El riesgo de la confianzaOración contemplativa

Y me haré mas vil todavía (la mariposa, David y otros relatos)

La mariposa es una mensajera eficaz de vida. Cuando me cerca y baila a mi alrededor me saca de mis propios pensamientos para llevarme al sabor del momento presente, este intenso presente de primavera y comienzos del verano. Cuando me sorprende en el camino, llena de vida, aunque frágil y ligera, recuerdo la vida y renuevo el gozo de tantos despertares insospechados. Recuerdo en ella la enseñanza de la crisálida: el gusano que muere para amanecer mariposa. Muerte y vida se dan siempre la mano para crear otras formas de vida nueva. Eso es la sabiduría. En este ejemplo está contenido todo el secreto de la oración cristiana.

Puede ser para ti inútil y efímero alarde de belleza sí eres alguien “eficaz” y utilitarista. Su baile puede resultar incómodo a los que han olvidado el ritmo de la vida en su corazón, y viven con el futuro ya programado y asegurado, o esperando de Dios pruebas que confirmen las creencias.

Dios nos ha dicho una palabra en ella: es efímera, fugaz, no tiene una vida larga y está expuesta a cualquier viento.., ahí reside también su belleza, que no es para siempre, y por eso parece disfrutar en este instante como sí fuera el último.

Eso es orar: existir como la crisálida, saber desaparecer con la confianza de la vida que aguarda, nueva y mejor. Bailar el presente, no vivir agarrotados, con las penas oxidándonos las bisagras del alma. Hemos de aprender a bailar y reír, para poner en fuga la tristeza y abrir los rincones dormidos y dolidos. El motivo de nuestra danza es haber descubierto la belleza interior (“nuestra alma es como un castillo todo de diamante o muy claro cristal…”) y estar renaciendo, resucitando a cada paso como la mariposa. La danza no es para el amargado, el baile es expresión de alegría y provoca aire nuevo en los adentros del que baila. El cristiano amargado, resentido o reprimido no exulta de gozo como María, no baila para Dios en su interior, y corre peligro de hacer de la fe en Dios algo cerebral, controlado… aburrido, nada removedor en la raíz.

Por eso el cielo, que es reflejo de la tierra ideal ha sido frecuentemente imaginado como algo estático, intelectual, pasivo. Por lo que hay quienes dicen que en ese caso se “desapuntan”: “menudo aburrimiento”. Si el cielo consistiera en sólo mirar a Dios sentados en un cómodo sillón, ¿qué harían los niños allí? “En el cielo bailaremos”, se titulaba una de las canciones del musical de don Orione. Está claro que es otra cosa. Entre tanto que llegamos allá, la mariposa nos habla de libertad, de una música callada impresa de tal forma en ella que no puede dejar de bailar. Por eso, perdido el miedo, no podemos menos que bailar, al menos interiormente y, por qué no, con todo nuestro ser.

El mensaje de la mariposa me recuerda en algunos aspectos aquella parábola de las cebollas:

Al principio las cebollas eran piedras preciosas de colores y formas distintas, de una belleza tal que quien las miraba quedaba prendado. Sin embargo, hubo quienes consideraron aquella belleza presunción y comenzaron a hablar de la coquetería y vanidad de las cebollas, de forma que algunas empezaron a sentirse incómodas y para evitar habladurías cubrieron su brillo con una fina capa. Pero no pareció suficiente, porque seguía habiendo reflejo de una belleza distinta, de modo que se cubrieron con otra capa más, y otra, y otra, hasta que vinieron a ser tal como las conocemos en la actualidad. Acertó a pasar por allí un sabio de los que admiraban la hermosura de las cebollas, y viendo en lo que habían parado lloró desconsolado. La gente viendo llorar a aquel sabio pensó que llorar ante las cebollas es de sabios y por eso todos nosotros seguimos aún llorando ante las cebollas, como recuerdo de algo tan triste y tan frecuente en la vida.

 

DAVID

David es un personaje muy rico, lleno de matices para iluminar nuestra oración personal y comunitaria, pero quiero recordar de él, en clave de oración y diálogo con Dios, no una oración vocal, ni un acto ritual en el templo, ni un sacrificio, sino la bella y espontánea reacción de alegría ante el arca de la alianza que nos relata el capitulo 6 del Segundo Libro de Samuel:

“David y toda la casa de Israel bailaba delante de Yahvé con todas sus fuerzas, cantando con citaras, arpas, adufes, sistros y cimbalillos” (2 Sam 6,5). “En presencia de Yahvé danzo yo. Vive Yahvé, (…) que yo danzaré ante el pueblo de Yahvé y me haré más vil todavía (…)”, le dice David a Mikal, hija de Saúl, por su reproche.

