La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Ser sensible y dócil a la gracia

Épocas hubo, en la historia de la Iglesia, en que la gracia de Dios tocaba de modo especial el corazón de muchos hombres. Notable fue el periodo de las grandes persecuciones por el gran número de cristianos que buscaban el martirio por confesar a Cristo.

Es evidente que ese fenómeno socio-religioso tuvo su origen en un auténtico y profundo amor a Jesucristo. Millares de hombres, mujeres y niños abandonaban voluntariamente una vida de alegrías y de bienestar para dar testimonio, derramando su sangre, de su amor a Cristo. Fenómeno admirable de la gracia, prácticamente imposible de repetir por arte puramente humana.

La psicología del comportamiento humano consigue provocar y controlar conductas individuales y de masas mediante una inteligente manipulación de condicionamientos humanos. Mas los mártires cristianos entregaban la vida por un auténtico amor a Dios nacido de la gracia.

Existen también comportamientos humanos individuales y colectivos que son el resultado del cultivo personal y común de valores de orden espiritual. La fe, la esperanza y el amor pueden, efectivamente, despertar con el estudio del mensaje salvífico de Jesucristo. Ciertos valores humanos y espirituales, debidamente reconocidos, pueden también desencadenar comportamientos originales, poco comunes en la vida ordinaria, de individuos de determinados estratos sociales.

Muchos martirios de los primeros siglos de la Iglesia tienen su explicación precisamente en ese conocimiento de Cristo que genera la fe, la esperanza y el amor.

Dios puede, efectivamente, tocar los corazones de los hombres a través de la actuación especial de su gracia. El movimiento preconciliar de renovación de la liturgia y de la vida de oración parece favorecer actualmente la explosión de un nuevo ímpetu de santidad. Existe hoy en día una particular sensibilidad difusa en extensas capas de la sociedad -sacerdotes, religiosos consagrados, cristianos laicos- para profundizar en la vida de oración. El ejercicio de la contemplación representa, sin duda, lo más refinado de los medios a disposición de esas personas para el desarrollo de su potencialidad espiritual.

Muchos hombres y mujeres de hoy, sensibles a esa misteriosa pero insistente llamada de Dios, deciden responder con gran generosidad. Los hay que procuran sacar un tiempo libre en sus ocupaciones profesionales o domésticas para poder atender al convite amoroso del Señor. Basta comenzar con entusiasmo y continuar sin desfallecimiento. El Señor mismo se ofrece para acudir en socorro de las almas generosas en las dificultades con que se encuentren en el camino. Él protege a sus amigos y les infunde seguridad y confianza durante el viaje.

La función contemplativa tiene lugar de forma semejante al sueño. Tanto en éste como en aquélla los sentidos externos se apagan y el pensamiento deja de ser controlado por la voluntad. En ambos casos el cuerpo permanece totalmente en reposo. En la contemplación el espíritu se abandona también a un tranquilo reposo en Dios y se dispone a gozarlo amorosamente tal como él es. Entre tanto, el mismo hombre interior se renueva maravillosamente.

En esa situación de profunda intimidad contemplativa con el Señor es fácil comprender que contemplar no es una actividad intelectual o puramente racional. Por eso el proceso de búsqueda o investigación en la oración contemplativa sigue un método preciso. Consiste, fundamentalmente, en aprender a purificarse de cualquier idea o pensamiento activo respecto de algún atributo particular cualquiera de Dios o de sí mismo, o de cualquier otra criatura.

Todo cuanto se dice en este libro referente a la contemplación puede dejar a ciertos lectores un poco asustados. Hay quien se pregunta perplejo si el intento de recorrer este camino para llegar a Dios podría, eventualmente, exponer a esa persona a un riesgo de gran fracaso.

Preciso es reconocer que esa duda es comprensible. La vida de oración, en la mayoría de las personas, depende generalmente sólo de las facultades de la inteligencia y de la voluntad. La vida espiritual de no pocos cristianos se lleva adelante a fuerza de voluntad, como una tarea ardua que hay que cumplir. Cambiar de método y de estilo de vida religiosa, al cual ya se está habituado, requiere una gran generosidad y la suficiente capacidad para modificar unos hábitos a veces profundamente arraigados.

Se trata nada menos que de adoptar un nuevo estilo de vida espiritual. En algunos aspectos, ese cambio de costumbres puede hacerse muy difícil. Tan difícil como a un nuevo rico adaptarse al modo de vivir y de relacionarse con las personas de la nueva clase social en que acaba de ingresar.

Hay quien comienza a dudar incluso de si la oración contemplativa es realmente tan agradable a Dios como se dice. En este caso, una explicación racional de la problemática basta generalmente para desterrar la duda. Una buena comprensión intelectual del problema permite una decisión con pleno conocimiento de causa y con gran confianza.

