La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Soy y existo

La oración más perfecta es aquella que brota espontáneamente del corazón. La oración solamente nace en un clima psicológico de pasividad-receptividad. Nos sumergimos en ese estado cuando no tenemos nada que hacer, y realmente nada hacemos, sino que estamos atentos y dispuestos a abrazar lo que queremos que venga. Nuestra mente es, en si, extremadamente activa y fértil. Continuamente produce algo. Cuando hacemos producir voluntariamente pensamientos, imaginaciones, fantasías, raciocinios, etc., la mente produce de modo espontáneo imágenes, ideas, pensamientos, etc., relacionados con nuestras tensiones y con nuestros intereses más vivos, quizá muy secretos.

El contemplativo debe conocer la manera de funcionar que tienen nuestro cerebro y nuestro corazón de hombre.

Siempre que trates de hacer oración personal, procura aislarte lo más posible del mundo que te rodea y trata de permanecer totalmente inactivo. Pasividad completa de cuerpo y de mente. No decir nada, no hacer nada, no pensar voluntariamente en nada, no recordar nada, no imaginar nada…

Decir nada significa aquí omisión de todo aquello que sea voluntario. Fijar tu atención serenamente en Dios y concienciarte del estado físico y mental en que te encuentras, sin dejarte envolver por ninguno de esos aspectos o de esos movimientos espontáneos de tu cuerpo y de tu mente. Debes asistir a todo lo que acontece contigo y dentro de ti, como cuando asistes a las escenas de una película. Sólo ver, darte cuenta, tomar conciencia de tus reacciones delante de Dios, a quien ves con los ojos de tu alma. Permite que de tu corazón nazca únicamente un puro impulso dirigido a Dios.

No se ha de entrar en ninguna idea particular al respecto, relacionada con Dios. Debemos dejar que él sea como es. No pretender percibirlo de una manera particular u otro modo cualquiera. Cuando no estamos en compañía de alguien ni nos ocupamos en nada, absolutamente desnudos de todo, nuestro ser reacciona poderosamente, en el sentido de clamar por alguien.

Nuestro ser se abre y dama por algo o por alguien cuya presencia nos dé la sensación de que existimos y de que existimos para alguien.

Comenzamos a tener conciencia clara de que nuestra vida tiene un sentido. Ésta es la situación del hombre en el que tiene lugar el encuentro personal con Dios. Es precisamente en ese momento cuando el contemplativo experimenta la sensación íntima de comunicarse personalmente con Dios y de decirle cosas semejantes a ésta: «Señor, yo me entrego enteramente a ti, tal como eres, y yo, tal como soy».

Para contemplar a Dios es necesario tener de él una idea muy pura y muy simple. Él es la misma pureza y la simplicidad personificada. Es preciso que aquel que trate de aproximarse a Dios, tome igualmente una aptitud de gran simplicidad y pureza. Se trata de la unión del hombre con Dios o de Dios con el hombre.

El contemplativo en oración ve a Dios de la misma manera como se ve a si mismo, esto es, ve a Dios tal cual es, y a si mismo tal como es y no le gustaría ser. Al actuar así, el pensamiento del hombre se unifica en Dios. Dios es realmente el ser del hombre, pero el hombre no es el ser de Dios. Todos los seres creados existen en Dios como en su fuente y Dios existe en todas las cosas creadas como su causa y su ser. Nada, ni el mismo Dios, puede existir sin él. Únicamente él es separado y diferente de todas las cosas creadas.

Pero saber cómo es Dios no es lo más importante en la vida de oración contemplativa. Es, pues, absolutamente necesario que la gracia consiga unir el pensamiento y el amor del hombre a Dios.

Por tanto, el contemplativo evita indagar respecto de las cualidades particulares, ya sea de si mismo, ya sea de Dios. Se esfuerza únicamente por ser simplemente como salió de las manos del Creador. Las personas simples tienen siempre mayor facilidad para conocer experimentalmente a Dios tal como es. Pero ese conocimiento permanece siempre oscuro y parcial. Nunca satisface totalmente el deseo de conocerlo y de amarlo.

