ÍndiceRinconesTextos

Cinco textos de Michel Quoist

cinco-textos-de-michel-quoist

Fotografía: Ryk Neethling (Creative Commons)

La palabra del Señor da frutos… y en abundancia

Mientras no aceptes verdaderamente tus límites, no podrás construir nada sólido, pues te pasas el tiempo deseando los instrumentos que están en manos de los demás, sin darte cuenta que tú también posees otros, diferentes pero igualmente útiles. No niegues tus límites, sería desastroso. Negarlos no los suprime. Si existen, ignorarlos sería darles una fuerza misteriosa de destrucción contra tu vida. Por el contrario, míralos de frente, sin exagerarlos, pero sin minimizarlos tampoco. Si puedes cambiarlos en algo ¿qué esperas para hacerlo con calma y perseverancia? Si no puedes hacer nada, acéptalos. No se trata de resignarte, inclinando la cabeza, sino de decir SI levantándola. No se trata de dejarse aplastar, sino de soportar y ofrecer.

Tranquilízate. Dios te observa y a sus ojos, no eres ni menos grande ni menos amado que cualquier otro hombre. Ofrécele tus preocupaciones, tus penas, tus pesares… y cree más en Su poder que en tu eficacia.

En la medida en que compruebes, aceptes y ofrezcas tus limitaciones a Dios, descubrirás que tu pobreza se convierte en una inmensa riqueza.

No es humildad creerse el más desprovisto de todo. El humilde auténtico nada teme, ni siquiera a sí mismo, ni sus cualidades, ni sus límites, ni a los demás, ni las cosas. Teme a Dios. Cuando recibes un regalo de un amigo, abres el paquete, lo miras, lo admiras y se lo agradeces. El Padre del Cielo te ha hecho muchos regalos. A menudo no osas mirarlos ni alegrarte de ellos. Los regalos del Padre no son para tu uso personal. Son para los demás y para El. Cuanto más hayas recibido para ser y tener, tanto más responsable eres. De modo que, si algo hay que temer, no es el reconocimiento de tus cualidades, sino el no emplearlas.

Acéptate a ti mismo, pero acéptate también frente al otro. Sé tu mismo. Los demás te necesitan, tal como el Señor ha querido que fueras. Dite a ti mismo: voy a llevarle algo, pues nunca se encontró con alguien como yo y nunca se encontrará, pues soy una persona única salida de las manos de Dios.

En cierto sentido somos incompletos. Todos los hombres reunidos forman la humanidad y en Cristo, el cuerpo místico. Tus límites son una invitación a la unión con todos los demás, en el amor. Sólo desea lo siguiente: ser plenamente, sin tachaduras, aquel que Dios quiere que seas… y serás perfecto.

Una franca lucidez, un acto leal de ofrenda en la Fe te liberará definitivamente de tus ataduras y por fin serás tú mismo. Sólo con esta condición triunfarás y podrás ayudar a los demás.

 

La mirada desde la fe

Allí donde no ves más que una gota de agua, el científico a través del microscopio ve un mundo de seres vivos que se mueven.

Allí donde no ves más que una cosa, el poeta y el artista ven los indicios de una realidad más grande y más bella.

Allí donde el hombre no ve más que personas vivientes y acontecimientos producidos por el azar, el cristiano ve Hijos de Dios y el Reino del Padre que se construye.

Tus sentidos te dan una mirada de carne.

Tu inteligencia, una mirada de razón.

Tu Fe, una mirada de Cristo.

Con la mirada de Cristo injertada en la tuya, puedes conocer a Dios, el universo, a los hombres y a ti mismo, como El los conoce y como se conoce a Sí mismo. Creer es encontrar siempre a Jesucristo para unirse con su manera de VER.

La Fe no es:

una impresión o un sentimiento,
una forma de optimismo frente a la vida,
la satisfacción de una necesidad de seguridad.

Tampoco es:

una opinión,
una regla de vida moral,
una convicción fundada en un razonamiento,
una evidencia científica.

