La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Resistencia

Aquél que no está psicológicamente en parte alguna, probablemente podría encontrarse en todas partes. Cuando Cristo afirmó que «El reino de Dios está dentro de vosotros», no se trataba de una mera indicación de que, para hallarle, debemos recogernos dentro de nosotros mismos. Vivir recogido de ese modo es una actitud psíquicamente enferma que hace pensar en una esquizofrenia. Y ésta, ciertamente, no seria una buena manera de expresar la vida interior de unión con Dios.

Una persona que se encierra en si misma no siempre vive una auténtica vida espiritual. El tipo esquizoide tiende a vivenciar habitualmente ideas y sentimientos egocéntricos más o menos obsesivos. Con frecuencia se alimenta de miedos, pesimismos e incluso de ideas catastróficas.

Una actitud eficaz para recorrer con provecho el camino que lleva a la oración contemplativa es la de no estar en un lugar determinado. La actitud de recogerse en sí mismo, con su propio yo, no ayuda nada. Más bien bloquea todo proceso.

¿En qué lugar ha de recogerse el que trata de encontrarse con el Señor? No estar físicamente en lugar alguno significa estar espiritualmente en todas partes. Con esto se quiere indicar que la actividad espiritual no está localizada particularmente en parte alguna.

Cuando centramos nuestro pensamiento en determinado objeto o en cierto lugar que no podemos percibir por nuestros sentidos externos, estamos realmente junto a ese objeto o ese lugar. Nos hallamos psicológicamente junto a ese objeto o en ese lugar de igual manera que, en ese momento, nuestro cuerpo se encuentra efectivamente en un determinado lugar físico y no en otro.

Podemos realmente encontrarnos físicamente en un lugar, mientras que espiritualmente nos encontramos de hecho en otro lugar. Podemos estar físicamente con una persona, mientras que, psicológicamente y al mismo tiempo, podemos estar con otra. Podemos estar espiritualmente con el Señor, al tiempo que nuestro cuerpo ocupa un lugar físico en una iglesia, en el jardín, en la calle, en una sala de reuniones, etc.

Podemos estar espiritualmente en intimidad amorosa con el Señor sin que nuestros sentidos externos perciban absolutamente nada de nada. En esta situación, los sentidos externos, sobre todo la vista y el oído, quedan prácticamente frustrados en su natural deseo de ver y de oír. Pueden tratar de romper el bloqueo que se les impuso: las famosas distracciones en la oración. Nuestros sentidos son realmente insaciables. Siempre están al acecho en busca de nuevas imágenes visuales o auditivas, hasta el punto de no dejar espacio libre para que la inteligencia pueda elaborarlas a nivel de las ideas.

Ésta es la explicación de la escandalosa superficialidad en el lenguaje del hombre medio en este fin de siglo. El mundo actual padece un lamentable vacío de ideas. Los estudios, en todos los grados de la enseñanza, son de bajo nivel. Son relativamente pocas las personas que todavía gustan de estudiar, de pensar, de inventar. El hombre de hoy se satisface tristemente de las sensaciones epidérmicas de la vida. Esto explica también la relativa escasez de personas -incluso entre sacerdotes y religiosos- que se sienten atraídas por una vida de oración más profunda.

La quietud y el reposo necesarios para estar con el Señor exigen una buena disciplina de los sentidos. El principiante deberá contentarse con un saber estar (modestia y recogimiento), dejarse llevar por el deseo y el amor de Dios. Importa mucho también el sentirse absolutamente pobre. El Señor no se muestra a aquellas personas que le buscan ocupadas con otros intereses. Tampoco se puede poseer a Dios con el solo conocimiento intelectual. Mirar a Dios con el conocimiento que de él tenemos no nos basta para poseerlo. Únicamente el amor puro da la sensación de posesión, de pertenencia. El rico y el apegado a las cosas materiales no tiene espacio para recibir al Señor ni puede poseerlo. A lo sumo, los que así buscan al Señor sólo consiguen verlo vagamente y de lejos, a distancia.

