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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"HE
OÍDO EL CLAMOR DE MI
PUEBLO"
(MOISÉS)
Hacía tiempo que Moisés había huido
de Egipto. Era pastor del rebaño de su suegro
Jetró. "Una vez llevó las ovejas más
allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la
montaña de Dios. El ángel de Yahvé se
le apareció en forma de llama de fuego en medio de
una zarza" (Ex 3, 1-2).
Sólo con estos elementos que nos aporta el
comienzo del riquísimo capítulo tercero del
libro del Éxodo se podría hacer un comentario
evocador:
Moisés ha huido de Egipto, lugar donde Israel vive
esclavo. Va más allá del desierto; Dios
siempre se esconde tras el desierto, tras la desnudez y la
ausencia de autosuficiencia. Llega a la montaña,
símbolo de la presencia y del encuentro con Dios.
Allí se le descubre, antes que el Nombre, un
símbolo vivo de Dios: una zarza que arde sin
consumirse; zarza que impone distancia, respeto y fuego que
fascina, atrae, sobrecoge y no se deja asir.
Huida, desierto, montaña, zarza ardiente... Nos
regala siempre el texto bíblico una profundidad y
capacidad de evocación en sus símbolos viva a
miles de años de distancia.
Este capítulo tercero del libro del Éxodo y
toda la historia de intimidad entre Yahvé y
Moisés sigue teniendo hoy un encanto especial para el
que está tocado de Dios, un encanto que se esconde
más allá del relato bíblico
escrito.
Veamos los elementos más característicos de
la oración de Moisés: Adoración e
Intercesión.
ADORACIÓN
Resulta llamativo y sobrecogedor que Dios se haya dejado
percibir de una manera tan hermosa, sorprendente e
incontrolable por Moisés, gratuitamente, sin
méritos de su parte. La zarza ardiente matiza y
relativiza nuestro lenguaje sobre Dios y lo traslada a lo
poético -simbólico, que respeta más la
intuición propia de la fe.
Este mismo símbolo indica al hombre una actitud de
respeto profundo. Dios no puede ser fotografiado: el fuego
es calor y distancia, atracción y respeto, es vivo,
dinámico, alegre e indefinible, es bello e
inapresable.
Dios dice a Moisés: "No te acerques
aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el
lugar en que estas es tierra sagrada" (Ex 3, 5). Esta es
una de las actitudes más bellas del orante,
descalzarse de todo poder, privilegio, autosuficiencia,
dominio; desnudarse de toda insensibilidad e
impermeabilización. El que se descalza se hace
sensible al lenguaje de la tierra, siente el palpitar de la
tierra, se hace próximo al barro del cual procede y
comprende su limitación y su verdadera grandeza. Esta
es la humildad en sentido etimológico y teresiano.
Comenzaremos, pues, nuestra oración como
Moisés diciendo "heme aquí" (Ex 3,
4).
Dios mismo indica a Moisés la puerta para entrar
en una verdadera actitud de adoración: no acercarse
irrespetuosamente, y descalzarse. Respetar la grandeza de
Dios y desenterrar constantemente la sencillez, la
sensibilidad y la capacidad de asombro. Estas dos actitudes
hacen posible la adoración.
Moisés se convertirá, a partir de
aquí, en el adorador del misterio de Dios. En
él se aunarán una intimidad, amistad y
cercanía con Dios entrañables, junto al
sobrecogimiento y adoración más respetuosos.
"Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como
habla un hombre con su amigo" (Ex 33, 7-11).
Uno de los pasajes culminantes de la vida de
Moisés y de todo el Antiguo Testamento es la
revelación del nombre de Dios. Esta revelación
no constituye el final de un proceso de búsqueda,
sino el principio de una misión. "Yo soy el que
soy" o "Yo seré quien seré". De
modo que el ser de Dios se define en su ser y actuar ahora y
hacia el futuro. Queda expresado en aquellas palabras:
"Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en
Egipto, y he escuchado el clamor que le arrancan sus
capataces; pues yo conozco sus sufrimientos. He bajado para
librarle..." (Ex 3, 7-8).
En el diálogo con Yahvé descubre
Moisés su querer. Orar es abrirse a Dios que se
manifiesta en este momento de la historia como
liberación del pecado y de toda opresión, orar
es dejar que Dios pronuncie su Nombre sobre nosotros, es
dejarse mirar por Él y acoger en esa mirada nuestro
propio nombre, nuestra misión.