Las personas sencillas, buenas y puras tienen muchas veces mayor facilidad para entender esto que algunas personas eruditas en las ciencias teológicas.

El autor de La Nube del No-Saber se ríe de aquellos que discuten de altas filosofías y complicadas ciencias naturales y no entienden esa sencilla práctica. Afirma que hasta el analfabeto puede hallar en esa práctica el camino para la unión con Dios en la simplicidad de un amor sincero y más perfecto.

Dice también que esa actitud toca la cumbre de la perfección espiritual y llama al conocimiento de ese estado de la mente o del espíritu como de «la más alta sabiduría humana». Se trata, pues, de no pensar en lo que soy, sino simplemente que soy y existo. Relativamente, es fácil experimentar y tener una conciencia clara de que soy y existo.

Para que eso funcione en la contemplación es necesario recordar la propia miseria y los pecados personales ya perdonados por el arrepentimiento o por el sacramento de la penitencia. Nada de complicaciones. Contemplar es, en el fondo, tan sencillo como aplicar una cataplasma en el cuerpo de un enfermo: «Me bastará tocar la orla de su vestido y seré curada» (Mt 9,21; Mc 5,28). La mujer del evangelio quedó físicamente curada por el simple contacto con la vestidura del Señor.

¡Con cuánta mayor razón el simple contacto con Dios en la intimidad de nuestra alma cura nuestras enfermedades espirituales!

Lo que venimos diciendo es tan sencillo en sí, que personas piadosas acostumbradas a rezar mediante largas fórmulas de oración pueden tener la impresión de estar perdiendo el tiempo. La mentalidad de que vivir realmente es hacer cosas útiles y concretamente aprovechables constituye un muro insuperable que no les permite penetrar en la vida contemplativa.

Contemplar no es hacer lo que se quiera. La recitación de piadosas fórmulas es una oración excelente, recomendada por el mismo Jesucristo. Pero la oración más sublime de Jesús y de su santa madre fue, sin duda, la silenciosa contemplación de las realidades divinas. Ningún ejercicio físico o mental puede aproximarnos tanto a Dios nuestro Señor y apartarnos del mundo. El simple conocimiento de nuestro pobre ser y de la alegre entrega del mismo a Dios es, sin duda, la oración más perfecta. Muchos piensan que vivir verdaderamente es vivenciar constante y profundamente las sensaciones de aquello que puede percibirse directamente por los sentidos.

Únicamente el ser completo del hombre -alma y cuerpo unidos- permite el encuentro profundo con Dios. La clara conciencia de nuestro ser y la simple entrega de nosotros mismos a Dios producen esa unificación. La oración vocal y la meditación, sin duda útiles y necesarias, tienden, sin embargo, a romper la unidad del ser humano. Por eso oración vocal y meditación discursiva son generalmente insuficientes para realizar un encuentro verdaderamente profundo con Dios.

El contemplativo se ofrece directamente a Dios tal como es, sin pensar en nada en particular. De esta manera entrega a Dios todos los dones naturales con que fue agraciado por él, así como también todos sus fallos, pecados e infidelidades.

El primero y más precioso don que recibimos del Creador es la existencia, la vida. Todo el que se ofrece a Dios como un ser salido directamente de las manos divinas rinde al autor de su vida el mejor de los homenajes. El ser lo comprende todo. Hablar a Dios de detalles particulares de ese ser, de sus atributos, puede ser una necesidad personal del que se ofrece. Pero eso no ayuda a crecer en el sentido de una perfección humana mayor. Por eso es mejor que los dones personales no integren específicamente el contenido de la oración contemplativa.

El conocimiento de mi ser global atiende mejor a mí necesidad existencial de unidad. Este conocimiento ayuda también simultáneamente al crecimiento humano y espiritual. Cristo me impele con su ejemplo a darme, a entregarme totalmente a él, hasta el punto de llegar a formar con él una unidad tan perfecta de amor como su misma unión con el Padre.

