El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Te conocía de oídas (Job)

“Había una vez en el país de Us un hombre llamado Job…” (Job 1, 1). Así comienza una de las obras maestras de la sabiduría de Israel, un libro excepcional (aparte de los temas muy manidos de la retribución, el sufrimiento del justo, la paciencia, etc.) sobre todo, por el proceso apasionado de su amistad con Dios, por su oración desenmascarada, desnuda y atrevida.

Algunos de los temas que hoy más interpelan nuestra relación con Dios son en Job un proceso de búsqueda: el silencio de Dios, el dolor humano, el fracaso existencial, el conocimiento de Dios… por citar algunos temas con los que todo buscador de Dios se tiene que ver las caras en su propia biografía.

Job lucha desesperadamente por encontrar a Dios; en esa lucha, con todo el ardor de su inocencia, se enfrenta a Dios, se pone delante de Él y no retira la mirada en espera de su respuesta. En medio de sus gritos de dolor y de sus arrebatos dirigidos a Dios no pierde la confianza y la esperanza de hallarle, de que se haga la luz.

Job cumplió en su carne llagada y regenerada el proceso de una búsqueda que ahora nos toca a nosotros identificar y definir, y el lugar de dicha búsqueda no es otro que la propia biografía, habitada por el Dios que se desveló a Job tras dura pelea, y que se nos desvelará a nosotros cuando estemos tan heridos por Él que comprendamos que es Gratuito y más allá siempre de toda retribución, de todo cálculo humano.

Te sugiero que recorras el camino de Job autobiográficamente, es decir, llevando a cabo un diálogo entre su aventura y la tuya, dejando que sus preguntas te conmuevan y que a las situaciones que se describen en el libro les pongas nombres contemporáneos, a ser posible sin salir de lo que tú has visto y oído. Todo ello para que se te descubra el proceso de su oración. En esta invitación te incluyo algunos puntos de reflexión, por si te sirven.

Partamos de una definición de oración que cuadra magistralmente a Job. Nos la ofrece J.B. Metz en su recomendable reflexión “Invitación a la oración”, donde afirma que orar es “decir ‘sí’ a Dios; es un asentimiento en la experiencia de la contradicción, en la experiencia del dolor, de la finitud y de la muerte, del dolor de la opresión y de la violencia”. (1)

De modo que los que se atrevan a orar no piensen que se trata de un acto de secreta autocomplacencia, no; nos referimos a una aventura que reclama la vida, y no parcelas o momentos esporádicos. La oración se define en Job como concreción de un estilo de ser y estar en la existencia que reclama espacios de especial intensidad, pero que se autentifica y discierne en todo lo que somos y hacemos. El que se decide a “luchar con Dios” al igual que Job, Jacob y sus grandes amigos, ha de saber desde un primer momento que del encuentro con Él nadie nunca salió ileso, todos quedaron heridos de por vida, heridos de muerte, heridos de libertad.

Antes de orar como Job tenemos que suplicar a Dios dos cualidades importantes, la sencillez y algo de la infinita paciencia de Dios: para no complicar lo que de suyo es simple y para no forzar a Dios a nuestro antojo.

Veamos rápidamente qué nos sugiere el proceso de Job:

 

LAS PROPIAS RUINAS, LUGAR PRIVILEGIADO DE ORACIÓN

Entiéndase por ruinas la manera que tenemos de percibir nuestras crisis, nuestros fracasos, la enfermedad, el dolor… Esas ruinas son una ocasión inigualable para que Dios reconstruya nuestra existencia hacia Él. Dios en Job y desde él hasta nosotros seguirá siendo pedagogo en el corazón de la crisis humana cuando las lágrimas del hombre dejan espacio también a la esperanza, a la queja confiada.

¿Puede el hombre encontrarse con Dios en pleno dolor, en la llaga que supura, en la incomprensión y el fracaso? ¿Quién se atreve a orar en su enfermedad, en el torbellino de sus complejos, en su limitación?

Ese es uno de los grandes retos que de entrada nos lanza Job. Toda historia humana es, en gran medida, una carne llagada que Dios quiere curar. La enfermedad nos hace frecuentemente hostiles, la fiebre nos altera, nos ajena delirantemente y perdemos el gran tesoro escondido bajo la cruz.

La crisis, es decir, el hundimiento de nuestras seguridades, la alteración de nuestras brújulas, ha sido en la historia del fenómeno religioso un lugar excepcional de iluminación y fuente de sentido.

Ello a condición de que no huyamos, de que oremos con verdad. En los tiempos difíciles es donde se muestra la elegancia interior a los ojos de Dios.

Job permanece ante su dolor sin renegar de Dios. En medio de la tormenta, su oración es un lamento atrevido, no infantil:

“Entonces abrió Job la boca y maldijo su día… ¡Muera el día en que nací, y la noche que dijo: ‘un varón ha sido concebido’!” (Job 3, 1-3).

“El lenguaje de la oración no amansa ni domestica el lenguaje del dolor, sino que lo ensancha hasta lo inconmensurable”, sigue afirmando Metz en su reflexión. Los cristianos hemos dado frecuentemente la impresión de vivir en un exceso de respuestas con ausencia de preguntas apasionantes, de abundancia de oraciones bonitas y adornadas y ausencia de oraciones reales.

La oración de Job no es un arma para librarse de su dolor, sino la puerta para descubrirle el sentido, no es un arma que le haga inexpugnable, invulnerable o insensible, sino más desnudo.

