El EremitorioOración contemplativa

V. El Templo eclesial. Presencia en el mundo

“Como piedras vivas dejaos edificar en edificio espiritual…” (1 Pe 2,5)

El Ermitaño es un solitario, no un aislado. El aislamiento se define como la ausencia de relaciones vitales con los otros. Puede haberlo en plena aglomeración. El aislamiento es inhumano, es una suerte de eterna condenación. El hombre no tolera ser tenido por inexistente, y él mismo se rebaja al nivel de los brutos si excluye de su mente y corazón a todos sus semejantes. Lazos de gracia invisibles mantienen al Ermitaño en comunión íntima con innumerables hermanos, y aun delante de Dios responde de la humanidad entera.

No encontrarás a Dios fuera de la Iglesia cuyo miembro viviente eres. Cobra viva conciencia de esa pertenencia que justifica tu apartamiento al Desierto y lo vivifica. ¿Cómo pertenecer a Cristo sin ser miembro de su Cuerpo? “En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y vosotros estáis llenos de El, que es la Cabeza” (Col 2,9). El Templo de la economía actual, helo aquí: La Iglesia unida a Cristo, como en un cuerpo el tronco a la cabeza, recibiendo de El toda su vida. Tú mismo eres, por tu parte, miembro de ese organismo sobrenatural, y por él, “miembro de Cristo mismo (Ef 5,30). Dios ha constituido a Jesús “cabeza para la Iglesia, la cual es su Cuerpo” (Ef 1,22-23).

Demórate en contemplar la dilección de Jesús por la Iglesia a la que ama como a su esposa: se entregó por ella para santificaría. Quería hacerla parecer delante de sí toda gloriosa sin mancha ni arruga o cosa semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5,26-27).

La alimenta y la cuida (ib. v. 29). Bajo esa personificación la Iglesia es tu madre. El Ermitaño debe abrigar para ella los sentimientos de un hijo. Piensa en lo que 1e debes: todo, en el orden de la gracia, te ha venido por ella, y por ella accedes al Salvador. Abriéndote su regazo en el Bautismo te dice: “Entra en la Casa de Dios a fin de que tengas parte con Cristo para la vida eterna” (Ritual).

Desde entonces, mediante los Sacramentos, te prodiga su vida, que es la de Jesús. Fertiliza tu Desierto y provee a tus necesidades. Por la Eucaristía que ella custodia y dispensa, aplaca tu hambre y apaga tu sed.

Por la Penitencia venda tus llagas y abastece tu alma. Su infalible autoridad abaliza tu itinerario. No se te lanza a la ventura en la incógnita de las estepas. La Iglesia lo ha dispuesto todo para que no te extravíes, y tu alma se expansione; tu estrecha unión con ella afianza tu seguridad. Todos los días, por medio de las lecturas del Oficio divino y de la Misa, que ella ha escogido para ti en las Escrituras y los Padres, gracias a su larga experiencia de los hombres y su instinto maternal, orienta tus pensamientos y alimenta tu oración. Con discreción y ternura te lleva de la mano a su Esposo, que es también el tuyo.

La Iglesia no es una alegoría. Bajo la conducta de su Jerarquía, está formada de las miríadas de fieles con los que te unen los lazos reales de la caridad: “siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, pero miembros los unos de los otros” (Rom 12,5).

Reflexiona en el flujo y reflujo de beneficios y deberes recíprocos que ello representa para cada uno. Tu soledad queda a salvo íntegramente; esos intercambios vitales se hacen en Dios y no precisan ninguna relación de conocimiento directo con las personas. Sin embargo, el aislamiento te es imposible porque comulgas en lo que cada cual lleva en sí de más valioso y de más querido: la caridad que es amor de Dios y del prójimo. Recibes de todos y das a todos. Condivides las alegrías y las penas de todos, así como ellos, sin conocerte, simpatizan contigo: “los miembros se preocupan por igual unos de otros. Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los miembros participan de su gozo” (1 Cor 12,25-26). Todos colaboramos a una obra de conjunto: la construcción y ornamentación del Templo eclesial.