Si sin Dios nada podemos, con él todo nos es posible. Una buena comprensión de lo que es la vida contemplativa se puede adquirir mediante la atenta y reposada lectura de este o de otros libros que traten de la materia. Para conocer mejor el asunto es también de gran utilidad tener algunas entrevistas con la persona que conozcamos impuesta en el tema.

Para salir con éxito en nuestro empeño del aprendizaje en la vida contemplativa existen dos condiciones básicas:

1ª Decisión personal, libre y firme, de profundizar en la vida espiritual por la vía contemplativa.

2ª Entera docilidad a un sabio y experimentado director espiritual.

Un director espiritual de confianza posee, cuando menos, estas tres características personales: 1) inteligencia; 2) prudencia humana y evangélica; 3) experiencia personal de profunda espiritualidad.

La actitud básica del «dirigido» ante su «director» debe ser la de apertura, de confianza y de docilidad. La relación interpersonal de estas dos personas en situación se debe desarrollar a modo de diálogo. Y, ya se sabe, el diálogo es posible únicamente entre personas que se aman, es decir, que llevan a cabo funciones y actitudes recíprocas: de aceptación, de respeto, de perdón, de confianza, de ayuda…

El conocimiento de la biografía de grandes contemplativos puede despertar el entusiasmo por este estilo de vida de oración. Entre otros muchos, recomendamos la lectura meditada de la vida de santa Teresa de Jesús; las biografías del santo cura de Ars, de san Juan de la Cruz, de san Ignacio de Loyola… Los que hacen la experiencia de vida contemplativa dan a entender que el lenguaje humano no es capaz de describir todo lo que la experiencia y profunda contemplación de Dios es en realidad. No se puede describir con exactitud la experiencia personal de Dios. Pero si es posible hablar de un modo aproximado.

La lectura atenta de los libros que arriba se indican y aconsejan, o bien una conversación íntima con una persona auténticamente contemplativa, dan una idea bastante clara de la maravilla que supone la vida de unión con Dios.

El grado de perfección del hombre se mide por el grado de intimidad y de solidez de su unión con Dios, consumada en el amor. Esto sólo puede entenderlo convenientemente aquel que lo experimenta personalmente. La autenticidad de tal situación se mide por los frutos que ella produce en la vida práctica del contemplativo. La síntesis de esos frutos es el amor sencillo, generoso y directo del contemplativo en relación con Dios, con los hombres y con la naturaleza.

El amor, síntesis de todas las virtudes, aparece de manera muy clara en la vida de san Francisco de Asís. Este amor en acción lleva al contemplativo a limitar la divagación de su pensamiento y de su palabra. Él habla poco, pero vive intensamente el amor. Es también por eso que el contemplativo no es amigo de largas oraciones vocales y de morosas meditaciones discursivas. Su oración es más bien sencilla, breve y frecuente. Su permanente unión con Dios le dispensa de muchas palabras.

A los que quieren seguir al Señor en amorosa intimidad, él mismo les recomienda con severidad: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). Negarse a sí mismo, porque nadie puede seguir a Jesús por propia iniciativa. Quien sigue a Jesús no lo hace por libre voluntad. Es el Señor quien toma la delantera y le llama, le convida, le invita a seguirle con la cruz. El hombre es o no llamado. Responde o no responde a la invitación.

¿Y cómo podremos saber si Dios nos llama a la vida contemplativa? La llamada, la invitación a ir a su encuentro, puede explicarse por una atracción interior, un misterioso anhelo y un deseo de aproximación. Los motivos de esa reacción del hombre a la misteriosa manifestación de Dios están siempre relacionados con cierta sensibilidad natural del hombre frente a los diferentes valores existenciales.

Esos valores pueden ser muy variados: para uno será el deseo de conocer a Dios; otro se sentirá atraído por él como si fuese su padre, su hermano, su amigo… Habrá quien se interese por el misterio de la luz interior… La gracia es esa fuerza de atracción, ese deseo, esa necesidad que impele, que atrae.

Tienen éxito en la vía contemplativa únicamente las personas que se dejan conducir en ella con fidelidad, siguiendo los impulsos de la gracia. A pesar de toda orientación metodológica, aconsejada a quienes se proponen vivir la vida contemplativa, en definitiva, Dios es siempre el agente principal en todo ese proceso. Cabe al hombre ser totalmente receptivo, ser sensible a la gracia y seguir sus impulsos. El deseo y el anhelo de Dios son una apertura constante a la acción divina. Además, el contemplativo va poco a poco aprendiendo por experiencia personal.

