El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Y encontrar lo que tanto se buscaba (orar es morir, es nacer)

Comienzo este capítulo subido en la alta peña donde se levanta la cruz que arropa el monasterio de las Batuecas, en un precioso rincón de Salamanca, al lado de Las Hurdes cacereñas; con la increíble sensación de lo inmenso y lo pequeño. Abajo el monasterio parece un juguete de niños, y los frailes, pequeñas criaturas, seres ínfimos. Desde la altura se nos regala la sensación del “más allá” de las cosas. Nos sentimos lejos y, a la vez, cerca. Esta sensación de más allá, que nos hace alejarnos para ver mejor la esencia, belleza y fragilidad de las cosas, ese ‘más allá’ que nos vuelve a ubicar en el corazón de la vida, con la sensación de que todo tiene la mirada infinita de Dios.

Orar debe ser recibir el regalo de este “más allá” y “más acá”, esa mirada con la que se comprende el ser profundo de las cosas, por la que uno se siente inmerso en el latir de Dios… que es el latir de todo lo creado.

Este “más allá” se experimenta en los momentos de especial generosidad, momentos en los que damos determinados saltos en el vacío buscando un amor mayor, fiados en Alguien que está inequívocamente, pero que no se deja palpar. Son momentos de decir “sí” a un futuro desconocido, con la sola certeza de que el corazón lo quiere, somos arrastrados a gestos locos, arriesgados, sin por qué… algo nos dice que El lo quiere, y vamos allá, sin otra arma que el hecho de sentirnos queridos por El. Saltamos al vacío, porque Él ha ido tejiendo en nosotros misteriosamente un hogar.

Por eso, vivir de verdad es morir a cada paso. Sólo vive de verdad el que ahora mismo está muriendo a lo pasado para abrirse a un ahora lleno de posibilidades. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, dijo el poeta, y sólo es vida cuando corre alegremente hacia el mar, sin detenerse. Morir no es una usurpación injusta, no es una realidad violenta, absurda… nadie se muere de una vez, como no se nace estrictamente en el momento del parto… Morir es desembocar en la mar, verterse en el hogar del que nacimos, poco a poco, como consecuencia del vivir.

Orar no es otra cosa que hacer la experiencia de aprender a morir, superar el miedo a entregarse en las manos del más allá, es decir, de un Dios entrañable, Padre, hogar, mi yo más verdadero. Nos entregamos a Él como a lo mejor de nosotros mismos. Si supiéramos qué es el cielo, es decir, quién es Dios, no lamentaríamos morir a cada paso y morir al fin.

“¿Qué es el morir, sino entregarse desnudo al viento y fundirse con el sol? ¿Y qué es dejar de respirar, sino liberar la respiración de sus inquietos vaivenes para que pueda alzarse y expandirse y buscar sin trabas a Dios? En verdad, sólo cantaréis realmente cuando bebáis del río del silencio (…) Y sólo cuando la tierra reclame vuestros miembros, bailaréis en verdad”, dijo Jalil Gibran. Sólo ora de verdad quien se aventura con esto.

La vida en plenitud es morir por algo, desaparecer en cada entrega, en cada acto de amor, aniquilarse con alegría en cada paso. El niño en su alegría, está muriendo como nadie al pasado, vive intensamente este momento, tiene capacidad de olvido, la vida en él opera un milagro de renacimiento, digno de ser recuperado por todos los que jugamos a ser mayores. Y orar es (lo dijo Jesús) nacer de nuevo, entrar de nuevo, en esa manera tan bella, tan presente de vivir del niño, su manera de respirar con todo el ser. Y eso mismo es morir a lo complicado, a lo que nos asegura ficticiamente. Orar es dejarnos curar de nuestro miedo a morir.

Recrear la experiencia de la “muñeca de sal”, que todos conocéis. Adentrarse en el mar como en nuestra propia esencia y darnos cuenta de que ese riesgo, esa entrega nos da la vida, nos devuelve a la vida nueva.

