La FilocaliaOración contemplativa

Simeón el Nuevo Teólogo

Acerca de la oración constante y sus efectos

De la misma manera que los mandamientos generales comprenden a los mandamientos particulares, las virtudes generales envuelven a las virtudes particulares. Aquel que vende sus bienes, distribuye el producto entre los pobres y se convierte en pobre súbitamente, cumple todos los mandamientos particulares al mismo tiempo. No tienen nada para dar a quien le pida, ni para rehusar a quien quiera tomarle prestado. Del mismo modo, aquel que ora sin cesar, todo lo involucra en su oración. No está ya en la obligación de alabar al Señor siete veces al día, y a la tarde, a la mañana y al mediodía, puesto que ya cumplió con las oraciones y la salmodia que los cánones nos imponen en tiempo y horas fijas. Igualmente, aquel que posee en si, conscientemente, «el saber que al hombre enseña» (Sal 94, 10), ya recogió todo el fruto que procura la lectura y no necesita hacer lectura de libros. Así también, el hombre que entró en la familiaridad de aquel que inspiró los libros santos, es iniciado por él en los secretos inefables de los misterios ocultos convirtiéndose, para los demás, en un libro inspirado que lleva en si inscritos, por el dedo mismo de Dios, los misterios antiguos y nuevos, pues ha cumplido con todo y reposa en Dios -la perfección primera- de todos sus trabajos y sus obras.

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Aplicaos con todas vuestras fuerzas a vuestro oficio permaneciendo en vuestra celda. Perseverad en la oración con compunción, atención, lágrimas continuas, sin pensar que habéis sobrepasado la medida del cansancio y que podéis cercenar un poco la oración a causa de vuestra fatiga física. Os lo digo: es posible extenuarse tanto como se quiera en el oficio; pero el que se priva de la oración sufre un grave detrimento.

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Si durante vuestra oración se produce un pavor, un estruendo, un relámpago de luz, o cualquier otro fenómeno, no os turbéis y perseverad en ella con tanta mayor tenacidad. Esa turbación, ese espanto, ese estupor, vienen de los demonios que quieren debilitaros y haceros renunciar a la oración para apoderarse de vosotros cuando ese debilitamiento se convierta en hábito. En cambio, si mientras vosotros cumplís vuestra oración, brilla una luz imposible de expresar, el alma se llena de alegría, del deseo de lo mejor, se libera un raudal de lágrimas de compunción, entonces sabréis que se trata de una visita y de un consuelo (un auxilio) de Dios…

 

Acerca de la oración de Jesús y los éxtasis de Simeón

Si buscas curación, cultiva tu conciencia; haz todo lo que ella te diga y obtendrás provecho.

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Aquel que busca las operaciones del Espíritu antes de haber practicado los mandamientos, recuerda al esclavo que, en el momento mismo de ser comprado, reclama el precio de la compra y sus cartas de emancipación.

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Aquel que ora de cuerpo y no posee todavía la ciencia espiritual, es como el ciego que grita: «¡Hijo de David, ten compasión de mi!» (Lc 18, 38). El ciego, cuando recuperó sus ojos y vio al Señor, lo adoró llamándolo, no ya, hijo de David, sino Hijo de Dios.

Nuestro joven admiró esos tres capítulos y creyó que encontraría extrema ventaja cultivando su conciencia; que conocería las operaciones del santo Espíritu; que aprendería a guardar los mandamientos de Dios; que por la gracia de este, sus ojos interiores se abrirían y que vería a Dios espiritualmente.

Herido de amor y de deseo por el Señor, persiguió, en su esperanza, la primera e invisible belleza. El se limitó a esto -habría de confesármelo más tarde bajo juramento-: cada tarde, él se aplicaba a la pequeña consigna que el santo anciano le había dado y luego se acostaba. Cuando su conciencia le decía: «Haz esto, agrega otras letanías y otros salmos y di también el Señor Jesucristo, tened piedad de mi’, tú lo puedes», obedecía con gran entusiasmo y sin hesitación como si Dios en persona se lo hubiera mandado.

