensar- que muy bien podrían dar lecciones de oración contemplativa a sacerdotes y religiosos consagrados. Los grupos carismáticos, bien dirigidos y preservados de la natural degradación en que muchos de ellos vendrían a caer con el paso del tiempo, son verdaderas escuelas de formación a la vida de oración profunda.

Los frutos logrados prueban esta afirmación. Marta se quejó de María, pero ésta fue defendida por Jesús. Por lo visto, la historia se repite: personas puramente contemplativas son pocas veces bien vistas por personas normalmente activas. Parece que la mayoría de los hombres tiende naturalmente a realizar tareas creativas con preferencia a cultivar actitudes filosóficas o contemplativas. La actitud contemplativa parece corresponder más bien a una particular estructura de la personalidad.

Por eso parece que no hay razón para criticas recíprocas entre religiosos y cristianos contemplativos y activos. Marta y María no son enemigas. Son hermanas de índole diversa. En la Iglesia hay lugar para ambas actitudes. Personas de vida de oración contemplativa son tan necesarias como aquellas que se ocupan sobre todo de las obras apostólicas.

A juzgar por los hechos, sobre todo en las congregaciones de vida activa, las dos actitudes prácticas -la de vida contemplativa y la de vida activa- no se excluyen recíprocamente. Maravillosamente se completan en la práctica dentro de la vida comunitaria de la Iglesia.

Hay numerosos santos que, en vida, se dedicaron afanosamente a obras de caridad y misericordia. Por este lado no podríamos considerarlos propiamente contemplativos como los que viven dentro de la clausura de un convento, dedicados casi exclusivamente a la oración. Pero seria un error considerarlos menos santos que santa Teresa de Jesús u otros grandes contemplativos de Occidente.

Jesús no criticó a Marta por el mero hecho de estar atareada en una obra santa. Simplemente aprovechó la circunstancia para demostrar la excelencia de la contemplación. Es como si quisiese decir a sus amigos, ocupados en importantes obras de apostolado, que de vez en cuando interrumpiesen su actividad personal para reabastecerse, para cobrar fuerzas a su lado.

Parece, sin duda, una advertencia; y éste es el sentido de sus palabras. La actividad y el trabajo corresponden a una necesidad natural del hombre. El reino de Dios exige violencia, una violencia que el hombre debe hacerse a si mismo para ser fiel al llamamiento del Señor para el amor, la única cosa necesaria para la salvación. El hombre natural, que no se preocupa por llegar al amor de Dios, se rebaja al nivel de animal irracional, desligándose de su destino de eternidad.

Este libro pretende ser una especie de portavoz de Dios encaminado a la tarea de alertar a los cristianos y a los religiosos de vida activa para que consideren la necesidad de la oración.

La acción nunca sustituye ni suple a la oración en los tiempos explícitamente señalados a cada religioso; la oración es necesaria para dar sentido evangélico a la actividad apostólica.

Aquellos que acusan a los contemplativos de inoperantes y de ociosos generalmente ignoran el significado más elevado de una oración adelantada. Por desgracia, hay cristianos -y también religiosos- que de la vida espiritual sólo conocen lo que ellos mismos viven. No caen en la cuenta de la inmensa variedad de dones que Dios reparte entre sus amigos y de la gran diversidad de respuestas que los hombres dan a la llamada del Señor. Y es porque ignoran la gran diferencia de los grados de generosidad con que responden las personas, e imitan simplemente a Marta, que reclamó y se quejó de la actitud de su hermana María, totalmente entregada a la oración. Pero, una vez instruida por el Señor sobre el sentido espiritual de la actitud de su hermana María, Marta entendió la lección y dejó de censurar a María…

Por eso, cuantos comprenden el valor de la vida de oración difícilmente reclaman o se quejan del género de vida de los llamados contemplativos. Si tuviesen la fortuna de vivir con una persona contemplativa, ya fuese de su propia familia, ya de una comunidad religiosa, se alegrarían no poco y se sentirían estimulados a imitarles siguiendo su admirable ejemplo.

¿Qué actitud se podría aconsejar a los que desean cultivar la vida contemplativa, ante la absurda hostilidad de aquellos que los critican o desprecian precisamente por eso? La mejor política que debemos adoptar ante esas agresiones y esas ofensas parece ser la de la simple tolerancia. Discutir con el adversario para defenderse parece ser, más o menos, inútil.

Quienes se oponen a la vida contemplativa son, generalmente, personas que desconocen los misterios de la vida de oración profunda. Por eso los argumentos de experiencia personal del contemplativo son generalmente considerados dislates de la imaginación y del sentimiento.

El que logró descubrir los secretos de la intimidad amorosa de Dios hace muy bien en guardar en secreto la preciosa perla, en lugar de mostrársela a quien desconoce su valor. Dios defiende a sus amigos, como defendió a María Magdalena cuando, embelesada, le escuchaba sentada a sus pies. Es cierto que Dios prefiere a aquellos que se mantienen más próximos a él. No existe una tarea apostólica realizada lejos de Jesús que pueda compararse con los momentos de intimidad amorosa pasados a los pies del maestro.