Ahora mismo vivo la experiencia del morir… Escribo en otro instante en que el sol está a punto de perderse detrás de una montaña, en un paraje bellísimo, en el Valle del Jerte. Solo, en una casa elevada, que lo fue de mis abuelos. Dejo que mientras el sol se apaga, mi adiós le permita seguir su camino, morir, de alguna forma, para nacer mañana; no porque el sol necesite mi consentimiento para volver a salir, sino porque yo necesito comprender su morir para disfrutar de cada instante en plenitud, sea el día sea la noche, como parte de un todo que es la misma vida. Cada día es una inevitable despedida y un abrazo. Es sano y resucitador saber aceptar ambas cosas con la misma frescura y alegría. La neurosis, la falta de libertad, nos impide despedirnos con alegría, no hemos llegado todavía al hogar que hay dentro de nosotros, aún tenemos que orar y pedir al Espíritu que venga en ayuda de nuestra fragilidad.

El suelo de la casa en que estoy es de barro cocido, memoria de otros tiempos. Las grietas de la pared delatan en ella el paso de los años, y no puedo evitar abrazar la belleza y evocación de las voces calladas que en ella resuenan, de su silencio habitado de personas que otro tiempo la llenaran de risas, lágrimas, sueños, dolores.., y en ello mismo se me regala la vida de este instante sin añoranzas, y su mano tendida para que sepa yo vivir mi aventura en este ahora tranquilo, en este atardecer único, hasta el día en que tampoco yo esté de este lado porque me haya ido para vivir más plenamente, esa otra gran aventura, de la que ésta es un aprendizaje.

Se me revela en esta tarde la sabiduría de todo lo creado, en un proceso continuo de crecimiento, que pasa por aceptar con elegancia la muerte del gusano para que pueda nacer mariposa; aceptar que sólo rompe la ola en la playa con esa alegría cuando ha habido otra que se ha ido sigilosamente sin hacer ruido, como sin querer; que si el grano de trigo no cae en tierra y muere…

Orar no es otra cosa que aprender a entregarse sin reservas, no esconder la cara a las “muertes cotidianas” cuando el amor anda de por medio. Dicen que nuestros principales sufrimientos proceden de muertes no asimiladas, no aceptadas.

La gran lección que nos toca aprender en esta vida, para lo que seguramente estamos aquí, es para aprender a vivir un amor incondicional, ir creciendo a un amor sin por qué, sin esperar nada a cambio. Al fin veremos como en un cristal transparente todas nuestras acciones y lo tremendamente interesados y egoístas que hemos sido precisamente en nuestros aparentes gestos de caridad o de amor. Hay que pedir ser curados de toda ambición, incluso la ambición del cielo, o de un premio más allá de esta vida, para que no perdamos de vista la principal tarea que es amar porque sí, “incondicionalmente”.

Orar es amar y amar es morir sin reservas. Superar el egoísmo atroz que nos envuelve y nos mata la vida.

Mi madre me ha vuelto a relatar estos hechos que ilustran este morir de amor: Una noche de niebla tuvo lugar cerca de mi pueblo una tragedia llena de amor. La poca visibilidad precipitó el coche por el puentecillo abajo, y quedó atrapado en el agua. Los padres salieron, pero el pequeño de cinco años quedó encerrado. El padre y la madre se zambulleron desesperadamente haciendo lo imposible por rescatar al pequeño; el esfuerzo llegó a tanto que allí se les agotó a ellos también la vida, no reservaron un poquito de fuerza para si mismos, para ponerse a salvo, y quedaron allí los tres. A la mañana siguiente la noticia llegó al abuelo que se sumó a su destino, no aguantó su corazón la noticia y se le rompió con ellos de un infarto. Esta historia real, sucedida hace pocos años, nos revela la fuerza del querer cuando es entero, grande, radical. Lleva a no menos que dar la vida, a un olvido total de si mismo.

Ojalá nuestra vida sea un buen aprendizaje de este olvido de si, de este amor, de este morir cotidiano, para vivir naciendo cada día. No es otra cosa la oración, amigos, que dejar que el río corra alegre hacia el mar perdiéndose, fecundando cada matojo, cada florecilla que se nos regale en el camino; no calculéis tanto si os acompañarán las fuerzas para una entrega así, simplemente olvidémonos y queramos hasta morir y no dejar rastro ni huella de nosotros, como los mejores amadores. Que el Señor nos conceda vivir con alegría un poco de todo esto.

“Morir sólo es morir, morir se acaba,
morir es una hoguera fugitiva,
es cruzar una puerta a la deriva,
y encontrar lo que tanto se buscaba” (1)


1. José Luis Martín Descalzo

El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-02-21

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