Cuando, junto al pozo de Jacob, los apóstoles invitaron a Jesús a sentarse para comer, él respondió: «Yo tengo una comida que vosotros no conocéis… Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra…» (Jn 4,32-34). El alimento natural sirve para unir el espíritu a la materia que constituye nuestro cuerpo fisiológico. La vida de que Jesús hablaba en sus predicaciones evangélicas no era una vida natural, que es el resultado de la unión del espíritu con el cuerpo. Él se refería a su propia vida resultante de la unión de su espíritu con el Padre. Así el contemplativo promueve su vida (espiritual) en la medida en que realiza la unión de su propio espíritu con el de Jesucristo.

La salud y el vigor físico son algo muy bueno. Pero la salud física no es condición para salvar el alma. La salvación eterna se asegura mediante el vigor del espíritu, aun cuando éste habite en un cuerpo frágil y enfermizo. El principiante en la vida de oración se entrega ordinariamente a piadosas reflexiones o meditaciones que, ciertamente, ayudan a conocer mejor a Dios. Cuanto mejor conoce uno a Dios, infinitamente bueno y hermoso, tanto más se siente atraído por él. Así es como nace y se desarrolla el amor a Dios. Esa manera de rezar ya produce, por si misma, una cierta unión con Dios. Pero el contemplativo no se contenta con esa medida, sino que aspira a una unión más íntima, más estrecha y más constante con su amado. Y esto lo consigue gracias a la oferta de la conciencia ciega, constante, de su propio ser, tal como lo percibe, sin considerarlo como propiedad personal alguna y sin buscar ningún atributo particular de Dios. Simplemente, lo percibe como la realidad más real -valga la redundancia- de su existencia.

Cuando Dios se apareció a Moisés en medio de la zarza ardiente para comunicarle su misión divina de sacar de Egipto a los hijos de Israel, Moisés preguntó al Señor cuál era su nombre… Y Dios dijo a Moisés:

«YO SOY EL QUE SOY» (Éx 3,13-14). Este nombre, Yo soy, que Dios se da a sí mismo compendia todos sus atributos de eternidad, de bondad, de poder, de ternura, de sabiduría… Esta breve palabra: soy, expresa toda la esencia de Dios en toda su pureza. No hay ninguna otra que la iguale. Él se definió simplemente con el soy, y basta. Yo, como hijo que tiene su origen más remoto en él, participo de esa esencia divina. Todos mis atributos vienen de él. Yo existo en él desde toda la eternidad. Por eso, en el fondo, en cierta manera mi ser se identifica con el ser de Dios, a pesar de que yo no lo sea. Somos semejantes porque él me hizo a su imagen y semejanza, pero también somos diferentes.

Si tengo un parentesco tan próximo con Dios, mí Creador y mi Padre, con Cristo, mi hermano, prorrumpo espontáneamente en gritos de júbilo y de gratitud. Ahora puedo comprender también por qué mi corazón anda tan inquieto y parece no hallar reposo en las vanas promesas de este mundo.

Ahora comprendo también por qué hay hombres y mujeres que abandonan todo cuanto poseen o podrían poseer y se retiran en torno a los tabernáculos del Señor. A la luz de esos hechos, la consagración religiosa adquiere contornos de resplandor que la hacen plenamente comprensible. El gesto de tantos cristianos que abandonan el mundo con todas sus riquezas y con todos sus placeres adquiere un significado revelador del inmenso poder de seducción de Dios.

El contemplativo goza místicamente esa sabiduría espiritual como un maravilloso convite de ternura con Dios trascendente. Todo eso es obra de la gracia. Salomón cayó en la cuenta también de esa prodigalidad de Dios para con su criatura. Afirma también que la correspondencia del hombre a tamaña generosidad de Dios es la suprema sabiduría a la que el hombre puede aspirar:

«Bienaventurado el que alcanza la sabiduría y adquiere inteligencia;
porque es su adquisición mejor que la de la plata y es más provechosa que el oro.
Es más preciosa que las perlas y no hay tesoro que la iguale;
lleva en su diestra la longevidad y en su siniestra la riqueza y los honores.
Sus caminos son caminos deleitosos y son paz todas sus sendas.
Es árbol de vida para quien la consigue; quien la abraza es bienaventurado»
(Prov 3,13-18).