Ya en el Nuevo Testamento, el relato de la visita de María a Isabel parece en algunos aspectos calcado de este relato. Haced una lectura comparándolos… El arca de la alianza es conducida a casa de Gedeón, donde permanece durante tres meses, Gedeón es bendecido en esta visita. María, arca de la Nueva Alianza, visita a Isabel quedándose con ella tres meses; Isabel es bendecida en su hijo. Ambos relatos desbordan alegría. En el libro de Samuel hay bailes, cánticos, resonar de instrumentos musicales; en Lucas es una exultación y un “saltar de gozo”. El motivo de la alegría es la presencia del Arca en un caso y, en el otro, la misteriosa presencia del Enmanuel en las entrañas de María, Arca de la Nueva Alianza.

La presencia de Dios provoca un gozo incontenible, algo sucede en los entresijos del ser humano… La alegría de David se convierte en oración sin palabras a través de la danza, esa manera tan bella y sana de expresar los sentimientos del corazón. Ya reprochó Jesús a sus conciudadanos no escuchar, no bailar y no llorar:“¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas y no habéis llorado'” (Lc 7,31-32; Mt 11,16-17). El reproche de Jesús para quienes hemos perdido la capacidad de sentir y expresar los sentimientos, incluso de esta manera tan sana que a muchos causa recelo, como a Mikal, la hija de Saúl.

David danzó, Francisco de Asís bailaba por los caminos tocando un violín imaginario, las carmelitas bailaban con el Niño Jesús en la Nochebuena, y bailan en su interior y exteriormente quienes han oído esa “música callada” que nunca nos deja estáticos, ni paralizados, sino que nos mueve a su ritmo, si consentimos nosotros también danzar para Dios como hacen casi todas las culturas, en África, América y Asia, sobre todo, mientras en Europa, hemos olvidado jugar y bailar, porque tal vez conocemos demasiadas cosas.

 

EL SALTIMBANQUI

Y bailaba y brincaba el protagonista del cuentecillo que os relato para terminar, un relato que leí en alguno de aquellos libros antiguos llenos de relatos maravillosos y milagrosos. Muchos de ellos infundían respeto y, en ocasiones, miedo. Éste, sin embargo, lejos de provocar ansiedad, quedó en mí como un símbolo del mirar de Dios:

Cuentan las crónicas del viejo monasterio que en una ocasión pidió asilo un célebre saltimbanqui, cuya compañía de titiriteros se había disuelto. Los monjes lo acogieron como a uno más. Pasaban los días y el saltimbanqui no mostraba especial destreza para ninguna de las tareas propias del monasterio, por lo que le acabaron aceptando como alguien inútil. El abad del monasterio velaba para que cada morador de la abadía se sintiera querido y observaba que el hombrecillo era cada día más feliz. Decidió observarle y comprobó que terminado el rezo de los maitines a medianoche cuando todos los monjes se retiraban a descansar, nuestro saltimbanqui se escurría silenciosamente hacia la solemne iglesia y, atravesando con respeto la nave central, subía los peldaños del presbiterio aproximándose hacia el sagrario. Allí hacía una reverencia y después de un breve silencio comenzaba a hacer piruetas, volteretas, mortales y todo tipo de acrobacias hasta caer rendido junto al altar. Allí quedaba tendido hasta antes del amanecer que retornaba sigilosamente a su celda. El abad le observó así muchos meses como si estuviera poseído de una energía inacabable. Sin embargo un día que sus piruetas eran especialmente bellas y que se prolongaron hasta las primeras luces del alba el saltimbanqui inútil del viejo monasterio cayó rendido para siempre bajo la mirada de Dios que disfrutaba como un niño aquella manifestación tan pura y simpática de amistad. Y contaba el cuento en su final que el abad vio cómo unos ángeles recogían el alma de aquel hombre para llevarla al abrazo de Dios.


El Riesgo De La Confianza (Caminos)
  • Miguel Márquez Calle
  • Editor: Desclée De Brouwer

Última actualización de los precios: 2019-04-18

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