La Fe es ante todo una Gracia, es decir un Don de Dios. Esta gracia nos ayuda a encontrar una persona viviente, Jesucristo, nos permite adquirir la certeza de que esta Persona dijo la verdad, y que su testimonio -palabra y vida- es exacto. Fuerte con esta certeza, la Fe consiste entonces en proyectar Su mirada sobre nosotros mismos, sobre la Humanidad y sobre la Historia, sobre Dios mismo y en comprometerse en función de esta mirada.

La imaginación y la sensibilidad son todavía más incapaces de hacerte creer o de aumentarte la Fe. No te alarmes por no sentir nada. Por el contrario, sólo cuando hayas por fin aceptado no comprender ya nada al modo humano, no sentir ya nada, entrarás de verdad en la Fe.

La Fe depende de la plegaria y como es una respuesta personal del hombre a Dios, exige plena libertad.

Para ayudar a tu hermano, no hay que demostrar, sino amar y orar; no hay que persuadir, sino transmitir la Palabra y dar Testimonio. Unete a Cristo, únete a El y procura pensar como El, reaccionar como El, ver como El, vivir como El. El te dará Su mirada, conocerás el verdadero sentido de la vida y más tarde con El y en El serás un VIDENTE eterno.

 

Confiar en Dios

Todo lo pintas negro, mascullas lamentos, te desentiendes de todo. Ya no crees en el esfuerzo, ¿para qué luchar? -no lo lograré nunca- -siempre ocurre lo mismo-. El desaliento te inmoviliza, te paraliza, te impide reaccionar. Ya no eres tú quien dirige tu vida. ¡Ya no vives!

¿Estás desanimado? Es porque confiabas en ti y compruebas con dolor que no puedes contar contigo. Si tienes confianza en Dios, sufrirás con tu falta, pero no te desanimarás. Pues Dios es tan poderoso y te ama tanto después de la falta como antes. El desaliento es siempre una prueba de demasiada confianza en sí mismo y de muy poca confianza en Dios. No trates de escapar de un modo artificial a tus dificultades, tus malas costumbres, tus pecados inesperados. “Si hubiese podido no hacer eso.” “Si fuera posible volver atrás.” “Si se pudiera volver a empezar.” “No es normal que yo tenga tantas dificultades.” “No es justo.” “Es una cuestión de temperamento, no lo puedo evitar.”

Si quieres triunfar frente al pecado, tu primera actitud ha de ser la de reconocer el mal que habita en ti. No andes con rodeos, no te disculpes, no trates de borrar, olvidar, negar, así no lo vas a destruir. Acepta esta falta de hoy, acepta también la tentación de mañana, la tiranía de esa costumbre, esas ocasiones de pecado que no puedes evitar. Jesucristo no vino para quitarnos las tentaciones, ni para suprimir la posibilidad de pecar, sino para perdonarnos los pecados.

Tranquilízate, los Santos tampoco fueron dispensados de la lucha contra el mal. San Pablo escribía a los Romanos:”…no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero… queriendo hacer el bien, es el mal que se me presenta…Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?…”

A los ojos de Dios, el valor profundo de un hombre no se mide por la debilidad de sus tentaciones, ni por el escaso número de sus caídas, ni siquiera por la ausencia de culpa materialmente grave, sino ante todo por su confianza total en la omnipotencia del Salvador, por su amor y por su voluntad de esfuerzo constante.

Mientras permanezca en ti una partícula de agotamiento, de tristeza, de duda en el alma, quiere decir que no crees suficientemente en el perdón del Señor, pues ese perdón debe darte la paz, la alegría. Cuando el hijo pródigo vuelve a su casa, el padre quiere que todos olviden el pasado. Ordena un festín para invitar a la Alegría. “Hay más Alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que perseveran”.

Jesucristo es severo con el pecado, pero bueno con el pecador. Si eres víctima del pecado, el Señor llega a ti para amarte más y para salvarte. Misterio infinito del amor. Deja que llegue, estarás más unido al Señor después del pecado que antes. De este modo toda falta es una seña, una invitación para ofrecerse a Jesucristo Salvador.