En tus momentos de lasitud, cuando el silencio de tu celda te espanta de repente con su inquietante severidad, cuando la sensación de ser el prisionero del vacío te invade, piensa en la Comunión de los Santos. No es un mito. Por todas partes: en el mundo, en los claustros, en los eremitorios, innumerables hermanos y hermanas, varios de ellos auténticos santos, oran, sufren por tu perseverancia y tu santificación, y se reconfortan pensando que tú intercedes en favor suyo. Nunca te has entrevistado con ellos y te son más íntimos que tus mejores amigos. Tu Dios es el suyo, su ideal el tuyo; la misma gracia os vivifica, el mismo Espíritu os anima. Asistís a la misma Misa y con los mismos sentimientos; recibís el mismo sacramento de la Eucaristía. Rezáis el mismo Padrenuestro, cantáis las mismas alabanzas. Tenéis la misma Madre, María. Aspiráis al mismo cielo; en la tierra consentís en los mismos renunciamientos por vivir de las mismas realidades sobrenaturales. Tenéis las mismas luchas. Y vuestros méritos a una van a parar al mismo tesoro de la Iglesia para ser repartidos entre todos. Si la amistad es una puesta en común de las riquezas de espíritu y corazón, cuentas con una infinidad de amigos en todos los medios y por toda la tierra.

No puedes, cada mañana, seguir atentamente las oraciones del Canon de la Misa, ni comulgar, sin sentirte unido de corazón con cada miembro de la Iglesia de la tierra, del cielo y del Purgatorio, sin cobrar conciencia de la responsabilidad que te alcanza, como a todos, de los infieles y los pecadores. Millones de almas dicen contigo cada día: “Padre nuestro”, y son hermanas de la tuya. “A solas con Dios”, se ha de entender tan sólo de una abstención de contacto directo con los hombres, para reservarle a Dios todas las disponibilidades. Pero sería una monstruosidad anticristiana y la negación misma del monacato, perfección de esa vida cristiana, el desolidarizarse del Cuerpo Místico y de sus miembros, actuales o llamados a serlo.

Conllevas una parte de responsabilidad en el crecimiento y expansión de ese Cuerpo Místico de Cristo, que no logrará su plena y definitiva madurez sino al fin del mundo: Trabajamos todos “en la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que lleguemos todos a la realización del hombre perfecto, a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo…” (Ef 4,13). Eso nos dice San Pablo. San Pedro, fijándose en el símil del Templo, subraya que somos <‘piedras vivientes” y que “debemos ser elementos de edificación de un edificio espiritual” (1 Pe 2,5). Sin dejar de ser solitario, te incumbe un papel social al que no puedes faltar sin traicionar los intereses de la Comunidad y sin frustrar a la Iglesia. Cada órgano tiene su función. Los ministerios son diversos: todos son grandes delante de Dios.

El Ermitaño no es llamado ni al gobierno, ni a la predicación, ni a las obras. De incógnito absoluto, debe orar, sufrir por sus hermanos y asegurar en su nombre el Oficio de la Alabanza y de la Adoración. A fin de estar día y noche en presencia de la Augusta Majestad de Dios, su pureza y el fervor de su caridad deben hacer de él un embajador grato a Dios. Ese hecho le impone una obligación especial de santidad.

La belleza y la fuerza espiritual de toda la Iglesia, está hecha de la perfección de cada uno. San Pablo insiste en el deber de crecimiento individual del que depende el del Cuerpo entero (Col 2; Ef 4). En este sentido Isabel Leseur tenía razón: “toda alma que se eleva, eleva al mundo”. No te es lícito vegetar en una torre de marfil. Estás exonerado de todo cuidado humano; tienes que sobresalir en los deberes de tu profesión. Tu función eclesial es la del corazón, sede del amor que lo anima y al que propulsa a su vez hasta las extremidades de los demás miembros. No defraudes.

Para el Ermitaño desconectado de todo ¡ qué dinamismo en esa doctrina del Cuerpo Místico! No necesitas, para vivirla, ni diarios ni revistas. La curiosidad por las vicisitudes de la vida del mundo te expone más a perder de vista su estructura y funcionamiento espiritual que a reanimar tu fe. ¿Acaso sena normal que el desamparo de los hombres produjera en un contemplativo mayor impacto que las solicitudes del amor de Dios? Tu misión es ofrecer los hombres a Dios; otros se encargan de dar Dios a los hombres. Permanece vuelto al Señor en la actitud de la antigua Orante.

Aplícate personalmente este texto de San Pedro: “Como piedras vivas sed edificados en edificio espiritual para un sacerdocio santo, que ofrezca sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2,45). La Iglesia toda, unida con su Cabeza, constituye ese “sacerdocio regio”, cuya función es “anunciar la gloria de Dios” (v. 9). Cada cual debe contribuir a esa acción sacerdotal; más que otros tú, que has sido elegido para desempeñar oficialmente el ministerio de la oración y del sacrificio que incumbe a la Iglesia. Esos “sacrificios espirituales” son, ante todo, la Adoración, la Alabanza, la Acción de gracias. En la soledad, el silencio, el reposo del alma, estás en situación privilegiada para ofrendar a Dios, en unión con Nuestro Señor, “un sacrificio de alabanza en todo tiempo”, esto es, según la hermosa expresión del Apóstol, “el fruto de los labios que confiesan su Nombre” (Heb 13,15).

