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La ruta de la interioridad

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Clara orando en el coro de San Damián (J. Benlliure)

¿Se puede hablar de una escuela de contemplación?

Este es un interrogante válido y necesario.

Orar es vivir en comunión con Dios Padre.

Es vivir a Dios como Padre y comunicarnos con Él desde nuestra propia vida y en los momentos en los que explícitamente nos reservamos para dialogar con Él.

Los niños no necesitan ninguna escuela para aprender a hablar con sus padres. Comienzan a entablar un auténtico «diálogo» con quienes les han dado vida. Primeramente lo hacen a través de la mirada y la sonrisa. Después, poco a poco, por medio de palabras balbucientes, «a medio decir». Más adelante hablan. Nadie les enseña, lo van aprendiendo en la vida.

Por ello se cuestiona el hecho de plantear una escuela de oración, y más aún si lo que se pretende es buscar una escuela de contemplación. ¿Tiene sentido hacerlo? ¿No es acaso algo que se va aprendiendo espontáneamente al vivir y expresar la fe, la esperanza y el amor como actitudes esenciales de nuestra relación con Dios? ¿Qué es, pues, lo que justifica una escuela de contemplación?

Empezaremos diciendo que hay muchos cristianos que oran sin saberlo, y que viven la contemplación de modo inconsciente. Su vida de fe es sincera y profunda, su relación con Dios es constante e ininterrumpida. Va más allá de las palabras o del silencio. Viven la oración como un don gratuito del Espíritu Santo. Es algo espontáneo connatural a su vida de fe.

Pero también es cierto que hay cristianos que desconocen la necesidad vital de orar siempre y en todo lugar, o no saben cómo hacerlo, o no lo valoran porque no han tenido la ocasión de explicitar lo que viven en su corazón creyente.

Otros cristianos necesitan encontrar caminos para la expresión de su vida de fe, expresión que nace del hecho de creer y que, a su vez, alimenta la fe, y con ella la esperanza-confianza en Dios y el amor a los hermanos y al mismo Dios Padre.

Por otra parte se desconoce la posibilidad de vivir una vida de profunda contemplación. Es la oración profunda que se traduce en una actitud orante en la propia vida. Es la oración ininterrumpida del alma. Es un don del Espíritu Santo que lleva al creyente a orar desde el silencio que es fuente de comunión interior con el Señor.

Hemos de valorar la oportunidad que tenemos de ofrecer a los que sienten la llamada a la oración unas sendas y pasos seguros para vivirla a fondo, con una disponibilidad total y plena a la acción del Espíritu.

 

El camino del corazón

El primer paso consiste en encontrar el camino del propio corazón. Es en él donde se realiza el encuentro profundo de silencio y de amor con la Trinidad, encuentro que se nos da como don del Espíritu Santo: es la contemplación.

Dios está presente en la naturaleza y en la vida, Dios está en todo. Ahí comienza una primera posibilidad de oración. Es una forma de orar elemental pero imprescindible. A partir de esta presencia divina de inmensidad podemos decir que orar es vivir la presencia, ser conscientes de esta presencia amorosa del Padre en la vida. Oramos con la simplicidad que supone percibir a Dios presente en todo. En el silencio y desde el silencio nos comunicamos con Él, siempre presente, con su inmensidad de amor. Bastará decirnos: «Dios está en todo. Dios está en mí». Es una primera oración.

El Espíritu Santo, es quien invita al creyente a «cruzar» la puerta de la propia interioridad. Es importante destacar que no es fácil descubrir la necesidad de «cruzar» esta puerta. La vida tal como está planteada hoy, lleva al hombre a vivir volcado en las sensaciones exteriores, los ruidos, las prisas. Muchos hombres de hoy viven el desequilibrio que provoca este problema. Les cuesta encontrarse con su propio interior, tienen miedo a encontrarse con su propio silencio o con el «vacío» de la propia interioridad. Por ello la acción del Espíritu Santo invitando, o empujando, al creyente a caminar hacia el propio corazón es una gracia muy especial. Más aún, es una gracia necesaria e imprescindible. No es sólo un problema de tiempo o de descubrimiento de la necesidad de orar. El Espíritu Santo nos ayudará a vencer los miedos y la tentación de huir de nosotros mismos. No puede orar, aunque sea muy «rezador», quien no traspase esta puerta de la interioridad del corazón.

Una vez dentro, después de dar el paso decidido hacia la ruta interior, el orante se encuentra con una escalera que le ayuda a descender hacia su intimidad. Esta escalera tiene unos peldaños muy significativos:

 

ACCIÓN, LECTURA, MEDITACIÓN, ORACIÓN y CONTEMPLACIÓN

Veamos su contenido:

Acción: Es el primer paso para avanzar hacia la profundidad del propio corazón. Este peldaño de la escalera, puede traducirse por:

  • El paso decidido de las buenas obras.
  • La oración vocal, activa.
  • Los «actos» oracionales: rezos, súplicas, gestos.
  • El ofrecimiento al Señor de las cosas que hacemos.