Todos tenemos, al menos, una cierta sensibilidad de Dios. El Creador toca el corazón de los hombres directamente o por circunstancias, las más de las veces inesperadas. Algunos se sienten tocados por Dios después de la lectura de un buen libro, como, por ejemplo, éste. Sin embargo, ni libros ni personas nos pueden enseñar a rezar y a contemplar como enseña de hecho la propia experiencia personal. La más elevada y más significativa experiencia de que el hombre es capaz es la experiencia de Dios. Pero ésta sólo es posible mediante el total olvido de uno mismo. No olvidemos que para seguir a Cristo es necesario negarse a sí mismo.

Para aprender a contemplar es necesario seguir un método, que no es otra cosa que un proceso de desarrollo del aprendizaje. Ese proceso sigue varias etapas. La primera de ellas es el desnudarse uno de si mismo, olvidarse de todo nuestro saber con respecto a nosotros mismos y de los demás, olvidarse también de las cosas, y hasta del conocimiento de los atributos particulares de Dios. La segunda etapa consiste en sentir un ardiente deseo de experimentar a Dios. Ese deseo se transformará poco a poco en un gran anhelo de experimentar únicamente a Dios. Finalmente, si perseveramos en esa búsqueda en que el ansia de experimentar a Dios aumenta, crece también la soledad del corazón. Esta soledad lleva a destruir el conocimiento personal de todas las cosas, incluso del propio yo. Entonces, sí habrá lugar para experimentar a Dios tal cual es.

Éste es el proceder de la persona que ama. El que ama de verdad se olvida de sí mismo y se concentra totalmente en el objeto de su amor. El fijar su atención y sus intereses en la persona amada no intenta arrebatar al otro para apropiárselo todo para si. Esto sería un amor egoísta. La esencia del amor es el inmenso deseo del amante de entregarse a la persona amada. Configura, por tanto, una actitud y un gesto de donación gratuita de si al otro. A ese deseo de donarse le acompaña el de un total olvido de si mismo. Ese proceso mental-espiritual puede ser perfectamente entendido única-mente por el que lo experimenta.

La percepción de la experiencia de sí mismo es la negación de la experiencia de Dios. Con eso no pretendemos decir que la experiencia de uno mismo sea algo indeseable. Sabemos que el conocimiento del propio ser es condición de la normalidad de la persona. Con la afirmación arriba dicha se quiere dar a entender únicamente que, en la contemplación, la preocupación y la ocupación no deben tener por objeto al propio sujeto, sino únicamente a Dios.

En el fenómeno de la contemplación, el conocimiento de Dios presente se sobrepone totalmente al conocimiento de sí. Y en tanto este proceso no es completo, no existe contemplación propiamente dicha. Ésta es una vivencia profunda y única de Dios, que excluye la simultaneidad de otra vivencia cualquiera. En la medida en que la gracia toca al principiante en la vida contemplativa, éste ve más claro y aprecia cada vez más el valor de la oración contemplativa.

Las facultades de la inteligencia, de la memoria y de la voluntad no ayudan realmente mucho para alcanzar el amor contemplativo. Tampoco ayudan mucho, que se diga, las meditaciones imaginativas y especulativas por si mismas, para despertar el amor a Dios. Más vale el simple conocimiento del propio ser, aun cuando ese conocimiento pueda significar un doloroso peso para el propio yo. Mientras yo me ocupo de mi propio conocimiento, lo único que consigo obtener con eso es una paupérrima experiencia de mi yo. Y esto es sumamente doloroso para quien trata de buscar sólo a Dios. El sufrimiento de no encontrar a quien con tantas ansias se busca termina en una explosión de lágrimas, inflama el deseo e intensifica la búsqueda: «Maria estaba junto al sepulcro, afuera, llorando… Han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto… Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?… ¡Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo pusiste, y yo le tomaré!» (Jn 20,11-15). El dolor de la pérdida y de la consiguiente soledad constituye el clima favorable para la eclosión de un gran deseo de sentir a Dios tal cual es.

La oración vocal de salmos y de otras preces tiene un gran valor, sobre todo para los principiantes en el camino de una espiritualidad más profunda.

También la meditación de textos bíblicos ayuda a descubrir el valor espiritual de uno mismo y de Dios. Por lo demás, no es fácil tener una auténtica experiencia de uno mismo sin ejercitar antes las potencias de la imaginación y de la razón para reconocer la condición personal de pecador. La capacidad de llorar los propios pecados y de alegrarse con la grandeza y hermosura de Dios son los frutos de ese reconocimiento.

Por tanto, el primer paso que hay que dar para penetrar en el reino de la contemplación es la oración vocal y la meditación discursiva muy bien hechas. Son dos maneras de relacionarse con Dios muy preciosas.