Adorar, por tanto, nunca será
una actitud pasiva, sino la más dinamizadora de las
actitudes. Adorar es dejar que Dios nos contagie sus
sentimientos, su prisa por liberar, su querer. Él nos
lanza a la misión enamorándonos de ella y de
Él. "Una sed de Dios se apoderó de
Moisés: en medio de sus trabajos (...) Moisés
está perpetuamente entregado a la búsqueda del
rostro de Dios, del Dios en el que ha hallado gracia y que
le conoce por su nombre" 1
Los cristianos, enfrascados en el ajetreo cotidiano,
tenemos poco tiempo y disposición para poder adorar,
tendremos que replantear con valor y coraje los elementos
que a Moisés le acercaron al misterio gratuito de la
zarza ardiente: huida ("me hice perdidiza y fui
ganada" dirá San Juan de la Cruz; ¿somos
imprescindibles?); desierto (que nuestras seguridades sean
puestas en crisis); montaña (escalar decididamente al
encuentro con Dios, confiados sólo en Él);
zarza ardiente (por más que comprendamos de
Él, siempre lo tenemos todo por descubrir,
sólo cabe adorar, nunca querer dominar el
misterio).
Indudablemente este programa requerirá de nuestra
parte, si no queremos caer en piadosas reflexiones y buenas
intenciones, tiempos y espacios concretos de
dedicación. Sólo orando se aprende a orar,
sólo descalzándose se hace uno sensible...
INTERCESIÓN
La adoración convierte a Moisés en siervo
de Dios y de sus hermanos. La adoración se traduce en
servicio y disponibilidad. Conoce a Dios y se le hace
patente la necesidad que tienen sus hermanos. Participa del
sentimiento de Dios al escuchar el clamor de su pueblo y
dolerse de su sufrimiento. Dios bajará a librarlos en
la persona de Moisés. Todo el que de verdad se
encuentra con Dios no puede dejar de oír el clamor
del pueblo hoy. Es un dato para discernir nuestra
oración. El que llegue a adorar de verdad será
el mejor capacitado para ser libre y liberar, porque
participa de Dios en su voluntad de seguir salvando lo
débil y caído.
"Ahora, pues, ve; yo te envío a Faraón,
para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto"
(Ex 3, 10). Dios le dinamiza, le empuja a la
liberación de los suyos, superando sus complejos y
aparente incapacidad (tartamudez). Esa incapacidad es la
prueba de que Dios es el protagonista y no el profeta.
La intercesión cobra el carácter de
pregunta cuando se recrudecen las cargas del Faraón
contra los israelitas por culpa de Moisés:
¿Por qué, Señor? (Ex 5, 22-23). El
profeta se pone también en el lugar del pueblo cuando
no entiende, hace de voz e intercesor del pueblo ante Dios.
Estos "por qués" dan a nuestra oración una
tonalidad real y sincera. Hoy hay muchos "por qués"
latiendo de forma interrogativa en el corazón de
mucha gente sencilla, "por qués" que no hay que
disfrazar, esquivar o anular con respuestas prefabricadas de
teología rancia. La oración será un
lugar privilegiado para encarar sin miedo preguntas
mordientes de difícil respuesta, sin ánimo de
solución inmediata.
La intercesión de Moisés en favor del
pueblo adquiere su expresión más clara en Ex
32, 11-14, con motivo del becerro de oro. "¿Por
qué, oh Yahvé ha de encenderse tu ira contra
tu pueblo? (...) Acuérdate de Abraham, de Isaac y de
Israel...".
¡Cómo se diferencia esta oración de la
de algunos profetas de calamidades actuales que
desearían ver el mundo castigado hace tiempo por la
"cólera divina". Tales psicologías religiosas,
en muchos casos, evidencian una alarmante falta de verdadero
espíritu cristiano: com-pasión, ternura,
bondad, intercesión... y se hacen necesitados, ellos
sobre todo, de la piedad de Dios que no alcanzarán
con sus "obras impecables"! ¿Por qué se hace de
Dios tantas veces un justificador de nuestras
intransigencias?
Una determinada justicia religiosa habría actuado
"lógicamente" la destrucción del pueblo, pero
la posición de Moisés como "dentro", incluido,
no francotirando a su pueblo, por amor a él, marca la
diferencia y, lo que es más, arranca a Dios la piedad
y el perdón.
Cuando Moisés consigue que se aplaque
Yahvé, baja del monte y les habla y reprende sin
miramientos, les desenmascara y enfrenta con la verdad. Dios
nos hace valientes para expresar la verdad.
1. J. LOEW, En la escuela de los
grandes orantes, Narcea, Madrid, pp. 58-59.
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