Esta acción es la primera exigencia ineludible para poder llegar a la contemplación. El protagonismo es del orante, aunque actúe bajo la acción del Espíritu Santo.

 

Lectura: En este peldaño encontramos a Jesús que nos ofrece el don de su propia palabra.

Es necesario «descender» pasando por este peldaño. La lectura de un texto, no es una mera lectura, por muy reflexionada que sea o por mucha atención que se ponga en ella. La lectura parte de una palabra que Jesús me dice a mí. Es una palabra personal encontrada en la Sagrada Escritura. No es una palabra «dejada» en un libro. Es una palabra que se recibe como un don personal del Señor, don que me concede a mí en esta situación concreta de mi vida.

Pero hay más, la palabra recibida en la lectura requiere respuesta oracional. Dios me habla a mí en su Palabra, y yo le respondo como mi oración y mi vida. Para llegar a la contemplación es imprescindible vivir este diálogo orante. La Palabra es un don gratuito del Señor que me invita a dar una respuesta de amor.

En la práctica se da de una forma maravillosa por su sencillez o espontaneidad. En la celebración de la liturgia de la palabra en la misa o en la liturgia de las horas o en una lectura no dirigida de la Sagrada Escritura o en el diálogo con los hermanos o en los acontecimientos de la propia vida, «sientes» que Dios te habla o te quiere decir algo que ilumina una situación concreta de tu vida. Tienes la convicción interior de que es Él quien te habla a ti. Y la respuesta tuya es oración. Es orar la Palabra. Este peldaño requiere una actitud oracional, un deseo vivo e intenso de establecer una comunión ininterrumpida con el Señor. Es una realidad de la vida que conduce a un planteamiento radical orante en la propia vida. Toda ella se rige por los criterios de la fe, la esperanza y el amor vividos conscientemente y expresados en la oración.

Este paso es importante, pues la Palabra de Dios es siempre fuente de oración. Todo proceso hacia la contemplación se ha de hacer a partir de este orar la Palabra, convertir la Palabra en un punto de referencia con la presencia elocuente de Dios en la vida.

 

Meditación: Debemos interpretar en profundidad el hecho de la meditación. Muchas veces se entiende como una reflexión intelectual sobre un punto de la vida de fe o un aspecto de la vivencia cristiana.

Pero la meditación entendida en este proceso contemplativo va mucho más allá. Viene a ser como una consecuencia de la «lectura». La Palabra dada por Dios, y recibida por el orante como un don, requiere o exige la meditación entendida en el sentido bíblico de la palabra. No es tanto un reflexionar la Palabra, sino más bien un repetir interiormente, «rumiar», «triturar» dicha Palabra de Dios; en otras palabras es permitir desde una actitud de silencio que la Palabra encuentre en el propio corazón el punto de sonoridad cordial que la haga tan cercana o tan inteligible como para ser vivida y orada.

Un ejemplo concreto del valor de este peldaño del camino del corazón lo encontramos en el Evangelio de S. Lucas 2,19, cuando dice: «María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón».

La meditación, paso necesario para llegar a la oración contemplativa, requiere estas actitudes:

  • Observar, mirar, admirar.
  • Guardar, conservar, enterrar la Palabra en el corazón.
  • Dejar resonar, acoger el eco, rumiar, desmenuzar la Palabra.

Y todo ello vivido desde un planteamiento radical de amor. El corazón, lugar en el que se medita la Palabra, es el centro psicológico y espiritual del amor. Meditar es «repensar» la Palabra con el corazón.

Lógicamente es imprescindible hacer referencia a las mociones interiores del Espíritu Santo en el alma que va haciendo su camino hacia el interior del propio corazón.

El Espíritu Santo empuja al orante a traspasar la puerta que separa el mundo exterior del mundo de la propia interioridad. El mismo Espíritu Santo nos hace descubrir el valor de la acción espiritual. Gracias a su don podemos reconocer la palabra que recibimos como una auténtica Palabra de Dios. Es también el Espíritu el que se hace presente en nuestra alma para conducirnos a una meditación que nos permite conocer las entrañas de la Palabra y nos lleva a convertirnos en vida.

A medida que vamos profundizando en el camino hacia la interioridad del propio corazón, donde se haya la contemplación, es mayor el protagonismo del Espíritu Santo en el alma que ora. La contemplación es una oración en la que el Espíritu Santo es el verdadero orante, el único protagonista: «No soy yo quien ora, es Él quien ora en mí».

 

Oración: Oración en la vida u oración de la vida realizada en el interior del corazón.

Después de la lectura, en la que recibimos la Palabra y de la meditación en la que la profundizamos, viene el momento esencial de orar la Palabra, orar la Presencia, orar la vida, orar a Dios presente en mí.