La mayoría de los cristianos alimenta su espiritualidad mediante esas prácticas de piedad. La contemplación lleva a una espiritualidad más elevada, capaz de unir al hombre con Dios de manera más sólida. La oración contemplativa supone una gran capacidad de amar y de donarse plenamente. Permite al hombre «saborear las inefables delicias del Señor». Existe solamente una puerta para poder entrar en ese misterioso reino de las delicias del Señor. Esa puerta no es el conocimiento racional de técnicas psicológicas. No es tampoco el conocimiento de la historia de la Iglesia o de la biografía de algunos grandes místicos que podrían servir de modelo. La única puerta de entrada en ese misterioso templo de la mística es el Señor: «… Yo soy la puerta. Quien entra por mí se salvará; entrará y saldrá y hallará pasto…» (Jn 10,9). Entrar por la puerta -el Señor- es, ante todo, meditar la pasión de Jesucristo. Por esa piadosa reflexión se llega a comprender la maldad del pecado y a arrepentirse de él.

El arrepentimiento sincero incluye siempre el firme propósito de no volver a ofender a un Señor tan amable y tan misericordioso. El sentimiento de compasión por el Señor, tan injustamente maltratado, que llegó incluso a morir en la cruz por nuestras infidelidades, mueve nuestro corazón a acercarnos a él. Fue precisamente este sentimiento de dolor y de piedad el que llevó a Maria Magdalena a aproximarse a la cruz y, arrodillada, postrada, romper en dolorido llanto. El dolor hace llorar. ¡Benditas lágrimas de arrepentimiento, porque ellas nos redimen de nuestras culpas!

Hay quienes intentan entrar en la tierra prometida de la salvación por otra puerta que no es la del Señor Jesús. Son los que apuestan por una reflexión especulativa, por hipótesis imaginativas y de fantasías como camino para una eternidad feliz… Pero todos los que siguen este camino, generalmente acaban por decepcionarse profundamente. Refiriéndose a estas personas, Cristo dice: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir» (Jn 10,10). A veces, esas personas tratan de justificar su mala conducta, su situación oscura y pecaminosa. De lo que no cabe duda es que la meditación es necesaria, ya que ella es la puerta de entrada en la vida devota, que viene a ser el vestíbulo de la vida contemplativa.

Si Cristo es la puerta, lo primero que hay que hacer para entrar en el reino de la intimidad contemplativa es tratar de encontrar a Cristo y de permanecer junto a él. No se entra por la puerta de un rico palacio sin antes limpiarse bien los zapatos. La vida de pecado mancha al hombre y lo hace indigno de entrar en el santo de los santos. Toda la purificación personal se hace de rodillas, con sentimiento de profundo dolor, delante del Señor. El pecador arrepentido se purifica, entonces, más y más y, humildemente, espera a la puerta hasta que le inviten a entrar. La invitación viene del Espíritu Santo. Él es la señal evidente de la llamada y quien mueve a la persona que espera esa llamada a iniciar una vida espiritual más elevada.

Muchas personas devotas, sinceramente ocupadas en lecturas piadosas, pueden sentir el deseo de vivir una mayor intimidad con el Señor. Ello es, ciertamente, una señal de la gracia, que toca su corazón. Pero no todos los que leen esas cosas se sienten movidos por ella de la misma manera.

Parece que la diferencia de esos efectos podría explicarse por una sensibilidad mayor o menor a la llamada de la gracia de unos y otros. Sería actitud de gran sabiduría, por parte de los que se sienten llamados, el seguir ese impulso de la gracia y decidirse con todo entusiasmo a iniciarse en la oración contemplativa. Los demás deberían continuar fielmente a la puerta de entrada -el Señor- que conduce al reino de la salvación eterna.

Están, efectivamente, aquellas otras personas llamadas simplemente a salvarse. Y ya hemos visto que otras están llamadas por Dios a una perfección mayor. Todo ello es cosa de la misteriosa y arcana voluntad de Dios respecto de los hombres, sus criaturas predilectas. No es importante esa diferencia de vocaciones. Dios tiene sus designios, que no siempre son claros para nosotros. Por otra parte, es muy importante que cada cual siga la llamada que Dios le hace.

Todas las vocaciones son buenas, preciosas y santas. Cada llamada particular de Dios implica, para el respectivo elegido, obligaciones, compromisos y trabajos personales. Es necesario pedir constantemente a Dios el auxilio de su gracia para serle siempre fiel y dócil a su llamamiento.

Nadie debe decirle a Dios a qué clase de vocación le gustaría ser llamado. Seria igualmente erróneo forzar la contemplación. Todo lo que en la vida espiritual es forzado, nunca produce buenos resultados.

Un fracaso es siempre un pequeño o un gran desastre, capaz de llevar al desaliento. Y ya sabemos: de una persona desanimada, nada bueno podemos esperar. Nos basta con escuchar atentamente, ya que Jesús nos llama a todos, y seguirle fielmente. Quien se sienta llamado a una unión más íntima en la vida contemplativa, debe agarrarse con toda confianza al Señor. Ha de recordar también continuamente la severa amonestación del Señor: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5).

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