Pero esta afirmación no entraña condenación alguna de las actividades apostólicas en si. Al contrario. La actividad apostólica más eficaz espiritualmente nace precisamente de un corazón profundamente contemplativo. Y esto lo entienden perfectamente los auténticos apóstoles. Ellos lo saben muy bien por propia experiencia.

Por eso es también muy cierto que, por parte de ellos, no hay que temer nunca criticas agresivas o de menosprecio a los verdaderos contemplativos. Al contrario. Se sienten apoyados y estimulados en sus trabajos por aquellos que se pierden en la intimidad amorosa con el Señor.

Es prácticamente inevitable que el apóstol, dedicado de lleno a sus hermanos por amor a Cristo, se sienta también, al mismo tiempo, muy preocupado de sí mismo. Existe, por tanto, una dispersión de la atención que el apóstol ha de prestar a la única cosa necesaria: el amor y alabanza a Dios por lo que El es en si mismo. No existe obra humana más importante que ésta. Es el mismo Cristo quien lo afirma: “¡Marta, Marta!… Una sola cosa es necesaria… El maestro se refería claramente a aquello que María estaba haciendo en aquel instante. Pero fijémonos en que Cristo no aconsejó a Marta que dejase sus tareas domésticas e imitase a su hermana, dando a entender con ello que ambas estaban haciendo cosas importantes y santas. Sólo quiso destacar la superioridad en si de la obra contemplativa en que se hallaba inmersa María. Quiso, con ello, hacer notar a sus discípulos la necesidad de saber hacer de cuando en cuando un paréntesis en su labor apostólica, por importante que ésta sea, para entregarse por algún tiempo a la oración propiamente dicha. Nos quiso enseñar también que la acción apostólica que no va impregnada del amor de Dios pierde su significado más profundo de elemento constructor del reino de Dios.

La fecundidad espiritual de la acción apostólica depende, de hecho, directamente de la vida de oración personal del apóstol. Lo demás es sociología o filantropía barata, que poco o nada tiene que ver con el evangelio. Cuanto más perfecto es el amor de Dios, tanto menos ese amor estará condicionado por las cosas puramente humanas. El valor apostólico de toda obra humana está condicionado por la situación espiritual del apóstol en ese momento preciso y no por el valor humano de la obra en sí.

En el pasaje evangélico de Lucas, ya citado con motivo de la visita a Lázaro y a sus hermanas, el Señor se refiere a un todo de las actitudes humanas: trabajo y oración. Ambas cosas son importantes y necesarias en la vida, pero Cristo establece una jerarquía entre ambas. Dice que la parte de la oración contemplativa es la mejor. Afirma que de dos partes de una misma unidad o de un todo, una de ellas es mejor, pero afirma también que la otra parte es igualmente buena. Y en la Iglesia, que nos enseña la doctrina del divino maestro, se habla consecuentemente de dos formas de vida cristiana: la vida activa y la vida contemplativa. En realidad, se recogen aquí tres grados distintos de vida cristiana: primer grado: vida cristiana en la que predomina la acción avalada por obras de misericordia corporal; segundo grado: vida cristiana en que la persona comienza a meditar asiduamente las verdades eternas. El primer grado de perfección cristiana es bueno, pero el segundo es evidentemente mejor. La persona que vive el primer grado de perfección cristiana no puede progresar espiritualmente sí no interrumpe periódicamente su actividad para meditar y rezar. Por su parte, el contemplativo no puede tampoco huir de ejercitar una cierta actividad apostólica limitada, ya sea doméstica, ya sea pública; tercer grado: vida cristiana contemplativa propiamente dicha, cuya actividad interna de amorosa relación con el Señor no deja espacio para otras ocupaciones.

El primer grado de vida cristiana es bueno. El segundo es mejor. El tercero, sin embargo, es el mejor de todos: es la parte de todo lo que corresponde a María, sentada a los pies de Jesús. Pero Cristo no dice que la vida contemplativa de María es mejor que las otras maneras de vivir la vida cristiana. Afirma solamente que la mejor parte de la vida cristiana es la que María ha elegido.

¿Y por qué la contemplación es la parte mejor de la vida cristiana? Esto se explica porque la contemplación, como tal, es un pálido anticipo de lo que constituye la ocupación de los ángeles y de los santos en el cielo. En la eternidad, los dos primeros grados de vida cristiana desaparecerán. Únicamente permanecerá la contemplación en su forma más pura, sin mezcla de nada humano.

Algunos cristianos están obligados a hacerse contemplativos, pero todos debemos vivir una auténtica vida cristiana. El grado de perfección con que cada cual la viva depende de la opción de cada uno.

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