Job, al gritar, no ahuyenta la crisis, sino que acepta su envite. La angustia, el dolor, la enfermedad que esclaviza es la que no se acepta, la que nos mantiene rebeldes. Sólo el que se rinde y se atreve a mirar de frente y acoger la contradicción puede llegar a vencerla. Jesús en el huerto de los olivos ahonda en su dolor y lo saca a la luz: “Mi alma está triste hasta el punto de morir” (Mt 26, 38), no se evade. Orar saboreando esa angustia, bajo ella, sin escapar, hace a Jesús libre, despierto y disponible.

¿No les faltarán a muchas de nuestras oraciones el realismo y la crudeza de los que se sienten hundidos, dolidos, llagados, oscurecidos…? Podemos orar en deseos u orar en la verdad del propio corazón; no niego la primera manera de orar, pero se echa en falta la segunda en nuestros grupos de oración y en nuestras comunidades. Ambas son necesarias, porque en muchos deseos sinceros está el Espíritu empujando la vida, pero cuando adornamos nuestras oraciones en voz alta de agradable disfraz literario sin vibración vital, seguimos huidos. Hay que recuperar para nuestra oración el lamento, el quejido, la aflicción.

La queja no excluye la esperanza, al contrario, puede llegar a expresar un amor intenso por la vida. El lamento de Job está teñido de fidelidad inquebrantable; esta confiada y mantenida mirada será la que le lleve más adentro en el descubrimiento de Dios.

Sólo por la verdad de la oración se llega a la esperanza.

 

¿UN DIOS ENEMIGO?

El silencio de Dios es una de las más duras pruebas para el que confía en Él. Es ese silencio el que hace gritar a Job. El silencio de Dios remueve las entrañas dormidas del ser humano. La noche oscura de Job activa dentro de él la búsqueda; cuando de fuera no hay recursos se despiertan capacidades dormidas e insospechadas en el interior.

Dios aparece en el libro como el que hiere, como esquivo e incomprensible. Sólo al final se entrevé algo de sentido. “El milagro del libro está precisamente en el hecho de que Job no da un paso para escapar hacia un Dios mejor, sino que permanece en pleno campo de tiro, bajo los disparos de la cólera divina. Y que allí, sin moverse, en el corazón de la noche, en lo más profundo del abismo, Job, que trata a Dios como enemigo, no apela a una vaga instancia superior, ni al dios de sus amigos, sino a ese Dios mismo que lo atormenta. Job se refugia en el Dios que lo acusa. Job confía en el Dios que lo ha decepcionado y desesperado (…) Job confiesa su esperanza y toma por defensor a aquel que lo somete a juicio, por liberador a aquel que lo aprisiona, por amigo a su enemigo mortal”. (2)

Job se adentró a lo desconocido de Dios, a lo incierto. En medio de su aflicción y dolor una secreta mano guiaba su camino. Job se lanzó “a lo imposible, hacia un enigmático futuro. En ese esfuerzo encontró al Señor”. (3)

En su lucha con Dios sale cojeando, pero feliz. Ante él se abre un mundo nuevo.

 

“ANTES TE CONOCÍA DE OÍDAS, AHORA TE HAN VISTO MIS OJOS” (JOB 42,5)

Conocer a Dios de oídas es similar al conocimiento que muestran sus amigos, un conocimiento teórico y repetitivo de verdades tradicionales. Conocemos de oídas cuando nuestra existencia no ha sido descolocada por la crisis, cuando seguimos haciendo de la oración un cumplimiento de nuestros deseos, cuando nos limitamos a repetir lo que otros dicen de Dios. Por eso los momentos anteriores nos traen a este momento de la oración de Job. Ha sido necesario el salto al vacío, en fe y esperanza, para hacerse capaz de Dios, capaz de una fe nueva no lograda por el empeño del hombre, sino recibida como un regalo, como una gracia.

La actitud de los amigos de Job es la de quienes pretenden saberse a Dios y, de alguna manera, no están dispuestos a cambiar, son dogmáticos en el peor sentido, y por eso olvidan al Dios siempre novedad.

En todo el proceso “nocturno” de Job Dios ha estrujado su gratuidad. En ese abandono que ahora si es real se da el espacio donde Dios recibe a sus amigos, donde obra maravillas con ellos.

Job acaba orando por nada, cree por nada. Puede decir como Jeremías “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jer 20, 7). Este es el final de su proceso de oración: se ora porque sí, por cercanía vital, por amistad, es decir, por nada.

Con el atrevimiento de su oración Job descubre algo nuevo de Dios para él y para nosotros, gracias a su dejarse estrujar por el dolor, gracias a su actitud valiente.

Al final vio a Dios, no en sentido físico, sino bíblico, líe ó a la experiencia del Dios vivo, al encuentro con Él.

Conocer algo del proceso de la oración de Job nos ilumina una manera de orar en la limitación, pero no nos evita recorrer nuestro camino y mirar de frente toda situación dificultosa. Nos anima su victoria, su visión de Dios a adentramos con todas nuestras capacidades y pobrezas en la búsqueda de Dios.


1. J.B. METZ, Invitación a la oración, Sal Terrae, Santander, 1979, p. 16.
2. R. DE PURY, Job ou l’homme révolté, citado en Gustavo GUTIÉRREZ, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, Sígueme, Salamanca, 1995, p. 170.
3. Gustavo GUTIÉRREZ, oc., p. 168.

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-02-21

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