Te sientes cada vez más débil, a merced de la primera tentación. Descubres que hay en ti cada vez más egoísmo y orgullo. Ves con mayor claridad en tu vida la falta de amor, las dudas, las negativas. No te desanimes, alégrate, el Señor vino por ti. Si te arrojas en sus brazos, podrá perdonarte, salvarte; Pues, ¿como quieres que te perdone si no encuentras nada que tenga que serte perdonado? ¿Cómo quieres que te salve si no te entregas para que te salve?

No pienses en conseguir la paz mientras estés cada vez más seguro de ti mismo, de tu vida honesta, de tu cómoda virtud. Esa tranquilidad sería la peor ilusión, puesto que entonces no necesitarías del Señor y estarías solo, terriblemente solo y vulnerable, sin El.

“No vine por el justo, sino por el pecador”. “Vine para salvar lo que estaba perdido”. “No son los sanos quienes necesitan de un médico, sino los enfermos”.

Desconfía del desaliento característico que acarrean las faltas contra la castidad. La vida física que éstas crean, el malestar psicológico que las acompaña, la impresión de tiranía del instinto todopoderoso confunden tu juicio, deformando tu culpabilidad. Las faltas contra la carne no son las más graves, sino las faltas contra la fe, la esperanza y la caridad. La costumbre limita tu libertad, limita también tu responsabilidad frente al pecado. Si la costumbre te paraliza con sus lazos, debes reconquistar tu libertad con paciencia y perseverancia.

Comprobar tu debilidad no es desalentador si paralelamente vas descubriendo la omnipotencia del Amor divino. El Amor no te fallará nunca, eres tú quien no cree suficientemente en el Amor.

Es grave quedarse en el suelo cuando uno se cae, pero también lo es quedarse sentado a la vera del camino creyendo haber llegado. Tus faltas deben convencerte de la verdad de tu fragilidad, te permiten convertirte en un niño y a reemprender la marcha de la mano del Padre.

“Pongo al Señor ante mí sin cesar; porque él está a mi diestra no vacilo. Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan y hasta mi carne en seguro descansa.”

 

Señor, Tú me has cautivado

Señor, Tú me has cautivado y no he podido resistirte. Largo tiempo escapé, pero me perseguías, yo corría en zig-zags, pero Tú lo sabías. Me alcanzaste. Y yo me debatí. ¡Me venciste!

Y hoy heme aquí, Señor: he dicho <<sí>> cansado y sin aliento, a pesar mío casi. Yo estaba allí, temblando, como un vencido a merced del vencedor, cuando Tú pusiste sobre mí tu mirada de Amor.

Ya está hecho, Señor, ya no podré olvidarte, en un instante Tú me has conquistado, en un instante Tú me has cautivado, has barrido mis dudas, mis temores volaron. Te reconocí sin verte, te sentí sin tocarte, te comprendí sin oírte. Ya estoy marcado con el fuego de tu amor, ya está hecho: nunca podré olvidarte.

Ahora yo te sé presente junto a mí y trabajo en paz bajo tu mirada de Amor, ya no he vuelto a saber lo que es tener que hacer esfuerzos para orar: me basta con levantar los ojos de mi alma hacia Tí para encontrar tus ojos y no hace falta más: nos comprendemos, todo está claro, todo es paz.

En algunos momentos -oh, gracias Señor- vienes irresistible a invadirme como un brazo de mar que lento inunda la playa. O bruscamente me coges como el amante estrecha a la esposa que se abandona a él. Y yo no evito nada: cautivo como estoy, te dejo hacer, seducido, contengo la respiración y todo el mundo se desvanece, Tú detienes el tiempo. ¡Ah, como quisiera que estos minutos durasen horas y horas! Cuando Tú te retiras dejándome encendido, trastornado de gozo, yo no sé cosas nuevas, pero sé que Tú me posees más aún, alguna nueva fibra de mi ser queda herida, la quemadura ha crecido y yo estoy un poco más cautivo de tu amor.

Señor, sigues haciendo el vacío en torno a mí, pero ahora de un modo muy distinto: es que Tú eres demasiado grande y eclipsas todas las cosas. Todo cuanto yo amaba ahora me parece bagatela, mis deseos humanos se funden como cera bajo el fuego de tu Amor. ¡Qué me importan las cosas! ¡Qué me importa mi bienestar! ¡Qué me importa mi vida! Ya no deseo más que a Tí. Tan sólo a Tí te quiero.