Ya no es una oración de palabras o una plegaria en la que nuestra propia actividad adquiere un valor imprescindible. Es el momento en el que el orante va dejando las palabras para buscar este «estar amando, o «vivir gozando», o «permanecer en silencio escuchando» la Palabra y la presencia de Dios en ella.

Es el momento del silencio de las propias palabras y de las súplicas personales. Se va haciendo un camino hacia la unión de amor y de vida entre Dios y el orante.

Todo ello en un ambiente en el que el silencio es cada vez más vital. Por lo que podemos decir que orar es:

  • Buscar el silencio como fuente de comunión.
  • Amar y dejarnos amar por Dios.
  • Valorar más lo que Él hace en mí que lo que yo puedo decir o hacer.
  • Convertir todo lo que constituye mi vida en una referencia amorosa al Padre.

Para poder precisar mejor el sentido de la oración convendrá que distingamos entre las distintas formas en que se concreta.

Son las siguientes:

  • Oración discursiva: es la forma de orar más parecida a la meditación. En ella intervienen la memoria para recordar las palabras o los hechos por medio de los cuales el Señor nos manifiesta su voluntad; la inteligencia para establecer consideraciones o buscar conclusiones para vivir, y la voluntad para querer plasmar lo orado en los gestos concretos de la vida.
  • Oración afectiva: después de un tiempo de vivir la oración discursiva ésta se vuelve tediosa e insuficiente para el orante. Necesita dar un paso más que consiste en orar con amor o vivir una comunicación espontánea y amorosa con el Señor. A medida que el orante se va introduciendo es esta oración afectiva las consideraciones y el esfuerzo mental disminuyen y la oración-amor se vive de una forma más simple y sencilla. Alcanzar esta simplicidad suele ir acompañado de una mayor intensidad orante.
  • Oración de simplicidad: tiene diversos nombres: oración de silencio, oración de mirada sencilla, etc.

En este momento de la oración todo se simplifica: no hay consideraciones o reflexiones sino amor. A esa oración se refiere San Agustín cuando dice:

«Una cosa es un largo discurso, y otra muy distinta es un largo amor».

Se trata de dar con un amor muy sencillo, en el que desde el silencio decimos al Señor:

«Te amo, porque me siento amado por ti»
o
«Señor, me hace feliz, me da paz, mirarte y sentirme mirado con amor por ti».

Entonces se crece en amor, se vive el amor en la vida, se establece en el alma una actitud de paz sincera y plenificante. Sabes que Dios te ama. Reconoces que es Él quien conduce tu vida, y en lugar de orar tú por ti mismo con tus fuerzas o con tus palabras vas dejando que sea Él quien ore en ti.

La vida es ya una ininterrumpida oración porque «estar en silencio», o buscar esta oración de silencio, no equivale a vivir en una actitud pasiva o quietista. Es el Señor quien ora y actúa en tu vida desde tu disponibilidad para acoger su amor, su oración, su vida… su todo en ti. Pero tú colaboras.

Tu actividad consiste en vivir en una disponibilidad plena a esta oración del Espíritu Santo en tu vida. Colaboras activamente es «esta» oración y vives con interés el deseo de no interferir la obra de Dios en ti. Hablando en términos de la espiritualidad de hoy se puede afirmar que esta forma de orar es plenamente carismática.

A veces, esta oración de simplicidad y de silencio consistirá en decir con sencillez al Señor: «Soy feliz de estar aquí contigo». Por ello se ha de entender que en muchas ocasiones no se diga nada, ya que basta el mero hecho de «estar allí». Es la oración silenciosa y de intimidad con Dios y el orante, en un silencio que es manifestación de intimidad.

Sin embargo siempre existirá por parte del orante el interés por mantener viva la propia atención al Señor diciendo breves súplicas y esperando su palabra.

Sin duda alguna, es una oración fruto del Espíritu Santo (Gal 5,22). Se puede vivir además sin abandonar la oración afectiva, e incluso acompañándola con breves reflexiones sobre la Palabra.

 

Contemplación: Con ella llegamos al final de esta ruta que nos conduce al propio corazón. Hay una doble realidad que nos permite entender el alcance de la contemplación; por una parte el encuentro con la Santa Trinidad que ha establecido su morada en mí; por ello, ya no hablamos de «una presencia divina de inmensidad», sino más bien de «una presencia divina de gracia en lo más hondo del corazón»; por otra parte descubrimos una realidad que ya ha formado parte de nuestra vida de oración, aunque no hallamos sido conscientes de ello en nuestros primeros pasos en la ruta hacia la interioridad, y es la convicción de que desde el día de nuestro bautismo, la Santísima Trinidad habita en nuestro corazón. Es una presencia que hace germinar la oración. Con esta presencia se descubrirá el valor que tiene la oración contemplativa como dimensión esencial de la vida cristiana. Por ello afirmamos, aunque se nos pueda decir que somos reiterativos, que todo cristiano está llamado a vivir en plenitud su vocación, y que esta vocación le lleva a vivir la contemplación. Ella es un don para todos.

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