El que posee a Dios no puede verlo. Es imposible explicar a los demás lo que es poseer a Dios. Pueden saber lo que eso significa únicamente los que prueban el gusto refinado de esa experiencia personal. El contemplativo que ha encontrado a Dios sabe que se trata de una experiencia muy oscura, inexplicable. La sensación de oscuridad y de incertidumbre que experimenta en la presencia de Dios vivo es debida en realidad al ofuscamiento que produce el brillo de la luz espiritual que es el propio Dios. Estar en esa misteriosa oscuridad permite comprender la realidad total del hombre y de todas las cosas creadas, en presencia del Dios creador.

El vacío interior de que el contemplativo se reviste cuando trata de ir en busca de Dios es una experiencia sin par, capaz de transformar por completo al hombre. El amor puramente humano se transforma en algo extraordinariamente grande y bello. El primer efecto espiritual que brota de esa sorprendente experiencia es una espectacular visión interior de la hediondez de sus pecados. Ese aspecto despierta un profundo y sincero arrepentimiento. Tan arrepentida se siente la persona que contempla y tan amargamente llora sus pecados, que, al final, acaba por vislumbrar con toda claridad que Dios, en su infinita misericordia, le ha perdonado todo, absolutamente todo.

Principiantes de la vida contemplativa hay que, cuando comienzan a sentir la dificultad del camino a recorrer, se asustan, se dejan invadir por el pánico y huyen.

Nadie puede vivir por mucho tiempo tenso, angustiado o ansioso sin procurarse instintivamente un alivio. Lo que más rápidamente calma cualquier dolor es la experiencia de un placer. Cuanto mayor es el placer, tanto más mitiga el dolor o el sufrimiento.

El cristiano comprometido en el seguimiento de Jesucristo sabe que la búsqueda de los placeres de la vida es incompatible con ese ideal.

El cristiano en general, y lo mismo el contemplativo en particular, saben muy bien que no viven para sufrir. Cristo, nuestro maestro, no vino al mundo para sufrir. Vino para salvar a los hombres. Todos sabemos que el sufrimiento y las dificultades de todo orden son ingredientes naturales de la propia vida. Lo importante siempre es saber tolerarlos. Incluso hasta pueden ser espiritualmente valorados para el crecimiento en unión y a imitación de Cristo, que salvó el mundo por su pasión y muerte en la cruz.

Aquel contemplativo que no quisiese nada con el sufrimiento tomaría el camino equivocado de la falsa mística. Principiantes en la vida de oración que abandonan el camino iniciado por miedo a sufrir y padecer, se entregan a veces a escandalosas desviaciones de orden moral. Diríase que expresamente buscan embriagarse en los placeres para ahogar el miedo, la ansiedad y la angustia que les atormentan.

Todo eso les pasa porque no tuvieron la paciencia necesaria para esperar.

El descubrimiento de la oración contemplativa requiere generalmente tiempo y una buena dosis de paciencia. El principiante que aprendió a trabajar con tranquila insistencia no se verá frustrado en los frutos. Acabará recogiéndolos preciosos y abundantes; entre ellos, un gozo y una alegría que no se pueden comparar con los más refinados placeres de la vida. «El que la sigue, la consigue», dice un refrán de los cazadores, refiriéndose a la pieza perseguida.

Creemos que esta comparación viene muy bien al caso de la constancia en el campo de la oración contemplativa.

Todo el que se esfuerza con buena voluntad y sigue el camino indicado en la doctrina sobre la espiritualidad, no se verá desilusionado en su esperanza. Será confortado. A cada momento se renovará la confianza en su destino. Poco a poco será curado de sus pecados, hasta el punto de que éstos ya no constituyen obstáculo alguno para su crecimiento en la vida espiritual.

El dolor que siente por los pecados cometidos es constante, pero se siente profundamente comprendido y perdonado por el Señor.

El sufrimiento es parte inevitable en la vida espiritual, como, por otra parte, lo es en la vida de cualquier persona. El contemplativo procura transformar el sufrimiento natural de su vida en su purgatorio. Se trata de una ocasión de mayor purificación, muy útil al contemplativo; es también muy agradable a los ojos del Señor.