Aplicó todo esto y, desde ese día, no sucedió que se acostara y que su conciencia debiera decirle o recordarle: «¿Por qué no haces esto?». Como la seguía sin concesión y ella se enriquecía cada día, en poco tiempo su oración de la tarde tomó proporciones considerables. Durante el día dirigía la casa de un patricio importante, se encaminaba cotidianamente al palacio y se ocupaba de los asuntos materiales de modo que nadie se daba cuenta de lo que sucedía. Sus ojos derramaban lágrimas; se entregaba a genuflexiones y prosternaciones repetidas con el rostro contra la tierra; durante su ejercicio se mantenía con los pies juntos e inmóviles y elevaba, además, con lágrimas y suspiros, oraciones a la Madre de Dios. Se prosternaba ante los pies inmaculados del Señor, como si se encontrara ante él, en su carne, para enternecerlo, a ejemplo del ciego del evangelio, y obtener la luz para los ojos de su alma.

Día a día su oración de la tarde iba creciendo: la prolongaba hasta medianoche sin descansar ni debilitarse, sin mover un miembro, incluso sin mover o levantar la mirada. Se mantenía inmóvil como una columna o como un ser incorporal.

Una tarde que oraba y decía en su espíritu: «Dios mío, ten piedad de mi, que soy un pecador», de un solo golpe una poderosa luz divina brilló en lo alto sobre él. Toda la habitación fue inundada por esa luminosidad; el joven no sabia si estaba en la casa o sobre un techo; sólo veía luz por todos los lados, ignoraba incluso si estaba sobre la tierra. Ningún temor de caer, ninguna preocupación por este mundo. Sólo formaba una unidad con esa luz divina, parecía haberse convertido él mismo en luz y, enteramente ausente del mundo, desbordaba de lágrimas y de una inexpresable alegría. Luego su espíritu se elevó hasta los cielos y allí vio otra luz más resplandeciente todavía y, cerca de esa luz, percibió de pie al santo anciano que le había dado el libro de Marco y la consigna…

Más tarde, habiendo pasado la contemplación, el joven hombre volvió en si lleno de alegría y admiración, vertió, con todo su corazón, lágrimas acompañadas de suavidad. Terminó por caer sobre su lecho. El gallo cantó entonces, advirtiéndole que era medianoche. Escuchó muy pronto a las iglesias anunciar maitines. El joven se levantó para dirigirse allí, según su costumbre.

Esa noche, el pensamiento del sueño no lo había siquiera rozado.

 

«La vida de Simeón el Nuevo Teólogo»

Cuando una noche estaba en oración, con su espíritu purificado unido al primer Espíritu, vio una luz de lo alto que arrojaba repentinamente desde los cielos su claridad sobre él, era luz auténtica e inmensa, aclarándolo todo y volviéndolo todo puro como el día. Iluminado él también por ella, creyó que la casa entera, con la celda donde se encontraba, se había desvanecido y había pasado a la nada en un pestañeo, que él mismo se encontraba arrebatado en el aire olvidado enteramente de su cuerpo. En ese estado, tal como lo comentó y escribió a sus confidentes, fue colmado de una gran alegría e inundado de cálidas lágrimas y, lo más extraño de ese maravilloso acontecimiento es que, no habiendo sido iniciado todavía en semejantes revelaciones, en su sorpresa gritaba en alta voz incesantemente: «Señor, ten piedad de mi», cosa que advirtió una vez vuelto en sí, pues, en el momento mismo ignoraba totalmente que su voz hablaba y que su palabra era escuchada afuera… Más tarde, finalmente, habiéndose retirado poco a poco esa luz, volvió a su cuerpo y al interior de su celda y encontró su corazón colmado de una alegría inefable y su boca gritando en alta voz, como se le había enseñado: «Señor, ten piedad…».


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