La oración contemplativa (Finkler)Oración contemplativa

Trabajo, meditación y contemplación

La curiosidad natural del hombre es prueba de su inteligencia. Esta capacidad nos lleva a observar los fenómenos y a tratar de desentrañar sus causas, su dinámica y sus efectos. Es precisamente desde este conjunto de funciones mentales desde el que nace toda actividad humana y creativa, base de toda organización y de toda civilización.

Las ideas actúan poderosamente sobre las disposiciones, las actitudes y los comportamientos humanos. Las ideas son moralmente neutras. Asumen contornos de bondad o de maldad de acuerdo con el objetivo con que se miren. Ideas y pensamientos positivos evocan sentimientos buenos. Estos pueden ayudar a orar y a crecer en devoción. Pueden llevarnos a exultar de alegría cuando meditamos los misterios gozosos del rosario y pueden hacer llorar de emoción al leer con devoción el relato de la pasión de Cristo… Y pueden hacer estremecer de miedo cuando consideramos nuestras propias infidelidades.

A pesar de ser buena y útil, la piadosa reflexión sobre temas evangélicos, la meditación, como actividad intelectual, no es compatible con la contemplación propiamente dicha.

Contemplar no es pensar. Tampoco es reflexionar o raciocinar, no obstante la utilidad de tales actividades en la vida espiritual. Ciertamente, es muy bueno estudiar y procurar entender la Palabra de Dios. Las ideas claras pueden favorecer la oración contemplativa. Ayudan a penetrar en el conocimiento racional de Dios. Pero ellas, de suyo, no son oración contemplativa. Conocer, comprender y saber son siempre excelentes frutos de la inteligencia que Dios nos dio justamente para eso. La reflexión intelectual sobre la realidad de Dios y sobre la realidad humana puede ayudar a comprender las maravillas de la grandeza, del poder, del amor y de la misericordia de Dios y la miseria humana. De esta manera, la meditación ayuda a la devoción.

La actividad intelectual de reflexión es fundamentalmente ambivalente. Puede construir y puede también corromper; y puede incluso causar grandes estragos en la vida de una persona. Puede llevar al orgullo, a la vanidad, a la envidia, a los celos, a la agresividad, al odio y a la destrucción.

Quien quiera aprender a contemplar tendrá que vigilar rigurosamente la actividad de su inteligencia para no dejarse arrastrar por sentimientos de orgullo. Debe controlar también con mucho cuidado la natural curiosidad, que busca informaciones sobre las cosas mundanas. La satisfacción de la curiosidad y el deseo inmoderado de saberlo todo despiertan fácilmente egoísmos y ambiciones absolutamente incompatibles con la vida espiritual.

Con relación a la manera de vivir la espiritualidad, se dan básicamente dos diferentes estilos de vida en la Iglesia: la vida activa y la vida contemplativa. Tomando como base la palabra de Cristo, la vida contemplativa es superior a la vida activa. Y esto se deduce inmediatamente de la respuesta de Jesús a Marta, que criticaba a su hermana Maria por permanecer sentada e inactiva a los pies del maestro para escuchar y contemplar su palabra: «Marta, Marta, te afanas y preocupas por muchas cosas; pero una sola cosa es necesaria; María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10,41-42).

Ambos estilos de vida -vida activa y vida contemplativa- se pueden vivir con diferentes grados de profundidad. El grado más elevado de espiritualidad de la vida activa toca y en cierto modo penetra en el grado menos elevado de espiritualidad contemplativa. De tal modo que, en la práctica, existe una amplia franja de espiritualidad en que la vida activa y la vida contemplativa se confunden.

El autor de este libro trabajó en el campo asistencial con numerosos miembros, tanto de congregaciones de vida religiosa llamada activa como con miembros de vida religiosa llamada contemplativa. Y se encontró también con un buen número de religiosos de órdenes contemplativas que, en realidad, poco o nada tenían de vida contemplativa. Esto nos lleva a pensar que la división de las congregaciones y de las órdenes religiosas, tanto de vida contemplativa como de vida activa, en diferentes categorías es más arbitraria y teórica que real.