Hazte cargo de la amplitud y potencia que da a la oración del Ermitaño esa encomienda oficial de la Iglesia. Si ella es el Cuerpo de Cristo; si es su Esposa muy amada, y esposa intachable, ¡ con qué complacencia no la han de escuchar, sea que implore, sea que exhale, a través de los himnos de que eres el cantor, su propio amor! A ella se dirige el Esposo: “Dame a oír tu voz, que tu voz es suave (Can 2, 14), “hazme oír tu voz” (Can 8,13).

Da preferencia a la oración litúrgica, cuando es su hora, sobre las oraciones privadas. Por tus labios el mundo entero ora. Suples a la inhibición de los que no oran y, por ti, la voz del amor cubre la del pecado. No se trata de una “socialización” arbitraria del Eremitismo. Dejarías de ser cristiano desolidarizándote de la Humanidad. Tu clausura, como la del P. Foucauld, es “una barrera contra el mundo, no contra el amor”. Toda la Humanidad, de hecho o de derecho, pertenece al Cuerpo Místico de Cristo, y todo cuanto haces de bueno o de malo, en el secreto de tu celda, repercute en el organismo entero. Depende de ti que el valor secundario de cada misa, en cuanto ofrenda de los méritos de los fieles, sea más o menos considerable.

Ama, si cabe decir, a ultranza. La caridad es como la sangre de ese Cuerpo: “un poquito de ese puro amor más provecho hace a la Iglesia que todas esas otras obras juntas” (San Juan de la Cruz, Cant 29).

Si algún vago sentimiento de tu inutilidad amenaza hacerte vacilar, vuelve a leer las recias palabras de Pío XI a los Cartujos: “Contribuyen mucho más al Incremento de la Iglesia y a la salvación del género humano los que asiduamente cumplen con su oficio de orar y mortificarse, que los que con sus sudores y fatigas cultivan el campo del Señor; pues si aquéllos no atrajesen del cielo la abundancia de las divinas gracias para regar el campo, más escasos serían ciertamente los frutos de la labor de los operarios evangélicos… Porque, en verdad, si en algún tiempo ha sido conveniente que hubiese en la Iglesia de Dios tales anacoretas, mayor motivo hay para que existan y prosperen en los tiempos actuales” (Umbratilem).

Impalpable, la presencia del Ermitaño en el mundo es como la de los bienaventurados del cielo: actúa eficazmente sobre las necesidades reales de los hombres, las del orden de la eternidad, que son las más importantes de todas: “¿ de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero sí arruina su propia vida?” (Mc 8,36). El Ermitaño que alcanza al pobre la luz que le haga amar sobrenaturalmente su indigencia, hace infinitamente más por él que el que le construye una casa.

En el Templo de la Iglesia estás junto al altar, tienes a mano el agua que salta hasta la vida eterna.

El manjar de la Tebaida es la Eucaristía. No crecerás sin comer. San Pablo dice que el cuerpo todo en tero y cada miembro recibe de la cabeza su alimento para realizar su crecimiento en Dios en la caridad. Ese alimento es el Cuerpo y la Sangre de Jesús: “Siendo uno solo el pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese pan único” (1 Cor 10,17).

La Comunión será la gran fuerza y el más dulce consuelo de tu soledad: te da a Dios en persona. Asimismo, estrecha los lazos que te unen, por la Iglesia, a todas las almas. La Hostia formada de minadas de partículas de harina te recuerda los incontables hermanos que comparten tu “comida”, y la muchedumbre de los invitados desdeñosos a quienes debes suplir, en espera de que les obtengas el sentarse a la misma mesa. Dirige con frecuencia tu corazón hacia el Copón y pide a Jesús que venga a ti. La comunión espiritual es quizá la más fecunda toma de contacto con Dios a lo largo de la jornada. Al mismo tiempo ratifica tu pertenencia a la Iglesia y tu universal caridad.

Tu sacrificio está al servicio de la Comunidad cristiana; no es una ascesis raquítica cuyos frutos se limitan a ti. Pues entonces no serías ya una verdadera “hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rom 12,1).

El Dogma de la Comunión de los Santos comprendido y vivido por ti te preservará del entumecimiento. Has de pensar que detrás de tus paredes no te es lícito organizar una existencia “farniente”. La llamada de las almas te acosa. Responde con San Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).

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