Los demás van diciendo <<Está loco>>. Pero son ellos, Señor, los que lo son. Ellos no te conocen, ellos no saben de Dios, ellos no saben que no se le puede resistir. Pero a mi… a mí me ha cautivado, Señor y yo estoy seguro de Tí. Tú estás aquí y yo salto de gozo, el sol lo invade todo y mi vida resplandece como una joya, todo es fácil, todo es luminoso, todo es puro, ¡todo canta!

Gracias, Señor, gracias.

¿Por qué a mí, por qué me has escogido a mí?

¡Oh, alegría, alegría, lágrimas de alegría!

 

Me da miedo decir “si”

Me da miedo decir “sí”. ¿Adónde me acabarás llevando? Me da miedo sacar la paja más larga, me da miedo firmar la hoja en blanco, me da miedo decir un <<sí>> que traerá cola. Y con todo no puedo vivir en paz. Tú me sigues, me cercas por todos lados. Y yo busco el ruido porque me da miedo oírte, pero Tú te deslizas en el menor silencio. Yo cambio de camino cuando te veo venir pero al fin de este nuevo sendero Tú me estás esperando. ¿Dónde me esconderé? En todas partes te encuentro: ¡ No hay modo de escaparse de Tí !

Y yo tengo miedo de decir “sí”, Señor. Tengo miedo de darte la mano: te quedarías con ella. Tengo miedo de cruzarme con tu mirada: eres un seductor. Tengo miedo de tu exigencia: eres un Dios celoso. Estoy acorralado y trato de esconderme. Estoy cautivo, pero me debato y lucho sabiéndome vencido. Tú eres más fuerte, Señor. Tú posees el mundo y me lo quitas. Cuando extiendo la mano para coger a una persona o una cosa, todas se desvanecen delante de mis ojos. Y no, no es agradable eso de no poder cogerse nada para uno: si corto una flor se me marchita entre los dedos, si lanzo una carcajada se me hiela en los labios, si danzo un vals me quedo jadeante y nervioso. Y todo me parece vacío, todo se me hace hueco. En torno a mí Tú has hecho el desierto. Y tengo hambre y sed y el mundo no podría alimentarme.

¡Pero si yo te amaba, Señor! ¿Qué es, entonces, lo que yo te he hecho? Yo trabajaba por Ti y yo me entregaba. Oh gran Dios terrible, ¿qué más quieres?

Hijo mío, Yo quiero más de ti y del mundo. Antes tú me dabas tu acción y eso no me sirve para nada. Tú me invitabas a bendecirla, me invitabas a sostenerla, querías interesarme en tu trabajo. Pero fíjate bien, al hacerlo hijo mío, tú invertías el juego. Yo antes veía tu buena voluntad, te seguía con los ojos, pero ahora quiero más: no se trata de que tú hagas tu acción, sino la voluntad de tu Padre del cielo. Di “sí” hijo mío. Necesito tu “sí” como necesité antaño el de María para venir al mundo, porque soy Yo quien debe meterse en tu trabajo, entrar en tu familia, en tu barrio, Yo, y no tú. Porque es mi mirada la que penetra y no la tuya, es mi palabra la que arrastra y no la tuya, es mi vida la que transforma y no la tuya. Dame todo, ponlo todo en mis manos. Yo necesito tu “sí” para desposarme contigo y descender a la tierra, necesito tu “sí” para seguir salvando al mundo.

Oh, Señor, tus exigencias me dan miedo, pero ¿quién puede resistirte?

Para que tu Reino llegue y no el mío, para que se cumpla tu voluntad y no la mía, ayúdame a decir “sí”.


Rebajas
Oraciones para rezar por la calle (Nueva Alianza Minor)
  • Michel Quoist
  • Editor: Ediciones Sígueme, S. A.

Última actualización de los precios: 2018-11-07

Anterior

Cien sonetos para el Señor

Cinco textos de Michel Quoist
Siguiente

Mi Cristo roto