De hecho, la espiritualidad cristiana es una sola. Todos los cristianos, seglares, religiosos consagrados de congregaciones activas y religiosos consagrados contemplativos, son llamados a profundizar lo más posible en su vida de oración. Y el grado más elevado de ésta es sin duda la oración contemplativa, cuya cima se llama propiamente contemplación.

La contemplación puede ser infusa o adquirida. La primera forma se concede a algunas almas privilegiadas como un don totalmente gratuito de Dios. La contemplación adquirida es el resultado de un esfuerzo personal bendecido por Dios para crecer continuamente en el amor divino a través del ejercicio de la oración y de la conversión personal.

La vida en la que predomina más la actividad apostólica que la oración propiamente dicha es menos perfecta. Si María, con su actitud contemplativa, «escogió la mejor parte», como declaró Cristo Jesús, es que la otra parte -la de la actividad propiamente dicha- es de calidad inferior.

Cierto que María no podría permanecer durante días sentada a los pies del Señor para contemplarlo. Cristo sabía que el trabajo de Marta para servirle a él y a sus amigos era algo muy valioso y meritorio. El servicio a los hermanos o el trabajo apostólico propiamente dicho es un deber impuesto por Jesús a los que le siguen: «id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea será condenado» (Mc 16,15-16).

Éste es el trabajo apostólico que Cristo pide concretamente a los que le siguen: predicar el evangelio. Pero la predicación de una doctrina y de un ideal no se hace exclusivamente con la palabra hablada o escrita. Esta continúa también en el modo privilegiado de comunicar el mensaje. Y este mensaje evangélico se transmite asimismo por medio de todo aquello que se puede percibir a través del mensajero.

Todos aquellos que entran en contacto con él, su manera de pensar, de raciocinar, de sentir, de juzgar, de actuar, de relacionarse con los demás, de comportarse en las diferentes situaciones y circunstancias en que el mensajero se encuentre, son a la vez mensaje.

El auténtico discípulo de Cristo presenta algo de misterioso y característico en su manera de ser, típicamente diferente de aquellos que no son discípulos de Cristo. El genuino discípulo de Cristo contagia siempre, por así decir, su propia manera de ser y de manifestarse en todo cuanto dice y hace. Y lo que hace, esa manera tan original de comportarse el discípulo de Cristo, es precisamente por convivir íntimamente con el maestro. «Dime con quién andas y te diré quién eres».

Contemplar es gozar de la constante intimidad afectiva de Cristo. La convivencia amorosa en la oración contemplativa no puede dejar de producir profundas transformaciones, internas y externas, en el contemplativo.

Poco a poco, éste se identifica con el maestro de modo semejante a como, por la convivencia más o menos prolongada del hijo con la madre, aquél acaba identificándose con ella. El hijo adquiere las mismas cualidades de la madre. La identificación es a veces tan marcada que, por la simple observación de la persona desconocida, es posible adivinar su procedencia familiar. Así, el auténtico contemplativo es apostólicamente más eficaz por lo que es que por lo que dice y hace.

El testimonio que todo cristiano y todo religioso consagrado está llamado a dar a los hombres es, sobre todo, el de representar a Cristo reencarnado en el mundo. Y esto es posible únicamente si el cristiano es una persona totalmente distinta de los demás hombres. El verdadero discípulo de Cristo no se distingue de los demás hombres por lo que hace, sino por la manera distinta de hacer lo que prácticamente todos hacen cuando trabajan.

El trabajo es obligación de todos los hombres. Pero orar y contemplar no es trabajar. Es algo mucho más sublime. Es lo que el hombre comienza aquí en la tierra y que continuará realizando eternamente en la otra vida. Es, en efecto, un pálido ensayo de vida eterna en este mundo. Es darle la preferencia debida a la vida contemplativa, ya que en este mundo privilegiamos la actividad apostólica en detrimento de la oración.