Como ya queda explicado en páginas anteriores, en la medida en que el contemplativo avanza en su camino de unión con Dios por el amor, desaparece la noción de pecados particulares o propios. Entonces comienza a fijarse objetivamente en la noción de pecado como un mal global trágico que ofende vilmente a su

Señor, amado sobre todas las cosas. Entonces comienza a pensar en las ofensas y manchas que hieren a su amado. El mayor sufrimiento del hombre de oración está en el hecho de tener consciencia muy clara de que él es precisamente participe de eso tan asqueroso que es el pecado. Sabe que la raíz del pecado brota dentro de él, que él mismo forma parte de ese pecado.

Hay momentos en la vida del contemplativo en que llega a experimentar plenamente la dicha de vivir en profunda intimidad con Dios. En ese momento se siente plenamente compensado por los sufrimientos que le afligen en su constante búsqueda de una intimidad cada vez mayor.

A causa de esas inefables alegrías espirituales, el contemplativo vive ya aquí, en la tierra, períodos concretos de paz y de felicidad sólo comparables con la inefable bienaventuranza de los santos en el paraíso. Hay una gran diferencia entre esta felicidad humana y aquello que debe ser la bienaventuranza eterna del cielo. Aquí, en la tierra, todo transcurre en la oscuridad de la fe, en cuanto que allí, en la eternidad del cielo, todo es visión clara de esa maravillosa realidad.

La realidad espiritual comienza en el punto en que termina la realidad material. El conocimiento y una cierta comprensión de Dios se sitúa en la cima de la espiritualidad.

Para penetrar en el ámbito de la mística religiosa es preciso partir de nada que sea material y sensible. Cerrar a cal y canto los sentidos del cuerpo y desprenderse de toda percepción. La oración contemplativa se sitúa más allá de los sentidos externos y de las percepciones. Los ojos están hechos para ver objetos, líneas, colores y movimientos. Los oídos, para escuchar sonidos y ruidos. El tacto está hecho para darse cuenta de la contextura de las cosas. El sentido cenestésico conoce la temperatura y el peso de los objetos que pueden tocarse. El olfato es para darnos cuenta del olor de las cosas, y el gusto, en fin, experimenta el sabor de cuanto metemos en la boca.

En Dios no existe nada que podamos percibir con los sentidos externos. Cantidades y cualidades son propiedades de las cosas materiales. Únicamente los sentidos internos de la fe y de la consciencia del hombre son lo suficientemente sensibles para constatar la realidad sobrenatural.

Aplicar a Dios los sentidos externos en general y los internos de la fantasía y de la impresión sensible es violar la naturaleza de las cosas. Los cinco sentidos, la razón, la fantasía, etc., son para conocer las cosas del mundo material. Las realidades íntimas del espíritu no pueden ser vistas por ellos.

El autor anónimo de La Nube del No-Saber afirma con razón: «… el hombre conoce las cosas del espíritu más por lo que ellas no son que por lo que son». Cuando nos encontramos con hechos que nuestros sentidos externos no pueden escudriñar, existe siempre la posibilidad de hallarnos ante realidades espirituales. Entre tanto, por más potentes que sean nuestros sentidos internos, jamás podremos, por medio de ellos, conocer a Dios tal como realmente es.

Un buen método para descubrir algo de lo que Dios es consiste en comenzar a afirmar de todo lo que se conoce: «Esto no es Dios». Si sigues con esa relación de cosas que conoces y que sabemos no son Dios, llegarás a un punto en que tu conocimiento se agota. Por eso san Dionisio afirmaba que el conocimiento más divino de Dios es aquel que consiste en conocer por el no-conocimiento.

Esto es un poco difícil de entender. Pero, de acuerdo con otros peritos en materia de espiritualidad, es la pura verdad.

No obstante, las lucubraciones filosóficas no nos deben preocupar. Al aprendiz de la oración contemplativa le basta saber que no debe perder el tiempo en raciocinios intelectuales, teológicos o filosóficos para comprender a ese nivel la naturaleza y los atributos de Dios. Le interesa saber que basta abrirse totalmente a Dios con gran generosidad y mucha constancia para que él, de algún modo, se le descubra.

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