Sabio es el hombre que consigue realizar la importante obra de su propia unificación y de su unión con Dios. La consecución de ese objetivo es existencialmente más importante de lo que es el conocimiento científico de las cosas, que puede ser adquirido por el juicioso empleo de los sentidos y por la razón. El conocimiento de Dios y el amor que le profesamos brotan no de nuestros sentidos o de nuestra inteligencia discursiva, sino que nacen de la esencia humano-divina que constituye nuestro ser. Los sentidos no consiguen captar la verdad total de las cosas. Generalmente, hay mucha ilusión en las cosas que aprendemos única-mente por medio de los sentidos. El amor percibe cosas y aspectos de las cosas que los sentidos no alcanzan. El amor penetra en el interior del objeto y toca su esencia. Por eso la sabiduría suprema está en el amor y no en la inteligencia.

No siempre existe una perfecta concordancia entre lo que se percibe por la inteligencia y lo que se percibe en lo que se ama. Por eso san Pablo afirma categóricamente que «la perfección de la ley es el amor» (Rom 13,10).

El que ama cumple la ley. Quien ama a Dios vive internamente tranquilo. Esta es, justamente, la mejor disposición para vivir siempre de acuerdo con la ley o con la manera de vivir que corresponde a quien el Creador tenía previsto llamar a la existencia. Es por ello precisamente por lo que se dice que el cristianismo es amor. El contemplativo vive permanentemente en una escuela de aprendizaje y de perfeccionamiento del amor.

Vivir en el amor que nos une estrechamente con Dios no lleva al contemplativo a desentenderse por completo de la realidad que le rodea. Un profundo desarrollo amoroso con su Señor no le impide participar plenamente de la vida junto a las personas con las que convive.

En efecto, el contemplativo trabaja, lee, pasea, viaja, hace compras, reza, visita a sus amigos, etc. Mas en el centro de todas sus actividades está siempre aquel sentimiento precioso de íntima unión con su amado. Hasta cuando duerme, el contemplativo no interrumpe esa vivencia reconfortante de estar en los brazos del Padre. Ese pensamiento, más o menos inconsciente, transmite tanta tranquilidad y tanta seguridad, que el sueño se hace verdaderamente reparador, acaparando energías físicas, mentales y espirituales.

El amor es vida y salud no sólo para el espíritu. Mejora también la salud física. No cabe duda de que si la vida contemplativa se vive como en este libro se describe, puede ser también una buena protección para el equilibrio psicosomático-espiritual.

No estará demás llamar de nuevo la atención del principiante sobre la necesidad de establecer una vigilancia continua sobre si mismo. Durante los ejercicios de aprendizaje de la oración contemplativa pueden ocurrir sentimientos de toda especie. Algunos de ellos están destinados a motivar la voluntad del principiante para animarse a proseguir la búsqueda de la contemplación. Otros, en cambio, son más bien negativos y tratan de llevar al desánimo. Por eso conviene muy mucho permanecer vigilantes para no caer en la tentación de desaliento. Es bueno recordar con frecuencia la amonestación del Señor: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el reino de Dios» (Lc 9,62).

Aptos para una vida de oración más profunda, y por tanto más perfecta, lo son únicamente las personas perseverantes en sus iniciativas tomadas con lúcida generosidad. Tomar buenas resoluciones en la vida espiritual y abandonarlas a la primera dificultad que se presenta es prueba de cierta superficialidad, que hace al hombre inepto para empresas y realizaciones de envergadura.