Vemos, por desgracia, cómo hay algunos operarios de la viña del Señor que a veces se sienten desbordados por el trabajo y por las actividades cotidianas, hasta el punto de no tener espacio para la oración, con lo cual entran en una senda peligrosa: el error del activismo. Y, ciertamente, el que no reza deja de hacer apostolado. Quien no es amigo íntimo de Jesús, quien ya no tiene tiempo para encontrarse frecuentemente con él para tener un coloquio de intimidad afectiva, no es amigo de Cristo. Por eso esa persona no es apóstol, por más sublimes que sean las obras que realiza. Tal agente apostólico puede ser una bella persona, un profesional competente, pero su obra nada tiene que ver con el apostolado, sencillamente porque aquí ya no hay nada de Cristo.

De todo esto se deduce que la vida cristiana de oración y de contemplación es nítidamente superior a una vida de trabajo supuestamente apostólica, pero a la que le falta el alma de la oración. Y esto vale lo mismo para todos los cristianos laicos en general, así como para todos los miembros religiosos pertenecientes a órdenes y congregaciones llamadas de vida contemplativa o de vida activa. Unos y otros serán apostólicamente eficaces en la medida en que imitaren a Jesucristo y se identifiquen con él en la vida de oración: «¡Vigilad! ¡Sed firmes en la fe! ¡Sed hombres! ¡Sed fuertes! Todo lo que hagáis, hacedlo en la caridad» (1 Cor 16,13).

Advertimos, sin embargo, que cuanto acabamos de exponer no encierra desprecio alguno de las actividades apostólicas en si mismas. Sabido es que, sin las obras de caridad y de apostolado, nuestra fe estaría muerta, como dice san Pablo. El apóstol que trabaja por amor a Cristo deja siempre olor a Cristo en todo aquello que toca. El que permanece constantemente en Dios es siempre apóstol, y todo cuanto hace es realmente apostolado.

El contemplativo en acción es persona que funciona externa e internamente con toda su potencialidad. Piensa y razona con la cabeza, trabaja con los músculos y ama con el corazón. Ser verdaderamente humano es funcionar en todas las dimensiones del propio ser.

Tanto aquel que sólo piensa en trabajar como aquel que únicamente se dedica a la contemplación frustran una importante dimensión de la personalidad humana. En la parte más elevada de la vida contemplativa el hombre trasciende el aspecto animal de su naturaleza para penetrar en las fronteras que separan la naturaleza humana de la naturaleza divina. Y es precisamente entonces cuando el hombre llega a participar de la propia naturaleza divina en comunión de amor con Dios.

En la escena evangélica antes citada, Cristo no desprecia el importante trabajo de Marta al servir a los hermanos. Advierte, eso sí, de la necesidad de saber interrumpir de vez en cuando la obra que nos ocupa en un momento dado para ocuparnos de lleno en lo únicamente necesario: orar y contemplar.

Orar y contemplar significa siempre no hacer nada más que eso durante el espacio destinado a la oración. Ocuparse durante el tiempo de oración en pensar en no sé qué cosas, o preocuparse en qué haré después, hace infructuosa la oración. Cuando se trata de buscar a Dios, el único objeto de meditación y de deseo ha de ser él y nadie más que él.

Rezar y contemplar es estar con Dios y con ningún otro. Y lo mismo se diga de los pensamientos piadosos y santos, que no deben ocupar lugar ni en la cabeza ni en el corazón del hombre en contemplación.

Dios ocupa totalmente todos los espacios disponibles de nuestra persona. Por eso, cuando queremos contemplar, es necesario concentrar tranquilamente toda la atención únicamente en Dios mismo, sin admitir otro pensamiento por más santo que sea. Pero esto no se puede alcanzar por el mero conocimiento. Las realidades espirituales no pueden ser entendidas por nuestra inteligencia humana como entendemos las realidades materiales.

Nuestros razonamientos nunca son pensamiento puro como es, por ejemplo, el pensamiento de los ángeles. La pretensión de querer abarcar a Dios con nuestro pobre pensamiento humano nos llevaría fatalmente al error. Por eso es preferible buscarle con el corazón, como aquel que nos ama, sin que sepamos exactamente cómo es ni conozcamos su insondable y misterioso ser.

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