Para ayudarse en la fundación y consolidación de la Iglesia que vino a establecer en el mundo, Jesús escoge a discípulos sencillos, puros, generosos y decididos a sacrificarse por el éxito de la misión. El joven rico, dispuesto a seguir a Cristo, pero incapaz de renunciar a sus riquezas por falta de generosidad, es un ejemplo de hombre flojo, no apto para la importante obra de la contemplación.

Animoso y plenamente capaz de corresponder al amor del Señor es aquel que, al oír «Ven y sígueme» (Mc 2,14), se levanta, deja todo lo que trae entre manos y sigue al maestro. Semejante gesto de amor es siempre recompensado por Jesucristo. El, que es amor, protege, defiende y socorre a quienes le siguen y confían en él.

No es fácil de entender la realidad mística vivida por el contemplativo. Únicamente los iniciados en los misterios más profundos de Dios pueden comprender algo de aquello que acontece en el corazón de la persona totalmente entregada a su Señor, amado sobre todas las cosas. Por eso es un loco quien se dedica a criticar la experiencia trascendental del contemplativo que él mismo nunca conoció. Es por eso también que la persona inteligente y sensata no se atreve a discutir asuntos de los que no tiene la más mínima noción, por el sencillo hecho de que los ignora. Conocemos realmente en profundidad sólo los hechos en que estuvimos personalmente envueltos. Quien nunca vivió un auténtico fenómeno interior de verdadera mística no sabe lo que es. Por tanto, sus juicios a este respecto corren el riesgo de ser erróneos o, cuando menos, sospechosos de error.

La vivencia interior y el comportamiento exterior del contemplativo auténtico están por encima de la comprensión del común de los mortales. El contemplativo -si es verdadero- no debe extrañarse de las impiedades y barbaridades que las malas lenguas dicen de él. Debe saber que no a todos les es dado comprender el sentido profundo de los textos bíblicos que tratan de la relación del hombre con Dios.

Una fe superficial e intelectualizada no llega a penetrar el sentido auténtico de la palabra de Dios. La interpretación de la Biblia únicamente a base de la razón corresponde al teólogo. Su interpretación a base del corazón es competencia del místico. ¿Cuál de los dos conoce mejor a Dios? Marta trabaja a la luz de su propia inteligencia. María no trabaja. Solamente ama. ¿Cuál de las dos eligió la mejor parte?

La actividad de Marta es importante y útil. Es necesaria… La actitud de María no es de utilidad práctica, porque no produce nada. Sin embargo, la función de María es la más sublime, la parte mejor, que nadie le quitará. No es cierto que aquel que conoce a Dios únicamente por el estudio también ama. Ha habido teólogos ateos. Pero es imposible amar a Dios fuera del ámbito de la fe. Quien ama cree. Lo contrario no siempre es verdadero. Un cierto conocimiento de Dios puede llevar a creer intelectualmente que, efectivamente, existe, y a experimentar únicamente un gran temor de él.

Cuanto más crece el contemplativo en su amorosa unión con Dios, tanto menos su razón interfiere en ese proceso vital-espiritual. Así como en el hombre el cuerpo y la mente funcionan de cierto modo sincrónico, así también, de modo semejante, funcionan la razón y el afecto, con una cierta implicación de simultaneidad dinámica.

Con todo, el hombre tiene la capacidad de enfatizar su movimiento existencial más o menos libre o sistemáticamente en uno de estos cuatro polos funcionales: 1) Cuerpo: deportista, trabajador manual (bracero)…; 2) Mente: artista, comerciante…; 3) Razón: intelectual, filósofo…; 4) Afecto: actor, poeta, músico y… místico. Para tener éxito en la vida contemplativa, el principiante debe superar una primera dificultad: habituarse a pensar y a obrar en cualquier circunstancia en un clima densamente afectivo en el que el foco de afectividad vaya dirigido directamente a Dios.

Está claro que eso supone una actitud existencial firmemente anclada en una fe sencilla e inquebrantable. El fundamento para desarrollar cualquier proceso de crecimiento y perfección espiritual, a cualquier nivel, lo constituyen siempre la fe, la esperanza y, al menos, un comienzo de amor.

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